Carlos Roberto Morán

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Una visita inesperada

 

 

 

Carlos Roberto Morán

       Era evidente que estaba cansado, así que le ofreció un sillón a Dios. El mejor de la casa. Aunque él no sabía bien cómo tratarlo porque no todos los días es Dios el que golpea la puerta y te pide que lo recibas.

       Aparte de que tampoco sabía qué ofrecerle. Pónganse en su lugar, era Dios, claro que lo era, ¿y con qué se lo convida a Dios cuando llega intempestivamente a la casa de uno que no es, porque no lo es, un palacio con toda la pompa y toda la circunstancia? ¿Un té? ¿Un budín? ¿Alguna de esas exquisiteces de las que se muestran en la televisión y que son inaccesibles para el bolsillo de un simple empleado como lo es él?

       Pónganse un solo segundo en su lugar.

       Le daba cierta lástima. Más que té, para él lo que Dios necesitaba era comida, una cama, alguien que le masajeara las sienes y los pies, porque había tenido la delicadeza de presentarse tal como se lo ha imaginado a lo largo de los años, al menos en esta parte del mundo, es decir viejito, con túnica y barba. Lo que no tenía encima era esa regla tipo triángulo con un ojo en el medio. Hubiera sido demasiado, como una mujer recargada de maquillaje.

       Prudente, se dijo, el tipo es prudente. Lo único que pidió fue pasar y poder sentarse. Su voz, por otra parte, no era tonante. Imagínense, en esa pequeña casa, un hombre hablándole con voz de trueno. Enojado como suele estar enojado Dios. En este caso, por suerte, no ha sido así. Estaba cansado, el pobre. Y presuntamente hambriento.

       Con franqueza, él no era el más adecuado para recibirlo en su casa. Si le hablara de las cuentas, por ejemplo. O, sin ir más lejos, si le hablara de las cañerías de la casa, de lo mal que salía el agua de la ducha (¡que no se le diera por ducharse, por favor!), el visitante terminaría sintiéndose incómodo. Casa estrecha, francamente. Y no el mejor sillón, porque no sobraban los muebles en esa casa. En realidad es el único sillón, el que suele usar para mirar la televisión, para leer. También para dar algunos cabezazos a la hora de la siesta.

       Suerte que lo de Elisa terminó. Mal, es cierto, pero terminó, así que ha podido recibir solo a Dios. Hombre, por decirlo de alguna manera, de escasa conversación. Y él no sabe bien qué contarle, porque uno no va a ir y hablarle de sus problemas. Ni del clima, como decir “parece que va a llover” o semejantes.

       Ardía de ganas de pedirle algún milagro, pero sería un milagro muy miserable, de la clase más ruin, porque referiría a la cancelación de las deudas (de la hipoteca, por favor), o a que volviera Elisa o que al menos alguna nueva Elisa se presentara en su vida o también, por qué no, a que le sacara de encima a Giménez, en el trabajo. Pero esas cosas eran demasiado pedestres, demasiado mezquinas, como para aprovechar la situación y pedírselas a Dios. Abuso de confianza.

        ¿Y qué se le dice? Que lo disculpara. Pero sí, francamente, estaba un tanto arrepentido de haberlo atendido y peor, de haberlo hecho pasar e invitado a sentarse en el sillón preferido, porque se sentía como atado de pies y manos, tratando de adivinar los deseos, si es que no eran los caprichos, de Dios.

       Si él fuera filósofo o un gran humanista, un estadista a lo Churchill, podría conversar con la visita sobre las cuestiones que sin duda lo inquietaban. Pero no iba a hablarle de su equipo favorito ni de lo que había visto por televisión anoche. Ni, menos, de Giménez. Ni, menos que menos, de Elisa. De esa actitud de Elisa que lo desconcertó, que no podía creer, aún en ese momento, que hubiese sido cierta.

       O hablarle de las molestias que venía sintiendo de un tiempo a esta parte en las piernas, ese dolorcito de ahí, que no se le iba. De lo incierto de las cosas porque, la verdad, no manejaba bien los conceptos, las palabras. Sin ir más lejos, no sabría decir “incierto” con total propiedad.

       Conocía algunas palabras raras, como onomástico o desigualdades, pero no era lo suyo. Lo suyo, por decirlo de alguna manera, era el lenguaje común, el de todos los días, como quien sólo usa ropa ordinaria. Y eso lo tenía amedrentado, porque seguro que el lenguaje de la calle no sería el lenguaje preferido de Dios.

