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“¿QUIÉN RECIBE ESTE SACRAMENTO DIGNAMENTE?”

 

Introducción: Hasta ahora nuestro catecismo ha tratado de la doctrina de la Santa Cena en una manera similar a la doctrina del bautismo. Hemos aprendido qué cosa es la Santa Cena, qué beneficio nos trae, y de dónde tiene su poder y efecto, pero ahora sigue de otra manera. No pregunta: ¿qué significa, luego, tal comer y beber? sino: “¿quién recibe este sacramento dignamente?” Mientras hasta ahora hemos hablado del sacramento mismo, ahora damos atención a los que reciben el sacramento.

 

1. En primer lugar vemos qué importante es que hagamos esta pregunta acerca de quién recibe dignamente el sacramento. Pregunta 285. Vemos esto especialmente en el pasaje 1 Corintios 11:28-29. Allí el apóstol exige que cada uno que quiere ir a la Santa Cena debe probarse a sí mismo, y funda esta amonestación en el hecho de que los que comen y beben indignamente, no discerniendo el cuerpo y la sangre del Señor, comen y beben juicio para sí. Se puede recibir el cuerpo y la sangre de Cristo indignamente. No es suficiente ir a la Santa Cena, debemos también dar atención a recibirlo como invitados dignos, que vayamos  bien preparados. La celebración de la Santa Cena es una cosa seria. Así como es grande la bendición de este sacramento para los que son dignos y bien preparados, el resultado es terrible para los que acuden indignamente. El apóstol dice: “No discerniendo” el cuerpo y la sangre del Señor. No disciernen estos dones celestiales, no los distinguen de cualquier comida terrenal. Ven a la Santa Cena como cualquier comida terrenal común. Son culpables del cuerpo y la sangre del Señor, pecan contra este alimento celestial. Y así reciben juicio en la Santa Cena. Los invitados indignos en la Santa Cena no solamente no reciben todos los beneficios y bendiciones de este sacramento, sino traen sobre sí por medio de su uso indigno del sacramento la ira y el castigo de Dios. El que se queda con este uso indigno hasta el fin finalmente recibe la condenación, la cual será tanto mayor porque ha menospreciado la gracia tan abundante de Dios que se le ofreció en la Santa Cena. “El que lo recibe indignamente recibe la muerte en vez de la vida.” Ya que el asunto es así, es apropiado que demos atención a la pregunta si vamos dignamente a la mesa del Señor. Es sumamente necesario e importante, luego, que preguntemos: “¿quién recibe este sacramento dignamente?”

 

2. Nuestro catecismo contesta a esta pregunta: “el ayuno y la preparación corporal son una buena disciplina externa.” . Con esto nuestro catecismo en primer lugar nos dice en qué no consiste la verdadera dignidad y preparación para el sacramento.

 

a. Nuestro catecismo habla del ayuno y la preparación corporal. Leemos de nuestro Señor Jesucristo que él ayunó en el desierto por cuarenta días y noches, y luego tuvo hambre. (Mateo 4:2). El ayuno significa no comer nada o muy poco. Antes era una costumbre común — y todavía existe entre algunos cristianos — que antes de ir a la Santa Cena no se comía o bebía nada o muy poco. “La preparación corporal consiste en una preparación externa y un ejercicio para los niños de modo que el cuerpo se comporte decente y respetuosamente ante el cuerpo y la sangre de Cristo.” (Catecismo Mayor, el Sacramento del Altar, # 37) Puede consistir en tener la ropa limpia y comportarse de una manera digna al ir a la Santa Cena. El ayuno y la preparación corporal significan que uno venga a la mesa del Señor de una manera que demuestre seriedad y honra.

 

b. Acerca del ayuno y la preparación corporal nuestro catecismo juzga que es una buena disciplina externa. La disciplina significa una costumbre, un ejercicio o un uso. Es algo apropiado y bien parecido acercarse a la mesa del Señor en una forma que muestre respeto y honra. No debemos menospreciar esto, sino es una buena costumbre para retener. De esta manera también externamente mostramos que consideramos la Santa Cena algo grande y gloriosa y nos acercamos en una forma que demuestra esa honra. Cuando el Señor apareció a Moisés en la zarza ardiente, el Señor dijo que debería de quitarse los zapatos de sus pies. Así nosotros también debemos exhibir nuestra reverencia externamente, ya que es el Señor mismo que se nos da aquí. — Pero nuestro catecismo no solamente dice que es una buena disciplina, sino agrega: “es una buena disciplina externa.” Cuando uno prepara su cuerpo y aparece con reverencia ante la mesa del Señor, es algo loable y hermoso, sin embargo todavía es solamente externo. Se trata solamente del cuerpo, no de nuestra alma. Luego la verdadera preparación y dignidad para recibir el sacramento no puede consistir en esto. También un hombre que se queda totalmente incrédulo e impío en su corazón puede hacerlo. No podemos hacernos dignos por medio de tales cosas externas. De hecho, no hay forma en la que podamos hacernos dignos por medio de nuestra propia preparación, por medio de nuestras obras.

