Héctor Pérez

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La Prensa

Un periódico de San Antonio

 

Héctor Pérez

Gran número de intelectuales que estudian la cultura méxico-americana han reconocido la relevancia de La Prensa, periódico publicado en español que fuera fundado por Ignacio Lozano, en San Antonio, Texas en 1913. El fenómeno de esta empresa, obviamente periodística, se consideró de tal importancia que se le dedicó un tomo especial de la revista The Américas Review (vol. 17, invierno 1989).

La Prensa, desde su principio, contó con la participación de varios intelectuales mexicanos quienes contribuyeron a construir un discurso que al principio se limitaba a la cobertura de los eventos sucedidos en México durante la revolución pero que después se extendió para cubrir los hechos surgidos en el interior de la comunidad chicana.

Teodoro Torres, uno de esos intelectuales mexicanos quien contribuyó a la producción material e ideológica de La Prensa, empezó su asociación con el periódico en 1913 y muy pronto asumió el puesto de jefe-de-redacción, quizá su cargo más influyente. Además, Torres escribió bastantes editoriales y artículos, algunos de ellos bajo seudónimo. Cuando regresó a México, Torres publicó la novela, La patria perdida, cuya trama traza las experiencias de un mexicano, aparentemente aristócrata, quien por su desencanto con los efectos de la revolución de 1910, deja su país y viene a los E.U.A. La mayor parte de la novela toma lugar en un pueblo cercas de Kansas City (en Missouri) y en San Antonio (Texas).

Me propongo examinar detalles de esta novela y su trabajo como escritor y redactor de La Prensa. Arguyo que la obra de Torres, su ficción y su periodismo, comparte ciertas cualidades con las obras de Samuel Ramos y Octavio Paz. Propongo también que estos discursos ideológicos han influido en la formación de la identidad chicana, o sea, méxico-americana.

Tenemos estudios históricos que nos presentan varias perspectivas en cuanto a las condiciones políticas y sociales en el suroeste de los E.U.A. Igualmente tenemos textos que describen cómo estas comunidades chicanas se integraron—o trataron de integrarse—a los grandes cambios ocurridos después de 1848. La integración sugiere comunicación y organización en varios niveles, con intereses materiales al igual que dirección intelectual, política, e ideológica. Encontramos, por ejemplo, referencias a grupos mutualistas, cooperativas, y señas de organización política.1 El periódico La Prensa representa un importante punto de apoyo para la comunidad chicana. El periódico fue percibido como una empresa cuyos ideales—sus valores intelectuales y sociales—coincidían con los deseos de la mayoría de la población chicana.

La Prensa se fundó en 1913 en San Antonio, Texas, y entre los años 1916 y 1957, el periódico se publicó diariamente.2 Ignacio E. Lozano, fundador del periódico, contrató a Teodoro Torres en 1913; como sabemos éste asumió más y más responsabilidades. Los lectores—asumía Lozano—eran los hispano-parlantes de Texas y mexicanos radicados en el norte. Sin embargo, tenemos pruebas de que el periódico se leía—o al menos se distribuía—en los estados del medio-oeste en E.U.A. y también en la región central de México. De una manera sencilla, se pueda decir que La Prensa era una empresa, con intereses y fines comerciales, fundada por un mexicano que se trasladó a los E.U.A. No obstante, Lozano representaba cierta orientación política, cuyos intereses eran los de la clase superior alineada con el porfiriato, su periódico entonces atrajo a varios mexicanos, auto-exiliados de México el caer Díaz. Sin embargo, el periódico necesitaba contar con lectores en otros ámbitos, además de los exiliados para sobresalir como empresa comercial. El periódico entonces se esmeró para atraer a sus lectores hispano-parlantes. Resultó una atracción muy natural, centrípeta (para hacer referencia al ruso Bakhtin). El periódico, por ejemplo, les recordaba a sus lectores que su presencia era muy legítima. Refiriéndose a la influencia de este periódico, el reconocido escritor chicano Rolando Hinojosa ha dicho que: “La Prensa, como publicación diaria, fue el vehículo principal que sostuvo la cultura hispana por casi medio siglo en este estado. . .su contribución al mantenimiento de tradiciones hispanas es sin duda muy obvia. Igualmente, en cuanto a las varias culturas texanas, la contribución de La Prensa ha sido muy extensa. (“La Prensa” 128—traducción del autor)”

