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Programa para una vejez bien vivida

Juan Pablo II escribe una carta muy personal a los ancianos

Juan Domínguez

 

"Al dirigirme a los ancianos... hablo a los de mi edad; me resulta fácil, por tanto, buscar una analogía en mi experiencia personal". A sus 79 años, Juan Pablo II escribe en un tono de confidencia una "Carta a los ancianos‑‑‑, a quienes la ONU ha dedicado este año del fin de siglo. El Papa, que está viviendo su vejez con evidentes limitaciones físicas y a la vez lleno de proyectos, ofrece un programa para envejecer bien y para que la sociedad sepa aprovechar las cualidades de los ancianos.

No es la primera vez que el Papa se dirige a una categoría de personas en un documento de to­no menos solemne, como ya lo hizo en sus cartas a las familias, a las mujeres, a los jóvenes o a los ar­tistas. Pero al escribir en este caso a sus coetáneos, no duda en aludir a su propia experiencia de la ve­jez, lo que le da un enfoque especialmente entraña­ble.

Lejos de un tono crepuscular, Juan Pablo II está viviendo su vejez lleno de amor por la vida. "A pe­sar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello". Y es que el don de la vida "es de­masiado bello y precioso para que nos cansemos de él".

Una edad con sentido propio

En la vejez, es tentador renegar del presente y pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Juan Pablo II no cae en este tópico. Al evocar el siglo que le ha tocado vivir, recuerda que ha sido pródigo en guerras y violaciones de los derechos humanos, que han provocado daños inauditos. Pero subraya también que "ha visto surgir múltiples aspectos po­sitivos", como el creciente reconocimiento de los derechos humanos y de la dignidad de la mujer, el diálogo entre las religiones, la caída de los regíme­nes totalitarios, la mayor sensibilidad ecológica o el progreso de las ciencias.

Pero la carta es sobre todo una enseñanza sobre el valor de una vejez bien vivida, "época privilegia­da de la sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia". La vejez es una etapa de la vida con sentido propio, pues "cada edad tiene su belleza y sus tareas". Apoyándose en las" figuras elocuentes de ancianos del Viejo y del Nuevo Testamento (Abraham, Moisés, Simeón, Ana, Isabel...), y apro­vechando también la sabiduría de Ovidio y Virgilio, hace ver que la vejez "Forma parte del proyecto di­vino sobre cada hombre, como ese momento de la vida en que todo confluye, permitiéndole de ese modo comprender mejor el sentido de la vida y al­canzar la sabiduría del corazón".

Al analizar la actitud ante los ancianos en nues­tro tiempo, constata que en algunos pueblos ‑"pien­so en particular en África"‑, "la ancianidad es teni­da en gran estima y aprecio". En otros, lo es mucho menos a causa de una mentalidad que pone en pri­mer término la utilidad inmediata y la productivi­dad. "Especialmente en las naciones desarrolladas, parece obligado un cambio de tendencia para que los que avanzan en años puedan envejecer con dig­nidad, sin temor a quedar reducidos a personas que ya no cuentan nada".

Esto conduce al Papa a reafirmar que la eutana­sia, aunque movida por una compasión mal enten­dida, es una ofensa a la dignidad de la persona; y a la vez recuerda que la ley moral "exige sólo aque­llas curas que son parte de una normal asistencia médica", sin incurrir en ensañamiento terapéutico.

Una misión que cumplir

Con una perspectiva meramente terrena, la ve­jez se presenta como decadencia. Pero Juan Pablo II invita a considerarla desde una perspectiva adecua­da, la de la eternidad, que nos hace verla como "acercamiento prometedor a la meta de la plena madurez". "La ancianidad tiene una misión que cumplir en el proceso de progresiva madurez del ser humano en camino hacia la eternidad".

Y de esta madurez se beneficia todo el cuerpo social. "Los ancianos ‑recuerda el Papa‑ son depo­sitarios de la memoria colectiva y, por eso, intérpre­tes privilegiados del conjunto de ideales y valores comunes que rigen y guían la convivencia social. Excluirlos es como rechazar el pasado, en el cual hunde sus raíces el presente, en nombre de una modernidad sin memoria".

Con una mentalidad asistencialista, podría pen­sarse que bastante hace el Estado del Bienestar con garantizar la pensión y cuidados médicos a los vie­jos. Juan Pablo II pide más. "Honrar a los ancianos supone un triple deber hacia ellos: acogerlos, asis­tirlos y valorar sus cualidades". Con su experiencia, los ancianos "pueden ofrecer apoyo a los jóvenes que en su recorrido se asoman al horizonte de la existencia para probar los distintos caminos".

El Papa reconoce que los ancianos pueden apor­tar también mucho a la comunidad cristiana: "¡En cuántas familias los nietos reciben de los abuelos la primera educación en la fe!". Igualmente, "¡cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas, solas o enfermas, pero capaces de infundir ánimo mediante el consejo afectuoso, la oración silenciosa, el testimonio del sufrimiento acogido con paciente abandono!".

