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No Correspondido
Prólogo Este es, quizá, la primera experiencia con la prosa cuidada, casi poética, surgida del corazón y destilada por la mente, como suele ser el escribir. Ojalá se disfrute...
Cuento El primer contacto se efectúa, y es como el odioso repicar de un teléfono en el momento justo de conciliar el sueño. Tanto literal como simbólicamente yo era el único que estaba allí para escucharlo. Tu voz fue lo siguiente que oí y noté que no estabas bien, me dijiste que querías hablar y eso resultó ser más que suficiente para ir a tu encuentro. Cuando solos estuvimos, recuerdo que fuiste como un torrente de palabras, desahogando todos tus problemas, mientras yo, simplemente me limitaba a escuchar. Y por tus palabras y por tus gestos supe dos cosas; primero, que lo querías y, segundo, que lo querías mucho. Esa noche, luego de dejarte y ya recostado en mi cama, también me enteré de otras dos cosas, aunque sin concientizarlas. Creo que está de más decir cuales fueron. ¡ No puedo creer que la crueldad llegue a cotas tan elevadas ! La rueda del sufrimiento, esa que como toda rueda es circular y llena de sitios comunes, ha comenzado a moverse en un lacerante recorrido. Esta vez la vía que ha tomado es la del recuerdo de un dolor todavía palpitante. La película ha comenzado y yo me deshago en ruegos por que esta se detenga. Gritos e injurias son desatendidos y mis ruegos desoídos por esa fuerza que me somete a su poder, poder que por otra parte yo sé que le he otorgado en mi locura. Aunque suene incongruente, ha llegado el momento del pasado. Ante mí comienza un grotesco desfile de situaciones que ya habían sido enterradas en el cementerio del olvido por los mecanismos de defensa de mi ahora hipersensible cerebro. Una a una se van levantando de sus tumbas como horribles zombies dirigiéndose con paso tambaleante hacia mí, y al llegar a su destino, simplemente se limitan a estirar un miembro, que es de hielo, haciéndolo entrar en contacto con la carne viva de mi mente... Estoy en lo que parece ser el gran salón de algún castillo medieval. Las toscas paredes de piedra contrastan con la fina alfombra persa sobre la cual estoy parado estático y expectante, nervioso. Una onda cálida, estimulante, recorre mi cuerpo relajándolo, y es entonces que noto algo que no se me podía haber pasado desapercibido, pero que no obstante es ahora que lo capto aunque no lo comprendo. Miles de velas me rodean más allá de la alfombra, todas equidistantes, organizadas como un gran ejército de cera y fuego. En medio de mi sopor observo las numerosas llamas y me pregunto cómo habrán logrado encenderlas todas de manera que cada una pareciera tener el mismo desgaste que las demás, pero al no encontrar respuesta a este enigma mi vista se desplaza siguiendo una miliciana columna de estáticas llamas y se detiene muy lejos, al encontrarse con una extraña figura, que al igual que yo está de pié e inmóvil. Levanto una mano para saludarla y sonrío al ver que la figura hace, simultáneamente, el mismo movimiento que yo. La sonrisa se mantiene en mi rostro al darme cuenta que me saludo a mí mismo. Luego, dejo correr mi vista por sobre la enorme pared y descubro con sorpresa que la pedregosa presencia que se levantaba ante mí, apenas unos instantes atrás, se había transformado en una superficie lustrosa, capaz de reflejar cualquier cosa, reflejar cualquier cosa... La inseguridad muy pronto se puso a la cabeza de mis otras emociones. ¿ Que es esto ? me digo mentalmente y observo como la luz de las velas comienza a disminuir en forma constante y armónica, como operadas por un único regulador para todas. En este punto ya no puedo distinguir mi silueta reflejada en el gran espejo y es entonces cuando otra cosa sucede. Al principio no puedo distinguirla bien, pero está allí, donde antes estuvo mi reflejo, un poco más arriba. Sí, ahora estoy completamente seguro, y comienzo a comprender cuán altas pueden ser las cotas alcanzadas por la crueldad, y cuán sutiles pueden ser sus medios. Miro alrededor desesperado, dispuesto a huir, y un instante antes de echar a correr, las velas adivinan mi intención y se transforman en amenazantes chorros de fuego, de una intensidad atemorizante. Estoy atrapado ante la visión. Siento un dolor y me doy cuenta de que me he desplomado, la alfombra no ha evitado que mis rodillas chasquearan al toparse con el duro suelo rocoso. Tengo miedo. Elevo mi rostro pero no me atrevo a abrir los ojos, sé que si lo hago su