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   Tacuara, la pólvora y la sangre
por Giselle Dexter (*)
San Diego, California

"Tacuara, la pólvora y la sangre", un nuevo libro del periodista e historiador Roberto Bardini, ya está en las librerías de Buenos Aires, después de algunas peripecias que demoraron su publicación durante un año.

Los originales fueron entregados a la editorial Océano, de México, en octubre del 2001 y salió de imprenta en enero del año siguiente. Pero no alcanzó a distribuirse, porque entre una cosa y otra, se desencadenó en Argentina la crisis del "corralito" y la reacción del "cacerolazo". Estas circunstancias provocaron que el libro no se enviara al país y que terminara apilado en una bodega del Distrito Federal hasta ahora.

Soy la autora -sin firma- del texto que figura en la contratapa de "Tacuara, la pólvora y la sangre", que transcribo a continuación:

"Todavía hoy cuando se menciona al movimiento juvenil que conmovió a Argentina en la década de los 60, periodistas e intelectuales caen en el lugar común y la frase hecha: «grupo nazi» o «banda fascista». Roberto Bardini (Buenos Aires, 1948), en cambio, no escribe sólo sobre lo que leyó en recortes de diario o escuchó de tercera mano: fue simpatizante de Tacuara desde los 14 hasta los 18 años. Después, como muchos de sus ex compañeros, tomó otro rumbo. Tres décadas más tarde, se sumergió en archivos de la época, entrevistó a jefes y militantes de esa organización maldita y confrontó versiones. El resultado es un libro esclarecedor que divulga detalles inéditos, destruye mitos y ofrece una visión diametralmente opuesta a la que se maneja hasta la actualidad".

Entre las personas entrevistadas por Bardini se cuentan figuras históricas del peronismo, como Juan Manuel Abal Medina, Jorge Rulli, Héctor Spina y Américo Rial. También se encuentran jefes y militantes que llegaron a ser casi legendarios, como el sociólogo Alfredo Ossorio y el médico Tomislav Rivaric, un apacible homeópata que en su juventud participó en el espectacular asalto al Policlínico Bancario. Este suceso, que sacudió al país en 1963, se considera "la primera acción guerrillera urbana" de Argentina. Otro de los entrevistados es Andrés Castillo, uno de los fundadores de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), dirigente gremial bancario y sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

A lo largo de sus 254 páginas desfilan los nombres de otras figuras controvertidas: Alberto Ezcurra Uriburu, José Luis Nell, Joe Baxter, Dardo Cabo, Alejandro Giovenco, el sacerdote jesuita Julio Meinvielle y el sociólogo, antropólogo y arqueólogo francés Jaime María de Mahieu.

De todas las variantes y fraccionamientos del grupo juvenil "maldito", el autor se centra en el Movimiento Nacionalista Revolucionario, la variante más peronista, cuyos integrantes -en su mayoría- se unieron a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).

Como los anteriores libros de Bardini, residente en México desde hace 26 años, éste es un relato histórico-periodístico, un reportaje de investigación redactado en un estilo "tenso, seco y descarnado", como recomendaba Ernest Hemingway. El periodista se acerca por momentos a Rodolfo Walsh, el creador de todo un género.

Bardini reconstruye historias de vida, describe hechos desconocidos o poco conocidos, narra anécdotas, enumera trayectorias, aventuras y epílogos trágicos de dirigentes juveniles "unidos por el mito y la furia" -como escribió el uruguayo Eduardo Galeano- en una especie de "pelotón de soldados dispuestos a salvar a la civilización", en palabras de Oswald Spengler.

En su parte final, incluye un testimonio de Envar el Kadri, uno de los fundadores de la primera Juventud Peronista, y una cronología que va de 1955 (caída del peronismo) a 1965, cuando Tacuara fue declarada "fuera de la ley" por el gobierno radical de Arturo Illia.

Me consta que, curiosamente, el autor no espera una buena acogida de la crítica. Cuando me pidió por e-mail que le redactara el texto de la contraportada, él mismo me advirtió con las mismas palabras con las que concluye el libro:

"En un país semidesmemoriado o de memoria selectiva, la pertenencia a Tacuara continúa siendo un estigma. Y en una era en que los pobres se llaman «carenciados», el capitalismo se denomina «economía de mercado» y el vocablo imperialismo ha sido alegremente sustituido por «globalización», intentar explicar el fenómeno nacionalista revolucionario equivale a efectuar una autopsia. O a exhumar un cadáver mal enterrado".

Los que conocemos a Roberto Bardini sabemos que es "políticamente incorrecto", a mucha honra. Y de todos modos, quienes tienen la última palabra son los lectores y no los críticos.

A continuación publicamos como adelanto el primer capítulo del libro.

1963: El asalto al policlínico bancario

Poco antes de las 11 de la mañana del jueves 29 de agosto de 1963, una ambulancia con la sirena encendida llegó al estacionamiento del Policlínico Bancario, ubicado en el barrio de Flores, frente a la plaza Irlanda. El conductor y su acompañante vestían guardapolvos blancos y declararon al guardia de la entrada que traían a un enfermo. El custodio observó que en la parte trasera del vehículo un hombre de rostro pálido yacía dormido en la camilla, cubierto por una sábana, y les permitió entrar.

