Site hosted by Angelfire.com: Build your free website today!
Inicio

 
www.tiemposdereflexion.com Anúnciate con nosotros
   Migrantes

¿Qué tienen en común un restaurante chino, un negocio de artesanías rusas, un tendejón llamado "Cádiz" y un hostal en la selva guatemalteca? En apariencia, nada. Pertenecen a giros distintos, provienen de múltiples orígenes y, sin embargo, algo les une. Es su sustancia: más allá de las vitrinas y de los productos en exhibición, oculta entre las bodegas y los almacenes, yace el alma de un aventurero osado, el espíritu del fuereño que, años atrás, decidió establecerse ahí y no en otro lugar.

Las raíces de esos negocios están lejos, a miles de kilómetros de distancia. Habríamos de cruzar un océano para comprender por qué Igor Kraschenko decidió abandonar un día su patria y probar suerte en otro lugar del mundo; imprescindible sería viajar al corazón de la Manchuria para saber las razones de Chang Kwo-Li para establecerse lejos de su tierra natal.

Cuando se habla de migraciones, uno suele imaginar tiempos remotos: la Argentina de principios de siglo, con sus miles de italianos, españoles y croatas; la (hoy mal llamada) tierra de la libertad, los Estados Unidos de Norteamérica, con sus desembarcos interminables de irlandeses, judíos, orientales y europeos del este; los exiliados españoles de la época franquista; los judíos y alemanes (porque no todos los teutones estuvieron siempre de acuerdo con Adolfo, el del bigotito) arribando a Chile y la Patagonia. Recordaremos, con un escalofrío en la espalda, a los africanos-galeotes, encadenados a la embarcación, arrancados de su patria y traídos a América como vil mercancía, en bodegas pestilentes, hacinados, en condiciones infrahumanas.

Pero migrar no sólo tiene su origen en turbulencias políticas y sociales, es también una exigencia animal: lo hacen las aves, las mariposas y las ballenas. Lo hicieron los primeros habitantes del continente americano en busca de mejores condiciones de vida. El hombre continuaría errando de no haber conseguido la domesticación de las semillas, pues al conocer la agricultura, no tuvo más necesidad de cambiar de residencia. Así nació la propiedad privada y con ello nuestra modernidad consumista -no fue culpa de la manzana de Adán-. Con el paso de los años, como pasa con los órganos y las habilidades inutilizadas, la pericia humana para salir a la aventura se atrofió.

Por fortuna -sucede hasta en las mejores especies-, subsistieron unos cuantos miles de seres inadaptados al salto evolutivo: los aventureros.

Tal vez recibieron un impulso de las circunstancias: una decepción de amor, el rechazo social o una desavenencia política, pero pudieron -como muchos hacemos- callar, ignorar, olvidar u obviar; soportar las injusticias de la vida con tal de permanecer en la comodidad de sus orígenes, al fin y al cabo, hablar el propio idioma, ser de la misma raza y tener idéntica nacionalidad es más práctico, no obstante, tomaron el camino largo: decidieron ser capitanes de su propio navío y zarpar hacia tierras desconocidas.

Llegar a una tierra extraña, encontrar un nuevo medio de subsistencia, adaptarse a costumbres distintas, ser señalado como extraño, enfrentar cacicazgos, reinventarse e iniciar una vez más, desde cero: el asiático, trabajando de sol a sol, lavando ropa, cocinando, soportando humillaciones; el gachupín del tendejón, abasteciendo de productos a los habitantes de la comunidad serrana; el mexicano realizando las tareas más pesadas en el otro lado del río Bravo.

Las 12 pruebas de Hércules se vuelven nimiedades cuando escuchamos los relatos de los mexicanos en busca de una nueva vida en el país vecino del norte: cruces nocturnos por el desierto, persecuciones alucinantes en la mitad de la noche con una mochila en los hombros y un niño en brazos, temperaturas extremas e inhumanos cazadores de hombres. Pero no, no son los únicos desamparados del mundo. En todas las fronteras, esas líneas políticas arbitrarias, se viven situaciones similares: Chiapas para los centroamericanos, el estrecho de Gibraltar para los africanos, Polonia y Alemania, Albania e Italia... la lista es interminable. Ocultos en trenes, en cajas, escondidos en cajuelas, nadando, remando y de las maneras más inverosímiles, miles de seres intentan cada día arribar a mejor puerto.

Desde los tiempos más remotos, han sido ellos quienes iniciaron la verdadera globalización: hombres valerosos, de grandes impulsos, abridores de caminos: trocando y vendiendo, catequizando, educando, defendiendo y luchando por ideales... alguien llevó el primer bloque de hielo al Macondo de García Márquez, así como a las patinadoras rusas en la Cuba de Alejo Carpentier... ¿Quién podría olvidar al mismo Marco Polo?

