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LA PAZ: FRUTO DE LA JUSTICIA

 (Isaías 32:17; Juan 14:27)

 

Actualmente el problema que enfrentamos al reflexionar sobre la paz es que se habla y se discute mucho sobre este asunto, sin antes profundizar su verdadero concepto desde el punto de vista bíblico. Por otro lado, se habla mucho de la paz y se hace poco para que ella sea una realidad entre los que sufren violencia. La paz no se construye sólo con palabras sino en la práctica cotidiana de la misma.

Sólo podremos conocer la paz construyéndola con justicia, es decir, debe haber una práctica concreta. De ahí que la palabra conocer  implica una relación real y concreta. No es una casualidad que en la Biblia se le utilice para indicar la relaciones sexuales entre esposos (Gn. 4:1); es decir, la práctica concreta del amor; a Dios se le conoce a través de la práctica de sus mandamientos o de su voluntad (1 Jn. 4:7-8). De tal manera que, la paz se conoce en ese contacto íntimo con la justicia, en la lucha cotidiana por ella. Como cristianos estamos llamados a producir los frutos de la paz, ser forjadores de una nueva realidad, llegar a ser la luz del mundo, los constructores del reino de Dios.

Esta reflexión quisiera hacerla en base a los siguientes puntos: la paz como bienestar; paz y justicia; llamados a ser pacificadores; la falsa paz.

a)     La paz como bienestar.- En hebreo la palabra que significa paz es shalom y en griego es eirene. En ambas, la paz es tener bienestar en su plenitud. El saludo judío es un deseo de bienestar por el prójimo: “la paz sea contigo” o “paz a esta casa” (Lc. 10:5). La paz es procurar el bienestar para los demás, su salud, su liberación de todo tipo de opresión y de injusticias; es acercarlos al Reino y hacerles participes del mismo. Las relaciones fraternales y de concordia son caracterizadas como relaciones de paz, que se expresan por el respeto de la vida de los demás y por la asistencia en sus necesidades (Jos. 9:15). Antiguamente estas relaciones de paz eran acordadas por un pacto, el cual era inviolable. Quien quebrantara el pacto con un acto de injusticia era castigado, incluso con la muerte (1 R. 2:5). Incluso el pueblo de Israel fue sometido a castigo y al yugo extranjero por haber violado el Pacto que hizo con Dios. Violación que consistió en oprimir, matar y enajenar el derecho de los pobres y desvalidos, privándoles de la paz que Dios les había prometido. Por eso los profetas arremeten duramente contra Israel y Judá y les exigen la práctica de la justicia, el derecho y la paz. El hecho de que no exista guerra no es garantía que de que existe paz; es el bienestar que disfruta el hombre lo que viene a ser garantía de paz. Este bienestar se manifiesta en la práctica de la justicia, en el derecho a la tierra, a la vivienda, al trabajo, a los alimentos, a la salud, a la seguridad personal y de la comunidad. Sólo así podremos decir que hay paz (Is. 32:17; Lev. 26:3-13).

 

b)     Paz y justicia.- En la Biblia, la paz y la justicia están íntimamente relacionadas. Relación que se rige por la ley de causa y efecto. Para lograr la paz es necesario practicar la justicia, sin la cual no se podría lograr la primera. Por otro lado, hay una advertencia: quien obra el mal no tendrá paz. La Biblia nos dice que: “No hay paz para los malvados, dice Jehová” (Is. 48:22). Los malos son todos aquellos que cometen injusticias contra los desvalidos y los pobres, y que constantemente están maquinando cómo robarle el jornal al trabajador o la herencia al huérfano y a la viuda. Ellos son los enemigos de la paz y por eso en la Biblia está descrita su condena (Am. 2:6-8; Sal. 36:5; Stg. 4:2-6). Es por eso que el cristiano tiene la obligación de obrar bien y hacer justicia, ya que “aquel que sabe hacer el bien y no lo hace comete pecado”  (Stgo. 4:17).

