Mónica Ortelli

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Bajamar

 

Mónica Ortelli

Primer Premio Concurso Interamericano de Cuentos Fundación Avon -2007

   Cuando terminó de vestirse y apareció en la cocina, el fuego ya estaba encendido y su mujer reacomodaba las piezas de pescado casi seco colgadas en el rincón más oscuro de la estancia. Era de noche, pero el viejo igualmente abrió los postigos de las ventanas diminutas. Sin decir una palabra, ella le dio un beso y le alcanzó el tazón tibio, y después comenzó a esparcir los rescoldos para calentar la olla de hierro. Él bebió con fruición, sin sentarse; luego se puso el capote de tafetán, tomó el candil y salió a buscar los peces que la marea nocturna dejaba en su tramayo, para preparar la primera comida del día. Sintió el aire frío en los pelos de la barba y aunque la bruma de la madrugada estival lo envolvió apenas se alejó de la casa, descendió con paso firme por el camino rocoso bordeando el muro de piedra. Si bien, no veía a las ovejas, advirtió su inquietud y movimientos al otro lado.

   Por el este se adivinaba una claridad incipiente, pero delante de él la luz del candil y la niebla dibujaban un telón algodonoso. Aún así, esa luz mortecina le bastaba para pisar con seguridad por las piedras húmedas. En pocos minutos llegó a la bifurcación del embarcadero y recorrió la senda con precaución porque el pasto de las hadas estaba alto y mojado y la niebla más espesa. Fue a mitad de ese trayecto cuando escuchó el sonido extraño de las focas. Doblemente extraño por la hora y por ser un parloteo lastimero. Se detuvo y orientó la cabeza. A excepción del coro raro de las focas, el silencio lo rodeaba. Ni siquiera escuchaba el rumor del oleaje. Pensó en la niebla y en la calma. Caminó el trecho restante, descendió por los escalones gastados excavados en la piedra y llegó al amarradero. En ese lugar, naturalmente protegido de los vientos del Atlántico por una alta pared rocosa, dejó de escuchar a las focas. El silencio absoluto le resultó una presencia inquietante. Tampoco escuchaba el chapoteo cadencioso del agua contra el muelle. Rodeado por la bruma densa creyó estar en otro lugar y un temblor mínimo se instaló en sus piernas. Avanzó con aprensión hacia la punta. Su mano izquierda lo guiaba tanteando la pared áspera. Cada paso sobre las tablas resonaba produciendo un eco debajo, entre los pilotes. Con cuidado se deslizó por la rampa hasta el descanso y alzó el candil. No había agua y sus dos botes pendían colgados de sus amarras, como ahorcados. Se arrodilló. En el fondo cenagoso, entre unos bultos irreconocibles estaban los aparejos de pesca y los cajones. Uno de los remos, desprendido de su anclaje, parecía una espada clavada en el barro.

   Permaneció quieto hurgando en su propia memoria y entre las historias de los narradores, el acontecimiento de una bajamar extraordinaria. No lo logró. Él había nacido en las islas y no recordaba ninguna que hubiese dejado al muelle seco. De pronto, una ráfaga fría comenzó a mover la niebla y pudo ver unos metros por delante, pero no el agua. Sintió temor y una idea extraña comenzó a torturarlo. Emprendió el regreso apurado hasta el sendero. Aún acarreaba el candil, pero ya una tenue claridad iluminaba el camino. Anduvo un tramo con paso un tanto irregular hasta las rocas donde dejaba sus trampas de salmones, cerca de la desembocadura del arroyo, pero en vez de bajar hacia la playa se desvió por una senda angosta, apenas marcada entre los brezos que subía hacia los riscos negros. Debajo de esos volúmenes de basalto gigantescos, los más altos de la isla, el mar llenaba una hoya profunda, el viento golpeaba fuerte y las olas se desintegraban en espuma produciendo una trepidación en el aire. Allí tiene que haber agua, pensó.

   Se apuró trepando en medio de la niebla, ayudándose con las manos de vez en cuando. Jadeante por el esfuerzo y la ansiedad alcanzó la meseta herbosa que precedía a los riscos y se detuvo para recuperarse. De pronto, un ramalazo de bruma lo envolvió como una sábana. Sintió la humedad en la cara y el viento y el silencio. Un pensamiento negro se le había hecho carne, entonces con miedo se aproximó al borde. Más allá, el reino era de la niebla. Permaneció escuchando unos instantes esperando una trepidación, pero no había olas abajo. El viejo se hincó ante el abismo y trato de ver a través de la masa blanquecina que golpeaba contra el borde negro, se abría en jirones y se disolvía en vapores. Detrás de ella avanzaba la luminosidad creciente. Entonces cerró los ojos, para ahuyentar el presagio y anheló ver el agua. Cuando los volvió a abrir la niebla se había disipado, pero el mar no estaba.