Casi inmediatamente arribó al lugar una camioneta IKA de la Dirección de Servicios Sociales Bancarios con 14 millones de pesos de la época (alrededor de 100,000 dólares) destinados al pago de los sueldos del personal. A bordo del vehículo venían dos empleados administrativos custodiados por un sargento de la Policía Federal.

Dentro del policlínico, alrededor de cien personas -entre médicos, enfermeras y trabajadores- formaban fila ante la ventanilla de cobranzas. Como de costumbre, dos oficinistas salieron del edificio y se dirigieron a la camioneta para recibir los paquetes con el dinero.

-¡Quietos! ¡Esto es un asalto! -se escuchó de pronto.

Las miradas del suboficial y de los cuatro empleados se volvieron hacia un joven rubio que empuñaba una ametralladora PAM. Paralizados momentáneamente no alcanzaron a ver a otros dos muchachos que los apuntaban con pistolas, escondidos entre los coches estacionados.

Ante un movimiento del policía, el rubio disparó una ráfaga: dos ordenanzas murieron en el acto mientras el sargento y los tres oficinistas rodaban por el suelo, heridos. Las personas que caminaban por el lugar se arrojaron cuerpo a tierra o corrieron hacia el edificio.

Repentinamente, aparecieron los dos jóvenes que estaban ocultos, tomaron los paquetes con el dinero y los subieron a la ambulancia que había llegado antes. En pocos minutos más todos los asaltantes huyeron.

A partir de la alarma, la División Robos y Hurtos de la Policía Federal citó a un testigo presencial, a dos empleados de la agencia de automotores donde quince horas antes se había alquilado la ambulancia y al chofer del vehículo, a quien le habían aplicado dos inyecciones a través del pantalón para adormecerlo (era el hombre pálido que yacía en la camilla de la parte posterior).

En la Sección Identificación, un comisario -dibujante y experto en "retratos hablados"- logró una descripción detallada de los asaltantes. Los investigadores les mostraron a los testigos voluminosos álbumes con fotos de delincuentes con antecedentes. Al anochecer de ese mismo jueves 29 de agosto, la certeza era casi total: el asalto había sido cometido por dos conocidos malhechores con una extensa trayectoria al margen de la ley.

El "pibe de la ametralladora"

Al día siguiente, la Policía Federal hizo el anuncio: Félix Arcángel Miloro y Salustiano Franco eran los responsables del robo.

Miloro, alias "El pibe de la ametralladora", tenía 27 años, medía un metro ochenta y cinco, y había sido integrante de la célebre banda de Jorge Villarino, hasta formar su propio grupo. El diario Clarín lo describió así: "Bien parecido, alto, siempre sonriendo y vestido a la moda, su exterior recuerda antes al twist que a la pistola 45".

Franco, alias "Salunga", tenía 33 años y todos sus hermanos eran delincuentes. Dos de ellos habían sido apresados en 1960, luego de un asalto en Barracas y un tiroteo con policías que se prolongó hasta Constitución.

La Policía Federal informó que muchos de los billetes de $5,000 eran de la serie "A" y su numeración iba desde el 04.578.001 hasta el 04.583.000.

La División Robos y Hurtos movilizó a sus 144 agentes tras los rastros de Miloro y Franco, consultó informantes, policías retirados, ladrones de segunda categoría y prostitutas, ordenó allanamientos y detenciones, e intensificó lo que en la jerga del periodismo policial se designa eufemísticamente como "intensos interrogatorios".

No era para menos: según "Clarín", el asalto al Policlínico Bancario "al constituirse por su importancia en el número uno de los ocurridos en nuestra capital en todos los tiempos, ha calado hondo en el ánimo de magistrados y funcionarios".

Finalmente, un soplón dio la dirección de una vivienda en la provincia de Córdoba. El 10 de septiembre de 1963, alrededor de cien agentes federales se dirigieron velozmente al lugar. El aguantadero fue ubicado y rodeado. Adentro estaban Miloro y otro delincuente conocido como "El gaitero" Zarantonello; los acompañaba Ana Carbó, amiga de ambos.

Un oficial de policía ordenó a los gritos que se entregaran y que no intentaran escapar. Los pistoleros no se rindieron ni huyeron. Versiones posteriores indicaron que resistieron con coraje; un rumor aseguró que fueron literalmente masacrados.

Lo cierto es que el tiroteo duró media hora y cuando todo concluyó los cuerpos de "El pibe de la ametralladora" y "El gaitero" parecían coladores. En comparación, Ana Carbó fue casi afortunada: una ráfaga le arrancó la pierna izquierda.

El expediente del asalto fue cerrado y archivado.

La tacuara revolucionaria

Seis meses después trascendió que Félix Arcángel Miloro había sido acribillado a balazos por error. "El pibe de la ametralladora" no había tenido ninguna vinculación con el asalto al Policlínico.

