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Toda prótesis es un substituto, un conflicto no resuelto y un aviso anticipado. El síntoma de la traición sorprende y desintegra a su víctima, quien, por respetar las reglas del juego del poder, es considerada siempre como ingenua y propicia. La historia política de México -repleta de caudillos paranoicos y desconfiados de su sombra- no ha escapado a tales felonías. En Chile, Pinochet (Pinocho), para sorprender, juró lealtad a las instituciones, pero al final de su existencia sabemos que vivió, testamentó y murió como un mitómano de cien uñas.
Las ominosas señales del pinochetazo se anticiparon a la llegada al poder de Salvador Allende. Pronto un pelotón autonombrado de ultra izquierda ultimó a Schneider, un general bien relacionado con la Democracia Cristiana y muy respetado en la jerarquía castrense. En aquellos tiempos, se estilaba que cuando no se alcanzaba la mayoría en las urnas, el Congreso escogiera al presidente de Chile. Los usos y costumbres democráticos permitían optar por el más votado. Sin embargo, ante el inexorable avance electoral de Allende todo resultó diferente, el golpe se consumó y provocó en Latinoamérica un efecto mariposa, que no ha dejado de interpelarnos. Especialmente cuando amplios segmentos de la sociedad mexicana confunden autoritarismo con actos de autoridad y exigen mano dura.
El respeto por la institucionalidad (las casamatas del poder) consistía en no alterar el escalafón ni la organización interna de las aristocráticas Fuerzas Armadas chilenas. Los militares impusieron con temeridad su juego siniestro. Muy pronto, el ambiente social era de inestabilidad e ingobernabilidad. Para los militares, proteger la plaza de Santiago -una ciudad Estado- era fundamental, pues concentraba a la mayoría de la población chilena. Sembraron y difundieron el rumor de que el general Pinocho era confiable por sus buenas relaciones con la elite socialista. Insistieron en que Pinocho era un militar imprescindible para trabajar y apoyar al general Carlos Prats, precisamente el comandante del ejército de Allende y de probada vocación democrática. Hoy sabemos que Prats fue asesinado en Buenos Aires por órdenes de Pinocho en 1974.
La posibilidad de que Salvador Allende pudiera obtener -en la frágil democracia chilena- una favorable votación impidió el intento (un ensayo) prematuro de golpe de Estado, justamente un mes antes del funesto 11 de septiembre, y, desde luego, ahí estaba Pinocho, en primera fila, frenando y reprimiendo el golpe, resguardando a La Moneda, al lado de José Tohá, el ministro de Defensa y amigo de confianza del presidente Allende.
La traición cerró su pinza
Las expresiones y las palabras de Pinocho parecían garantizar el acierto de su elección como máximo jerarca del ejército. El momento exacto de la traición se conoce muy poco, pero las sospechas de estar involucrado en la gestación estratégica del golpe son contundentes. Iniciado por la marina y consumado el golpe, quedó desmitificado lo que se decía; la resistencia esperada nunca emergió.
La marina estaba enterada de esas especulaciones y -para empezar a cerrar la pinza- alegó que la izquierda traficaba con armas; sitió Valparaíso, locales costeros y fábricas, desatando una cacería de brujas (dicen que para evidenciar que le apostaba al golpe). Sin embargo, la existencia de cualquier ejército preparado por Allende no hubiera servido para nada. Como no sirvió la estupidez de Fidel Castro, que al visitar Chile por esas fechas, le regaló simbólicamente una metralleta, al pueblo de chile. En la posteridad, y por un largo tiempo, se asesinó con cualquier pretexto y se cometieron abundantes atrocidades, ahora comprobadas.
Compinches monetaristas
Algunos candorosos exaltan la siniestralidad de Pinocho, justificándolo por los cambios en la economía que explican hoy día la actual situación ejemplar de Chile. Se trata de una patraña impuesta y ampliamente manipulada por los medios de difusión. La economía nacional fue entregada a la ortodoxia convencional y monetarista de la escuela de Chicago. Se aplicó una cura de caballo al sector financiero. Las empresas se fueron a la bancarrota y la economía se desarticuló dramáticamente. A pesar de los acelerados sacrificios, la economía chilena logró crecer en los últimos años con la dictadura de Pinocho.
La guerra sucia, encabezada por Pinocho, duró 17 años y la economía inició su desarrollo cuando los asesores de este hombre le sugirieron prescindir de la ortodoxia económica de los conservadores Chicago boys y apostar por un economista chileno destacado que trabajaba en la Oficina de Planeación del gobierno, y que participaba asesorando la política social. Después de más de una década de caminar por desfiladeros y de que el buey de la economía chilena no salía de la barranca, el güero Hernán Buchi (el famoso ‘Birri’) asumió el Ministerio de Economía.
Cambio de caballo al final de la guerra sucia
Con poderes extraordinarios, sin contrapesos, ni parlamento, el ministro Birri, en pocos años, le dio el rostro a la economía chilena que ahora conocemos. Sin restricciones democráticas, inició reformas en el Estado, jerarquizó en los sectores las ventajas competitivas, abrió la economía, devaluó la moneda para estimular exportaciones, estableció un riguroso control de capitales especulativos, gestionó una política monetaria y fiscal flexibles. Reformas, todas, altamente costosas para la población más empobrecida. Con todo, el interés nacional-global de los chilenos se fue reconstruyendo y ha logrado prevalecer.
En México conocimos en el sexenio zedillista al ingenioso güero Birri, cuando vino a promover uno de sus éxitos: las políticas públicas de las pensiones establecidas en la época del empleo formal, mediante el sistema de ahorro solidario de reparto, presenta graves problemas financieros y deben ser sustituidas (en la era del empleo informal) por un sistema de capitalización. Lo que no nos dijo el lustre güero Birri es que en las políticas y en la administración de las AFORES no participan los trabajadores.
Pinocho dispositivo ortopédico de la ultraderecha
En la posguerra sucia Pinocho estaba totalmente desprestigiado, y así lo testimonian las apuntaladas concertaciones entre demócratas cristianos y socialistas, iniciadas por el experimentado Patricio Aylwin y renovadas últimamente por Bachelet. El general de cien uñas, desesperado, recurrió al güero Birri, que no era político, y sin desearlo perdió las elecciones. La prótesis de la ultraderecha que sirvió por 17 años había dejado de ser funcional.
La desastrosa guerra sucia librada por Pinocho no se debe confundir con los últimos años que duró en el poder, etapa en la que reorientó la dirección económica; una revolución capitalista a su modo, típicamente chilena, acorde con los intereses del nuevo desarrollo nacional-globalizado, como lo han corroborado los éxitos de los países asiáticos.
En el poscomunismo, exaltar la mitomanía y corrupción de Pinochet es una grotesca desmesura o una caricatura interesada de intelectuales alineados que mantienen a México estancado y semidependiente; sin embargo, ante el cadáver de Pinocho, jóvenes-viejos de ultra derecha pavonearon el saludo fascista.
Hagamos votos para que en el 2007 México inicie políticas públicas que estimulen el desarrollo.
(*) Centro de Estudios del Espacio Público no Estatal. Profesor de la FCPyS-UNAM
Réplica y comentarios al autor: EspacioPublico_noEstatal@hotmail.com
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