Considerando el periódico desde otro punto de vista, Richard García explica que la comunidad mexicana en San Antonio “se nutrió, intelectual y políticamente, con la visión ‘redentora’ expresada por la clase rica a través del periódico La Prensa y por su participación en festejos tradicionales” (4—traducción del autor). García describe a los dirigentes del periódico como un grupo de exiliados, hombres de dinero y propiedad, conservadores, pero muy asombrados con los hechos de la revolución pero con la esperanza de algún día regresar a su patria y sus propiedades. Aunque García se refiere a estos exiliados como “los ricos”, él no los asocia con ningún líder mexicano en particular. Por otra parte, Dennis Parle dice muy claramente que La Prensa era pro-porfirista (165).

Recordemos que el sistema económico bajo Díaz era un caso extremo de laissez-faire. Inversionistas extranjeros controlaban casi 97% de las minas, 98% de la industria de hule, y 90% de la industria petrolera (Smith 6). Los inversionistas y la jerarquía de gerentes exigían empeño y dedicación de sus trabajadores. Lo que a veces se omitía de la fórmula de la dedicación al trabajo y la lealtad al patrón era la recompensa, o sea el pago justo. El enfocarse sobre el mercado libre a veces distrae a uno de la consideración de otros problemas sociales y económicos. La Prensa hacía sus halagos al mercado libre, y quizás esta inclinación explica porque este periódico limitaba la cobertura de los problemas laborales de los méxico-texanos. Ciertamente el periódico, y por supuesto, los hombres que lo dirigían, promovían un discurso anti-revolucionario en sus artículos y editoriales. De todos modos, García nos dice que: “Aunque Lozano y los ricos siempre se orientaban hacia México, ellos tenían ciertos objetivos para los mexicanos quienes radicaban en los E.U.A. Repetían ciertos temas: (1) la repatriación voluntaria; (2) resistir la ‘americanización—es decir no ‘agringarse’; (3) enseñarles a los niños enfáticamente que eran mexicanos de afuera; (4) participar en los festejos tradicionales para no olvidar lo mexicano; (5) ser una voz para las decisiones políticas; (6) evitar estereotipos; y (7) enfatizar el deseo de trabajar con empeño. Además, el periódico publicaba artículos sobre personas que habían logrado éxito y las presentaba como ejemplo para la comunidad; esto servía para corregir la idea que los niños mexicanos era menos capaces o de menos inteligencia. (225-226)”

La ideología que se encuentra en estos temas circulaba durante los años que se publicó el periódico. Claro está que no todo lector estaría de acuerdo con todo lo que leía. Pero debe considerarse también que lo que se publica y se lee continuamente a final de cuentas sí influye.

La repatriación a México era tema central del periódico. Es interesante ver que Ignacio Lozano nunca se repatrió; es más, él se fue a California donde fundó otro periódico para hispano-parlantes en Los Ángeles; a éste lo nombró La Opinión.