El joven rubio que empuñaba la PAM en la mañana del 29 de agosto se llamaba José Luis Nell Tacci, descendía de irlandeses y era estudiante de Ciencias Jurídicas y Sociales. Sus compañeros lo apodaban "Pepelu", vivía en el barrio de Flores y uno de sus mejores amigos era un estudiante de Derecho y ex cadete del Liceo Militar General San Martín, llamado Envar El Kadri.

Otro de sus amigos, era José "Joe" Baxter, de 24 años, también estudiante de abogacía y empleado de Teléfonos del Estado. Nell y Baxter habían caído presos varias veces pero no eran delincuentes: eran militantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT).

Hasta entonces Tacuara estaba considerado como un activo grupo juvenil con gran inserción en los colegios secundarios de Buenos Aires, cuyos integrantes profesaban el revisionismo histórico y un fuerte antisemitismo. La opinión generalizada era que estaban más ocupados en pintar cruces svásticas en las paredes, arrojar alquitrán contra algunas sinagogas y enfrentarse a estudiantes judíos que en asaltar bancos.

Lo nuevo, ahora, era el agregado de "Revolucionario" a la denominación "Movimiento Nacionalista". El asunto dio un giro de 180 grados, y de Robos y Hurtos pasó a la Dirección de Coordinación Federal y a la División de Orden Político.

Nell, de 22 años de edad, estaba cumpliendo con el servicio militar en una base de la Fuerza Aérea en Río Gallegos (Santa Cruz). Al principio de su conscripción era chofer del ministerio de Defensa, pero fue enviado al sur como castigo al comprobarse que usaba automóviles del Ejército para "asuntos particulares" (sus jefes, claro, aún no sabían en qué consistían esos "asuntos"). Encapuchado y aún vistiendo el uniforme de soldado, Nell fue trasladado en avión a Buenos Aires el 26 de marzo. En el aeroparque lo esperaba una custodia integrada por carros de asalto de la Guardia de Infantería, agentes de civil con armas largas y motociclistas del Cuerpo de Tránsito, que lo llevó directamente al Departamento Central de Policía, donde lo interrogaron hasta altas horas de la madrugada.

El 4 de abril de 1964, la Policía Federal informó que de enero a noviembre de 1963 los miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara habían protagonizado "cuarenta y tres hechos terroristas". Y ya no eran agresiones a la comunidad judía argentina. Ahora se trataba de ataques a los centinelas de la Escuela Superior de Guerra, la Dirección General de Remonta y Veterinaria del Ejército, el Tiro Federal Argentino y el destacamento de guardia del Aeroparque "Jorge Newberry", con el objetivo de apoderarse del armamento. También habían robado municiones de un camión de la firma Duperial-Orbea y de la fábrica de armas Halcón.

Los nuevos tacuaras también habían realizado atentados contra la fábrica Philips, estaciones de servicio ESSO, supermercados Minimax y empresas de origen británico y norteamericano. Según la policía, se habían descubierto planes para atacar la guarnición militar de Campo de Mayo y efectuar acciones de sabotaje contra la usina central de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires), un gasoducto ubicado en La Plata y depósitos de Shell. En allanamientos a varios domicilios se habían encontrado, además, una imprenta y volantes de apoyo a la Confederación General del Trabajo y a la Juventud Peronista.

Con relación a las nuevas pistas del asalto al Policlínico, la Policía Federal divulgó una extensa lista de dieciocho detenidos y once prófugos.

La lista de detenidos, publicada en el vespertino "La Razón", era la siguiente: Jorge Caffatti, Lorenzo Posse, Gustavo Posse, Tomislav Rivaric, Horacio Rossi, Mario Duaihy, Alfredo Ossorio, Osvaldo Vanzini, Dámaso Fernández, Luis Arean, Nelson Latorre, Adolfo Infante, Alberto Pascual Fürpass, Horacio Bonfanti, José Luis Nell, Luis Barbieri, Carlos Fuentes y Eduardo Álvarez. Los prófugos eran Federico Russo, Amílcar Fidanza, Horacio Iglesias, Alfredo Roca, Ricardo Viera, Rubén Rodríguez, Luis Alfredo Zarattini, Jorge Cataldo, Carlos Arbelos, José Baxter y Juan Carlos Brid. Algunos de los detenidos y prófugos no habían participado del asalto pero eran buscados por otros hechos.

Casi todos eran estudiantes que trabajaban, pertenecían en su mayoría a la clase media, se definían como peronistas y, detalle para ser tomado en cuenta, la edad promedio era de veinte años.

Réplica y comentarios a la autora: giselle_dexter@latinmail.com

(*) Giselle Dexter (Montevideo, 1958) estudió Historia en la Universidad de La Plata, en Argentina. En la actualidad es profesora-investigadora en el área de Historia Latinoamericana Contemporánea de la San Diego State University (SDSU), en California. También es editora del boletín electrónico del Movimiento (virtual) Bambú.

Copyright © 2003 Roberto Bardini
Publicado con la autorización del autor.




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