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¿QUIÉN ES JESUCRISTO PARA TI?

 

(Mateo 16:13-17)

 

Jesús se encuentra en la región de Cesarea de Filipo, una zona de influencia griega- romana, lejos de la influencia de Jerusalén (centro del poder del judaísmo), además, es un lugar de libre pensamiento. Ahí existen diversas escuelas de teología. El Señor, en ese lugar ha querido hacer un alto en su tarea cotidiana para conocer qué piensa la gente acerca de él. Quiere saberlo de boca de sus más allegados a su ministerio, sus discípulos. De alguna manera quiere ponerlos a prueba para saber si han comprendido su misión. Va a exigirles a ellos una respuesta existencial: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.

 

El pueblo se encuentra desorientado, no sabe verdaderamente quién es él. Ignoraran que él es el Hijo de Dios. Actualmente, si recurrimos a una encuesta de las tantas que suelen realizarse hoy en día para saber quién es Jesucristo, seguramente encontraremos confusión acerca Su identidad. Lo más lamentable aún es el hecho de que algunas personas que trafican con el nombre de nuestro Señor, acentuando más la confusión.

 

Por ejemplo, en mis primeros años de vida, yo mismo tenía esta confusión y como resultado de ello, mi vida era un caos. En el colegio aprendí que Jesús era una persona buena. Este concepto era meramente intelectual. Ir a la iglesia era un ritual sin sentido. Asistía para estar bien con Dios y con las exigencias del colegio, luego no pasaba nada. Luego en la universidad, a fines de la década del 60, alcancé a escuchar que Jesucristo era un revolucionario, al estilo del Che Guevara. Ante esta situación la confusión era más evidente y me encontraba sin rumbo. Hoy en día, cuántos jóvenes viven confundidos acerca de quién es Jesucristo. ¿Quién iluminará sus mentes y sus corazones?.

 

Jesús al escuchar a sus discípulos sobre lo que la gente piensa sobre él, quiere saber qué es lo que piensan ellos acerca de él. Les hace una pregunta directa y existencial: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?. Sus discípulos son sus colaboradores más cercanos en la misión y se supone que han llegado a conocerle bien. Sin embargo, se produce un silencio y todos se miran atónitos unos a otros sin saber que decir.  De pronto Pedro, el discípulo coraje, hace un gran descubrimiento y hace su confesión personal: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.  Ante esta confesión personal de Pedro, influenciada por Dios, Jesús sabe que por lo menos uno ha comprendido a cabalidad quién es él. Aunque el resto no supo que decir, por lo menos uno lo había reconocido como el Mesías, el Ungido de Dios, el Hijo de Dios viviente.

 

Este descubrimiento de Pedro nos enseña dos grandes verdades:

 

a)  Toda categoría humana resulta inadecuada para describir a Jesucristo. La gente y los teólogos manejan categorías humanas para describir a nuestro Señor Jesucristo. Él no es Juan el Bautista, no es Elías, no es Jeremías, ni es ningún profeta, ni menos un revolucionario político de nuestros tiempos. Jesús es el Hijo del Dios viviente.

 

b) Nuestro descubrimiento de Jesucristo debe ser un descubrimiento personal revelado por Dios. Nuestro descubrimiento de Jesús jamás puede ser de segunda mano. Podemos leer mucho acerca de Jesús, escuchar muchas maravillas de él, quedarnos asombrados por los hermosos discursos que hablan sobre Jesús, aún llamarnos sus seguidores y enseñar sobre él, y sin embargo, no ser verdaderos cristianos.

 

De ahí que tenemos que ser contundentes al afirmar que el cristianismo nunca consiste en conocer algo sobre Cristo Jesús, sino el tener un verdadero encuentro personal con Él y ser sus discípulos. Es por eso que Jesucristo nos exige una respuesta personal y nos pregunta: “Y tú, ¿quién decís que soy yo?. La respuesta debe ser dada desde donde nos encontramos, con nuestros pecados, con nuestros errores, nuestros dolores, nuestras confusiones, nuestras angustias o con nuestra soledad. Todos tenemos que dar este primer paso, nuestros labios tienen que pronunciar que “Jesucristo es el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Él es nuestro Señor y Salvador. Para llegar a ese gran momento de nuestra vida, primero debemos humillarnos ante Él, dejando toda soberbia y vanidad, para luego confesar nuestros pecados y arrepintiéndonos de todo corazón; en segundo lugar debemos dejar que Dios nos lleve al encuentro personal con Jesucristo, por medio de la acción del Espíritu Santo, para ser redimidos. Si no hemos dado este primer paso nos habremos quedado en la puerta de la salvación.

 

Como testimonio personal puedo decir que un momento de mi vida tuve que hacer esta confesión: “Jesucristo es el Hijo del Dios viviente” y a partir de esa confesión personal mi vida fue transformada totalmente.  Se acabaron las categorías humanas para describir a Jesucristo. El valle de tinieblas y sombras se convirtió en un valle de luz y de delicados pastos. Mi futuro cambió radicalmente, sentí en carne propia el gozo de mi salvación. A mi mente y corazón llegaron como maná del cielo los siguientes textos bíblicos:

 

“Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7).

 

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).

 

“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:6-7).

 

“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37).

 

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).

 

Desde ese momento el Señor no me ha fallado, más aún me ha permitido servirle en este ministerio de ser Pastor de Su rebaño. Dejé los beneficios lucrativos que podía darme mi profesión de Administrador de Empresas por el gozo de ganar más almas para Cristo. Él no me ha desamparado, aún en los momentos más difíciles de mi vida, siempre ha estado presente y lo sigue estando, tal como lo señala el Salmo 121. Dios me ha colmado de grandes bendiciones, me ha dado un hogar cristiano y una iglesia gloriosa para pastorear.

 

Lamentable el mundo no conoce esta gran oportunidad que brinda el Señor para transformar vidas, ignora este gran cambio. Busca en categorías humanas la calidad de vida y no sabe que ésta es sólo posible a través de un nuevo nacimiento en Cristo Jesús.

 

Amigo o amiga que estás escuchando o leyendo este mensaje, te pregunto en forma personal: ¿Cómo está tu vida? ¿Quién es tu Señor? ¿Quieres cambiar tu vida? Si no tienes respuestas a estas preguntas, permite que Dios te ilumine y acepta a Jesucristo como tu Señor y Salvador. Entonces tus labios podrán pronunciar al igual que el apóstol Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Desde ese momento tu vida cambiará y tendrás bendiciones que sólo Dios te dará si permaneces fiel y obediente a Su palabra.

 

Que el Señor te ilumine y te de fuerzas para tener el coraje de tomar esta decisión de ser uno más de sus discípulos contemporáneos, ahora y no mañana. Amén.

 

 

Rev. Lic. Jorge Bravo C.

 

     


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