 

3. Y ahora nuestro catecismo agrega en qué consiste la verdadera preparación y dignidad. Pregunta 286-289.

 

a. Sigue diciendo: “Pero digno del sacramento y apto para recibirlo es quien tiene fe en las palabras: por vosotros dado y por vosotros derramada para remisión de los pecados.” Leemos: “digno del sacramento y apto para recibirlo.” Allí el catecismo explica en primer lugar la palabra “digno.” Digno aquí no significa que nosotros seamos realmente dignos de recibir tan grandes dones del Señor, de recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, sino quiere decir apto para recibirlo, o sea, que uno está bien preparado para recibir el sacramento para su salvación. ¿Y quién es el que es apto y bien preparado para recibir el sacramento para su salvación? “El quien tiene fe en las palabras: por vosotros dado y por vosotros derramada para remisión de los pecados.” La verdadera dignidad consiste sola y únicamente en la fe, y no en cualquier fe, sino la fe en estas palabras: “por vosotros dado y por vosotros derramada para el perdón de los pecados.” No todos pueden hacer eso. Ya oímos que solamente aquél tiene lo que estas palabras dicen y expresan, que solamente aquél recibe en el sacramento perdón de los pecados y luego también la bendición y beneficio del sacramento “que cree dichas palabras”. Solamente es apto y bien preparado para recibir el sacramento para su salvación quien cree que en la Santa Cena verdaderamente come y bebe el verdadero cuerpo de Cristo y su verdadera sangre, y pone su confianza en que este cuerpo y esta sangre también fueron dados para él para el perdón de sus pecados, y así cree que también él tiene el perdón de los pecados y está en la gracia de Dios. Nadie puede dar esta fe a sí mismo, sino Dios obra esta fe en nosotros por medio de su evangelio. Sólo el que por la gracia de Dios tiene esta fe es apto y bien preparado.

 

b. Cuando sabemos esto también será claro quién es indigno y no está preparado, o sea, “el que no cree estas palabras o duda de ellas”. Como solamente la fe nos hace dignos y bien preparados, la incredulidad nos hace indignos. No es la cantidad de nuestros pecados que nos hace indignos. También un gran pecador, si tan solo verdaderamente cree en Cristo, puede venir para recibir consuelo. Pero el que no cree en Jesucristo es indigno y no es apto. No tiene fe. Luego no puede recibir y aceptar lo que Cristo nos da, el perdón de los pecados, la vida y la salvación. Tal persona usa el sacramento no para bendición sino por su propia culpa para juicio y condenación. “Porque las palabras por vosotros exigen corazones enteramente creyentes.” Así dice finalmente nuestro catecismo. Las palabras “dado por vosotros y derramada por vosotros para el perdón de los pecados” contienen una promesa. Pero podemos apropiarnos de la promesa solamente por la fe. El que no tiene fe, no puede recibir el beneficio de estas palabras; él echa de sí este tesoro.

 

c. El que no va al sacramento en la verdadera fe lo recibe indignamente. Y el apóstol dice acerca de estos invitados indignos “que serán culpados del cuerpo y la sangre del Señor,” que comen y beben de ellos para juicio. Con eso el apóstol amonesta que no vayamos levemente a la Santa Cena, sino que nos probemos a nosotros mismos. 1 Corintios 11:28. Así viene la importante pregunta: ¿cómo debe el que quiere ir a la Cena del Señor probarse?

 

1' Debe probar si es apto y bien preparado. Pero solamente aquél es apto y bien preparado que tiene la verdadera fe, la fe en que el cuerpo de Cristo fue dado también por el, que su sangre también fue derramada por él para el perdón de los pecados. Pero solamente aquél puede creer eso que confiesa que es un pecador. El que no sabe y cree que es un pecador, tampoco cree que sus pecados le son perdonados. Además debe reconocer que es un pecador perdido y condenado, que no puede ayudarse a sí mismo. El que piensa que puede hacer satisfacción por sus propios pecados y puede merecer el cielo por su vida honorable, no cree y no quiere saber nada del perdón de sus pecados. Solamente aquél puede tener esta fe que reconoce que ha merecido la ira de Dios con sus pecados, que siente horror por la ira de Dios, y cuyos pecados le causan tristeza de corazón. El que no se arrepiente de sus pecados, el que todavía quiere seguir con sus pecados, no cree en el perdón de sus pecados. Solamente aquél que tiene fe en estas palabras, que reconoce rectamente sus pecados y se arrepiente de ellos de corazón es apto y bien preparado. Así en primer lugar debemos probarnos si reconocemos nuestros pecados y de corazón nos arrepentimos de ellos. Llegamos a tal reconocimiento y penitencia por los pecados cuando nos miramos en el espejo de la ley de Dios y probamos nuestras vidas conforme a ella.