       Hasta que lo puso en un aprieto al pedirle agua. La verdad es que él toma agua de la canilla. Del grifo, dicen en otros lados. Ese era otro problema, ¿cómo hablaría Dios? Casi ni había hablado, pocas palabras, escasísimas para ser quien era. Pero él no se iba a poner a cuestionarlo. ¿Canilla, como dicen acá, o grifo, como dicen otras partes? Aunque quizás esas no eran las únicas denominaciones que tendría el adminículo. El idioma tendría que ser menos complicado.

       Todo debería serlo. Hasta Giménez. Que resultó designado para ocupar justo el puesto que él deseaba y que, dicho entre nosotros, merecía.

       Fue en ese momento que suspendió el hilo de sus pensamientos porque comprendió, penetró la idea en él como una bala, que el tipo, el huésped, el mismísimo Dios, estaba acostumbrado a leer los pensamientos, que ni una hebra del mundo le pasaba desapercibida. Que era un gran monstruo pronto a devorarlo el que terminaba de instalarse en su humilde vivienda.

       Se asustó, al punto de que casi se desmaya. Como sintió que sus piernas no le respondían buscó asiento, en una silla cualquiera, enfrentándolo y sin tener demasiada conciencia de lo que estaba haciendo. Y lo que estaba haciendo era sentarse frente a Dios sin haberle pedido permiso.

       Imposible que se le escapara al visitante (al fin de cuentas, se trataba de Dios) el estado de agitación que estaba padeciendo el dueño de casa. No se le escapó, pero le hizo un gesto, leve gesto levantando la mano, como quien pide un alto al que viene en el camino. Como si le pidiese que se sosegara. Su mirada, considerablemente mansa, parecía reclamarle lo mismo.

       Le explicó, hablaba bien el hombre (una manera de decir) y por suerte con palabras sencillas, de las fáciles de entender, que estaba un poco cansado sin darle otras explicaciones, como si él tuviera que comprenderlo de inmediato. Y, de distinta manera, es decir sin hablar, que estaría agradecido si omitiera las preguntas del caso.

       Dios le dijo si no le molestaría que ocupara su cama. Lo miró, Dios, con ojos desolados y casi sobreabundando admitió que necesitaba descansar. “Dormir, si puedo”. ¿Pueden creer? Sintió lástima del visitante, le dijo que cómo no, y se apresuró a entrar al dormitorio para despojarlo de ropas sucias tiradas en el piso y para asegurarse de que las sábanas estuvieran presentables.

       Dios, antes de dormirse, le dijo que esta vez sí, le agradecería un té y un poco de pan acompañado con lo que quisiera. Y que después lo dejara dormir, “un rato, no más”. Había que aceptarlo, no era presuntuoso ni exigente, así que se apuró a prepararle el té y a untar abundante manteca en el pan (que en ese caso no abundaba porque le resultaba cara pero, en fin, resignación y coraje, después de todo el tipo no dejaba de ser Dios) y cuando entró en su propio dormitorio se encontró con que se había dormido. Tanto, que estaba roncando y que los ronquidos terminaban con un silbido tenue, que lo tentó.

       Hizo esfuerzos, de verdad; se tapó la boca, salió de la habitación agitado, a punto de reírse a carcajadas, violentado por su reacción infantil, tratando de sofocarla, pero no lo logró: en la cocina ya no pudo contenerse y se rio, con franqueza, con exageración, hasta con un toque de vulgaridad. Se rio estentóreamente mientras le saltaban las lágrimas y el cuerpo se le agitaba en espasmos.

       Se arrepintió de su reacción (infantil, como se dijo), risa por escuchar silbar a Dios. Comprendió que terminaba de condenarse, pero la idea de la condena por reír, sólo por eso, lo llevó a reír aún más, hasta que empezó a dolerle el costado. Y eso, de súbito, lo puso serio, porque el dolor en el costado le hizo recordar a Jesús, a las máximas y reconvenciones recibidas cuando niño. “Uy, Dios”, exclamó. Comprendió de otra manera lo que significaba tenerlo como huésped.

        ¿Por qué yo?, volvió a preguntarse. Demasiada responsabilidad, que lo llevó a sentarse en una silla pequeña, ubicada en un rincón en la cocina, y allí comenzó a temblar.

        Hasta lágrimas se le escapaban, ya no de risa sino de inmensa tristeza. Vieran, el pobre, la lástima que se estaba teniendo cuando en la puerta de la cocina apareció el huésped. Restregándose los ojos, el pelo alborotado, imagen propia del que termina de despertarse. Pero Dios, al fin de cuentas.

