Juan Solo. Where are thouu?

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Cómo conocí a Genoveva

Juan Solo

 

Have you seen the Moon in between days?

Las escondidillas sea quizás lo que mejor conservo. Aparte de su voz claro. La plusbelle, douce et tendre voix des toutes.

Me escondía cerca de ella procurando que pareciese coincidencia. Es delicioso recordar ahora su temor porque nos vieran juntos.

Genoveva era sólo conocida por mi en aquel entonces. Han pasado casi diez años y soy aún el único. No necesita más, al igual que quien se sepa plenamente amado.

Algunas miradas no recuerdo si son mías o de ella. Las sonrisas sí son todas suyas, con eternas respuestas mías.

Siempre me han entusiasmado las pequeñas líneas que se forman alrededor de su boca, y los hoyos de sus cachetes al reír. Lo increíble y suave de su piel. Y pensar que hay quienes se angustian por menores arrugas que acompañan a la edad, mientras ella enaltece esos rasgos con su belleza y juventud. Además de que van con su cabello.

Algunas personas, muy pocas de hecho, no surgirían jamás de imaginación alguna. Dentro y fuera de ese sueño, no alcanza la creatividad de cuantos se imaginen para acercarse siquiera a su más superficial imagen. Genoveva me ha gustado desde siempre; el nombre quiero decir, aunque ella también me ha gustado desde siempre. “Genoveva” sin embargo me dice tantas cosas. La mayor de las veces escucho un deseo, de que me abracen y apapachen. De que ella me abrace y me apapache.

Es un hermoso nombre.

No sabré nunca lo que me condujo a su amistad, que tardó mucho en solidificarse y que el tiempo no hizo más que inmortalizar.

Es curioso, pero creo que nunca salimos juntos del castillo. Cuando llevas a alguien dentro de ti, no necesitas que esté forzosamente a tu lado.

No es Genoveva la que aprieta mis labios. Ni la que disipa la orilla de mi ceja. A pesar de hacer muchas otras cosas no menos importantes. La trivialidad tomó para mi un nuevo sentido al conocerla. Una sonrisa, una mirada de las que tanto gasta el ser humano. Un saludo. Un beso en la mejilla. En fin, tantas cosas pasaron a ser realmente importantes. Las disfrutaba intensamente, supongo que esa trivialidad formaba parte de lo mágico y bello de esos detalles.

Su ropa también significó mucho. Algo tonto tal vez. No pude evitarlo desde el día en que rompió con lo que yo creía su imagen. Elegante y arreglada. Distinguida. Y aquella vez disfruté tanto su comodidad que me enamoré más. Fue como despejar cualquier prejuicio que pude llegar a tener, y mirarla desde entonces con una extraña emoción que nunca perdería. A partir de entonces me fijé mucho en cómo vestía. Con cada distinto atuendo la encontraba preciosa. Y pensaba en diversas cosas, experimentaba indistintos sentimientos.

Ahora la veo menos tiempo. Como ya dije, no es Genoveva la que cambia una a una la gotas de mi regadera. Es sólo que nadie lo hace, y pienso en ella como la que no lo hace. Pero sólo pienso en ella.

Quizás se sorprendan las nubes de este sábado anterior, como sea que alcancen a verla desde arriba. Sucede que conozco sólo un lugar de Genoveva. Por lo que no se decir si es el más hermoso, pero al admirar su belleza en ese lugar, me resulta difícil imaginar que lo supere cualquier otro. No soy más que un punto de referencia sobre una mujer famosa. Una opinión modesta sobre una fugaz estrella. Tan rápida como bonita.

La paz que me da continuamente es toda para ella.

Creo que me ha olvidado. No me atrevo a llamarla cuando estamos juntos. Me paseo en la trivialidad que años atrás nos condujo por aquel lago. Cubierto casi siempre de niebla pastel, de ocasionales sonidos y ocasionales destellos en sus ojos. La pasamos muy bien, y el tiempo es menos que nunca con nosotros. Nos sentamos a ver el cielo envejecer mientras la luz juega entre los tres.

