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   ¿Sacaremos a ese buey de la barranca?

Para poder diseñar programas sanitarios que nos permitan proteger a nuestra ganadería es indispensable contar con bases de datos confiables que contengan la información sobre las diferentes enfermedades que se presentan en las diversas regiones de México.

Durante los años 70 se instituyó, a nivel nacional, una red de laboratorios de diagnóstico de las enfermedades de los animales de granja, que ostentó el nombre de RENALDI. Por razones poco claras, este sistema se desmanteló paulatinamente hasta que dejó de existir. Contar con una red de este tipo es clave para poder elaborar los mapas de presentación (en espacio y tiempo) de las diferentes enfermedades que afectan nuestro ganado. Permiten colectar la información relativa a la época del año en que ocurren, así como sobre la incidencia de las mismas. Una estructura de laboratorios y una red de información de esta naturaleza permitiría monitorear de manera continua el estado sanitario de nuestra ganadería.

Cuando en septiembre del 2000 le hice saber a Javier Usabiaga de la importancia de contar con una red similar (no hay país desarrollado que no la posea), argumentó que no era factible ya que habría que crear una gran infraestructura para ese propósito y mencionó que no se contaban con los recursos materiales ni humanos para hacerlo. Sin embargo, las principales demandas que las organizaciones de productores agropecuarios hicieron llegar al equipo de trabajo que coordinaba el llamado Rey del Ajo eran demandas sanitarias. En la agricultura y la ganadería, la viabilidad económica de un ciclo productivo depende de varios factores, siendo siempre los más críticos las contingencias ambientales como las heladas, inundaciones y sequías, y las contingencias sanitarias, esto es, la aparición de enfermedades, algunas de las cuales pueden acabar con la producción total del ciclo correspondiente.

Sugerí al entonces responsable de la Mesa Agropecuaria del Equipo de Transición (tenía el equipo de trabajo ese nombre rimbombante) aprovechar esta oportunidad para vincular a las instituciones de educación media y superior que se dedican al estudio de los problemas del campo, para dar solución a este importante problema del llamado subsector pecuario. Existen alrededor de 30 instituciones de educación superior donde se enseña medicina veterinaria y/o zootecnia y más de 500 escuelas técnicas agropecuarias dependientes de la SEP en todo el país, muchas de ellas con laboratorios que podrían ser de gran utilidad para una red sanitaria. Sin duda, aprovechar su infraestructura material y humana resultaba clave en un país donde no existen suficientes recursos y donde poco se ha hecho por reunir esfuerzos institucionalmente.

Usabiaga mostraba, desde aquellas fechas, una especial aversión por las instituciones de educación superior. Nos retaba, en la mesa de trabajo mencionada, a nombrarle acciones importantes de estas instituciones que hubieran impactado la agricultura y la ganadería mexicanas. Resultaba extraño, porque el ajo que le hizo famoso en Guanajuato, procede de las líneas de investigación de las instituciones mexicanas que desde entonces él desdeñaba. Pero el ahora secretario de la SAGARPA tenía particular temor por los grupos de estudiantes de estas instituciones públicas. Imaginaba quizás que grupos como los del CGH terminarían por paralizar a estas instituciones y con ello a los programas sanitarios surgidos de esa red nacional. Era, desde aquellos días, consistente: veía con malos ojos la participación de estudiantes de servicio social en los programas de la Sagarpa y Sedesol. Le incomodaban, por decir lo menos.

Se habría esperado que Javier Usabiaga, consciente de la problemática sanitaria y de los riesgos que ella representa hoy en día para la importación y exportación de productos agropecuarios, hubiera buscado desarrollar una red privada a cargo de los mismos productores para, de una manera alternativa, poder diagnosticar y monitorear las enfermedades que afectan a nuestra agricultura y ganadería, pero a tres años de acciones del autodenominado gobierno del cambio, nada de esto cambió. Incluso algunas cosas empeoraron. Los gobiernos anteriores tuvieron mecanismos incipientes y defectuosos de interacción institucional. En cambio, Vicente Fox dejó, en cada secretaría de estado, una especie de isla o feudo donde, por ejemplo, los esfuerzos de la Sagarpa son completamente independientes de los de Sedesol y de los de la SEP a la hora de mirar hacia el campo.

La reciente aparición en los Estados Unidos de un solo caso de Encefalitis Espongiforme Bovina (EEB), conocido popularmente como la Enfermedad de las Vacas Locas, desencadenó la aplicación de medidas sanitarias y vetos comerciales en varios países. Fue posible rastrear el origen de dicha vaca y descubrir que procedía de un hato lechero ubicado en Alberta, Canadá, lo que traerá sin duda consecuencias económicas graves para al menos estos dos países. Estamos siendo testigos de lo que puede ocurrir con la aplicación, cada vez más frecuente, de los llamados aranceles sanitarios. Ahí está como un ejemplo reciente la llamada ley de bioseguridad de los Estados Unidos. Debemos insistir: No contar con una infraestructura sanitaria apropiada podría, en el futuro cercano, ser el motivo del cierre de los mercados internacionales a nuestros productos agropecuarios, incluido el ajo.

Réplica y comentarios al autor: trasquila@hotmail.com




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