Guillermo

 

 

                Guillermo está en su cuna, un pequeño cofre hecho de oro y de perlas. Sus sábanas son de seda y sus pañales de lino. Su cuarto está cubierto por esculturas de bronce y hay pinturas sobre las paredes y el techo. Guillermo mira con sus ojos azules hacia arriba; la bóveda que corona su habitación está exquisitamente decorada con pinturas barrocas que representan las hazañas de Sigfrido. Alza su pequeño brazo derecho hacia la obra de arte, intentando alcanzar una imagen que no comprende, que siempre intentará comprender, pero que nunca será suya. Su brazo izquierdo no se mueve, permanece inerte y escuálido, recogido hacia el cuerpo como el ala de un pollo.  Siempre lo llevará así; no es parte de su cuerpo, no es parte de su ser, pero siempre lo llevará colgado como un pedazo de su alma que ha muerto, o que nunca vivó.

            Guillermo comparte su cuna con un gatito. Recién nacido. Muerto. Su pata delantera izquierda sangra fría sobre el brazo inerte del bebé. Guillermo no siente el líquido carmesí deslizarse sobre su piel. Tan sólo mira a Sigfrido. De pie, junto a la cuna, está una bruja. Observa con atención al bebé. Se fija en su brazo izquierdo, esperando verlo moverse de pronto. La bruja mira, espera y suspira.

            Guillermo está en su cuna, un pequeño cofre hecho de oro de y de perlas. Sus sábanas son de seda y sus pañales de lino. Su cuarto está cubierto por esculturas de bronce y hay pinturas sobre las paredes y el techo. Guillermo es hijo de príncipes. Pero ha nacido como sapo.

            Cincuenta y cinco años pasaron. Guillermo ha crecido. El Kaiser sostiene entre sus dedos los hilos de la tragedia más grande del mundo. En sus ojos azules permanece la imagen de Sigfrido.

 

 

 

 

 

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