|
La atención al desarrollo urbano de nuestras ciudades debiera ser de largo aliento. No se puede planear una ciudad -con más de cien mil habitantes- sin un plan maestro de desarrollo. Éste debe trascender administraciones, superando la corrupción -componendas entre mafias y funcionarios-, y que vele por el crecimiento sustentable, además de que sirva al bienestar de todos los que habitamos en alguna ciudad.
La ciencia del hábitat -relaciones del hombre y su entorno: flora y fauna- permite documentar la destrucción del medio ambiente, la creación continua de nuevos páramos y su desolación. La pobreza surge por el abandono de políticas puntuales para mejorar las condiciones de vida de las mayorías, factor sustantivo de la destrucción ecológica. Porque pobreza y miseria en el planeta -con sus gemelas: enfermedad, hambre y delincuencia- no son de generación espontánea, ni reacción natural a los crecientes niveles de población. "La degradación ambiental y la pobreza van juntas" -por presión de los imperios que dominan y usufructúan nuestros recursos naturales-, dijo Wangari Maathai, de Kenia, doctora en biología y conciencia del Green Belt (Cinturón Verde), al recibir en Estocolmo el Premio Nobel de la Paz, tras plantar millones de árboles en Kenia y denunciar que la epidemia del SIDA en África no es ningún castigo divino -como les han hecho creer-, sino un virus.
Pero las economías poderosas no aceptan su responsabilidad histórica en la destrucción del planeta, además de continúan siendo centros de contaminación terráquea por su gigantesco consumo de hidrocarburos. Contrariamente, sostienen posiciones, como la de Bush, de negarse -de nuevo- a firmar el Protocolo de Kyoto y, por lo tanto, a reducir las emisiones que contaminan la atmósfera, elevan las temperaturas, alteran los climas y la vida productiva de la Tierra.
Ninguna ciudad del mundo escapa de ser contaminante. Para el año 2025, de 639 ciudades con más de un millón de habitantes, 486 -76% de ellas- estarán en los países menos desarrollados. Más aún, la población mundial urbana -según el Programa Hábitat de la ONU- ascendía a 2,860 millones en el año 2000, y para el 2030, 4,980 millones vivirán en ciudades, llegando a los 6,000 millones para el año 2050. Durante el Foro Urbano Mundial, llevado a cabo a fines del 2004 en Barcelona, se destacó que más del 50% de la población mundial habita en ciudades y para el 2025 se espera que sea el 60%.
Las ciudades, con sus elevados niveles de concentración poblacional exacerban la situación, en sí ya problemática. A manera d ejemplo se puede mencionar el suministro de agua potable, el saneamiento ambiental, el suministro de energía, áreas verdes, movilidad, generación de contaminantes, segregación y pobreza. Millones de personas alrededor del mundo aún carecen de agua potable, drenaje, servicios de salud, educación, vivienda y seguridad en cuanto a la tenencia de la tierra. Tienen, además, que sufrir la contaminación, de quienes usan recursos para su confort. A la vez, son fuente de contaminación. En ninguna parte es mayor el reto que en los asentamientos precarios, no regularizados, en donde sus habitantes superan el 50% del total.
El Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) muestra como el requerimiento de vivienda es el gran detonador de la contaminación, identificada con la pobreza, que asciende sin freno. De 539 mil manzanas que conforman las ciudades con más de 100 mil habitantes, la pobreza predomina en alrededor del 65%. Ahí el rezago social y económico exige empleos estables y remunerados, reservas de suelo y vivienda regulada. Las opciones habitacionales a bajo costo se dan en zonas irregulares, con enormes y crecientes riesgos ambientales, sin equipamiento ni servicios de transporte y vialidad, infraestructura básica, entre otros. La pobreza, explotada por coyotes, contamina las zonas de reserva ecológica, creando desintegración social, inseguridad, delincuencia, drogadicción y alcoholismo, por la ausencia de vías para la incorporación a la estructura social y laboral.
El suelo urbano es un recurso escaso y mal distribuido. Junto a la irregularidad señalada, está el hacinamiento en el corazón de las ciudades. En algunos países en desarrollo, como Nairobi, Kenia, los pobres viven sobre el 5% del territorio de la ciudad, representando el 60% de su población. Los retos citadinos hacen urgente diseñar estrategias audaces, emplear instrumentos novedosos y generar alternativas de gestión muy puntuales. El plan de desarrollo para las ciudades mexicanas, debe surgir de la participación -sin distinciones de credo político- de todos los ciudadanos organizados, para que, al lado de legisladores, técnicos y funcionarios en ejercicio, o con experiencia en la toma de decisiones, profesionistas y académicos de prestigio internacional, definan los cambios que en lo político, económico y cultural, debieran impulsarse para atender, en profundidad y de modo sustentable, el fenómeno citadino.
Réplica y comentarios al autor: v_barcelo@hotmail.com
|