¿Viejos tiempos aquellos? De ninguna manera, nuestro mundo está vivo y en continuo movimiento. Si para algunos de nosotros pasa desapercibido, no es por inexistente, sino porque no lo hemos querido descubrir: ahí están las tiendas y los cafés de chinos en la Ciudad de México, (y sus más recientes incursiones en el comercio informal). Fueron los extranjeros quienes hicieron de Nueva York una verdadera ciudad cosmopolita; París no sería nada sin sus ciudadanos adoptivos de todas partes del mundo; en el Belice actual se encuentra comida asiática en cada esquina, al grado de parecer esa cocina la típica y local. No conozco nación donde no haya migrantes, aunque conozco pueblos donde los forasteros son vistos como amenazas al statu quo.

Gracias a los aventureros conocemos el budismo, el hinduismo y "Las mil y una noches"; por ellos descubrimos la tinta china, los papalotes y la acupuntura. Los exiliados han salvaguardado la tradición de pueblos hoy desaparecidos, y hay una larga lista de estudiosos de las culturas. Por su movilidad (y vaya que sería el caso de decirlo), hay mulatas de ojos claros, rubias de cabellos rizados y latinas de ojos verdes y tez blanca, "Las mezclas hacen cosas hermosas", decía un profesor de mi universidad. Frida Khalo, Georges Moustaki, Charles Chaplin, Albert Einstein, Neruda, Orwell, Guevara, Piazzola... ¿Cuántos nombres y apellidos a nuestro alrededor provienen de múltiples raíces? Danzón, salsa, polka, jazz, blues... ¿Qué habría sido del mundo sin sus migrantes?

¿Y hoy? Hoy también está de moda emigrar... pero hasta en los emigrantes hay clases: muchos mexicanos sueñan con emprender el sueño canadiense: una casa grande en un país con poca población, y una buena oportunidad laboral. La seguridad de los hijos no está garantizada en nuestro querido México: hay robos, asaltos, secuestros... en cambio, en Canadá, no. Pocos están conscientes de la realidad del norte: frío en el ambiente, frío en las relaciones humanas y, sobre todo, interés: al gobierno de Canadá le interesa, ya no la mano de obra, sino el capital aportado. Si tienes para pagar, seguro serás bien recibido: una visa para seis meses, tus comprobantes de ahorros (por si no encuentras trabajo en el medio año de plazo) y una palmada. Tal vez deberíamos de pensar en emprender, en lugar de pensar en ver qué trabajo encontramos.

Otros emigran con la ayuda del CONACYT. Consiguen el apoyo para un postgrado fuera del país, pasan dos años estudiando y casi al término de su formación reciben una oferta casi imposible de rechazar por parte de una empresa del exterior. Se quedan y México acaso recibirá el pago de la beca otorgada, pero sus cerebros se quedarán en el exterior... pero ese no es el tema de nuestra plática.

Digno de análisis es el caso de los asiáticos. En nuestra nación se han abierto cientos de negocios que promueven todo tipo de artículos de oriente. Es como si los chinos se exportaran con todo y sus contenedores. En las ciudades más pequeñas, en los centros comerciales y en las áreas de comida rápida, encontramos un taiwanés o un coreano: apenas hablan nuestra lengua, pero ya están haciendo negocios. Centro y Sudamérica pasan por una situación similar, Canadá lo mismo. Estamos asistiendo lentamente a un proceso de "asiatización". Por su modo de trabajar, les puedo augurar excelente resultados: el negocio abre con el sol y cierra con la luna. Con toda discreción se van haciendo de espacios, conquistando terreno. No nos extrañe tener, en uno o dos lustros, nuestro primer presidente municipal de apellido Wong. ¡Enhorabuena! Ojalá así despertemos de nuestro letargo social.

Y para quienes no es moda, sino necesidad, la historia continúa siendo la misma: rusos vendiendo madrushkas, hindúes rematando búhos de madera, ucranianos vendiendo telas y húngaras vendiendo sus cuerpos. Fuera de los States, lo que no he visto, son mexicanos. Aunque algo es de llamar la atención: en casi todas las ciudades de más de 300’000 habitantes me he topado con restaurantes mexicanos: pocos son aquellos cuyo propietario es de los nuestros: ¿acaso se deberá a nuestra gran sedentariedad? ¿O más bien estaremos esperando a que nos ofrezcan el puesto de lavaplatos en él?

(*) Trovador d’époque

Réplica y comentarios al autor: samorales@hotmail.com




*
Anúnciate con nosotros

Recibe nuestro boletín mensual
*
* Tu email:
*
*
*
*
*

Noticias
*

Archivo
*
* Consulta los boletines de ediciones pasadas. *
*

Panel de Opiniones
*
* Opina sobre este tema o sobre cualquier otro que tú consideres importante. ¡Déjanos tus comentarios! *
*

Escribe
*
* Envía tus ensayos y artículos. *
*
___
Logos de Tiempos de Reflexión cortesía de Matthew Nelson y Chago Design. Edición, diseño y actualización por Morgan y MASS Media
Resolución mínima de 800x600 ©Copyright pend. Acuerdo de uso, políticas de protección de información