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En el artículo anterior hemos tratado de explicar los hechos históricos que han conformado la grave crisis nacional que vive el pueblo de Cuba, y nos hemos empeñado en hacer un llamado a la reflexión, para superar la socio-patología que padecemos los cubanos. Sólo así podremos configurar el destino de nuestra nación. No es tratar de incriminar al otro o de auto incriminarse; todos hemos sido abatidos por las circunstancias nacionales e internacionales que siempre nos han condicionado. Pero hoy la supervivencia como nación y la realización de un destino nacional corren un gran riesgo. Por eso hemos de fijar nuestras metas.
Programa Social-Revolucionario
Los social-revolucionarios cubanos hemos definido un programa político, en lo nacional e internacional, que determina nuestro plan de trabajo y conducta. En lo nacional llamamos al diálogo, a la concertación y el consenso. Sólo eso anularía la constante injerencia extranjera, y lograría facilitar las condiciones para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente Soberana. En lo internacional, permitiría trabajar más seriamente por la solidaridad de nuestros pueblos, la defensa de nuestra soberanía y la comprensión de nuestra causa.
Premisa fundamental para iniciar el proceso es la no cuestionabilidad de la legitimidad del estado cubano. Cuba es soberana por historia y por derecho. Nada hay que dialogar o llegar a consenso con quien no se comprometa a reconocer esta legitimidad, rechace la injerencia extranjera y denuncie la presencia de fuerzas militares extranjeras en nuestro territorio.
La legitimidad del estado cubano no puede cuestionarse ni por propios ni por extraños. La legitimidad del gobierno sólo es cuestionable por propios, no por extraños.
La estrategia y lo que puede considerarse movimientos tácticos se pueden sustentar sin desprenderse de los fundamentos éticos que han de motivar todo proyecto político. La estrategia de la acción política ha de ser el sustento del programa y su comprensión cabal por parte de los que compartan el proyecto, a corto y a mediano plazo.
El cuestionamiento del gobierno no es admisible si proviene de parte de quien su participación se sustenta en el apoyo de un gobierno extranjero, aceptando las directrices del mismo en cuanto a la orientación que pudiera asumir la sociedad cubana.
El gobierno que impide a sus ciudadanos el ejercicio del derecho a cuestionar, debatir y participar decisivamente en la problemática nacional pierde su propia legitimidad, si es que en algún momento la hubiera tenido. El rechazo a toda injerencia extraña que pretenda cuestionar la legitimidad del estado o determinar el orden jurídico del mismo es deber insoslayable de todo ciudadano, aunque él mismo, por su parte, cuestione la legitimidad del gobierno.
Definida la relación entre el ciudadano y el estado, estamos en condiciones de demandar que haya la voluntad de superar la enajenación, frustración, marginación, o alienación que podamos padecer o se nos haya impuesto. Esto sólo puede lograrse mediante la firme decisión personal, sustentada ésta en la conciencia de la responsabilidad social para con la comunidad nacional a que se considere pertenecer.
Reconstrucción de la nación cubana
Hemos de reconstruir la nación cubana como unidad histórica y proyecto nacional, y ello no puede depender de los agravios recibidos o de los aciertos o desaciertos que otra persona o grupo de personas hayan cometido, o de errores en que hayan incurrido los cubanos, en su obrar hacia los demás. Los que no se pueden desprender de la influencia en su conducta de la idea de que la nación es inviable, o los que se consideran absolutos poseedores de la verdad reducida a su mera opinión personal, resultan necesariamente excluidos de un proceso que sólo puede ser concebido como intercambio y búsqueda de formulas aún no avistadas. Ante la enajenación social es imprescindible e impostergable intentar una reflexión y brindar un proyecto por el bien común al pueblo que los vio nacer.
Es probable que muchos de nosotros estemos frustrados y con toda razón. Para algunos no hemos alcanzado nuestras metas como sociedad, no fuimos lo que consideramos que debimos ser, y por eso ya no hay nada que hacer. Esto no es más que una manifestación de nuestra patología psicológica, sin fundamento en la realidad y no conducente a ninguna solución racional. Sólo como tal podemos considerarla y, por obligación moral, obrar piadosamente para con los que así se manifestaren. La persona ha de ser siempre respetable, aún cuando su discurso no pueda ser imbricado en un proceso dialéctico fecundo. La tierra que nos vio nacer, el pueblo de nuestros mayores, la patria a la que pertenecemos, nos necesita a todos y a cada uno; por lo tanto, hemos de decidir nuestra participación en el destino nacional sin que tengamos justificación para no hacerlo.
