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   La flor de la canela

La terrible realidad de nuestra Latinoamérica es un ejercicio que pocos deberían perderse. Tal vez por la simple salud que constituye el mirarnos ante un espejo que en ocasiones parece quedarnos un poco pequeño, pero no es sino una especie de lupa de magnificación.

Inauguro esta etapa de reflexiones con todo el ánimo de que mis comentarios, ahora desde la óptica del Perú, sirvan también como punto de intercambio de ideas. De poco me serán útiles las palabras si antes no reflejo en ellas la primer impresión que genero como nuevo habitante.

Es en el autobús. Primero sube un pequeño de unos doce años. Viste un pantalón azul, bastante gastado y de rodillas grises, que indican que es aún un niño que juega en el piso. En sus manos tiene una cuerda de fibra de plástico de un metro y medio, tal vez; detrás de él, una chica, probablemente su hermana. Ella sólo le sigue con discreción.

El chico cuenta un chiste casi gritando, pues en el escándalo de esta ciudad hay que pelear el espacio auditivo con cláxones, motores y merolicos. Quienes están cerca de él, lo escuchan y ríen; es simpático, no deja de sonreír. Hasta las adolescentes que acompañan a su papá le prestan atención y se sonríen con él; son diferentes, sí, pues ellas viajan en el autobús, mientras que él trabaja en el mismo, pero el chico no parece intimidarse con sus miradas. Intenta invitarlas a su juego, pero ellas se rehusan: todavía conocen la vergüenza que él hizo a un lado hace años, cuando el hambre comenzó a apretar en el estómago...

"Y mírenlos, cómo son bobos, viendo en la televisión esas cosas de ‘dame más gasolina, quiero más gasolina...' ¡Si la gasolina no se toma!" El jovencito les hace ver sus pequeñas y simples vidas, rehenes de esta sociedad de consumo que los tiene maniatados al control remoto y a las solicitudes de crédito. "...más papito, dame más..." y todos ríen, un poco hacia adentro, como sabiéndose descubiertos en su morbosidad.

Luego deja de contar historias y comienza a hacer trucos con su cuerda: la ata a su cuello y muestra con su pase mágico que no, que ese nudo era de fantasía y que no ha dejado de amar a su tierra: no morirá estrangulado.

Después ofrece enseñar el truco al voluntario que quiera ponerse la soga al cuello, pero nadie participa: la masa observa, la masa analiza, pero no tiene intereses protagónicos: oculta, desde el tumulto, sólo levanta la voz cuando se puede escudar entre otras voces.

Al final, ofrece convertir la soga en una culebra. Para ello sólo habrá que repetir unas cuantas palabras secretas que él ofrece transmitir, pero lo sabe, nadie se atreverá a secundarlo en su espectáculo, ni aunque le dieran la fórmula de la piedra filosofal.

Y se burla una vez más mientras trabaja: "bueno, como nadie quiere repetir mi pase mágico, no transformaré la cuerda en culebra... ustedes se lo pierden... todos ríen una vez más.

Antes de bajar contando un chiste fuerte, con el que de algún modo se burlará de la mojigatería de los presentes y mostrará con ello su rebeldía ante el injusto trato que le da la vida, explica que estudia y que necesita del apoyo del honorable para continuar su educación. Su hermana pasa por nuestros lugares, recibiendo donaciones... ¿Creer o no creer?

Un niño que trabaja. No es nuevo en nuestra Latinoamérica, pero tampoco ello significa que esté bien, ni que sea el único. Es el diario acontecer de esta gran ciudad, donde cientos de almas infantiles luchan contra el mundo adulto por extraer unos centavos al Sol (El Sol es la moneda del Perú). Y justo cuando te has dicho que no darás más dinero a los pedigüeños, te impactan unos ojos tristes que con una mirada firme te dicen que no mendigan, sino que ese es su espacio de trabajo y que tú puedes ser espectador o mirar a la ventana, pero que no puedes negar que existen.

Bajando estos jovencitos sube otra niña con calcomanías en la mano: por cincuenta centavos le puedes comparar una sonrisa. ¿Por qué no hacerlo? Te dice que también estudia, que esos centavitos son nada para ti.

Y uno recuerda que la solidaridad de los menos favorecidos es la que mantiene vivos a los excluidos: de Sol en Sol, de centavo en centavo van haciendo su alimento, mientras que los pudientes sólo cierran el vidrio eléctrico del auto y con la cabeza dicen que no, sin siquiera obsequiar una mirada a quien busca sus ojos. ¿Qué programas internacionales de ayuda? Si el hambre está en cada esquina, si la pobreza es la que ocasiona el grito desesperado de necesidad, de denuncia contra el sistema, la urgencia de cambio para hacer justicia a los desposeídos.

Y mientras reflexionas, el bus llega a la estación de Angamos, justo en la que un graffiti enorme muestra un hombre con una especie de bozal, reclamando: "¡No votes, todos los políticos son una mierda!"

Ahí, frente a esta expresión gráfica de los desesperanzados, cinco niños de entre seis y doce años hacen piruetas: vueltas de carro en una banqueta de un metro y medio de ancho. Un pequeñísimo error y caerían al arroyo, donde los autobuses circulan. Niños que viven deambulando entre las estaciones de autobús, niños que han crecido sin jardines.

Uno de ellos identifica a la pequeña de mi autobús y comienza a gritar: "Rita, Rita... ven a jugar con nosotros." Y pronto, al unísono, los pequeños llaman a Rita, pero Rita apenas comienza a pasar entre sus pasajeros y sólo atina a voltear y verlos a través del cristal: esboza una sonrisa y dice en voz muy bajita, pero articulando tanto como le es posible: "No puedo, estoy trabajando..." Los pequeños continúan gritándole mientras el autobús inicia su marcha y Rita continúa su caminata vendiendo calcomanías en el camión. No sin dejar de verlos: "No puedo, no puedo..."

Visita el blog del autor en:
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(*) Trovador d’époque

Réplica y comentarios al autor: samorales@hotmail.com




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