Plantearse las preguntas radicales

¿Cuál es el mejor ambiente para transcurrir la ancianidad? El lugar más natural "es el ambiente en el que el anciano se siente 'en casa', entre parientes, conocidos y amigos, y donde puede realizar todavía algún servicio". A veces las circunstancias exigirán el ingreso en una residencia de ancianos, "institu­ciones loables que pueden dar un precioso servi­cio", sobre todo cuando se presta una atención afec­tuosa.

A los ancianos que sufren por su precaria salud u otras circunstancias, Juan Pablo II les recuerda que cuando Dios permite nuestro sufrimiento "nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos una­mos con más amor al sacrificio del Hijo y participe­mos con más intensidad en su proyecto salvífico".

Aunque hoy muchos lleguen a una edad avan­zada en buena forma física, no se puede perder de vista que la vejez es "un tiempo favorable para la culminación de la existencia humana". En este pun­to, Juan Pablo II aborda explícitamente la cuestión de la angustia ante la muerte, que necesariamente nos entristece. "Aun cuando la muerte sea com­prensible bajo el aspecto biológico, no es posible vivirla como algo que nos resulta 'natural'. Con­trasta con el instinto más profundo del hombre". "El hombre está hecho para la vida", mientras que la muerte no estaba en el proyecto original de Dios, sino que entró por el pecado.

El dolor no tendría consuelo si la muerte fuera la destrucción total. Por eso, "la muerte obliga al hombre a plantearse las preguntas radicales sobre el sentido mismo de la vida", sobre qué hay más allá de la muerte. La respuesta, dice Juan Pablo II, viene de Cristo, que, "habiendo cruzado los confines de la muerte, ha revelado la vida que hay más allá de este límite, en aquel 'territorio' inexplorado por el hom­bre que es la eternidad".

"La fe ilumina así el misterio de la muerte e in­funde serenidad en la vejez", afirma Juan Pablo II, como preparación para el destino eterno. "Un perio­do que se ha de utilizar de modo creativo con vistas a profundizar en la vida espiritual, mediante la in­tensificación de la oración y el compromiso de una dedicación a los hermanos". Por eso, el Papa alaba "todas aquellas iniciativas sociales que permiten a los ancianos, ya el seguir cultivándose física, inte­lectualmente o en la vida de relación, ya el ser úti­les, poniendo a disposición de los otros su tiempo, sus capacidades y su experiencia. De este modo, se conserva y aumenta el gusto por la vida, don funda­mental de Dios. Por otra parte, este gusto por la vi­da no contrarresta el deseo de eternidad, que madu­ra en cuantos tienen una experiencia espiritual pro­funda".

Desde la vida a la vida

Con esta advertencia, Juan Pablo II parece salir al paso de un riesgo en el modo de plantearse hoy la vejez. Ciertamente, con la prolongación de la es­peranza de vida, se han multiplicado las iniciativas para la tercera edad. Pero, a falta de una auténtica función social para la vejez, existe el peligro de considerar como un ideal el tener entretenidos a los viejos ‑televisión, diversiones, viajes...‑, con una falsa imitación de vivencias juveniles. Esto puede anestesiar su búsqueda de una madurez espiritual, que es lo más característico de esa etapa de la vida. E incluso robarles la preparación necesaria para afrontar la propia muerte, pues a veces los parientes procuran que den ese paso casi "sin darse cuenta".

Desde una perspectiva cristiana, Juan Pablo II recuerda que "el ocaso de la existencia terrena tiene los rasgos característicos de un 'paso', de un puente tendido desde la vida a la vida, entre la frágil e in­segura alegría de esta tierra y la alegría plena que el Señor reserva a sus siervos fieles: Entra en el gozo de tu Señor". Juan Pablo II confiesa cómo vive ese paso. "Es hermoso poder gastarse hasta el final por la causa del Reino de Dios. Al mismo tiempo, en­cuentro una gran paz al pensar en el momento en que el Señor me llame: ¡de vida a vida!".

Pero a Juan Pablo II se puede aplicar lo que él mismo dice en su carta sobre la perenne juventud a pesar de los años: "El espíritu humano, aun partici­pando del envejecimiento del cuerpo, en un cierto sentido permanece siempre joven si vive orientado hacia lo eterno".

Esta orientación le lleva a concluir su carta con una oración llena de esperanza: "Cuando venga el momento del paso definitivo, concédenos afrontar­lo con ánimo sereno, sin pesadumbre por lo que de­jemos. Porque al encontrarte a Ti, después de ha­berte buscado tanto, nos encontraremos con todo valor auténtico experimentado aquí en la tierra, jun­to con quienes nos han precedido en el signo de la fe y de la esperanza".

Aceprensa, Servicio  152/99

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