¿Has visto la Luna en días intermedios?. Nosotros si.

Aún pienso en “Genoveva”, en momentos bajo mis pies o al caer agua desde mi cabello. Sin embargo, están esos días, cuando salgo a la calle y no la encuentro.

Acaricio mis manos con mis manos, y espero por  sobre mi hombro sentirla. Esos días son refuerzos que el tiempo llama para detenerme.

Solíamos tomar café a las afueras de la ciudad, cuando la Luna descansaba y el cielo nublado nos impedía ver las estrellas. Entonces teníamos que oírlas. Lo que decían desde atrás.

Las estrellas dicen lo que uno es.

Debe enfadarle al tiempo la forma en que abusamos de él cuando estamos juntos.

Es cierto que actuamos irrespetuosos. Fue hasta su regreso que vi sus manos. Sus ojos, nunca los he visto, cuando lo intento son ellos los que miran a los míos.

La luz del ocaso reflejó en ambos placer y lágrimas incontenibles. Volábamos cerca de los volcanes. Creí por un momento que la vista de luz y nieve me darían aquel día la energía necesaria para descender. Y cuando la miré, lo sentí por vez primera: lo absurdo del vuelo.

Ella también lloró.

Han sido estos días de su enfermedad los más tranquilos de todos los nuestros. Reír junto con ella es increíble. Ninguna tensión. Los más íntimos y ocultos sentimientos explayados.

Antes de conocerla me llevaban a la playa. Precisamente en aquel entonces ignoraba mi melancolía por conocerla. Jugaba el día entero sobre la arena. Caminaba y exploraba lugares ocultos en una igualdad producto de la apatía humana. Meditaba mucho en la playa. Cuando su recuerdo regresaba, lloraba bajo el mar. Furioso por desconocerla.

Mientras duerme, alimentada por el suero, salgo al parque procurando no hacer ruido. Siempre hay una banca vacía, frente a la cual siempre hay un niño practicando su música.

Me fue imposible hablar con ella antes del coma, y me preocupa ignorar sus intenciones. La abstracción en la que se ha sumido entrecruza mis recientes momentos, colocándolos sobre una bóveda pasada que no debía estar arriba. Lo absurdo del vuelo.

Es Genoveva a la que vi salir a las calles y traspasar rutinas. Desafiar murales. Nunca comprendí su afección por las mariposas. Odiaba cabalmente su don. Hablaba sobre invertir su metamorfosis, o darle versatilidad. Gustaba sentarse al piano y divagar sobre mariposas. Cuando reglaba, azotaba estruendosamente las teclas, luego se disculpaba con el piano mientras este extrañaba el desliz ligero de sus dedos acariciándolo. Quería llevarlo al campo con nosotros. Para responder a las estrellas.

Me regaló una falda escocesa, deseaba que sintiera lo frío de las corrientes alzarme contra las nubes. Me invitó a cenar sólo para reírse.

Cuando cenábamos fuera acostumbraba ensuciarse los zapatos con lodo. Así pretextaba entrar descalza al restaurante. Su actitud esas noches tocando el piso, coordinándolo incansablemente con su masticar, me alimentaba incluso más que la comida misma. Cualquiera diría que no mastica. Que su boca se mueve sólo para hablar y reír. Aunque bueno, supongo que mi percepción no es ni mucho menos objetiva. Altiva y protectora.

No es que nunca peleáramos. Claro que tiene defectos, tantos como todos. Y que no han servido sino para aumentar mi cariño. Admito que no sabría distinguir la intención de mi conciencia al hablar de ella. La ausencia de maniqueísmo y prejuicios existían en mi desde antes, gracias a una larga formación. La perfección en la que creo nunca fue de su conocimiento explícito. Lo mencioné una ocasión en las cascadas, pero de forma escueta. Discutimos mucho aquella vez sobre los conceptos. Nunca le convenció mi teoría, aunque me miraba con una cierta fe casi maternal.

