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El cubano es un pueblo de mala memoria, decía el gran tribuno Orestes Ferrara, escritor cubano nacido en Italia. Lo cierto es exactamente lo contrario: el cubano es obseso por la memoria histórica y ello ha sido un determinante en formar la conciencia nacional. Al objeto de comprender y hacer comprender la realidad nacional, haremos referencia a algunos capítulos de nuestra historia que a mi entender son determinantes.
Padecemos los cubanos una grave socio-patología, probablemente a consecuencia de nuestra accidentada historia. Tiene que ver la marginación que desde los primeros tiempos sufrió la insignificante población aborigen en las islas del archipiélago cubano, la cual pronto casi desapareció a consecuencia del mestizaje, la utilización de la Isla para las expediciones colonizadoras de la corona de Castilla en el continente y las rudas condiciones de vida que impuso la conquista a los aborígenes, a las que no estaban habituados.
Al mismo tiempo que declinaba la población autóctona se comenzó a incorporar la población negra proveniente de África como esclavos. Al siglo siguiente empezaron a llegar inmigrantes chinos en proporción importante en condición de semiesclavitud.
Esta composición social hizo que la sociedad cubana demorara más de un siglo en el proceso de su integración nacional, con dos corrientes diferentes y esencialmente antagónicas. De una parte estaba una población vinculada a la corona de Castilla. De la otra, la mayoría de la población alienada sin cuestionar el orden social. El sentir de integración nacional se intensifica en la lucha contra corsarios y piratas procedentes de potencias extranjeras que cuestionaban el dominio del imperio español en estas tierras. Este proceso de formación de la conciencia social comienza a resquebrajarse por la toma de La Habana por una potente armada y ejército de ocupación ingleses.
La clase dominante de mercaderes en grado considerable interpretó que sus intereses estaban más protegidos por el imperio inglés, con los beneficios económicos que ofrecían la metrópoli y sus florecientes colonias en Norteamérica, sin comprender los perjuicios y conflictos que ello acarrearía a la nacionalidad naciente. Como consecuencia de este conflicto, el sector de mercaderes crea una corriente que debilita la afirmación hispánica de la sociedad que se afirmaba. Al mismo tiempo la conducta de algunos militares de las fuerzas españolas, disminuidas ante el arrojo de las milicias criollas que dieron fuerte batalla a las tropas invasoras, no les reconocieron su capacidad y heroísmo y pretendieron humillarlas, haciendo que un sector creciente de la población comenzara a no sentirse copartícipe de la corona de Castilla.
Estos son episodios de lejanos tiempos en que comienza a conformarse la nación cubana y a la par los factores antinacionales que con ella nacían. Estas posiciones antagónicas se incrementaron y confundieron en las guerras independentistas. En la primera Gran Guerra independentista de 1868, Estados Unidos impidió con toda energía que la solidaridad hispanoamericana se manifestara materialmente en grado importante. Consideraba que España, decadente, no podía controlar la Isla y ésta caería como "fruta madura" en la confederación que nacía.
A los terratenientes cubanos comprometidos con la independencia se les expropiaban sus propiedades, se desarrollaba la industria azucarera que requería de obreros, no de esclavos. Los intereses financieros consideraban que una isla independiente no era viable y que integrada en el emergente imperio del norte era posición indispensable en el proyecto estratégico militar, financiero y mercantil que se conformaba.
José Martí, el gran maestro, al organizar la guerra de independencia de 1895, comprendía los obstáculos con los que se enfrentaba: la corriente moderada del autonomismo incapaz de enfrentarse a los integristas, defensores del coloniaje ya en crisis por la decadencia de la corona, y los anexionistas motivados por sus propios intereses mercantiles y alentados por intereses financieros norteamericanos que veían en Cuba una plaza fundamental estratégica en su pugna con Europa por el dominio económico -y consecuentemente político- de los pueblos de Nuestra América.
En clara percepción de la realidad, Martí crea el Partido Revolucionario Cubano como instrumento político para el logro de la independencia de Cuba y Puerto Rico, galvaniza a los próceres de la Guerra de los Diez Años, incorpora a la clase obrera emigrada y motiva a todo un pueblo al objeto de crear una nueva sociedad. En este proyecto de nación todos estaban involucrados: los frustrados de la Guerra Grande desaparecieron, los anexionistas hicieron mutis y el integrismo aparecía como grupo enajenado, incapaces de percibir la realidad.
