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Supertramp

(Carta escrita por un cubano del exilio para un amigo en Cuba, la noche del 27 al 28 de abril del año 2002)

¿Te imaginas en medio de un estadio con miles de personas, bailando, cantando, llenos de felicidad a solo 20 metros de uno de tus grupos de rock favoritos? Para muchos jóvenes de 14 años como yo ese era su sueño. Corría el año 1979. Era la época dorada de Led Zeppelin, Deep Purple, Queen, Yes. Una época en que los intérpretes entraban en los hit parades por su virtuosismo o lo nuevo que decían y no por el lugar donde se ponían el arete. Un mundo que, cansado del conservadurismo y guerras como la de Viet Nam, protestaba dejándose el pelo largo y buscando aportes en las canciones que, siendo del rock más duro y rebelde, dijeran algo. Pero los zeppelines, mis dioses, sonaban muy fuertes para los oídos de un sector de la juventud, generalmente más tranquilo, universitario e intelectual que, no obstante, sentía el deseo también de tener momentos de excesos que les permitiera enajenarse del estado al que les habían llevado las cosas.

Para eso estaban grupos como Supertramp, que desde 1970 probaba suerte en el llamado rock progresivo. Lo diferente que tenían era la casi ausencia de guitarras, sustituidas magistralmente por varios teclados y un saxofón (agregando incluso en los últimos años un trompetista). Un rock que lo mismo se podía disfrutar tranquilamente mientras leías un libro, que alocadamente mientras la cabeza te daba vueltas. Corría el año 1979 cuando aquellos músicos cambiaron para siempre sus vidas con un "Desayuno en América", adonde se habían ido a vivir desde su natal Inglaterra. Y la de nosotros también, quienes nos enfrascábamos cada tarde en un "Largo camino a casa" desde nuestras becas en el campo, tarareando una "Canción Lógica" y soñando: "¿te imaginas...?"

Pero en Cuba las cosas no eran color de rosas para el rock en aquella época, aunque llevaran el apellido de sinfónico. Para algunos los Beatles, Led Zeppelin o Supertramp eran una misma cosa: diversionismo ideológico. Los jóvenes en la escuela, en el campo, en los rincones, escuchábamos escondidos la "dobliu-yi-bi-es" aquella emisora que marcó los gustos de toda una generación. Una generación que creció alrededor de viejas grabadoras, verdaderos trastos, con cables burdamente empatados o amplificadores caseros, para escuchar a nuestros ídolos y soñar: "¿te imaginas en medio de un estadio...?" Nos congregábamos alrededor de revistas prohibidas, con las hojas semidestruidas de tanto ojearlas, solo para ver una imagen borrosa de uno de aquellos dioses de pelo largo. Y cuando una caía en nuestras manos leíamos hasta los números de las páginas, sedientos de una información que en ningún otro lugar encontrábamos. Nada de clips en la tele, nada de vídeos, hasta que al cabo de años, poco a poco se fue abriendo el mundo, haciendo la magia y aparecieron programas como "Colorama", "Recital" y luego "A Capella" y, ya siendo viejos, pudimos, al fin, ver cómo eran las caras de aquellas voces que desde hacía años disfrutábamos. Pasó el tiempo y aquellos adolescentes crecimos. Terminamos nuestras escuelas, nos graduamos, como pudimos hicimos nuestras vidas y comenzamos a trabajar.

Un día, por cosas de la vida, me fui lejos, pues hasta Madrid no paré. Desde que llegué leí en un periódico que Supertramp visitaría dentro de unos meses la ciudad. ¡Dios mío!, el sólo leer la noticia me erizaba los pelos. ¿Podría ir al concierto? Acabado de caer en un nuevo país, empezando una nueva vida, sin papeles, sin casa, sin familia, sin dinero, solo debía pensar en encaminarme. Pero poco a poco las cosas fueron mejorando y, por fin, cuando llegó el día, decidí que tenía que ir al estadio a verlos.

