Margin: Exploring Modern Magical Realism

THREE FLASH FICTIONS
r a f a e l   p é r e z   e s t r a d a   ~   m á l a g a ,   s p a i n
s t e v e n   s t e w a r t   ( t r a n s l a t i o n s )   ~   r e n o ,   n e v a d a

THE EYE

HE WAS ashamed of the blinking eye that materialized on his hand, and he kept it shut so no one would see it. An eye where certain saints have wounds, an extremely clear eye, different from his other two which were deep and brown. Nevertheless, at night, when no one was watching, he would slowly open his hand, letting the eye blink as it was dazzled by the artificial, secret light. And later, instructively, he would show it ancient paintings of natural sciences; capital letters of curious typography, sometimes interlaced, sometimes gothic; and, on occasion, a nude painting of a precious young woman. Astonished by those wonders, the eye would shudder timidly, and he would encourage it, saying, “Someday I’ll take you out on the street and you’ll see extraordinary things.” And the eye, the pupil of the eye, would shine like a terrestrial star.

EL OJO

SENTÍA VERGÜENZA de aquel ojo parpadeante que le había nacido en su mano, y la cerraba para que nadie lo viera. Un ojo allí donde algunos santos tienen llagas, un ojo de extraña claridad; diferente a sus dos otros ojos, profundos y castaños; sin embargo, de noche, cuando nadie lo vigilaba, abría lentamente la mano dejando que el ojo parpadease deslumbrado por una luz artificial y secreta; y luego, didáctico, le enseñaba antiguos cromos de Ciencias Naturales; letras mayúsculas de curiosa tipografía, entrelazada unas veces, otras, gótica; y en ocasiones, el desnudo de una preciosa muchacha. Sorprendido ante aquellas maravillas, el ojo se agitaba tímido, y él le decía animándole: Algún día te sacaré a la calle; entonces sí que podrás ver cosas extraordinarias. Y el ojo, la pupila del ojo, brillaba como una estrella terrenal.


THE HANDS

FOR AN instant he was consumed by his obsession for the sea, and his hands (free at last of his restrictive will) decided to take flight. From the beginning he had detected a certain rebelliousness in them. At times, in the tensest moments, they would move about in a crazy parody of a seagull’s flight or a swift’s gliding. When this happened he would hide them in the pockets of the bell-bottomed trousers he used to wear.

But on that afternoon even he wanted to fly away, to flee himself and seek out new heights. So he let the hands go. At first they trembled, as if they were unused to flapping. Later they vibrated energetically and broke painlessly away from the wrists. After fluttering once around his head, they began to distance themselves from him until they were lost in the imprecise line of an indifferent horizon.

At no point did he feel sad or maimed by the loss of the hands which, though bothersome, had always served him. His fantasy was stronger than that: in it, he thought of how the wind would lift them up, whether or not they would be happy, and whether at some point they would find mates among the birds. Only once, as he tried to put them in his pockets, did he feel a poignant void:

“This must be,” he told himself, “what loss feels like.”

And he kept on walking.

LOS MANOS

FUE EN un instante de decidida obsesión por el mar cuando sus manos, libres al fin de su voluntad limitadora, decidieron alzar al vuelo. Desde siempre, había advertido cierta rebeldía en sus manos. A veces, en los momentos de mayor austeridad, se movían enloquecidas parodiando el vuelo de una gaviota o el planear dichoso de un vencejo. Cuando esto ocurría debía ocultarlas en los bolsillos de los pantalones acampanados que le gustaba usar. Pero aquella tarde también él tenía deseos de elevarse, de huir de sí mismo en busca de las grandes alturas; y las dejó hacer. Primero, temblaron como si fueran novicias en esto de aletear. Después, vibraron enérgicamente, y al fin, sin dolor, se desprendieron de las muñeca, y tras revolotear en torno a su cabeza se fueron distanciando de él hasta perderse en la línea imprecisa de un horizonte indiferente.

Ni por un instante se sintió mutilado y triste por la pérdida de unas manos que, aun incordiantes, le habían servido desde siempre. Su fantasia pudo más; por ello pensó en cómo se las apañarían en el aire, si serían o no felices, y si alguna vez —ya sólo aves— hallarían parejas. Únicamente, al hacer un gesto, un intento de llevarlas al bolsillo, sintió un vacío muy especial:

—Esto debe ser —se dijo— el dolor de ausencia.

Y siguió caminando.


THE FLOWERING WHORE

WHEN THE first violets blossomed on her skin it caused a scandal among her colleagues. They were afraid the thing was contagious and that their severe, conservative clientele (consisting of judges, treasury officials and godless priests) would cause an uproar and leave them with no place to hawk their orgasms.

Though disconcerted, at first she was excited about the strange phenomenon happening to her. The violets sprouted up capriciously, in bunches. They looked like tattoos that might have been drawn on her skin in a single lunatic afternoon by an old Nordic sailor expert in the arts of love. Later on, the flowers got to be too much. Even the well-groomed young man who typically chose her when he visited the house abandoned her:

“True,” he would tell her, “it’s very beautiful, a sight like no other. And it’s not that I’m afraid of catching what you have, not at all. It’s just that when I give myself to you, when I’m trying to touch down over your body, I feel like I’m flying over a jungle not just of violets but of caimans, black widows, anacondas and other awful creatures.” And she, who loved him, who was so enamored that she would give him the lion’s share of her dessert, would cry small tears that smelled of the violets overshadowing her young, promiscuous body.

LA PUTA FLORECIDA

CUANDO FLORECIERON las primeras violetas en su piel, más que sorpresa, el asunto fue motivo de escándalo entre sus compañeras, mujeres también de la calle, temerosas de que aquel fenómeno fuera contagioso, y la clientela, severa y conservadora, compuesta casi toda ella de jueces, funcionarios de Hacienda y clérigos descreídos, pusiera el grito en el cielo de todos los escándalos, y las abandonase al destino incierto de venus sin trabajo y sin orgasmos mercantiles.

Ella, aun desconcertada, se sintió feliz al principio por el raro asunto del que era protagonista. Las violetas le nacían arracimadas, caprichosas, parecidas a los tatuajes (fueron más de uno) que en una tarde enloquecida le hizo grabar en su piel de muchacha un viejo marinero nórdico experto como pocos en el arte de amar. Después, ya todo fue excesivo. El joven apuesto que solía eligirla en las visitas a la casa, la abandonó:

—Sí —le decía— es algo muy hermoso, un espectáculo único. Y no es que tema contagiarme de esta exuberancia floral; en modo alguno. Mas, al entregarme, al intentar aterrizar sobre tu cuerpo, tengo la sensación de sobrevolar una selva poblada no sólo de violetas, sino también de caimans, viudas negras, anacondas, y animales terribles. —Y ella, que lo amaba, y se había encaprichado con aquel muchacho hasta el extreme de guardarle la parte del león de su postre, lloraba lágrimas pequeñas que olían a las violetas que adornaban, hasta ensombrecerlo, su cuerpo de muchachita fácil.

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Rev'd 2005/06/05