En cuanto a los marginados -y éstos constituyen un amplísimo sector de la sociedad cubana- se requiere un esfuerzo amplio por parte de todos los demás para hacer que esta importante parte de nuestro pueblo comprenda la necesidad imperiosa de que sean reincorporados al quehacer social. De los alienados, ¿qué decir? Solamente que es necesario un gran movimiento nacional de todos los que patria queremos para realizar un destino común, y construir eficazmente, en ejercicio de la libertad y comprometidos con la justicia, la Cuba que idealizaron nuestros próceres y por la que se sacrificaron sus mejores combatientes.
Consensos
Logrado en el grado que sea posible la comprensión del diálogo necesario, podemos iniciar el proceso de consensos para construir la reconciliación de la sociedad cubana.
Hemos proclamado la legitimidad del estado y el rechazo a toda injerencia extranjera. Es necesario que todos los cubanos que quieran realizar un destino común, encuéntrense fuera de la patria o dentro de ella, se incorporen a la nueva sociedad que hemos de crear "con todos y para el bien de todos".
Un primer paso en el camino de la reconciliación nacional es lograr el consenso necesario para garantizar a cada ciudadano y a toda la sociedad las condiciones necesarias para manifestar el más amplio pluralismo filosófico, político y religioso, con pleno derecho a organizarse para realizar los fines de un estado pluralista.
El rechazo al concepto de la unicidad del estado es el paso más trascendente en el proceso de reconciliación nacional después de superar la socio-patología que sufren grandes sectores de la sociedad cubana.
Asamblea Nacional Constituyente Soberana: fases del trabajo
Reconociendo ya los cubanos las diferencias que nos han separado y la necesidad de la reconciliación, y comprendiendo la necesidad de un destino común, podemos considerar el convocar a una Asamblea Nacional Constituyente Soberana. Pero antes de hacerlo hemos de meditar sobre las fases del trabajo social que hemos de realizar para lograr que la asamblea soberana sea exitosa.
La primera fase, sin lugar a dudas, es lograr el consenso necesario para lograr los medios que garanticen la manifestación de la sociedad en toda la pluralidad de opciones que en la misma se proyectan. Esto reclama definir los medios de comunicación social y los lugares públicos donde nuestra diversidad social pueda expresarse.
Logradas las garantías y medios necesarios para expresar nuestra diversidad, hemos de abordar cuidadosamente la tarea de reorganizar nuestra central obrera nacional y sus sindicatos integrantes, e instrumentarlos con la normativa necesaria para que puedan asumir la legítima representación de los trabajadores en los órganos de dirección social. Continuando esta orientación consideramos que, al logro de la participación de las bases sociales en la dirección del estado, es necesario llegar a un consenso de la normativa necesaria para que el Consejo Nacional de Universidades y sus universidades integrantes, la Confederación Nacional Campesina y todos aquellos grupos sociales adecuadamente representativos, puedan incorporarse a los órganos de dirección social.
La segunda fase de estas consideraciones para iniciar el proceso de reconciliación nacional ha de ser cuando las bases sociales asuman sus responsabilidades en la dirección social, y es entonces cuando nos corresponde entrar en el análisis de los elementos que nos puedan proyectar a la convocatoria de la Asamblea Soberana Nacional Constituyente.
Un aspecto de primaria consideración para la convocatoria es si la postulación y elección de los delegados a la asamblea ha ser mediante candidatos propuestos por los órganos en la base social -sindicatos, universidades y otros sectores de la sociedad- por grupos de ciudadanos adecuadamente representativos, por los partidos políticos debidamente legalizados o por todas estas instituciones.
Resuelto por consenso este importante tema, y determinada la legislación precedente al magno evento ciudadano a convocar, es necesario acordar las normas de la convocatoria y determinar las condiciones, tiempo y modo en que se han de elegir los delegados y las condiciones en que se ha de constituir la Asamblea Soberana Nacional Constituyente.
Réplica y comentarios al autor: r.simeon@psrdc.org
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