Chocó 7 días
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LA COLUMNA DE MENA MENA Los últimos refugios musicales Santuarios del estilo y la música de ayer Para concluir lo iniciado del movimiento musical, ya relatado en anteriores ediciones de este semanario, en lo que compete a mi ciudad querida, nos situamos ya en los años 60, en donde comienza para Quibdó y el Chocó la exportación de nuestra cultura musical. En el conjunto folclórico 'Danzas del Chocó', en la década de los 70, tuvo figuración, arte y destreza, Madolia Dediego Parra y apoyo organizativo de Manuel y Delia Zapata Olivella. Después en el mismo arte han brillado con luz propia, Eida Caicedo Osorio (q.e.p.d.), Ninoska Salamandra y sus agrupaciones. Donde quiera que han representando a la región han sido triunfadoras. El donaire, la gracia y el compás rítmico de las chocoanas en la música es natural, congénito e inigualable. Ya hemos visto con sobradas muestras humanas el liderazgo musical de participantes, directores y dueños de orquestas nacionales y sus triunfos internacionales, aún en medios en donde han tenido origen determinados ritmos como la salsa. El alza musical y la destreza propia de nuestro origen negro adquiere relieve insospechado en los recientes años 90 y 2000, fin y principio del nuevo siglo y milenio. Una nube de aficionados e intérpretes adolescentes del clarinete, saxofón y bajo, se organizan en conjuntos musicales para las festividades de San Pacho. Son las semillas de quienes serán, dentro de poco, las estrellas de la vanguardia, herencia musical con calidad de exportación. Habrá que buscar en ellos lo que por atavismo depositaron en su ser los Cuesta, Valencia y Blandón, generaciones de músicos e intérpretes que han caracterizado desde los albores musicales de nuestra provincia ese privilegio que hoy llaman "Sabor". En el recodo sentimental del estilo de ayer y sus brillantes cultores que se nos fueron adelante, quedan unos recintos y espacios que como místicos monumentos evocan sus nombres y liderazgo invencibles e insuperados en nuestro recuerdo. Son los santuarios musicales que aun persisten. Allá en aquel callejón en la caseta, refugio musical de Alberto Rengifo González (Chuculí), en las noches de recuerdo se oye aún en el espacio la guitarra vibrante y armónica de Armando Torres Perea, acompañada del maestro del bordoneo Chuculí, y el tiple sin igual de Gonzalito García, la tambora de Pacheco y las maracas de Pepe. Allí en ese santuario en donde se evoca con respeto y veneración el recuerdo de Torres Perea, suelen reunirse hasta nueve guitarras evocando al maestro –las he visto y oído– gemir de tristezas y alegrías. Al otro lado de la ciudad, en noble y sentido recuerdo, el profesor Rufo Ramos, su guitarra y su piano, llora a su acompañante y colega, Feliciano Palacios (Chano), y a Armando Valencia vocalista y romántico intérprete de suave y fina modulación en tardes y noches inmemorables. Allá está en el infinito, en el coro de los ángeles del cielo. |
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