Sobrevivirla sería imposible literalmente. Facilita el control tanto de impulsos como de reacciones; empero, al tomarla de la mano viajo omnipresente por directas situaciones. He conseguido ver con claridad su ojo y principalmente su pestaña durante esos viajes. La curiosidad que ha despertado en mí por conocer más allá de lo que en ella brilla, resulta equilibrante estando juntos. Nuestro contacto aminora cualquier deseo.

Ahora en esta lluvia, quisiera que estuviese conmigo para jugar. La tiraría sobre el pasto, revolcándonos. Y acostados boca arriba observaríamos las gotas caer sobre la ciudad desde nuestro interior. Me lanzaría sobre la lluvia por uno de sus lados y la escucharía reír abiertamente. Magullaría su cara húmeda sintiendo la textura de su ánimo.

Me dijo en la torre norte, cuando buscábamos el calabozo sin permiso de los mayores, que soñaba continuamente conmigo… corríamos por los cafetales de noche, los rayos iluminaban nuestro camino esporádicamente. Corríamos juntos, y por el mismo camino, hasta que de pronto se topó conmigo. Ya no estaba a su lado. Frente a frente, cansados, abrazados… Ese día me pidió que no la abandonara nunca. No importando que tan lejos estuviéramos uno del otro en determinado momento, no salgas de mi.

Por supuesto no lo he hecho, esa suplica ha sido lo más  innecesario que me ha dicho. Entre otras cosas. No me importó por ejemplo, cuando habló con Dios. Que al parecer intentaba convencerla de su fe. Yo los veía a la distancia (me pidió cortésmente dejarlos solos), esperando que terminaran. De repente escuchaba la voz de Dios levantarse, pero nunca pude hilar su conversación. Al cabo de un rato me aburrí y decidí adelantarme a la noche. Me acerqué a decírselo y escuché a Dios recriminarle no sé qué cosa. Le pregunté si todo estaba bien y Dios me dijo que no me metiera, (más tarde tendríamos un mayor altercado que hasta la fecha no me perdona, y en el cual  también participó Genoveva).

Desde que recuerdo ha tenido amigos muy raros. Quizá el amor propio me ha impedido incluirme. No, supongo que ha sido mi ego. No obstante son raros en verdad. Había uno que nunca dormía. Otro utilizaba un paliacate de pulsera. En fin, no me daba abasto con sus rarezas.

A veces tiene sus ventajas poder mirarse las puntas del cabello.

No lo sé Genoveva. No estás ahora conmigo bajo la lluvia de Don Goyo. Te forzaron a viajar sentimentalmente. Decidiste visitar la juventud opuesta que tanto amas, y presenciar su unión con lo que tanto odias. Dista mucho la presencia del verano de acercar su periodo final. Te recibiré con espacio y tiempo. Te invitaré café en el valle. Llorarás en mi hombro a causa de visiones que ya me contarás. Te hablaré de Raquel, y de cómo me conquistó desde su segundo nombre.

Tengo que marcharme, ¿de qué otra forma esperas seguirme? Procuraré no dejar huellas, así te perderás y mi huida se convertirá en tu búsqueda también. No lo sabrás, por eso le hablo al aire: dispersará mis palabras dificultando tu comprensión.

Tuve que identificar tu nombre la primera vez que lo escuché. Quedó atrapado tras mi ceño. Bajé a las mazmorras en busca de los libros, pero me venció la oscuridad y humedad de gruesas paredes. Vuestro orgullo debiera compartir el mandato altivo que es tu nombre sobre mí, con la penumbra densa de mi conciencia. Y de vuelta a la fragilidad de nuestro cabello. ¿Cómo dices tu caída, si no doblan por ti las campanas?

En ese sueño. Lo fue todo. Todo. Aún más absurdo el vuelo. Un paseo. Cada ola es hermosa. Pero he encontrado todas, y es todo lo bello que son todas; ella, en ese sueño.