Ante la victoria que ya se vislumbraba de las fuerzas independentistas, y en comprensión de que la nueva república que se proclamaría podía afectar los proyectos de expansión del naciente imperio, Estados Unidos intervino en el conflicto, envió un ejército de ocupación del archipiélago cubano, e impuso sus condiciones a la España ya vencida y a los cubanos desconcertados. Había muerto Martí en la contienda; los cubanos estaban arruinados, y los mercaderes ávidos de nuevos negocios que ya avizoraban; los integristas quedaron resentidos y los autonomistas dispuestos a mostrarse complacientes.
La república naciente incrementa a grado sin precedente la frustración y la alienación del pueblo cubano. La Enmienda Platt impuesta por Estados Unidos era dogal y afrenta al pueblo cubano. Personalidades excepcionales pretendían confrontar la realidad. A modo de referencia mencionaremos a Manuel Sanguily, Juan Gualberto Gómez y Enrique Villuendas, entre otros. Fueron necesarias tres décadas para que se alentara a las bases populares al logro de la realización del proyecto revolucionario de Martí.
Se suceden la crisis económica mundial, el cambio de las estructuras sociales, el movimiento obrero y una nueva generación que asume protagonismo histórico en el derrocamiento del General Gerardo Machado que había impuesto un gobierno autoritario y entrado en contradicción con la clase política y la vieja clase de mercaderes, comprometidas ambas con la injerencia norteamericana. Se dan las condiciones para que asuma el poder el gobierno revolucionario liderado por el Dr. Ramón Grau San Martín y el Dr. Antonio Guiteras Holmes, abanderados en lo que se convirtió en un tríptico histórico: nacionalismo, socialismo y antiimperialismo.
La esperanza de que la frustración y la alienación se disiparan en los sectores de afirmación nacional fue una lucha heroica e intensa, pero los más extraños intereses se coaligaron para impedirlo. Los viejos integristas se convirtieron en falangistas o nazistas, los estalinistas al servicio de Moscú y la representación del imperio norteamericano se coaligaron para impedir que el gobierno revolucionario se consolidara, incrementándose la frustración en los combatientes y la alienación en alto nivel de la población.
El gobierno revolucionario de Grau y Guiteras duró 120 días, defendiéndose de los extraños intereses que se coaligaron en su contra. No obstante, su obra de gobierno proyectó un definido pensamiento social-revolucionario con que motivó a dos generaciones de activistas sociales.
Las condiciones que generaron la Segunda Guerra Mundial y la inspiración emanada del gobierno revolucionario permitieron que llegara en 1944 un gobierno que podemos calificar de socialdemócrata. Éste hizo importantes realizaciones y de nuevo fue derrocado por un golpe militar de inspiración nazi mediante la aquiescencia o la instigación de la embajada norteamericana, la colaboración de viejos mercaderes y el nuevo sector empresarial surgido después de la década del 30.
La dictadura que se constituye mediante el golpe de estado con la titularidad del General Fulgencio Batista recibe de inmediato el reconocimiento del gobierno norteamericano, así como la asistencia militar y policíaca. Concitó el rechazó del pueblo y lanzó a la generación llamada del centenario, haciendo referencia al centenario del nacimiento de Martí, a combatir la dictadura. Ello se plantea mediante el Manifiesto del Directorio Revolucionario al Pueblo Cubano, el de la Organización Auténtica, el de la Triple A y el del Partido Aprista que, entre otros, proponían el proyecto de realización de la nacionalidad cubana. El pueblo de nuevo pretendía realizarse y lo estaba logrando frente a la represión. Pronto los intereses foráneos y nacionales, ante el deterioro y desmantelamiento del gobierno dictatorial, comenzaron a buscar la mejor solución para el desplazamiento del mismo.
Fidel Castro interpretó adecuadamente el momento histórico, comprendió que la indefinición ideológica hacía que factores extranjeros y nacionales progresivamente aceptarían que él fuera el mal menor que afectaría sus intereses.
Las conspiraciones de militares y políticos defensores del status quo comenzaron a procrearse y hacer planes de cómo utilizar a Fidel, y éste conciliaba hoy sí y mañana no, política que también empleaba con las organizaciones que se proyectaban como representativas del programa histórico de la Revolución Cubana.
Los medios publicitarios comenzaron a identificar la lucha armada con el Movimiento 26 de Julio que dirigía Fidel Castro. El pueblo de Cuba se identificaba progresivamente con el proyecto insurreccional frente a la corrupta dictadura de la que era titular el general Batista. A los grupos identificados con el programa histórico de la Revolución Cubana los medios publicitarios y los sectores empresariales comenzaron a negarles protagonismo.