       Su presencia, parado en la puerta de la cocina, lo asustó, porque no se lo esperaba o más bien porque durante segundos se había olvidado de la existencia del visitante. Operación extraña de la mente, pero esas cosas ocurren.

       Dios, que parecía no tener demasiadas ganas de hablar, volvió a los gestos que buscaban calmarlo. Dijo, “sí”, como si buscara tranquilizarlo, algo similar a “no es para tanto” o eso fue lo que tradujo, porque quizás no hablara con tanta claridad y él sólo le interpretara las intenciones.

       En lo que sí hubo claridad de parte del visitante fue cuando le pidió sopa. “¿Sopa?”, no pudo menos que preguntar. Porque uno espera de Dios cualquier cosa, menos que ande pidiendo sopa por ahí.

       Descolocado, en realidad, por el pedido, aunque puesto a considerar, no le faltaban razones dado el frío que estaba haciendo a esa hora de la noche, porque era de noche, y una sopa siempre es reconfortante. Para eso sí tenía los elementos para prepararla, aparte de que es una comida bastante democrática, aunque Dios no resultara demasiado democrático. Le daba esa sensación.

       Así que le pidió que se sentara en alguna de las rústicas sillas de la cocina, mientras él se dedicaba a preparar el plato pedido, preguntándose si zanahoria o fideos, si poca o mucha sal, si algunos granos de choclo, si agregaría papas o chorizos. Un dilema, acertar con los gustos de ese hombre.

       Lo que fuese, terminó resultando bastante apetitoso. Tanto que, con visible entusiasmo, Dios aceptó un segundo plato. Era cosa de ver cómo comía ese cristiano (que es también una manera de decir, pero cómo verlo de otra manera con la crianza que ha tenido) y cuando terminó de comer, una sonrisa beatífica se implantó en su rostro.

       Estaba más tranquilo y contento por haber acertado doblemente: con la cama, en la que Dios había dormido un buen rato, y con la cena, aunque sólo se hubiera tratado de una sopa bastante elemental.

       Dios pidió un vinito (no vacilaba a la hora de pedir, tipo exigente le estaba resultando, afable, eso sí, pero exigente también) y mientras bebía, un vaso grande, no se vaya a creer, habló. Le contó algo, muy poco, porque el tipo era reservado. No obstante, él comprendió que el viejo estaba lleno de responsabilidades, bastante cansado, y con cierto sentimiento de culpa.

       “Y eso es todo”, dijo Dios y le agradeció el alojamiento y la comida. Le hizo saber que debía seguir su marcha.

       De manera que sin poder hacerle sus comentarios sobre el trabajo, las cuentas y Elisa, porque no encontró espacio o porque amedrentado no se animó, lo acompañó a la calle.

       El visitante lo estrechó en un fuerte abrazo (panzudo, Dios) y, mientras le tocaba la cabeza, le dijo algo así como que tuviera paciencia, que las cosas se iban a arreglar, sembrando el lugar de puntos suspensivos. Dios miró al cielo, dijo “parece que va a llover, aunque con este tiempo uno nunca sabe”, y suspiró. De inmediato, levantó la bolsa que llevaba consigo —y que él no había advertido— le dijo un “hasta luego” y se fue caminando lento por la calle de pocas farolas prendidas, hasta que se perdió en las sombras.

 

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Ha publicado los libros de cuentos:

“Territorio posible”, (Editorial Amate, Xalapa, México, 1980); “Noticias desde el sur” (Editorial de la Universidad Veracruzana, Xalapa, México, 1986);“Noticias de Sergio Oberti” (Puntosur Editores, Buenos Aires, Argentina, 1990) y el relato largo “Ella hablaba sobre el mar” en “Octopus”, (Centro de Publicaciones, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1998). Historia del mago y la mujer desesperada. (Editorial Palabrava, Santa Fe, Argentina. 2012)

 

Sus cuentos han aparecido en diversas publicaciones de la Argentina y México, así como en Uruguay, Venezuela, Estados Unidos, España, Francia y Alemania.

Ha sido incluido, entre otras, en las antologías:

“Antología del nuevo cuento argentino”, (Widawnictwo Literackie, Varsovia, Polonia, 1988)

“La otra realidad”, (Desde la Gente, Buenos Aires, Argentina, 1994)

“Cuento argentino contemporáneo”, (Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, México, 1996)

“Padre río”, (Desde la Gente, Buenos Aires, Argentina, 1997)

“Narradores argentinos”, (Cultura de Veracruz, Xalapa, México, 1998).

