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Como cada año, en la celebración del Día Mundial del Agua se hacen innumerables pronunciamientos, tanto por parte de organismos internacionales, como nacionales. Los mandatarios de los países declaran su "profunda preocupación" por el tema. Se organizan reuniones mundiales donde todos opinan, y así pasa el tiempo hasta el siguiente año, cuando se vuelve a celebrar el Día Mundial del Agua.
Sin embargo, en esta ocasión no podemos ni debemos responder con indiferencia a los datos que nos ofrece la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). En ellos se señala que la inversión en este sector en México ocupa los últimos lugares de todas las naciones integrantes de ese Organismo, y que la disponibilidad en los últimos cincuenta años de este recurso cayó de 11 mil a 4 mil 600 metros cúbicos; es decir, un 60% menos de agua por habitante.
El avance tecnológico permite inferir, sin temor a equivocarse, que si persiste esta tendencia llegará el momento en el que la situación será insostenible. El caudal de agua será insuficiente. El enfrentamiento violento de comunidades y pueblos enteros será por el agua. Más aún, las guerras del futuro entre las naciones no serán por petróleo ni por otro tipo de energía, serán por agua.
Si bien el problema es mundial, en México está adquiriendo matices de verdadera tragedia nacional. Consideramos que la tala inmoderada de nuestros bosques está destruyendo inexorablemente muchos mantos acuíferos del territorio nacional. Simplemente es preciso saber que, del año 2000 al término del 2005, México habrá perdido un millón y medio de hectáreas de selvas y bosques. Esto es, para decir lo menos, escalofriante. Lo es aún más si le agregamos el dato de que deberán pasar de 30 a 50 años para volver a recuperarlos, y eso en el caso de que estuviéramos anhelosamente empeñados a reforestar lo perdido. Pero, con toda franqueza, esto lo dudo mucho.
Si hay un tema que puede justificar el catastrofismo, es el tema del agua. Hoy son sólo 12 millones de mexicanos los que carecen del vital liquido. Detrás de esta cifra hay angustia, sufrimiento y verdaderas penurias, muchas veces inimaginables para los habitantes de las grandes ciudades. Existen comunidades en el territorio nacional donde sólo llueve 2 semanas al año y en donde sus habitantes tienen que caminar varios kilómetros para conseguir agua, la cual llevan de regreso cargando sobre sus espaldas.
El Dr. Jared Diamond refiere en su más reciente obra, Colapso, que grandes civilizaciones de la antigüedad desaparecieron porque se destruyeron a sí mismos. Hace referencia a los mayas en Yucatán y a otras culturas, quienes hicieron mal uso de los recursos naturales, como la tierra, los árboles y el agua.
Fue bueno que el presidente Fox declarara que el agua es un asunto de seguridad nacional. Lo es. Por eso urge pasar de las declaraciones a los hechos. Ya se tienen noticias de enfrentamientos aislados en varias localidades de nuestro país por causa del agua. Hoy pueden ser aislados, pero mañana serán generalizados.
Es importante que los ciudadanos entendamos la magnitud del problema, de tal manera que admitamos que hay un universo de acciones concretas y costosas que se deben de realizar. La mayoría de ellas no son espectaculares, ni siquiera populares. Pero se tienen que llevar a cabo. Sólo así nuestras autoridades tendrán la fortaleza para atacar el problema desde una perspectiva social inmediata. Una perspectiva que esté más allá de declaraciones y discursos con buenas intenciones.
Réplica y comentarios al autor: salvadorordaz@hotmail.com
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