A mediados de 1958 el gobierno de Estados Unidos considera ya insostenible del gobierno de Batista y alienta su sustitución mediante diversas fórmulas, entre ellas el golpe de estado militar. En las últimas semanas del mes de noviembre llegan noticias de un inminente golpe de estado a los grupos insurreccionales de las ciudades. Los nombres del General Eulogio Cantillo y del Coronel Ramón Barquín -que guarda prisión en el llamado Presidio Modelo- son los que más se repiten en las posibles juntas militares. Los mandos de las organizaciones insurrecciónales dan instrucciones que hay que evitar que se consolide el golpe de estado que se proyecta. Algunos conocen de la entrevista en la Sierra Maestra del General Cantillo y el Comandante Rebelde Fidel Castro.
El General Eulogio Cantillo asume la responsabilidad y produce el golpe de estado, pretendiendo darle forma de sucesión presidencial y facilita la fuga del General Batista y sus allegados enviando de inmediato un avión militar a Isla de Pinos, donde se encontraba el Presidio Modelo, al objeto de trasladar al Estado Mayor de las Fuerzas Armadas al Coronel Ramón Barquín, a otros militares que guardaban prisión y a lideres insurreccionales, recibiéndolos con fraternal bienvenida. Otros civiles y militares invitados a incorporarse al golpe de estado aceptaron y después dudaron o retrocedieron.
Fidel Castro denunció el golpe calificándolo de contrarrevolucionario. Las organizaciones insurreccionales en las ciudades tomaron los mandos. Fidel ordenó la detención del general Cantillo. El coronel Barquín asumió el mando por pocas horas. El comandante rebelde Camilo Cienfuegos, en cuanto llegó a La Habana, asumió el mando de las fuerzas armadas por órdenes de su Comandante en Jefe, Fidel Castro.
El pueblo estalló en entusiasmo, convencido de que al fin se lograrían los objetivos de la Revolución Cubana. No era simplemente que una dictadura corrupta se había desplomado, era que la subordinación al injerencismo extranjero desaparecería, que la generación del centenario realizaría el ideario martiano, que el proyecto del Gobierno Revolucionario de 1933-34 se haría realidad. Parecía que el pueblo en la calle, como por el encanto de la magia, una juventud con las armas en la mano, hacía desaparecer la alienación, la frustración y la enajenación, síndrome patético que padecían sectores importantes de nuestra sociedad; los más previsores pudieron avizorar que no había llegado la hora.
El choteo criollo, la frivolidad y la sensualidad, manifestaciones de nuestra alineación, frustración y enajenación, no habían desaparecido. Un viejo amigo, el Dr. Fernando León de Viveros, dirigente aprista de los de ayer, me afirmaba paseando por el paseo del Malecón de La Habana: "El pueblo cubano podrá jugar un rol protagónico en Nuestra América, pero ha de superar su frivolidad y sensualidad, lo cual no es posible hacer sino por un largo periodo de sufrimiento."
El largo periodo de sufrimiento lo hemos tenido y estoy seguro que está a punto de culminar. Pero, sólo es posible si somos capaces de asumir el grado de responsabilidad que hemos tenido por acción u omisión. Sólo mediante una acción consciente individual y colectiva hemos de superar la socio-patología que padecemos como pueblo.
No tenemos derecho a mantenernos alienados o justificar nuestra frustración; en este momento histórico ello equivale a la deserción o la traición. Nos podemos explicar las razones de los que se han vinculado a otra sociedad, pero los que lo han hecho moralmente no tienen justificación para interferir en el proyecto de una sociedad -como la concibió José Martí- con todos y para el bien de todos.
Es posible que tengamos múltiples razones válidas o imaginadas para sentirnos frustrados; unos y otros tenemos que superarlas. El drama histórico de nuestro pueblo reclama la participación más generalizada posible de los cubanos y la solidaridad de todos los hombres de buena voluntad.
De los enajenados, qué decir. Están en el gobierno y en la oposición, residen en el territorio nacional y en el exterior, son frustrados o resentidos, creen que Fidel es un dios rodeado de arcángeles o un Satán coreado por diablitos, prefieren la dependencia extranjera a la soberanía nacional, consideran que todo tiene que ser a través de ellos y que sin ellos no hay nada valedero. Es difícil demandar que razonen, pero anhelamos que quizás en un momento de lucidez puedan sentirse que tienen algún deber ante su pueblo, y ello los haga actuar también por la necesaria reconciliación nacional.
Réplica y comentarios al autor: r.simeon@psrdc.org
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