La Prensa patrocinaba las fiestas patrias, La Prensa inculcaba a los miembros de la comunidad mexicana la idea que eran mexicanos de afuera. Esta manera de considerarse uno mismo, el sentido de ser-propio, de estar en los E.U.A. pero no ser de los E.U.A. se podría interpretar de varias maneras. Desde la perspectiva del periódico, todo mexicano en un inmigrante. Esta perspectiva omite el hecho histórico de los miles de mexicanos que ya radicaban en las regiones que México perdió, cedió [quizás existan otros verbos o frases para describir lo que ocurrió] con el tratado de Guadalupe Hidalgo. Y quizás los ‘hispanos’ de Nuevo México y Arizona no se incluían en la visión filosófica de La Prensa. De todas maneras, el periódico sobresalió. El hecho está que La Prensa se impuso como potente aparato ideológico para las comunidades hispano-parlantes precisamente porque predominó como empresa comercial. Otras publicaciones que proyectaban ideologías opuestas fueron reprimidas, como el caso de los esfuerzos de Flores Magón, o sencillamente no captaron los lectores suficientes para evitar la bancarrota.3 Aparte de sus reportajes noticieros y artículos típicamente periodísticos, La Prensa cultivó la sensibilidad literaria. Bajo la dirección de Teodoro Torres se incluía el suplemento titulado “lunes literario”. Cada lunes los lectores contaban con una selección de poemas y cuentos, escritos originalmente en español o traducidos al español. También se incluían comentarios críticos. Las selecciones más o menos correspondían a la época del porfiriato: textos neo-clásicos, escritores franceses, etc. Sabemos que entre las primeras generaciones de escritores chicanos, Américo Paredes se inspiraba con este periódico y con el suplemento literario, en particular. Paredes llegó a mandar unos de sus poemas al periódico para que se lo publicaran. Toca la coincidencia que la influencia de Torres ya se sentía en La Prensa. Ignacio Lozano le tenía tanta fe a Torres que lo escogió para que reportara la inauguración de unas escuelas en México. Las escuelas originales habían sido destruidas por un terremoto. Con fondos recaudados enteramente por La Prensa, estas escuelas fueron reconstruidas. Torres reportó la inauguración de las nuevas escuelas con un estilo impresionante, usando muchos títulos y artículos y fotografías para asegurar que los lectores no se perdieran los informes y desde luego ensalzar la buena obra del periódico y sus asociados. Ignacio Lozano se encargó de presentar el discurso principal para celebrar la apertura de las escuelas. En esta ocasión, así como en otras, Lozano repitió temas que aparecían en el periódico. En la inauguración de las escuelas les aseguró a los presentes que: “El día llegará sin duda cuando todos seremos restaurados a los cariñosos brazos de nuestra patria. Hasta que ese día se nos llegué, tú hombre obrero, sigue manejando la herramienta; tú agricultor, continúa haciendo que la tierra de fruto; tú mujer abnegada, esposa y madre, sigue cumpliendo con las obligaciones nobles del hogar. Y piensen, a la misma vez, que pronto tendremos la buena fortuna de regresar a nuestra patria. . .que veremos el sol mexicano iluminar nuestros últimos días. . .y serán montoncitos de nuestra tierra que caerán sobre nuestros ataúdes cuando ya nos lleven a la tumba.4 “

Estos temas: la añoranza por la patria (México), el obrero dedicado a su trabajo, y la mujer pasivamente en su lugar, en el hogar, se repiten a través de los editoriales y un sinnúmero de reportajes.

Teodoro Torres se destaca y distingue de los otros intelectuales porque además de su trabajo con el periódico, fundó la primera escuela o colegio de periodismo en México.5 Pero de más importancia, para lo que me propongo aquí, es el hecho de que Torres publicó la novela La patria perdida, en México en 1935.6 Aunque el elemento central de la novela sea la Revolución de 1910, me parecen muy interesantes las impresiones de los méxico-americanos que se revelan en la novela. De igual interés, para otros quizás, son las actitudes hacia las mujeres y los mestizos.

En términos amplios, La patria perdida es una novela moderadamente larga (unas 400 páginas), que tiene como protagonista a Luis Alfaro, quien había sido oficial en el ejército mexicano. Alfaro se viene a los E.U.A. al ver que la Revolución no iba como él hubiera querido. La novela empieza, así a medias res, cuando Alfaro ya tiene varios años de haberse trasladado. Ahora es un ranchero con su hacienda en Bellavista, cercas de Arley, en el estado de Kansas. Está casado con Ana María, a quien conociera desde niña, y esto introduce el elemento romántico a la trama de manera conveniente para cambiar de enfoque. Hay una tensión dramática en las primeras páginas cuando, a través del narrador omnisciente, nos damos cuenta que Alfaro y el Dr. Morris platican de la enfermedad que agobia a Ana María. Lo que resalta aquí es la presentación de Luis Alfaro como un hombre muy preparado, con suficiente conocimiento como para dialogar inteligentemente con el médico. En un momento hasta parece que el médico sabe un poco menos que Alfaro. Entonces Luis Alfaro, en la novela, se aproxima al tipo de hombre—sumamente educado, con muchos conocimientos, y con el éxito casi asegurado—que atraía el periódico La Prensa.

