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Hasta la BBC se ha hecho eco del tema con el artículo "Vamos a Cuba... con polémica" de Alfredo Ochoa. Ahí se hace un resumen de lo que pasa con el libro "Vamos a Cuba" de la estadounidense Alta Schreier, escrito para niños en edad escolar y el cual transmite una imagen de Cuba que no coincide con la percepción del exilio cubano en Miami. Ochoa recuerda que la polémica la inició Juan Amador Rodríguez, luego de que su hija de 11 años llegara a casa con el librito de marras entre sus manos. Rodríguez puso una queja ante la junta escolar y además solicitó su retiro de todas las bibliotecas del condado argumentando que "está lleno de mentiras". Según el periodista de la BBC, en el texto se dice que los niños en Cuba estudian, comen y se visten como los niños de aquí (USA), y que el pasatiempo de los niños de la isla es pasear en bote y velero. También se informa que un panel especial designado por el superintendente escolar de la ciudad votó 15 a 1 a favor de que el libro permaneciera en las bibliotecas, argumentando que, pese a que existen imprecisiones, "Vamos a Cuba" educa a niños lectores en edades comprendidas entre los cinco y siete años.
Hemos seguido desde la red las campañas emprendidas por algunas emisoras del exilio con el librito. Nos ha parecido un excelente artículo La guerra del librito (junio 11, 2006) del periodista del Nuevo Herald, Pablo Alfonso, quien escribe:
Los críticos del libro señalan que está lleno de errores, que no refleja la realidad de Cuba, que su lenguaje es tendencioso y manipulador. Bien, parto del hecho de que todo eso es cierto. ¿Y qué? ¿Queremos por eso imitar lo que hace la dictadura castrista? ¿Desterrar de las bibliotecas los libros que no son de nuestro agrado?
Quizás los críticos del librito desconocen que hay en nuestras bibliotecas escolares y públicas decenas de libros sobre la historia de Cuba, plagados de errores, y que no reflejan la realidad del proceso político cubano de las últimas décadas. ¿Los vamos a purgar también a todos ellos y exigir que sean eliminados de las bibliotecas?
"Vamos a Cuba" no es un libro de texto, ni de obligatoria consulta escolar, y posiblemente se estaría llenando de polvo en los estantes de las bibliotecas si no hubiera recibido la publicidad gratuita que le ha facilitado un celoso centinela de la verticalidad y la intransigencia. En este marco conviene siempre preguntarse: ¿A quién favorece esta batalla? ¿Acaso a los interesados en mostrar ante la opinión pública norteamericana la comunidad exiliada cubana como un bando de trogloditas, retrógrados, que libramos batallas judiciales para aplicar la censura a determinados libros de cuyo texto discrepamos? ¿No es ese acaso un objetivo prioritario de la dictadura castrista? ¿No lo utilizó ya en una ocasión cuando el caso del balserito Elián González? Es, además, una guerra incongruente porque en Cuba se han fundado las bibliotecas independientes precisamente porque la dictadura decide qué libros irán a los estantes de sus bibliotecas, y aplica la censura.
¿Aprendimos eso de los castristas? ¿Queremos eso para Miami? ¿Tendremos que fundar aquí también las bibliotecas independientes?
Por mi parte, he leído, también gracias al Internet, a quien se pregunta sobre lo que dirían los judíos si estuvieran en las bibliotecas de Miami los libros de la Alemania nazi. Ante lo que me interrogo: ¿Aceptaríamos que los judíos nos prohibieran leer "Mi lucha"? ¿Vale la pena imitar a los alemanes de hoy en prohibiciones antinazis que reflejan, en mi opinión, más un complejo de culpa que una auténtica vocación democrática?
Quizás mejor sería pensar en que la única manera de vencer al comunismo es superarlo. En Cuba no se permite otra lectura que no sea la comunista. En la democracia se permiten todas las lecturas, incluso la comunista; eso es superar al comunismo, no rebajarse a su altura.
Asimismo, hay que tener en cuenta que los cubanos no son los únicos contribuyentes de Miami. No tienen, pues, derecho a imponer como única nuestra visión del mundo, ni siquiera sobre lo que pasa en Cuba. De otra manera habría que aceptar que lo que sabemos de cada lugar del mundo nos lo dictaran sus emigrados.
Por otra parte, no creo que abunden en el exilio aproximaciones objetivas al tema del país caribeño. La pasión reina, y por ello poco se sabe en Miami de lo que pasa en la isla; por ejemplo, sobre cómo se forman en Cuba científicos de primera, a pesar del mal uso que después se hace de los recursos intelectuales. Para la mentalidad media del exilio (no digo que para todos los exiliados), los que salen de Cuba comunista son cavernícolas y delincuentes. Luego vienen las sorpresas.
Si yo fuera una persona completamente ajena al conflicto Castro/exilio, en busca de la verdad sobre Cuba, leería la visión de los asilados políticos y la que no es de ellos. Esto deben comprender los propios exiliados y evitar quedar como censores, si es que no quieren echarse de enemigos a quienes deberían ganar para su causa: a esos terceros que quieren saber de su patria y que con tan buena maña Fidel Castro y los suyos saben seducir. En ese caso, en lugar de boicotear un libro deben los exiliados proponer y adicionar una alternativa. Escribir un libro didáctico que cuente el aspecto negativo de la vida en Cuba, una propuesta que he leído en algún artículo, si no me equivoco de Gina Montaner. Y que los niños de Miami (como no pueden los de Cuba) conozcan una y otra, precisamente para que aprendan que existen enfoques diversos sobre cualquier hecho; que desde pequeños se entrenen críticamente para no ser manipulados, en la variedad, no en la uniformidad, al estilo comunista.
La censura siempre es totalitaria. En toda escuela democrática que se precie de serlo, tienen que estar lo mismo "Mi lucha" de Hitler, que El estado y la revolución de Lenin. Si de Cuba se trata, ¿por qué no? Es decir, hay que mostrar tanto la imagen que tiene un exiliado de la isla como la que tiene una liberal norteamericana del mismo tema, cuando no la del propio gobierno cubano, por más que nos opongamos a éste. La mejor manera de luchar por la libertad de expresión es con el ejemplo.
¿Será acaso que hay quien teme que se dé una identificación entre los niños del exilio y los niños de la isla? ¿Que los primeros dejen de ver a los segundos como unos "otros", y que con eso se siembre la peligrosa simiente de la reconciliación entre las nuevas generaciones de cubanos, los de aquí y los de allá? De ser así, que pena.
Réplica y comentarios al autor: carlosm_estefania@hotmail.com
Para consultar otros documentos sobre el tema visite la revista Cuba Nuestra.
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