Augusto Pinochet Ugarte
Texto completo de la declaración a la opinión pública británica y mundial,
aparecido en el "Sunday Times" de Londres el 8 de noviembre de 1998.
Mi esposa fue quien me explicó que estaba arrestado, mientras permanecía
en cama en el hospital después de la operación. Ella lloraba mientras
trataba de hablar. Yo estaba herido y desconcertado.
Vine a Gran Bretaña como un Embajador Especial de mi país, quizás no
específicamente como huésped oficial del Ministerio de Relaciones
Exteriores británico, pero si con su conocimiento y cooperación. Esta no
era mi primera visita, ya que he viajado a Gran Bretaña en varias ocasiones
en misiones oficiales. El año pasado fui invitado por la Royal Ordnance,
que hace poco tiempo pasó del gobierno a propiedad privada. Este año, como
en otras ocasiones anteriores, fui recibido formalmente por representantes
del gobierno británico en el aeropuerto londinense de Heathrow.
Siempre me ha gustado visitar Londres. La amistad, entre nuestros países
es, por supuesto, de carácter histórico y que data desde mucho antes de mi
período de gobierno. En 1818, finalmente, se obtuvo la independencia de la
dominación colonial española, en parte, gracias a la acertada política
exterior del Ministro de Relaciones Exteriores Lord Canning. Desde
entonces, Chile ha buscado la estabilidad dentro de confusiones en
Sudamérica. Más, aún, en gran parte de su historia Chile ha sido la nación
más próspera de Sudamérica y, a veces, la única democracia.
En gran medida nuestra estabilidad y prosperidad se debe a los fuertes
lazos con el pueblo de Gran Bretaña. Esos lazos permitieron que miles de
ciudadanos británicos, comerciantes, ingenieros, e intelectuales, se
establecieran en nuestro país.
Muchos de mis más cercanos amigos llevan apellidos que provienen
indudablemente de Londres, Manchester o Edimburgo y continúan cimentando
las relaciones entre nuestros países.
Esta amistad ha sido probada en el tiempo. Cuando las fuerzas argentinas
ocuparon las Malvinas, en 1982, instruí al gobierno para que, dentro del
contexto de la neutralidad, se proporcionara a nuestros antiguos amigos y
aliados toda clase de ayuda que pudiéramos otorgar. Consideré que era un
asunto de honor nacional para Chile. Hoy, encontrándome en este país bajo
arresto, rindo tributo al sentido de honor y valores de aquellos que me han
mostrado su apoyo, especialmente a Margaret Thatcher, cuyas palabras me han
conmovido.
Estoy apenado porque la experiencia de mi arresto ha sacudido mi confianza
en Gran Bretaña. Antes, jamás dudé de que Gran Bretaña fuera un país en
donde la gente pudiera desenvolverse libremente. No creí que sería objeto
de espurios intentos de abogados extranjeros para encarcelarme por cargos
sin pruebas.
Casi ha pasado una generación desde los penosos sucesos de 1973. Es el
cambio generacional el que materializará la reconciliación y cicatrizará
las heridas, como ha sido el caso en Europa desde la Segunda Guerra
Mundial. No existe, quizás, mejor ocasión para recordar esto qué durante
esta semana, cuando evocamos las pérdidas sufridas en guerras pasadas y las
alianzas construidas desde entonces.
Hoy día entendemos que la reconciliación es esencial para la paz. Esa es
la lección que hemos aprendido de las dos guerras mundiales y de numerosos
otros conflictos durante este siglo.
Comprendemos el proceso de reconciliación que se ha llevado a efecto en
Irlanda del Norte y en Sudáfrica. Sólo en forma reciente, la Comisión de
Verdad y Reconciliación del Arzobispo Tutu ha establecido los errores de
los dos bandos en disputa, pero es claro que la reconciliación fue
considerada imprescindible para el futuro armónico y en paz del país.
Hay pocos países que no tienen nada que lamentar de su pasado. Desafiando
la reconciliación de Chile, España olvida su propio pasado. Nos niega el
camino que ellos han seguido. España dejó atrás los años de Franco, sin
recriminaciones. Es por ello que el pueblo lo español resolvió
reconciliarse con su pasado, a pesar de los estragos de la guerra civil.
¿Por qué quieren ahora forzarnos a hacer las cosas en forma diferente?
En todos estos casos, y después de largas agonías, se tomaron sabias
decisiones para no revivir el pasado. La apertura de viejas heridas, que
nos llevan a debatir asuntos que desde hace largo tiempo ya han sido
olvidados, no sirve a ningún propósito.
Chile merece los mismos derechos que cualquier otro país. Pero, en las
semanas posteriores a mi arresto, sólo hemos visto una verdad disfrazada.