La enfermedad que agobia a Ana María, la tuberculosis, eventualmente la mata. Y aunque Alfaro demuestra mucho interés en el bienestar de su esposa, no deja de pensar en otra mujer, llamada Magdalena (una alusión quizás a la María Magdalena bíblica) quien lo ha seguido desde México. Se construye este cuadro de una manera interesante. Está la esposa muriéndose y también está Magdalena, muy cerca; esta última le manda un recado diciéndole que se encuentra “a un paso” (9). Pero, también le deja su espacio, recordándole: “Soy respetuosa, como siempre, de tu vida formal, y seria” (9). Creo que Alfaro se deleita con la fantasía pero sí nos demuestra su gran fuerza moral al asumir el auto-control recordando que Magdalena había sido “una aventura de tantas” (9-10).

Hay en la novela pasajes en los cuales se dan a ver actitudes hacia las mujeres y también en cuanto a las clases sociales y las razas. Uno podría imaginarse que el protagonista, el narrador, y el autor Torres comparten ciertas de estas actitudes. Como jefe de redacción Torres escribió un editorial anunciando que era un error darle el voto a la mujer, que era demasiado prematuro.7 En la novela, la mujer se presenta de una manera unidimensional.

En cuanto a los temas de las clases y las razas en la novela, podemos considerar al hijo de Luis y Ana. Ellos adoptan a un niño en un orfanato católico y lo nombran Luisito. Se enfatiza que el niño es “ rubio y hermoso como un ángel” (68). Gabriela, la sirvienta doméstica, se encariña con el niño, algo quizás no tan inesperado, pero Luis interpreta esos sentimientos de otra manera: “Gabriela, la criada, [que] estaba enamorada del ‘gringuito’ y tenía para él la devoción del indio para el blanco de ojos azules” (68). Las descripciones de Luisito siempre se presentan desde el punto de vista de su clase y su tez; por ejemplo, cuando visita Luisito a sus padres—ya que estudia en un colegio exclusivo en el noreste—todos en la hacienda voltean a ver “a la aristocrática figura del muchacho rubio y blanco” (95). En una escena entre padre e hijo, Luisito pregunta: “—a ver, tell me the truth, ¿ustedes no son mexicanos, no es así?” (69). Luis reconoció en esa pregunta la realidad de la discriminación en contra de los mexicanos y mexico-americanos. Le cuenta a Luisito que México es el país más bello del mundo, y que algún día regresarán. Pero el tema aquí se queda. Parece que Luis, o el narrador, o el autor, deciden que el tema no importa, que no es necesario externar las consecuencias ya que ni Luisito ni él parecían mexicanos.

Las descripciones de los obreros en la novela también vienen al caso. Quizás por la jerarquía que vemos al aparecer Luis como el propietario y los trabajadores como proletarios campesinos, no sorprende cierta condescendencia. Luis organiza la celebración del día de independencia, sus fiestas patrias. Lo hace gustosamente como patriota y como patrón. En una ocasión, Luis platica con un vecino, de su nivel por supuesto, acerca de los negocios en México, y en esta escena es el narrador que nos educa: “Había de ser una delicia vivir en un pueblo donde las clases superiores eran como Luis Alfaro y como su esposa y donde los de abajo tenían la humildad, la dulzura de los trabajadores que iban a veces a pedirle trabajo, como quien solicita una merced inefable. (102)”

Según Luis Alfaro, la gran mayoría de los mexicanos en los E.U.A. habían venido porque se estaban muriendo de hambre en México por el caos de la Revolución. El narrador nos presenta varios testimonios de parte de personajes que habían caminado cientos de kilómetros desde sus rancherías para llegar a los E.U.A. y encontrar un lugar donde tan siquiera podrían encontrar un bocado.

