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 PERDONAR, LA GRAN PRUEBA DEL AMOR

 

(Mateo 18:21-35)

 

Esta parábola tiene su antecedente en la cita bíblica anterior (mateo 18:15-20), donde el perdón está en el contexto de la comunidad de fe, es decir la iglesia. Es la comunidad de fe quien tiene que practicar el perdón. Pero en este caso la parábola se refiere al perdón a nivel personal.

 

El pasaje bíblico empieza con una inquietud del discípulo Pedro que simboliza también, de alguna manera, nuestra inquietud: ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano o hermana que peque contra mí? Esta inquietud la podemos disgregar de la siguiente manera:

 

·        ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano(a) que se burló de mí?

·        ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano(a) que me insultó?

·        ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano(a) que me ofendió?

·        ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano(a) que me estafó?

·        ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano(a) que me sacó la vuelta?

·        ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano(a) que me tomó por tonto?

·        ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano(a) que me lastimó?

 

En otras palabras la pregunta es: ¿Tiene un límite nuestra capacidad de perdonar? La respuesta pareciera ser: Hasta siete, hasta ahí nomás, después de eso ya no. Aparentemente Pedro ha dejado sin salida a Jesús. Siete es el símbolo de la perfección ¿Qué más de esa cantidad? Sin embargo, Jesús le tiene reservada una sorpresa a Pedro y no demora en responderle: hasta siete no, sino hasta setenta veces siete. Es decir, siempre. La capacidad de perdonar no tiene límites.

 

Sin duda que Pedro no se esperaba tal respuesta, se quedó atónito, no podía comprender cómo es eso de setenta veces siete. Jesús al ver que no puede entender lo que le ha dicho, le refiere la parábola del siervo que no quiso perdonar. Para ello, Jesús ha tomado un ejemplo de la vida cotidiana para realizar la reflexión acerca del perdón y sus dimensiones que conlleva. Dos enseñanzas que podríamos obtener de esta parábola serían las siguientes:

 

a)     El perdonar es requisito para pertenecer al reino de Dios.

b)     ¿Qué sucede con la persona que no perdona?

 

Referente a la primera, el perdón es una doctrina distintiva del cristiano y expresión de una experiencia espiritual. El perdón hace posible  que toda criatura humana se reconcilie y restablezca su amistad con Dios y con su prójimo. De ahí que el mensaje del perdón es una maravillosa esperanza de vida. Es la seguridad de que hemos sido liberados de una carga muy pesada, se nos cancela una deuda muy grande, imposible de pagar por nuestra propia cuenta. Nadie puede pertenecer al reino de Dios sino ha sido perdonado por Dios. Él es quien nos perdona, quien nos restituye, nos libera y nos devuelve la alegría de vivir la vida en plenitud. Todo esto gracias a su misericordia infinita. Bien sabemos que Cristo ya pagó, con su sacrificio en la cruz, nuestras faltas y pecados, así que ya no tenemos pretextos para seguir siendo esclavos del pecado, seguir angustiados, con sentimientos de culpa. ¡Es la hora de vivir en plena libertad! Esa es la gran novedad del reino de Dios, que podamos vivir con una paz interior, sin temor a nada ni a nadie.

 

 Con respecto a la segunda enseñanza, ésta se refiere a la actitud que uno debe tener frente a alguien que necesita de nuestro perdón, es decir, de nuestra misericordia. La parábola nos muestra una actitud, que también nosotros también tenemos ante nuestro prójimo. Cuando el prójimo somos nosotros, hacemos todo lo imposible para que se nos perdone o libere de toda carga. Sin embargo, cuando somos nosotros los que tenemos que perdonar o condonar una deuda, nuestra actitud es inmisericorde, como aquel siervo de la parábola en referencia. ¿Cuánto de eso no sucede con nosotros cada día, a cada instante, cuando nos relacionamos con otras personas, sea en la casa misma, en el barrio, en el colegio, en la oficina, en la fábrica o en la universidad? Pues nos olvidamos que por la misericordia de Dios, nuestras deudas fueron canceladas, nuestras cargas liberadas.

 

Por eso es que todos los que nos llamamos cristianos o cristianas debemos imitar a Cristo el Señor, perdonándonos unos a otros (Efesios 4:32). De lo contrario no podemos pertenecer al reino de Dios. De ahí que no debemos cansarnos de perdonar a quien necesite de nuestro perdón. Perdonar es la gran prueba de nuestro amor. Quien no es capaz de perdonar vivirá su propio infierno.

 

Finalmente, ¿cuál es nuestra experiencia al respecto? ¿Tiene algo que ver esta parábola con nosotros? Examinémonos delante del Señor nuestra actitud y pidamos perdón si no hemos sido fieles a sus enseñanzas, para poder una vida en paz y en plenitud. Amén.

 

 

 

Rev. Lic. Jorge Bravo C.

 

 

 

      

 


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