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Entre las muchas cosas malas que a los cubanos nos ha traído el fidelismo, de las peores es la práctica de la intransigencia, ajena por completo a la idiosincrasia y al carácter de mis compatriotas hasta la llegada de la revolución. Por desgracia, la intransigencia como forma de vida también se ha enraizado profundamente en este lado del mar, y hoy rivalizan en intransigencia tanto los que manejan el gobierno, que se enseñorea de nuestro archipiélago, como los que fuera de la patria quieren trazarles rumbos a los desterrados y los emigrantes.
No hay que ser muy inteligente para darse cuenta que es imposible el logro de la paz social en una nación en la que el sólo hecho de que uno no piense como el otro, los convierta en enemigos irreconciliables. Si aspiramos a un regreso bajo esa falsa premisa no hay duda que en la Cuba del futuro jamás reinará la paz social, aspecto esencial y necesario para que una nación pueda avanzar por el camino del progreso, de la estabilidad política y económica. En contraste, hay muchos que soñamos con una Cuba en la que las opiniones que se expresen no sean uniformes y homogéneas, sino más bien controversiales y diversas, dentro de un marco de altura en el debate y de respeto a la opinión del contrincante. En una palabra: libertad plena enmarcada en la tolerancia.
Aspiramos a volver a la sana práctica de discutir y disentir entre amigos, y aún con el adversario. Los que anhelamos un verdadero cambio, los que piensan con el apóstol que "cambiar de amo es no ser libre", los que rechazamos el mismo perro con diferente collar, ya somos muchos tanto dentro de la Isla como en el exterior. Debemos predicar con el ejemplo, ¿por qué tener que vernos obligados a matar al que discrepe de nuestras ideas? ¿Por qué tener que vivir con el temor de que "Periquito Pérez" nos quiera arrancar la cabeza porque discrepemos de sus concepciones, ya sean políticas, filosóficas, religiosas o sociales? Se hace imprescindible cambiar las reglas del juego. Acabemos con el "fidelismo comunista", pero no permitamos que surja el "fidelismo anticomunista".
La práctica de la intransigencia no tiene color. Es odiosa y punto. Quien la aliente y la practique -esté del lado que esté en el espectro político o religioso- es un tirano en ciernes y, de tener la oportunidad, se convertiría en un Stalin, un Hitler o un Castro. Se puede ser amigo de una persona aunque ésta discrepe de uno en muchos aspectos. Se puede socializar y aún guardar afecto hacia alguien que no comparta nuestros puntos de vista. Si "el respeto al derecho ajeno es la paz", ¿por qué los cubanos nos hemos empeñado en vivir en guerra perenne? Es hora de demostrarle al mundo, a los que sufren en el archipiélago el horror de la tiranía, y sobre todo a nosotros, que hemos asimilado la lección y que vamos a desterrar de nuestro pensamiento y de nuestra actuación la intransigencia gratuita y la absurda pretensión de que siempre somos poseedores de la verdad. Al ocurrir el inevitable derrumbe de la tiranía, debe aspirarse al funcionamiento de un sistema en el que reine un nuevo espíritu entre todos los cubanos. La exposición civilizada de los problemas, la presentación de los distintos puntos de vista y la discusión, apasionada si se quiere, de los argumentos dentro de un marco de respeto y de tolerancia tendrá que ser la norma que caracterice a la nueva Cuba, esto si queremos salvar nuestra nacionalidad, nuestra unidad como pueblo y nuestra presencia como nación civilizada en el concierto de las naciones libres.
Réplica y comentarios al autor: aldorosado1@bellsouth.net
(*) Escritor y periodista cubano exiliado
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