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Hemos reiterado en esta serie de artículos que el proceso de diálogo, consenso y reconciliación ha de culminar en una Asamblea Nacional Constituyente Soberana, a fin de la creación del estado con el cual los cubanos hemos de enfrentar el siglo XXI. Otros pueblos de Nuestra América, como Bolivia, Ecuador, México, Venezuela y Perú están intentando este trascendente proyecto de reconstrucción del fundamento legal del estado en vista a los mismos objetivos.
Todo proyecto constitucional, por su propia naturaleza, ha de ser contemplado como una normativa dada por los representantes del pueblo que ha de regir por un largo período hasta que un cambio integral de la situación exija una revisión y renovación del instrumental jurídico. Este marco legal ha de ser elaborado por los representantes del pueblo y luego refrendado directamente por éste. Debe responder a la especificidad del grupo -o de los grupos- cultural o étnico, y a su estructura económica. Además, hoy se han de considerar los modos y formas que sirvan para hacer viable, en el más breve plazo de tiempo posible, la organización y los métodos que nos permitan institucionalizar la comunidad de naciones de la América Latina. Ésta ha de estar sustentada en sus valores culturales, las experiencias históricas, los recursos económicos y, sobre todo, en la confianza del pueblo en el ejercicio de la libertad plena.
Ya resulta evidente que en el siglo XXI se presenta la tendencia cada vez más determinante a constituir grandes estructuras económico-políticas sustentadas en las características culturales por las que se establece la mayor afinidad entre los miembros. Los pueblos de Nuestra América divididos no tendrán otro destino que convertirse en países irremediablemente marginales, incapaces de recibir, aportar o disfrutar nada del proceso de la civilización.
En el caso cubano es imperativo para su libertad, tanto como estado como para la persona individual en la comunidad, y para su realización como pueblo, asumir la responsabilidad de iniciar el diálogo y colaborar en el mismo con los distintos factores de su población, residentes ya sea en el país o ya sea fuera del mismo, y de tener verdadera voluntad de reconciliación.
La reconciliación ha de llegar naturalmente cuando cada cubano reconozca en el otro a su compatriota, con quien está vinculado por la razón y la historia. Sólo así estará en condiciones para que sus representantes puedan reunirse en una Asamblea Nacional Constituyente Soberana.
Lo cierto es que, como hemos expresado con anterioridad, la magna asamblea a la que aspiramos requiere condiciones socio-estructurales imprescindibles para su desenvolvimiento exitoso. En el caso cubano, según nuestra experiencia histórica, es necesario crear en las bases sociales las condiciones necesarias para su participación creativa. A modo de referencia mencionamos las asociaciones de vecinos, los sindicatos, las universidades, las organizaciones de campesinos y la emigración comprometida con el destino nacional. Esta enumeración en modo alguno excluye la posibilidad de considerar otros grupos adecuadamente representativos; por ejemplo: el de los promotores de la cultura o el de los miembros de las fuerzas armadas.
Consideramos además que es saludable airear el proceso que ha de iniciarse promulgando previamente una amplia amnistía de delitos de carácter político o sus conexos, para que no haya justificación real o pretextual para no integrarse al esfuerzo necesario de la reconciliación nacional.
Las organizaciones en la base social -sindicatos, asociaciones campesinas, universidades y municipios- han de ser autónomas, no partidistas y democráticas, y han de ejercer, junto con otros grupos de ciudadanos adecuadamente representativos (según el grupo de sus integrantes), su facultad de postulantes a delegados de la Asamblea Nacional Constituyente. Ésta soberanamente establecerá el nuevo orden jurídico y dictará las disposiciones complementarias para ponerlo en vigencia.
La angustia nacional que un buen número de cubanos sentimos, aunque desde posiciones diferentes y hasta antagónicas, pero todos aspirantes a una sociedad justa y solidaria proyectada al logro de la libertad plena de la persona, nos ha motivado a la invitación al diálogo en busca del consenso que nos pueda llevar a la reconciliación nacional.
Hoy parece que la sociedad cubana está irremisiblemente quebrada. Los que residen en el exterior muestran mil y una posiciones aparentemente irreconciliables; los que residen en el país, diversas actitudes en que la prepotencia, la frustración y la alienación predominan. Los que sentimos esta angustia en el gobierno y en el no-gobierno, residentes en Cuba o en el exterior, proyectados hacia el futuro, hemos de formular los principios y ofrecer las propuestas en busca de un consenso que nos permita la reconciliación.
Nosotros, en esta serie de artículos, hemos propuesto un grupo de premisas que deben ser discutidas, con el objetivo de iniciar un diálogo necesario, con el firme propósito de lograr el consenso requerido que nos permita lograr la reconciliación y, en consecuencia, proyectar el futuro de nuestro pueblo.
Réplica y comentarios al autor: r.simeon@psrdc.org
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