figura va a estar allí. Su cabello castaño, largo más allá de la media espalda. Sus ojos grandes, del mismo color de su pelo, rebosantes de la más pura de las esencias, la vida. Sus cejas gruesas y más obscuras que el resto de los componentes de su faz, sus labios generosos, su nariz recia, el tono blanco y terso de su piel, y finalmente, otra vez su pelo, una cascada claro-obscura que nace en la cúspide de su ser cayendo luego a ambos lados de su rostro en perfecta simetría, solamente rota por la salpicadura de uno que otro mechón extraviado. En un acto reflejo estiro mi brazo para devolver al rebelde mechón a su cauce, robándome así, consuelo de tontos, un pequeño roce con sus mejillas. Pero todo es en vano, ella no está allí. Levanto el pesado telón de mis párpados y la imagen que había estado en mi mente está sobre ese maligno espejo. Despierto y soy carne y hueso, soy sentimiento otra vez. Un simple ser humano que cometió el gran error de guardarse lo que sentía, y que por eso deambula azotado por el ciego látigo del sufrimiento, que en su ceguera golpea indistintamente a ricos y a pobres, a sabios y a ignorantes, a buenos y a malos pero que a veces, y debido a su incapacidad, se afana en flagelar a un mismo ser, convirtiéndolo en un montón de jirones informes e incongruentes; en el último estadio del sufrir, ese que al ser traspasado sólo conduce a un sitio, obscuro y lúgubre, lleno de sombras opresoras y terroríficas, y que sin embargo significan la única oportunidad de apartar ese dolor, que en este punto se ha convertido en un parásito que se aferra al corazón, alimentándose de cada suspiro triste, de cada lágrima de impotencia. La muerte... Mucho tiempo ha pasado desde que tuve este, el más hiriente de todos los sueños ( Jamás sería capaz de decirle pesadilla a algo en lo que tú tuviste que ver.), y sin embargo no he podido sacarte de mi mente. Ahora estoy aquí, ya no de pié, si no sentado sobre aquella piedra desde la que pensé saltar en algún momento, y la vista me seduce con su serena belleza. Las montañas, vestidas de castaño y verde, se posan como pesados gigantes convocados por mí para este momento, pero su tamaño y majestad me empequeñecen y me obligan a permanecer en silencio. Tú no estas aquí para compartirlo conmigo, y eso me entristece, pero esa tristeza se ve ampliamente recompensada por la sapiencia de que hice lo correcto y que gracias a eso, tú sientes lo que yo aunque no por mí. Ya no tengo miedo de decirlo y esto me da esperanzas, así que me pongo de pié y respiro profundo el aire puro que me hace bien. Una fuerte brisa sopla sobre la roca meciéndome, y en el torbellino de sensaciones que en este momento me azotan, miro hacia abajo con unos ojos enceguecidos por las lágrimas y ante esa profundidad que me llama, extiendo mis brazos y cierro mis ojos. Es entonces cuando siento que vuelo, que mis pies no tocan el rocoso suelo, y es en el punto más alto de este vuelo cuando con todas mis fuerzas un grito sale de mi garganta y retumba en la cabeza de cada uno de los majestuosos gigantes. El gélido viento hiende como una daga de hielo el surco que acaban de dejar mis lágrimas, y es sólo en ese momento que comprendo que todo lo que hice no surgió de mi torpeza, mi estupidez o mi falta de hombría, si no de algo más sublime, algo que hizo que antepusiera tu felicidad a la mía, que no me dejaba herirte de ninguna forma a pesar de que yo me consumía por dentro y que me obligaba a sostener primero sonrisas, y luego un doloroso distanciamiento a pesar de que mi ser pedía a gritos el desahogo. He comprendido que ese algo no es más que aquello que yo pensé me estaba vedado por no haber sido correspondido, pero que ahora sé que esta correspondencia no era necesaria para haberlo sentido. Sí, sólo ahora siento que mi torpe mente se aclara, y con gran sorpresa concientizo el significado de las simples palabras que acabo de lanzar al aire en un grito que por fin limpia mi alma. Mis ojos se han abierto y mis pies no se han separado de la roca, rápidamente retrocedo y dando un traspié caigo de espaldas sobre el duro terreno. Creo que me quedaré aquí un rato acostado. Algo ha cambiado en mí y no es mi sentir, es mi actitud. Me siento relativamente bien y sólo ahora mi corazón se abre ante ti. Qué dijo, te preguntarás, y ya no tengo miedo en contestarte por que sé que en su momento mi silencio catalizó el proceso de tu felicidad, y eso es querer. Te amo...
Por A.F.E. (Mcbo. Vzla.)
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