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Sus ojos parecen mostrarle dormido. Su rostro infantil, cubierto de polvo y tierra. Su boca claramente abierta. Como si hubiera querido decirnos algo poco antes de morir sepultado por efecto de las bombas pero que sólo hasta que los miembros de los cuerpos de defensa civil y los socorristas de la Cruz Roja le sacaron y levantaron de entre los escombros pareció poder gritarnos, con su silencio, lo absurdo y brutal de nuestras acciones adultas. La comunidad internacional, en cambio, expresa con su silencio la peor de las complicidades. Aunque de modo distinto, ambos silencios duelen, lastiman. El gobierno de México no ha externado su posición y al no hacerlo ha mostrado que ésa es su posición. ¿Y yo por qué? diría seguramente para evadirse y evadirnos nuestro alto y a la vez pequeño gobernante si osáramos preguntarle al respecto. A querer o no, el silencio de los gobiernos que ahora callan los convierte en cómplices de la brutalidad de un gobierno que asesina inocentes en el nombre de la lucha antiterrorista. El terror como remedio contra el terror, el horror para disuadir a la muerte. La justificación que el salvaje rescata de entre sus pesadillas y sus odios. Hoy el gobierno de Israel ha olvidado su origen. Hoy participa en la construcción de nuevos holocaustos. Y la mayor parte de los gobiernos del mundo occidental guardan un ominoso silencio. México vive sus propias crisis como para voltear hacia fuera, dirán algunos. Ni unos ni otros, salvo un grupo más bien pequeño de intelectuales opinan indignados y obtienen como respuesta la voz de un aprendiz de diplomático que no sólo no entiende de diplomacia y de libertades individuales, sino que no es capaz de distinguir los límites entre la estupidez y la brutalidad porque representa a un país que desafortunadamente ha vivido en esa frontera desde su origen. La estupidez que suele agitar banderas en todas las latitudes y que crece entre los balidos azuzados por patriotismos mal entendidos y la brutalidad que se inaugura con los disparos de un primer imbécil y que no encuentra espacios ni caminos para la clausura de los excesos que produce y reproduce. El mundo entero debería estar de luto. El cadáver del niño asesinado en Caná de un modo u otro simboliza nuestra verdadera naturaleza. La esencia de lo que estamos hechos. Tristemente el niño de Caná, allá en Líbano, es sólo uno más de nuestros tantos inocentes muertos. Escuchemos su grito para que este no vuelva a ser censurado. Hagámoslo nuestro por un momento. Digamos no a la brutalidad. Donde quiera que nazca. De donde quiera que venga.
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