   El viejo percibió la eternidad, mientras sus ojos inauguraron el paisaje absolutamente desolado bajo la luz grisácea del amanecer. La ausencia del mar mostraba una cuenca reseca, irregular y escalonada de bancos de arena y concreciones filosas con pendiente hacia el Minch donde se hundía profundamente y se tragaba al horizonte. El horror y la fascinación eran uno. A su derecha vio al agua del arroyo desaparecer absorbida por la arena. No había costa, sólo arena y rocas cubiertas de algas pardas y a lo lejos Roan Inish, la isla hermana, alzándose como una torre sitiada por la nada. Vacío. Deshabitado. No había agua, ni aves, ni peces. Las focas no estaban. ¿Qué le había pasado al mar?

   Miró hacia el otro lado y sus ojos se estancaron en cuatro grietas anchas y profundas convergiendo en otros tantos cúmulos de roca y barro y crustáceos cerca de los riscos. Él nunca había advertido eso. Son heridas, pensó. Arañazos que una garra enorme había infringido al fondo del mar, desgarrando sus vísceras y amontonándolas en revoltijos. ¿Quién le había hecho eso al mar? Aguzó su vista y descubrió en cada cúmulo el movimiento incesante de cientos, miles de cangrejos y langostas ¿que huían?

   En medio del silencio espeluznante, el viejo se erigía como el único ser, primer testigo humano de la lobreguez de ese mundo sin agua. No había mar, sin mar no había tierra. La visión, sus pensamientos les resultaron insoportables. Abrumado, bajó a los tropezones por la ladera rocosa hacia su casa.

   La mujer lo vio desde la ventana. Venía cortando camino corriendo por el pasto fino. Lo vio resbalar dos veces y levantarse ágilmente porque su cuerpo aún era fuerte. Salió a su encuentro y lo esperó al lado del muro de piedra.

   —¡El mar no está, el mar se ha ido, Elena! —le dijo el viejo con un hilo de voz.  

    Lo sé, Ruarri —dijo ella sacándose el delantal y envolviendo su mano lastimada.

    ¿Dónde está el mar? ¿Adónde fueron las aves y los peces?  

    No lo sé, querido. Lo único que sé es que siempre regresan. Todos regresan. Sólo hay que esperarlos. Vamos, Ruarri.

   El viejo la miró desconcertado y ella le rodeó el cuerpo con sus brazos y lo guió despacio hasta el promontorio delante de la casa, donde en las noches claras miraban las estrellas sobre el mar y el reflejo de las luces de las Lews en las noches nubladas. Se sentaron, el viejo sollozaba y ella le acercó la cabeza a su pecho y comenzó a hamacarlo.

   —Cierra los ojos y esperemos, Ruarri. Esperemos al mar y a las aves y los peces, querido.

   Ella le acariciaba los cabellos húmedos y lo confortaba al oído con palabras dulces en dialecto. El viejo se entregó al movimiento y a las caricias. Poco a poco su cuerpo se fue aflojando, dejó de llorar y pareció dormirse.   Sin dejar de hamacarlo, la mujer infló su pecho con el aire fresco y suspiró largamente. Sus ojos cansados buscaron el horizonte y la serenidad matinal del verano la colmó en un triste regocijo. Todo era cielo y agua resplandecientes. Vio a los pescadores de Roan Inish navegando hacia el gran Minch y más cerca, en la desembocadura, a las focas adiestrando a sus crías para atrapar salmones y a una bandada de gaviotas blancas flotando cerca de los riscos donde trepidaba el aire.  

   Un grupo de gaviotines voló sobre ellos y emprendió el descenso bullicioso sobre un cardumen plateado. El viejo se alertó.

    Escucho las aves, Elena! ¿Han regresado las aves? —preguntó esperanzado, los ojos aún cerrados.  

   — Sí, Ruarri, han regresado. 

   — ¿Y el mar?

   —Aún no, pero falta poco, querido. Falta poco…

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Escritora argentina


Nació en Bahía Blanca, Argentina, en 1953. Estudió Ciencias Biológicas en la Universidad Nacional del Sur y es docente en escuelas secundarias.

Escribe cuentos y minificciones. Participó en revistas de difusión cultural como colaboradora. Algunos de sus cuentos fueron premiados y han sido publicados en  antologías. Actualmente publica en páginas virtuales.




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