Yasmina Tabares Fragiel

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Ausencias

Yasmina Tabares Fragiel

 

    21. 15. Era la tercera vez que consultaba el reloj. Los segundos se ralentizaban en su mente, mientras vigilaba la puerta. El restaurante vacío quince minutos antes, empezaba a llenarse.

    Sentada en una esquina, junto a la barra, escudriñaba las ventanas en busca de alguien conocido. De algún gesto, movimiento o rasgo familiar, que le dijera que ése que estaba a punto de entrar era su hermano. Hacía diez años que no se veían y la imagen que guardaba de él era la de un muchacho de pelo revuelto, ojos claros como los suyos y un aire despectivo al salir de casa, para no volver.

     Cuando eran niños sentía una admiración, casi devota, por él. Era su hermano mayor y todo lo que hacía era, para ella, un ejemplo y una muestra  de ese carácter decidido y adulto que tanto envidiaba. Era su héroe, a pesar de las discusiones con sus padres, de los gritos y de la manera en que la ignoraba. A pesar, incluso, de las borracheras y las visitas de la policía por su culpa. Hasta que se marchó. Entonces pasó a convertirse en una ausencia que la sorprendía al sentarse a la mesa o al volver sola del colegio. Más tarde se transformó poco a poco en una sombra que, de vez en cuando, aparecía en las conversaciones o en los silencios de su madre. Una sombra que estaba a punto de reunirse con ella.

     Recordaba el día que se fue. Acababa de cumplir los dieciocho y ella tendría unos catorce años. Cuando regresó de clase se encontró con una mochila en la puerta y las voces de su padre y su hermano alzándose desde el salón. Escuchó la conversación a escondidas, parada en mitad de la escalera, sin entender que sucedía y distinguiendo los sollozos de su madre. Fue la última ocasión en que lloró.

     Sus padres no sabían lo de la cena. Ya no vivían en la ciudad y no se los había dicho, aunque no entendía el porqué. No se atrevió a comentarlo y no encontraba la razón. En realidad tampoco encontraba ninguna para estar allí. Sí, era su hermano, pero era él quien los había ignorado durante todo ese tiempo sin dignarse a llamar o escribir. Qué pintaba allí, esperándole, como al hijo pródigo. Por qué malgastar unas horas hablando con alguien que, a fin de cuentas, no era más que un desconocido.

     La única respuesta descubierta fue levantarse y dirigirse a la salida.

 

     1.18. El taxi estaba sumergido en un atasco y llegaba tarde. Casi no reconocía las calles por las que circulaba y los nervios no le permitían disfrutar del trayecto.

     Después de una década, la ciudad parecía haber crecido y la avenida, que recordaba de apenas unos tres kilómetros, se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Sin embargo, no le dirigió más que una ojeada, concentrándose en observar al conductor.

     Nunca había pensado en estar de nuevo allí. No le había pasado por la mente el regreso. Hasta hoy.

     Pensaba en cómo sería su hermana. Iban a cenar juntos y no la conocía. Era una chiquilla cuando se marchó y durante su infancia había sido poco más que una mascota, un cachorrillo que lo seguía a donde fuera y que resultaba algo molesto. A parte de eso, sus recuerdos se reducían a los desayunos en familia y las tardes ante el televisor. Jamás habían hablado demasiado, no era necesario, bastante tenía con sus problemas.

     A partir de los quince años la única forma de comunicación con sus padres habían sido las broncas a voz en cuello, como parte de la rutina familiar. Si bien, había de reconocer que había cometidos errores, seguía sin compartir la manía de sus padres de tratarlo como a un niño ignorante. Y un día se hartó. Se cansó de ser el epicentro de todas las crisis y se largó. El portazo que dio al marcharse puso punto y final a los problemas y los gritos. Se fue a la capital con un amigo y cortó todo contacto con su pasado, al principio por enfado y orgullo y al final por mera comodidad.

     Por fin llegaron al restaurante. El aire fresco le despejó y se encaminó hacia la puerta. A cada paso trataba de imaginar la conversación. Sentía curiosidad por lo que estaba a punto de pasar. Sabía que su hermana estaría dentro, esperándole.

     En el umbral se cruzó con alguien que salía. Una mujer que sin mirarlo susurró una disculpa.

 

     2.21. Decidida recogió su abrigo y pagó la bebida. Apresurada  y con temor a arrepentirse cruzó la puerta, justo en el instante en que un hombre se disponía a entrar. Murmuró una disculpa y dejó atrás al extraño, como a una sombra.

  

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Datos personales:
 
Nombre: Yasmina Tabares Fragiel.
Edad: 25.
Profesión: Pedagoga.
Lugar de residencia: Canarias

Trabajo literario

 Participación en Talleres sobre cuento y sociedad (2002).

Participación en curso de creación literaria en Arteaula (Sevilla): 2003.

Colaboración revista La Tapa (Tenerife).

Publicación en revista local Almendralejo.

Publicación en revista Almiar (2007)

Colaboración con Asociación Cultural el Recreo (2008/2009).

 




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