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   Gobernabilidad en ollas de barro

Sin duda, los tiempos que vivimos son tiempos preñados de amenazas y de peligros que ponen en situación de grave riesgo la gobernabilidad de nuestra nación, en efecto; a la permanente sensación de inseguridad ciudadana, se suman la recesión y sus secuelas de poco más de 500 mil desempleados en lo que va de la administración foxista, además de la disminución del producto interno bruto y el constante cierre de industrias pequeñas y medianas, así como la importante reducción de nuestras exportaciones y el peligro potencial -económicamente hablando- que representa el regreso casi inminente de miles de compatriotas que se reinternan a México para evitar ser utilizados como carne de cañón en el conflicto bélico estadounidense, que por cierto, está provocando que una cantidad importante de la droga que por motivos obvios no puede pasar a nuestro vecino del norte, se empiece a distribuir en territorio nacional; por si fueran pocas estas calamidades, un lamentable hecho viene a empañar mas el panorama nacional: El sacrificio de Digna Ochoa en un contexto donde la impunidad y la corrupción parecieran que han fincado sus reales.

Si en nuestro país la defensa de los derechos humanos se empieza a considerar como actividad de alto riesgo, el avance de la democracia en México habrá sido sólo un espejismo.

El artero asesinato de Digna Ochoa nos hace retomar las tesis del liberalismo que nació precisamente como un movimiento de libertad dirigido contra el absolutismo Real, la falta de libertad espiritual, los privilegios aristocráticos, las excesivas reglamentaciones económicas y con el fundamental propósito de proteger al individuo contra cualquier concentración y abuso de poder.

Y nos hace recordar que la verdadera democracia es inseparable de la libertad política y que el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales son herencia sagrada que ya pagó su cuota de sacrificio y de sangre, nos fue heredado por los liberales de las trece colonias de norteamérica, se plasmaron en la Declaración de los Derechos del Hombre de los liberales franceses y se reflejaron en la Constitución de Cádiz y de ahí hasta la mayor parte de las constituciones modernas.

No es, en modo alguno, un asunto menor. La violencia siempre amenazará la esencia de los derechos humanos y por consiguiente la permanencia misma de la estabilidad democrática, sobre todo si la autoridad correspondiente no asume su plena responsabilidad y aclara sin dudas ni cortapisas los ya varios atentados contra los defensores y ahora mártires de los derechos humanos.

Con el indignante caso de la abogada Digna Ochoa tenemos la sensación de un profundo vértigo intelectual. Pareciera que todo va de mal en peor. Que no se puede dar cabida a la esperanza y que las predicciones catastrofistas van cumpliéndose fatal y puntualmente. Aun así, nos resistimos a dar fe a quienes afirman que nuestro México se encamina a una especie de shock en todos los sentidos, cuyas consecuencias serían por supuesto, desastrosas.

No resulta nada agradable prestar atención a esas voces, pero la realidad nuevamente nos sobrepasa y queremos, por lo tanto, evitar caer en la frecuente salida de la omisión, en la típica tentación consistente en ignorar los problemas sin encararlos de frente. Es un hecho que la violencia social, económica y política se está convirtiendo desgraciadamente en una tradición que envuelve a todo el país. Dígase si no: secuestros, asesinatos, nuevas formas de acción del narcotráfico, impunidad, inseguridad, etcétera.

Es más, preocupados por viajes suntuosos e inútiles al extranjero, el encharolamiento de unas botas y querer ser intermediarios en la solución de conflictos externos, tendemos a descuidar los muchos -y graves- que tenemos en casa.

No nos podemos conformar sin más; algo tenemos que hacer para que los encargados de poner solución lo hagan y lo hagan pronto. Por salud de la República, conviene actuar urgentemente, pues de otro modo el proceso democrático modernizador estaría vedado para la mayoría de un pueblo que merece algo más que un caudal enorme de incontables palabras, muchas palabras y más promesas y esperanzas vanas.

Cuidado. La estabilidad social nos da gobernabilidad y en el contexto referido, es un tesoro que llevamos -permítanme la figura bíblica- en ollas de barro.

Hay que dar paso a los hechos; es el momento de demostrar poseer -a toda prueba- la decisión, las agallas para derribar feudos y destronar reinados construidos a base de sangre, impunidad y miseria. No más asesinatos impunes, no más preguntas sin respuestas. No más héroes anónimos, México no necesita más mártires, nuestra historia está llena de ellos. México necesita un imperio... el de la Ley.

Derecho a réplica y comentarios: salvadorordaz@mexico.com y senadors@hotmail.com




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