Al decimoséptimo día del quinto simplificado, un año antes que mi veintitrés.

¿Sabes Genoveva?, sí es absurdo, y no por eso deja de ser divertido. No sabes de ti, sin embargo pudieras saber de nosotros. De las tonterías que no sé si han sido, o encantos. Alguien tendrá que hacerlo. Y tendría que importar como lo que ella dijese.

Cuando bebé, hubo quien me dijo la verdad. Ahora, de nuevo, en ese sueño.

La primera vez que toqué la Tierra la sentí entera. Tiritaba. Para ambos nuestro impulso fue llorar ¿recuerdas? Lo mismo ahora, después del sueño. Durante ella.

Si al menos la conocieses. Se encuentra lejos. Cerca de donde habitas normalmente. Cuando habitas. Lejos de mi. De donde vivo.

Una carta es un medio íntimo de comunicación condicionado por la distancia. Por las características físicas del habla. De la no-reunión. Lleva nuestro aroma, nuestro estado. Nuestra energía. Las mías llevan por sobre todo, esperanza. Generalmente. Hoy mandé una con “ojitos”, con horas de acostarse, con primeros días de clases. Lleva juguetes nuevos de días de Reyes, mi primer beso, mi esfuerzo al nacer, mi gratitud. Puse también mi apetito.

Ojalá llegue a su destino.

Si te ha de tocar entregarla no se te ocurra leerla. Mejor regresa, y lee esta otra, de la cual eres destino.

No sé dentro de las almejas. Si en su interior desarrollan de igual forma este tipo de miradas. Aquí, sobre la tierra, acostumbramos rebotar las vistas. Juegan los ojos más de escudos que de páginas. Nos palpita la rodilla y la sien pensando en nuestro amor. “Almejas”, que expresión.

Cuando lloro bajo el mar intento, por la unificación de mis ojos con ellos mismos y con el exterior, formar una imagen que lo sea todo. Imagina, desde tu inconsciente hasta tu superficie (y más), todo lo hermoso que hayas presenciado, que hayas interiorizado. Toda esa maravilla representada en una sola imagen, con toda la energía de ese todo. Ella, en ese sueño.

Debiste pensar en lo grosero del coma. Sentado junto a ti mientras absorbes suero y oxigeno. Olor a medico, hipnotizándome con lo vacío e impersonal del cuarto. Prohíben juguetes. Apuesto que no lo sabias. Sin duda una de tus mejores bromas, claro que no pienso estar aquí cuando comiences a reír. Indiscutiblemente lo peor es el sonido del electrocardiograma. No tenía idea de lo fastidioso que puede llegar a ser tu corazón en algunas circunstancias. Podrías al menos llevar cierto ritmo.

Qué camino persigues Genoveva. Conozco tu valor y lo defiendo. Mi mueca surge  de tus procesos. Al nacer, un paurópodo tiene solamente seis patas, al igual que los demás insectos. Conforme avanza su edad aumentan gradualmente sus pies, hasta llegar a tener un promedio de ochocientos. No importa sabes, han avanzado tanto como cualquier otro.

Por tu descendencia sé que buscas comunicarte con Xel’as. Mi abuelo alakaluf. Y no puedo sino extrañar nuestras noches nubladas. Si lo has conseguido, levántate y dime, ¿qué dice Estrella? Y luego, ¿qué dicen las estrellas?

Preferiría incluso, sentado aquí, contándote mi sueño, salir a volar un rato.

 

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Por extrañas razones el archivo que contenía este texto permaneció extraviado durante muchos años. En la actualidad no tengo el correo del autor, pero sirva la publicación para presentar una sincera disculpa a Juan Solo; sirva también para suplicarle se comunique conmigo.

JLV

 

En el 2011 encontré a un escritor llamado Juan Solo, pero declaró no tener nada que ver con este texto.