Al llegar a este punto de la trama, ya murió Ana María; muere quizá como vivió: muy resignada. Pero ahora, Alfaro tiene que de alguna manera regresar el cadáver a México. Alfaro visita al cónsul mexicano en San Antonio. Este detalle es una oportunidad para que el narrador exprese sus conclusiones acerca de la comunidad mexicana-chicana en esta ciudad. Utilizando una perspectiva panóptica, el narrador nos explica que las zonas en donde vivían los mexicanos representaban “un pueblo que apenas sabía leer, deletreaba todos los días el nombre de su país con balbuceos de niño abandonado” (153). Y la impresión que nos deja es que la mayoría vive en la pobreza. Describe el narrador: “casas pobrísimas, colocadas sobre gruesos troncos, y por cuya base, completamente al aire, circulaban animales domésticos mezclados con chicos sucios y harapientos” (166-167). Hay referencias a los méxico-americanos como mestizos que no son ni mexicanos ni norteamericanos, que no hablan ni el español ni el inglés.

En lo que podría describirse como un ejercicio literario de la verosimilitud, Alfaro visita las oficinas de un gran periódico que por coincidencia lleva el nombre La Prensa. El narrador y Luis halagan todo aspecto del periódico: su gerente, las oficinas, la organización, el personal y sobre todo el producto final, siempre a tiempo. De interesante manera, el narrador hace contraste entre esta empresa y otras de menos éxito: “Algunas empresas del país que trataron de fundar periódicos en español fracasaron. Otras publicaciones redactadas por individuos de extracción mexicana pero que no tenían ya nada en común con nuestra raza, porque eran justamente de los que se habían quedado [énfasis en el original] se habían norteamericanizado y adoptado la bandera de las barras y las estrellas, y explotaban a la colonia para fines políticos locales, se extinguían ante el vigor y el mexicanismo del diario que fundara un muchacho entusiasta, creyente en las virtudes de su pueblo, y que había llegado a San Antonio con el maletín del emigrante ambicioso, instruido, sin blanca, pero con facultades para luchar en planos superiores" (152).

Hay suficiente parecido entre las descripciones de los obreros mexicanos y sus costumbres como para recordar el estudio psico-sociológico de Samuel Ramos, en el cual explica que el mexicano padece de un gran complejo de inferioridad porque vive comparando su país con el país más avanzado del mundo. Y de la manera en que la novela caracteriza a los chicanos, se podría decir que Torres anticipa, o sea es precursor de, el trabajo crítico-social de Octavio Paz, quien aplicara las ideas de Ramos para tratar de entender a los chicanos. José Limón ha escrito sobre el discurso de Ramos y de Paz como potente instrumento que mantiene la orden social hegemónica.

Torres, así como su narrador omnisciente, vino a San Antonio, observó desde su puesto panóptico y difundió sus impresiones a través del periódico y la ficción. Los recuerdos y lo que sabemos de La Prensa, periódico “de la comunidad hispano-parlante”, así como los otros medios, han sido de gran influencia en la formación de la identidad méxico-americana. Y no debe subestimarse esa influencia. Como lo consideran los anglo-europeos, como lo consideran los mexicanos, y como lo considera él mismo, todo junto, como la totalidad que contribuye a esa formación.

 

Notas

1Véase, por ejemplo el artículo “El Primer Congreso Mexicanista de 1911: A Precursor to Contemporary Chicanismo” de Limón (Aztlán vol. 5, #1-2 (1974) 85-117.

2Después de 1957, el periódico cambió de dueño varias veces hasta que dejó de publicarse como diario en 1963.

3Flores Magón publicó los primeros ejemplares de Regeneración desde San Antonio en 1904; se sabe del periódico La Crónica que se publicó en Laredo, Texas; al igual sabemos del periódico El cronista del valle que se publicó en Brownsville. Entre los años 1848 y 1942 se sabe de más de 500 periódicos que se publicaron en español en el suroeste de los E.U.A.

4Nora Ríos-McMillan tradujo el texto original al inglés en su artículo sobre Lozano.

5Se encuentra este dato en el Diccionario de escritores mexicanos y también en la Enciclopedia de México.

6La novela de Torres se publicó en México por la casa editorial Botas, no por la editorial Lozano que también publicó novelas.

7Véase el editorial publicado en La Prensa, 12 de enero, 1923, página 3.

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Maestro de la Universidad del Verbo Encarnado en San Antonio, Texas. Asistió a los primeros encuentros de Letras en el Borde. Presentó este trabajo en el 2000, durante la tercera emisión  del Encuentro de Literatura Fronteriza: Letras en el Borde celebrado en la Casa de Cultura de Nuevo Laredo y en la Texas A&M International University.