

De pronto sabes tu con
tu llama y tu voz, y eres blanca y flexible, y estas ahi mirandome, y te quiero
apartar, y estas ahi mirandome, y somos inocentes, y la marea roja me besa
con tus labios, y es invierno, y estoy en un puerto contigo, y es de noche.
Y no hay sabanas donde dormir, y no hay, y no hay sol en ninguna parte, y
no hay estrella alguna que arrancar a los cielos, y perdidos no sabemos que
pasa, por que la denudez nos devora, por que la tempestad llora como una loca,
aunque nadie la escucha. Y ahora, justo ahora que eres clara -permite-, que
te deseo, que me seduce tu voz con su filtro profundo, permiteme juntar mi
beso con tu beso, permiteme tocarte como el sol, y morirme.
Tocarte, unirte al dia que soy, arrebatarte hasta los altos cielos del amor,
a esas cumbres donde un die fui rey, llevarte al viento libre de la aurora,
volar, volar diez mil, diez mil años contigo, solamente un minuto,
pero seguir volando.
Son las cuatro, y la muerte -esta casa es la muerte- ya sube por mis venas,
la asfixia golpea a mi ventana. Es la hora. Aqui estoy esperandote en pie.
Yo soy el caballero que buscas. No vaciles. Es mi hora.
No tiemblo, aqui me tienes, pero dame un minuto de gracia, dejame que la aurora
le lleve mi beso y, con mi beso, una espina de sangre a su boca, el color
de mi alma a su hermosura para que se alimente de mi, y esto que soy purifique
sus labios mas que el carbon ardiendo y por sus labios salgan mis llamas cada
dia.
Mirala. Es cosa fragil pero yo la elegi entre todas las hijas de mujer, como
Dios a su estrella mas pura, para que arda en el viento de mi gran desamparo.
No parece dormir. Ni respirar apenas. Ni estar triste.
Son las cuetro. Es la hora. Dile, oh muerte, mi adios. Es la que amo: es mi
espiga delgada y olorosa. Su pelo negro crece como un arbol. El mar abre una
playa entre sus pechos. Mira lo que pasa debajo de sus ojos: el tren la lleva
por un bosque veloz. Esta llorando, porque no voy con ella.
Son las cuatro. Mi muerte. Sacame de esto ya, sube a mi corazon. Estoy contento
de entrar a ti, de pie, como conquistador al mar desconocido.
Mujer: crecemos, nos desesperamos creciendo, oscuro, sin infancia, cada vez
mas oscuros, hacia el unico origen inminente donde renaceremos, donde tu renaceras
para mi solo.
Para mi, nadie mas que para mis besos, para mis treinta bocas, para mi torbellino
donde aprendiste un dia a caer velozmente como una estrella errante: mujer,
estrella mia, velozmente.
No me obstino en tocarte por solo enardecerte. Tengo experiencia: te amo.
Tengo violencia: te amo todavia mas hondo, todavia mas lejos que todos los
delirios y, como ellos, te cobro posesion implacable.
Oh flor unica: nadie vio con tu naturaleza la libertad del dia como yo vi.
Ninguno te supo descifrar, apacible corola, maternidad profunda.
Madre del hombre, madre de los sueños del hombre, poseida, preñada
por el furor del hombre, por la inocencia, por el desamparo del hombre.
Mujer, el tiempo pasa. Yo soy hombre. Tu eres una mujer. La poesia es nuestra
sangre. Todo lo que pueda decirse de nosotros es eso, y algo mas que es inutil
repetirlo.
Unos meses la sangre se vistio con tu hermosa figura muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido de tu risa unos meses me hizo llorar las asperas espinas
de la tristeza. El mundo se me empezo a morir como u niño en la noche,
y yo mismo era un niño con mis años acuestas, por las calles,
un angel ciego, terrestre, oscuro, con mi pecado adentro, con tu belleza cruel,
y la justicia sacandome los ojos por haberte mirado. Y tu volabas libre, con
tu peso ligero, sobre el mar, oh mi diosa, segura, perfumada, porque no eras
culpable de haber nacido hermosa, y la alegria salia por tu boca como vertiente
pura de marfil, y bailabas con tus pasos felices de loba, y en el vertigo
del dia, otra muchacha que nacia de ti, como otra maravilla de lo maravilloso,
me escribia una carta profundamente triste porque estabamos lejos, y decias
que me amabas.
Pero los meses vuelan como vuelan los dias, como vuelan en un vuelo sin fin
las tempestades, pues nadir sabe nada de nada, y es confuso todo lo que elegimos,
hasta que nos quedamos solos, definitivos, completamente solos.
Quedate ahi muchacha, parate ahi, en el giro del baile, como entonces, cuando
te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo muchos años, venir ipalpable, profunda, girante,
asi, perfecta, con tu negro vestido y tu pañuelo verde, y esa cintura,
amor, y esa cintura.
Quedate ahi. Tal vez te conviertes en aire, o en luz, pero te digo que subiras
con este y no con otro, con este que ahora te habla de vivir para siempre,
tu subiras al sol, tu volveras con el y no con otro, una tarde de junio, cada
trescientos años, a la orillas del mar, eterna, eternamente, con el,
y no con otro.