“No hay dos sin tres. Historias de adulterio” , (Editorial Páginas de Espuma, Madrid, España, 2000).

“Hazañas bélicas”, (Editorial Páginas de Espuma, Madrid, España, 2001)

Molto Vivace”, (Editorial Páginas de Espuma, Madrid, España, 2002)

“El cuento latinoamericano actual”, antología seleccionada por Reni Marchevska, (Editorial Lik, Sofía, Bulgaria, 2002)

Octopus II” (Centro de Publicaciones, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 2002).

Han aparecido cuentos suyos en las revistas y suplementos: “San Quintín 106”, Monterrey, México, (Nº 13, julio-agosto 1998); “Albatros viajero”, Tabasco, México (Nº 12, octubre-diciembre 1998 y Nº 13, enero-marzo 1999); “Cantera Verde”, Oaxaca, México (N° 28, octubre-diciembre 1998)“Caravelle”, Toulouse, Francia (Nº 71, diciembre 1998)  “Tranvía”, Huelva, España (Nº 1, abril 1999)  “Sábado”, suplemento del periódico “Unomásuno”, México D.F., México, (21 abril 2001) “Gaceta literaria de Santa Fe”, Santa Fe, Argentina (N° 111, junio 2001) “Hoy y mañana”, Santa Fe, Argentina (N° 24, junio 2002) “Cantera Verde”, Oaxaca, México (N° 39, enero-junio 2003)  “Prima Littera”, Madrid, España (N° 13, otoño-invierno 2003/2004).

Por sus trabajos recibió distintos premios y menciones, entre ellos el 2º Premio Regional acordado por la Secretaría de Cultura de la Nación de Argentina y Diploma de Honor, Municipalidad de Santa Fe, R.Argentina, en 1993. Como periodista cultural publica en la Argentina y México (En “Sábado” de Unomasuno (México D.F.) han aparecido durante los años 2001 y 2002 notas sobre Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges-Vladimir Nabokov, Witold Gombrowicz, Mempo Giardinelli, Reinaldo Arenas y Raymond Carver, entre otros) Participó en distintos encuentros y paneles, los últimos de los cuales fueron: 2º Encuentro Internacional de Escritores, “La literatura en el cambio de milenio”, Monterrey, México, setiembre de 1997; 2º Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Chaco, R. Argentina, setiembre de 1997; “En la búsqueda del Mercosur cultural”, panel internacional, XXIV Feria Internacional del Libro, Buenos Aires, mayo 1998; “Integración y diversidad”, panel argentino-paraguayo, XXV Feria Internacional del Libro, Buenos Aires, abril 1999; 5º Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Chaco, R.Argentina, agosto de 2000.

 

En Internet

-Revista “Agulha”, Fortaleza, San Pablo, Brasil, N° 21/2 (febrero/marzo 2002)

“En el país de Witold Gombrowicz” (nota)

www.revista.agulha.nom.br/ag21gombrowicz.htm

-Revista “El arco de la rosa”, Cádiz, España, N° 1 (mayo 2002)

Dos cuentos

http//es.geocities.com/josemanuelpoeta/moran.htm

-Primera Vista Libros, Madrid, España

Cuento incluido en la antología “Hazañas bélicas”

www.primeravistalibros.com/fichaLibro.jsp?codigo=293

-Primera Vista Libros, Madrid, España

Cuento incluido en la antología “Molto vivace”

www.primeravistalibros.com/fichaLibro.jsp?codigo=564

 -Revista “Cantera Verde”, Oaxaca, México

 Cuento “Ella cuenta sobre el mar”

 http://oaxaca.com/canteraverde (cliquear en N° 28)

-Ficticia, México

Tres cuentos

www.ficticia.com/indicePorAutor.html

 -Revista “Cantera Verde”, Oaxaca, México

 Cuento “Ella cuenta sobre el mar”

 http://oaxaca.com/canteraverde (cliquear en N° 39)

 

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Escritor argentino
Carlos Roberto Morán nació en Santa Fe, República Argentina, el 17 de agosto de 1942, ciudad en la que reside y trabaja como periodista y escritor. Es casado y tiene dos hijos.
Dirección particular: Padilla 1717 – S3002CVE Santa Fe – República Argentina. E mail: cmoran24@gmail.com

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