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   Ojalá nos corran los gringos

¿No sería una maravillosa idea? Si un buen día de estos el amigo Georgie (W. Bush) decidiera unirse con su amigo el gobernator californiano, podríamos disfrutar esa magnífica oportunidad de tener que valernos por nuestros propios medios: pasaría como el quinceañero junior a quien de pronto le retiran la mesada, el auto de papi, el celular o la casa de campo: al que de pronto obligan a trabajar para pagar sus lujos.

Sí, sí, claro, los pudientes de este país pondrían un grito en el cielo, porque ya no tendrían la oportunidad de ir a saludar a Mickey Mouse en su tierra, o ver a King Kong en los Estudios Universal. Adiós la Quinta Avenida y fayuquita de San Marcos en Texas. Nos tendríamos que olvidar de las deliciosas "Krispy Kreme doughnuts".

Pero, por otro lado, nuestro amigo Sergio Arau (autor de la película "Un día sin mexicanos") se convertiría en un gran gurú, pues podría vanagloriarse de haber pronosticado el hecho en aquellos años en que las relaciones mexicanas-estadounidenses eran tan buenas; cuando nuestro amigow Bush junior jugaba a ver quién tenía la hebilla más vistosa o las botas más picudas con su amigo "El Zorro" (conste que los nombres se dan solos, sólo traduzco) mexicano. Imagínese el lector: habría razones suficientes para que la izquierda unida alzara la voz y recriminara: "¿Lo ven?, se los advertimos. Esos gringos nos iban a jugar chueco un día u otro, tal como a Salvador Allende..."

De buenas a primeras, Fidel Castro, el enemigo barbón del presidente mexicano y su gabinete, tendría de golpe y porrazo la suite más lujosa de los visitantes en Los Pinos: ¡México y Cuba unidos contra el imperialismo yanqui!

Dice un buen amigo que detrás de cada limitación hay una enorme posibilidad. ¿Acaso piensa el lector que una frontera cerrada haría mella en una nación tan fuerte, llena de recursos y con cien millones de habitantes capaces de gritar un gol al unísono, en clara muestra de unidad nacional?

Los argentinos sufrían, al igual que muchos mexicanos, del ensimismamiento clásico de quienes tienen mucho y no comparten casi nada; la misma manera de pensar del hombre volcado sobre su mundo y que desde su óptica piensa, al estilo de los hombres del siglo XVI, que el universo gira alrededor de sus millones, de sus autos y de sus camisas Hilfiger.

Para su fortuna, una crisis los hizo despertar. Los obligó a dar de cacerolazos, a gritar, a opinar, a envalentonarse y decir a las grandes petroleras que (como alguna vez lo dijera la mamá de Mafalda) ¡Estoesú nescándalo unabuso! A exigir un presidente a la altura de sus intereses y necesidades, un hombre menos "guapo" y pretencioso que el narizón de Carlitos (Ménem, para los desmemoriados) y su entonces esposa "Zulemita"; un hombre con menos sex appeal y más mmhh, ¿me atreveré a escribirlo? ...gusto por lo honesto, por lo razonable, por lo justo.

Una crisis que los obligó a salir, a bajar del podio y entrar de nuevo al ring, a la lucha por la vida. Así, de pronto, los argentinos descendieron de la luna (y no de los barcos, como bromean ellos mismos) y aterrizaron en México, en Europa y en decenas de ciudades del mundo para luchar de nuevo por una posición en el planeta y a olvidarse de permanecer a la sombra de su continente o de su vecino.

Con nuestra corta memoria, quienes habitamos esta nación con sus miles de kilómetros de frontera con el país más poderoso del mundo y que alguna vez tuvo un territorio del doble de su tamaño original, solemos olvidar la realidad: que tenemos un vecino muy convenenciero y terriblemente explotador que nos maneja a su antojo y nos abre y cierra las frontera como si fuésemos simple y llanamente el vecino pobre (cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia) que vive a sus espaldas: sólo en contadas ocasiones levantamos la voz para reconocer que estamos "muy norteados y poco orientados", puesto que el resto de las veces preferimos conformarnos con la mínima ganancia percibida por residir en el mismo continente y funcionar como proveedores de mano de obra poco calificada.

No, en definitiva no es así. También lo dijo Guille, el pequeño hermano de Mafalda: "!Ze puede vivid!" No es cierto que necesitemos solicitar nuestra anexión como la estrella 52 (porque la 51 parece estar reservada a Irak) para hacernos de un lugar en el mundo, ni que debamos cruzar la frontera para rendir pleitesía a Davy Crockett o Sam Houston, mucho menos a Michael Jackson o Brad Pitt. Tal vez los senadores de aquella república en realidad nos están ayudando a curar ese trauma de "norteo" psicológico.

¿Acaso no hay más alternativas para los aztecas? ¿No sería fabuloso ver más restaurantes mexicanos atendidos por verdaderos mexicanos en el mundo? ¿O ver Tequilerías en lugar de pubs irlandeses? ¿Qué tal si hubiese un par de antojerías en cada ciudad de más de cinco millones de habitantes en China? ¿Y si los mexicanos lográsemos hacernos de un espacio en Oceanía o en el lejano Oriente y cambiáramos esa imagen anticuada del sombrero y del hombre que duerme bajo el cactus?

Pero no, no se preocupen amigos. La pesadilla aún está lejos: los vecinos allende del Río Grande requerirán labor a buen precio por muchos años más, sólo que la están dosificando. Bien dice el viejo adagio: "Dios aprieta, pero no ahorca" ...que no cunda el pánico: aunque gane El peje, a pesar de Fox y sus frases célebres que motivan el encono de los vecinos norteños por la ligereza de su vocabulario, seguiremos teniendo un lugar prominente entre los latinos que de vez en cuando olvidan que alguna vez lo fueron.

Los sueños de proyección internacional los continuaremos aplazando para los mejores (¿peores?) momentos, para cuando ello se vuelva necesario. Por lo pronto, y en lo que nos bloquean el paso fronterizo y terminan otro muro más de la ignominia, gustemos felices de la repetición de Terminator 1 y 2 en cadena nacional. Total, lo que no mata, engorda ...y las más de las veces nos permite olvidar la triste realidad.

(*) Trovador d’époque

Réplica y comentario al autor: samorales@hotmail.com




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