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LAS ARMAS DE DIOS PARA VENCER

 

"Porque las armas de nuestra milicia no son carnales,

sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas,

derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios,

y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo"

(2 Corintios 10: 4-5)

 

Hoy en día escuchamos en muchas partes del mundo que estamos en un estado de guerra, tanto en lo  militar, lo geográfico, lo ideológico, lo económico y lo espiritual. Y para afrontar dicha guerra cada quien se ha armado y preparado lo suficiente para vencer y lograr la gran victoria. Ante esta situación de violencia y dolor ni las Naciones Unidas o cualquier otro organismo de paz han sido capaces de controlar los abusos y excesos que conlleva una guerra. La guerra es un estado permanente de violencia y muerte, que se viene dando desde el origen de la humanidad.

 

En la Biblia encontramos muchos acontecimientos de guerras y de victorias. En el caso del pueblo Dios, en la mayoría de veces, Dios mismo peleó la batalla y logró la gran victoria final sobre sus enemigos. Un ejemplo, de los tantos existentes, es la batalla de David contra Goliat, donde David le responde a Goliat que lo vencerá en el nombre de Jehová de los ejércitos, porque de Jehová es la batalla (Cf. 1 Samuel 17:45-47). Dios a través de la historia utilizó a muchos de sus hijos e hijas para pelear y vencer, les dio armas poderosas para lograr la gran victoria final. A Moisés le dio una vara, a Gedeón una fuerza increíble, a Sansón una fortaleza oculta, a David una honda, y a otros la palabra con sabiduría.

 

Es cierto que estamos en una batalla constante contra el enemigo de nuestra fe en Cristo, Satanás, y que a pesar de los miles de años de combates y victorias, aún él sigue acechando nuestras huestes personales y comunitarias. Este hecho no lo podemos ignorar o dejarlo pasar en este presente siglo. Las señales y estragos de esta batalla contra las huestes del mal se pueden apreciar cotidianamente en todas partes del mundo. No debemos olvidar las siguientes palabras del Apóstol Pablo: Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Efesios 6:10-18).

 

En estas circunstancias siempre nos preguntamos: ¿Cómo vencer? ¿Con qué armas? ¿Con qué ejército? Unos ejemplos podrían dar respuesta a estas preguntas. En el libro del Éxodo, capítulo 17, vv. 8-16 está registrada una batalla entre Amalec y Moisés. El resumen de esta batalla es que Moisés se subió a la cumbre del monte junto con Aarón y Hur; mientras que tomaba la vara de Dios, Josué ganaba la batalla, pero cuando bajaba la mano, perdían. Hasta que sus dos compañeros tuvieron que sostener ambas manos para poder derrotar al enemigo. Josué era el guerrero y Moisés el adorador. Este ejemplo nos demuestra que en medio de la batalla unos son los que pelean y otros son los que están en actitud de adoración a Dios para lograr la victoria final. Mientras tenemos las manos levantadas en actitud de adoración constante hacia nuestro Dios, todas las batallas se ganan; pero cuando bajamos la guardia, cuando nos dormimos en nuestros laureles, cuando dejamos de estar en relación cotidiana con nuestro Dios, las batallas se pierden. ¿Cuál es nuestra actitud en esta batalla contra el enemigo? ¿Somos todos guerreros? ¿Somos todos adoradores? Pienso que no. Cada quien responde según sus dones y habilidades que el Señor ha dado. Solo así podremos vencer (Cf. 2 Crónicas 20:21-22). Como creyentes y como iglesia debemos tener muy en cuenta este ejemplo. Para vencer en esta batalla, Dios nos ha dado muchas armas valiosas y poderosas, que no son carnales, sino que son poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas…(Cf. 2 Corintios 10:4-5). Pero también se nos ha dado otras armas: la oración, el ayuno, la fe, la palabra de Dios, la adoración, la santidad, la esperanza, el amor, la predicación, los dones espirituales, la sabiduría y el discernimiento, entre otras. ¡Todas ellas con poder para derrotar cualquier ejército enemigo!. El ejército que Dios lo constituyen todas las personas que creeos en él, somos la congregación de todos los creyentes, este es el gran ejército del Señor en este mundo. En la batalla contra Benjamín todo el pueblo de Dios, como un solo hombre salieron a pelear y vencieron (Cf. Jueces 20:1-2). La batalla es de toda la iglesia y la victoria es del Señor.

 

Finalmente, la victoria ante cualquier enemigo, que atente contra nuestras huestes, es de aquellos y aquellas que han nacido de Dios y creen en él (Cf. 1 Juan 5:4-5). ¿Estamos preparados como iglesia para pelear la buena batalla y vencer en el nombre de nuestro Señor Jesucristo? ¿Cuáles son nuestras armas para vencer? Si es que no podemos vencer a nuestro enemigo es porque no estamos lo suficientemente preparados y menos estamos utilizando las armas que nos ha dado. Que el Señor nos prepare para la gran batalla y nos de la victoria final. Amén.

 

 

Rev. Lic. Jorge Bravo C.

 

 

 

       

 


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