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   Violencia extrema: la otra cara de nuestra vida cotidiana

La ola de violencia en distintas partes del territorio nacional pareciera avanzar en las últimas semanas, invencible e inexorable como la humedad.

En el municipio de Magdalena Tequisistlán, en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, más de 300 personas se hicieron justicia por su propia mano al colgar, golpear y quemar vivo a un policía que previamente había asesinado a un taxista de la localidad.

En Agua Fría, municipio de Putla, Oaxaca, otra turba asesinó al síndico municipal y a su chofer.

En plena sierra de Guerrero, en un paraje conocido como Las Vinetas, tres agentes ministeriales de la policía fueron muertos en una emboscada.

A estas cifras debemos sumar las 20 aeronaves derribadas por los narcotraficantes en lo que va de esta administración y los decesos que éstas representan, incluida la muerte de 9 soldados del ejército mexicano y 2 agentes de la PGR, quienes viajaban en un helicóptero Bell 212. Estaban en lo más intrincado de la sierra de Guerrero, y acudían en apoyo de otro helicóptero que ya había sido impactado con armas de fuego.

En Sinaloa, en Baja California, Coahuila, Chihuahua, Jalisco, Michoacán, Nuevo León, Sonora, Tamaulipas y Veracruz, solamente en lo que va de este año, se han reportado 204 muertes relacionadas con el narcotráfico. En Ciudad Juárez se encontró hace poco el cuerpo de otra mujer asesinada: una más en la lista de la conciencia nacional.

En México, como en cualquier parte del mundo, la violencia extrema se entiende como la muerte, y su impacto en el curso de nuestras vidas es total e irreversible. Crea un sentimiento tal de inseguridad ciudadana, que debe obligar al gobierno a tomarlo como una señal de alarma por parte de una sociedad en crisis.

Como mexicanos ya tenemos de por sí tremendos desafíos. Contamos, además, con una carga genética ancestral de complejos, temores y sueños fallidos. A esto le podemos sumar el brutal desempleo que sufrimos, así como la impotencia surgida frente a la corrupción e impunidad que padecemos. Agreguemos a todo esto la desnacionalizada insensibilidad de nuestros políticos y la constante presión que representa la voracidad insaciable de una cultura creciente, mediática y consumista, en la que el dinero es el valor supremo. Por si todo lo anterior fuera poco, existe la angustia de conocer que en nuestro entorno inmediato podemos ser presas de robos, asaltos, violaciones y secuestros. Debemos reconocer con necesario realismo que aquel imaginario colectivo de que existe una familia, un empleo y un medio ambiente digno parece cada vez más alejado de nuestra lacerante realidad.

Cuando el esfuerzo individual o social no encuentra respuesta proporcional, surgen, de manera natural, falsas alternativas. Está probado que la tensión entre lo deseado y la cruda realidad genera frustración, y ésta, a su vez, violencia.

En una sociedad como la nuestra, donde hay mexicanos que se ubican entre los más ricos del mundo y, como contraparte, donde otros millones carecen de lo más indispensable, sería un craso error no analizar con rigor y profundidad las consecuencias de que siga creciendo ese sentimiento angustiante de inseguridad ciudadana.

No es verdad. México no es un país de "maravilla". Hoy no. Mañana quién sabe.

Réplica y comentario al autor: salvadorordaz@hotmail.com




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