 

2'. Solamente aquél es apto y bien preparado que cree estas palabras. La verdadera fe, sin embargo, no es un mero considerar verdadero que Cristo ha venido y hecho satisfacción por los pecados del mundo. La fe es una segura confianza. La fe apropia para sí lo que Cristo ha hecho por él. Se adhiere a la palabra: “por vosotros”. Cree en estas palabras, pone su confianza en ellas, confía que Cristo ha muerto por él y que ha derramado su sangre por él. Porque cree estas palabras, no se desespera en su gran pecado sino deja de mirar sus pecados y se dirige a Dios, acepta el perdón de los pecados que Dios le ofrece en el sacramento, es seguro de él y se consuela, confía que está en la gracia de Dios. Así en segundo lugar debemos probarnos si estamos en la verdadera fe en Cristo.

 

3'. La verdadera fe es obra de Dios en nosotros. Esta fe nos convierte en otras personas. “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es.” (2 Corintios 5:17.) El que tiene la verdadera fe en Cristo odia el pecado, ya no quiere servir al pecado, ya no quiere quedar en los antiguos caminos del pecado, sino quiere llevar una vida nueva conforme a los mandatos de Dios. El que se queda en sus pecados, el que quiere seguir sirviendo al pecado, no tiene la verdadera fe. Lo que él tal vez llame la fe no es otra cosa sino un espejismo, la hipocresía. El que tiene la fe también tiene el propósito en su corazón de enmendar de aquí en adelante su vida pecaminosa, y así pide a Dios el Espíritu Santo su poder y su apoyo. Así es que también debemos probarnos antes de ir a la Santa Cena para ver si tenemos el serio propósito, con la ayuda del Espíritu Santo, de enmendar de aquí en adelante nuestra vida pecaminosa. (Para hacer esta prueba de nosotros mismos nos puede ser de gran bendición y utilidad usar las “Preguntas cristianas con sus respuestas formuladas por el doctor Martín Lutero para los que intentan comulgar”, que se encuentran en nuestros catecismos en la página 23.)

 

4'. Hemos oído que solamente aquél es apto y bien preparado para la Santa Cena que tiene la verdadera fe, y que por eso debemos probarnos para ver si mora esta verdadera fe en nuestro corazón. Pero frecuentemente tenemos que reconocer que nuestra fe está muy débil. ¿Debe una fe débil impedir que vayamos a la mesa del Señor? Nuestro catecismo dice que el que tiene fe es apto y bien preparado. No dice nada del grado de esa fe. El Señor ha prometido que él no desechará la fe débil. Isaías 42:3. Nos ha prometido que no echará fuera al que viene a él. Juan 6:37. Al que viene al Señor, el Señor lo recibe, aún cuando venga con una fe débil. — Hemos oído que vamos al sacramento para que nuestra fe se fortalezca. Si tenemos una fe débil, no solamente tenemos la necesidad, debemos acudir a la mesa del Señor para el fortalecimiento de nuestra fe. Aquí los pobres pecadores que se sienten miserables deben comer y estar satisfechos. Salmo 22:27. Los que tienen una fe débil deben venir a la Cena del Señor confiadamente y pedir al Señor: “Creo; ayuda mi incredulidad” Marcos 9:24, y especialmente por medio de este sacramento su débil fe será fortalecida, porque aquí hasta hay señales externas que aseguran el perdón de los pecados.