Retrocedamos al caos que existía en Sudamérica a principios de los años
70. Las libertades que habían sido tan difíciles de ganar de la dominación
colonial estaban siendo dañadas por fuerzas políticas y militares, con
inspiración y financiamiento soviéticos. Su clara intención era privar al
pueblo de sus libertades democráticas.
Como muestra la historia, esto es lo que ha sucedido en la Unión Soviética
y Cuba y continúa en otras partes del mundo.
En Chile, el 20 de octubre de 1970, el Congreso eligió a Salvador Allende
como Presidente. Esto ocurrió porque ninguno de los tres candidatos
presidenciales pudo alcanzar una mayoría, y a cambio, Allende prometió que
respetaría la Constitución chilena.
Casi tres años después, Chile estaba paralizado. Había, una
hiperinflación, como asimismo una carencia de alimentos, medicamentos y
necesidades básicas. Las leyes y el orden habían sido quebrados y bandas
paramilitares armadas asesinaban y robaban a su voluntad.
Bajo el régimen de Allende, cerca de 14.000 agitadores extranjeros se
habían trasladado a Chile. Ello incluía agentes del DGI cubano, quienes
estaban a cargo de reorganizar los servicios de seguridad del régimen, como
asimismo instructores militares soviéticos, checoslavacos y coreanos.
Estaba claro para todos nosotros que una insurrección estaba siendo
planeada y financiada por la Unión Soviética, y que las brigadas militares
revolucionarias estaban organizándose para combatir al Ejército de Chile.
Posteriormente, reflejando lo que ocurría en esos meses, Regis Debray, un
prominente socialista francés, amigo de Fidel Castro y del Che Guevara, y
un admirador de Allende, escribió: "todos sabemos que fue una mera cuestión
de táctica para ganar tiempo para organizar y coordinar las unidades
militares de los partidos que conformaban el gobierno de la Unidad Popular.
Era una carrera contra el tiempo".
Como la crisis devastaba nuestro país y la Constitución había sido dejada
de lado, la Corte Suprema determinó que Allende había invadido otros
poderes del Estado. Las dos Cámaras del Parlamento emitieron un voto de
censura en contra de Allende por "instituir un sistema totalitario, por
sedición y por violar en forma habitual los derechos civiles de los
ciudadanos de la República". El Parlamento llamó a las Fuerzas Armadas "a
poner término en forma inmediata" a las violaciones sistemáticas a la ley y
"asegurar el orden constitucional de nuestro país".
El pueblo estimaba que para la sobrevivencia de Chile y para la
preservación de la libertad en Sudamérica era fundamental derrotar al
marxismo y remover al gobierno de Allende.
He vivido con mi conciencia y mis recuerdos por casi un cuarto de siglo
desde los hechos ocurridos en l973. Desearía que las cosas hubieran sido
diferentes. Desearía que Allende hubiera accedido a irse con las garantías
de seguridad que yo mismo le ofrecí. Finalmente, Allende no eligió este
camino. Por el contrario se suicidó. Estas no son reflexiones fáciles para
mi. Pero estoy en paz conmigo mismo y con el pueblo de Chile con respecto a
lo que ocurrió. Estoy convencido que la vuelta a Chile de una verdadera
democracia, en donde todos los individuos tuvieran una real libertad, no
podría haberse logrado sin remover al gobierno marxista.
Amo a mi país. Quiero al pueblo de Chile. Me enorgullece que Chile es hoy
día un país donde el pueblo es libre para hablar, libre para desplazarse,
libre para seguir y expresar sus convicciones políticas y religiosas.
Nosotros perdimos todas esas cosas en el breve período de principios de los
años 70. Sí, me ha tomado tiempo rememorarlas. Sin embargo, miro como mi
mayor logro el que esas libertades se hayan recuperado efectivamente.
Durante mi gobierno se llevó a efecto en 1980 un plebiscito que
restableció una Constitución democrática. Bajo esa Constitución, en 1988 el
pueblo decidió no elegirme para un nuevo período de gobierno, a pesar de
que obtuve el 43% de los votos. Acepté la decisión del pueblo y dejé el
gobierno. Esa misma Constitución ha asegurado una transición democrática
pacífica al gobierno de mis dos sucesores, Patricio Aylwin y Eduardo Frei.
Ese proceso es una realidad. En Chile, como en cualquier parte, la
recriminación es el enemigo de la reconciliación y lo que está ocurriendo
por cierto que daña a la transición democrática en que todos estamos
empeñados.
Un juicio de opereta en el extranjero no es justicia. Ciertamente no es
justicia británica. Mis compatriotas han vuelto a vivir tiempos del pasado.
Ellos son mis verdaderos jueces. Esa es la razón por la cual debo luchar
contra el requerimiento de extradición con todas mis fuerzas, apoyado por
el Presidente y por el Gobierno de mi país. Y, si Dios lo quiere, volveré
con mi familia a Chile, con la esperanza de vivir los últimos años de mi
vida en paz.
Email: verduyn@hotmail.com