 

c)      Llamados a ser pacificadores.- De ahí que, los cristianos tenemos el llamado a luchar y procurar la paz. El apóstol Pablo nos exhorta a practicarla: “si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18). La felicidad de ser llamado hijo de Dios sólo la tendrán aquellos que trabajen por la paz (Mt. 5:9). Dios en Jesús (Jn. 14:27) nos ha entregado la paz para que la hagamos realidad en este mundo, para que trabajemos por ella, para luchar por su logro. El mismo Jesús, mientras duró su ministerio en este mundo, luchó por la realización de la paz para todos los necesitados. Él hizo realidad la paz trayendo sanidad a los enfermos, liberando a los oprimidos por la ley; por los despreciados sociales (Jn. 4:9); por los que están esclavos de las fuerzas del mal (Lc. 9:42); por los que están sujetos a sus riquezas (Mt. 19:23-24). Ahora bien, ¿Qué podemos hacer para que la paz sea una realidad y no una ilusión? La paz se construye haciendo justicia. Para ello no hay excusa para no construir la paz con justicia en estos días. Ya Jesús inició el camino a seguir con su encarnación y nos ha dejado Su espíritu para que hagamos cosas mayores que Él (Jn. 14:12). Él mismo nos garantiza que podemos realizar las obras de justicia, si estamos dispuestos a creer que Él vino a establecer su Reino de paz y justicia, y si creemos que toda justicia proviene de Dios. De igual manera nosotros los cristianos estamos llamados a ser los pacificadores del mundo. El mundo se convencerá de la justicia de Dios a través de nuestras obras de justicia, las cuales estarán respaldadas por el Consolador.

 

d)     La falsa paz.- En la Biblia, también encontramos muchos pasajes que nos advierten a no confundir el sentido y contenido de la paz. No vaya a ser que se crea que hay paz donde realmente no la hay. Puede hablarse de paz, ocultando una situación de injusticia o encubriendo propósitos personalistas que no tienen nada que ver con el amor al prójimo. Un ejemplo: Joram, rey de Israel, cree tener paz y la exige (2 R. 9:22-26). Por otro lado, los falsos profetas junto con algunos sacerdotes, sostenían la existencia de la paz, ocultando una situación de opresión. Estos falsos profetas pretendían hablar en nombre de Dios. Siempre auguraban victoria, bienestar y paz para la realeza y para todos aquellos que vivían cometiendo injusticias (Jer. 23:16-17; 4:10; 6:14; 14:23; 23:17; 28:8-9; Mi. 3:5).

 

En el Nuevo Testamento también se habla de una falsa paz. Los contemporáneos de Jesús estaban esperando al Mesías pacificador de quien habló el profeta Isaías (Is. 6:16-17). Especialmente la clase dirigente de los judíos (sacerdotes, doctores de la ley, fariseos, escribas, etc.). Ellos estaban confiados que el Mesías estaría de parte de ellos y les daría la paz. Paz, que para ellos, consistiría en recuperar el poder sobre Judá, liberándose así del Imperio Romano. Pero, al igual que los falsos profetas y sacerdotes, estos dirigentes encubrían sus injusticias manteniendo al pueblo en opresión (Lc. 11:37-42). Obligan al pueblo al pago de impuestos, a cumplir leyes que ni siquiera ellos mismos cumplían (Mt. 23:4,15), a negar ayuda (Mr. 7:11-13), incluso hasta prohibir hacer el bien, como en diferentes oportunidades le reclamaron a Jesús (Mt. 12:9-14). Esta paz es falsa porque su frutos no es la justicia (Mt. 23:23; Mt. 5:20).  Es a estos falsificadores de la paz a quienes Jesús les dice: “¿Pensáias que he venido para dar paz a la tierra? Os digo: No, sino disensión” (Lc. 12:51).

 

Jesús cuando se está despidiendo de sus discípulos, les advierte a no seguir la falsa paz (Jn. 14:27). ¿Cuál paz deja Jesús? La misma anunciada en el Antiguo Testamento por los profetas. Es la paz fruto de la justicia, es la realización del bienestar y felicidad del pobre, es la satisfacción del justo, es la paz del Reino de los Cielos. Jesús nos dejó una paz real, empezó a hacerla realidad trayendo salud, libertad y justicia a los pobres, a los cautivos, a los oprimidos (Lc. 4:16:21).

Esta es la verdadera paz que todos estamos llamados a practicar mientras Él venga otra vez . Amén.

 

Rev. Lic. Jorge Bravo C.

 

 

 

      


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