 

4. Finalmente preguntamos: ¿A quiénes no debemos ofrecer la Santa Cena según lo que hemos aprendido? Pregunta 290.

 

a. Hemos oído que se puede recibir la Santa Cena para juicio. Así no se debe ofrecer a todo hombre sin excepción. No debemos ofrecerlo a aquellos de quienes sabemos que lo recibirían de una manera indigna. Entre ellos sobretodo se incluyen a los pecadores manifiestos que no quieren dejar sus pecados, que luego son impenitentes. No debemos dar la Cena del Señor a los manifiestamente impíos e impenitentes. El Señor mismo lo ha prohibido con toda seriedad. Mateo 7:6. Tales personas no recibirían ninguna bendición del sacramento, sino lo usarían para su juicio. — Antes oímos que vamos al sacramento para dar testimonio de nuestro compañerismo en la fe. Allí aprendimos que los que vamos juntos a la Santa Cena confesamos que somos hermanos y hermanas que estamos unidos en la misma fe. La Santa Cena es una confesión de unidad en la fe. Así no podemos ofrecer la Santa Cena a los que no están unidos con nosotros en la fe, que tienen otra doctrina, una doctrina falsa. De otro modo estaríamos reconociendo su doctrina falsa como la verdadera. Acerca de la congregación cristiana en Jerusalén se nos informa que permanecían en la doctrina de los apóstoles y luego en el partimiento del pan, en la celebración de la Santa Cena. Hechos 2:42. Solamente podemos unirnos en partir el pan, participar juntamente con ellos en la Santa Cena, con los que junto con nosotros permanecen en la doctrina de los apóstoles. — El Señor nos amonesta que antes de ofrecer nuestro donativo sobre el altar, primeramente debemos ir y reconciliarnos con nuestro hermano si él tiene algo contra nosotros. Mateo 5:23,24. Todo culto a Dios es una abominación si todavía no nos hemos reconciliado con nuestro prójimo, si no deseamos la reconciliación con él. También a la Santa Cena debemos acudir con corazones reconciliados. Tampoco podemos ofrecer la Santa Cena a los que han herido a su prójimo, que guardan enemistad contra él, que han causado ofensa a un individuo o a toda una congregación y que todavía no se han reconciliado con su hermano, que no han quitado la ofensa. — Y finalmente el apóstol exige que debemos probarnos a nosotros mismos antes que vayamos a la Santa Cena. 1 Corintios 11:28. Luego solamente podemos dar la Santa Cena a los que pueden probarse a sí mismos. Pero los niños no pueden hacer esto. Su conocimiento de sí mismos y de las doctrinas de la palabra de Dios no ha alcanzado la medida necesaria para esto. A ellos no debemos darles la Santa Cena. Tampoco los que están inconscientes pueden hacer esto, los que no saben lo que sucede en ellos y en sus alrededores. Por eso se puede llegar a ciertos grados de enfermedad en que ya no se puede dar a las personas la Santa Cena.

 

b. Porque no podemos ofrecer a todos sin excepción la Santa Cena en nuestra iglesia, como desafortunadamente se hace con demasiada frecuencia en las iglesias heterodoxas, tenemos la costumbre de que todos los que quieren ir a la Santa Cena primeramente hablan con el pastor de la congregación, para que pueda conversar con ellos y ver si puede ofrecer a ellos la Santa Cena. Especialmente la gente joven debe gustosa y voluntariamente acudir al que tiene cuidado de sus almas y hablar con él acerca de su fe. — Pero tenemos también otra costumbre. Aquellos que quieren ir por primera vez al sacramento primeramente deben recibir instrucción en las doctrinas de la iglesia y confesar públicamente delante de la congregación que son miembros de la iglesia que enseña conforme a la palabra de Dios y quieren permanecerse como miembros de ella. Llamamos esta costumbre, que es una costumbre establecida por la iglesia, la confirmación. Tales cristianos confirmados luego pueden acudir y participar en la Santa Cena.

 

 

LA CONCLUSION

 

 “Que estas cosas sean dichas a título de exhortación, no sólo para los que somos de edad madura y adultos, sino también para la juventud que ha de ser educada en la doctrina y comprensión cristiana. Pues con ellos se puede inculcar más fácilmente a los jóvenes los Diez Mandamientos, el Credo y el Padrenuestro de modo que gustosos y con seriedad se ejerciten y se acostumbren ya en edad temprana. En efecto, en cuanto a la gente madura, en regla general, es muy tarde ahora para que se pueda obtener de ella estas y otras cosas. Que se dé, por consecuencia a los que vendrán después de nosotros y que asumirán nuestra función, nuestra obra, una educación tal que eduquen a sus hijos con provecho para que la palabra de Dios y la cristiandad sean conservadas. Sepa, por lo tanto, todo padre de familia que por orden y mandamiento de Dios está obligado a enseñar o hacer a sus hijos lo que conviene que sepan. Pues, por el hecho de que han sido bautizados y recibidos en la cristiandad, habrán de gozar también de la comunión que ofrece el sacramento del altar con objeto de que nos puedan servir y ser útiles, porque es necesario que todos nos ayuden a creer, a amar, a orar y a luchar contra el diablo” (Catecismo Mayor, el Sacramento del Altar, #85-87.)