Anoche viví una de las experiencias mas importantes de mi vida. No era yo el único que venía de lejos, pues al salir del metro, dos españoles y varios latinos comentaron, "debe ser por allá, pues todo el mundo coge por esa calle". Una fila de gentes, y eso que llegamos dos horas antes. Al acercarnos al estadio cuatro gigantescas rastras con el timón a la derecha delataban la presencia de ingleses. Las cafeterías y bares de los alrededores, repletas de gentes que, entre copa y copa, esperaban el comienzo de la función, denotaban que a la generación Supertramp no le había ido tan mal, a pesar de la antigua preocupación de sus padres.

El estadio "Palacio Vista Alegre" es una plaza de toros, así que en medio del ruedo, sobre sangre de toros y a 20 metros de uno de mis ídolos de la infancia, nos pusimos a esperar que ocurriera el milagro. Cuando entramos nos sentamos en el suelo, sobre la alfombra, mientras nos tomamos unas cervezas y rememorábamos los viejos tiempos. En el público nada de camisetas con signos satánicos ni adolescentes con peinados extraños. Aunque no faltaban adolescentes y hasta niños, las calvicies que vi ante mi, las barrigas de dirigentes, las barbas y camisas de mangas largas denotaban que la edad promedio de los alrededor de 8000 participantes rondaba la de graduado universitario.

Cuando, aún con las cortinas cerradas, sonó la filarmónica con aquellos acordes tan conocidos y se apagaron las luces, la euforia del público, los gritos de alegría de siete mil novecientas noventa y nueve personas y las lágrimas de felicidad de uno solo, auguraron una noche inolvidable. John y Rick, vestidos de trajes, y el inmenso piano de cola en el escenario, hacían honor al género que tocan. Lo que más me impresionó cuando salieron a escena fue lo viejo que están. Llenos de arrugas, todo canosos, tremendas panzas, unos vejetes, verdaderos dinosaurios. Pero ¡que alegría al verme allí tan cerca de los monstruos! Tarareando sus canciones, dando brincos al ritmo de la música junto a miles de personas. Una música por momentos suave, de concierto, otras precipitada, de buen rock, donde John exhibió varios modelos de saxofones, clarinetes y filarmónicas. Como siempre, tres tecladistas, y en uno de los temas hasta cuatro. El concierto, que promocionó los temas de su último disco, "Slow Motion", vibró con el sonido del saxo de John como en los viejos tiempos, se quedó corto en algunas voces, dejó algunos temas imprescindibles en falta (¿cómo complacer a todos?) y encantó con una escenografía, luces y vídeos en blanco y negro como mi vida hasta ese día.

Genial la interpretación de un tema que comienza suave, con mucho piano, y un video de fondo de una vieja estación de trenes donde los pasajeros abordan uno que me recordaba el Moronero de Camaguey. Cuando el tren sale, el ritmo de la música acelera al entrar todos los instrumentos y Rick comenzar su canto. El video muestra la línea férrea por donde va el tren con la cámara en la punta de la locomotora, pero entonces a cámara rápida, rodando a una velocidad aparentemente espantosa, por entre vías férreas que se cruzan, túneles, puentes y contrastando, como en comedia silente, la velocidad del tren con la época de la filmación. Largas descargas de piano y saxo, también a toda velocidad, muestran el virtuosismo de los concentrados interpretes que no miran a la gigantesca pantalla de fondo, mientras los ánimos del publico se aceleran disfrutando de lo que parece que terminara con la explosión de todos los instrumento o el descarrile de un tren que se mueve cada vez mas rápido. Hasta que, en el momento clímax, todos los músicos al unísono cierran la obra magistral con un acorde ensordecedor y fulminante como solo los grandes saben hacer, para acabar todos a la vez, mientras el tren, aparentemente a punto de estrellarse contra una estación al final de la vía, para justo con una puerta en la mano de un empleado que abre la misma a los pasajeros y, todos juntos, los familiares de los viajeros que esperaban en la estación y las ocho mil personas del publico, irrumpimos en gritos y aplausos. Otro disco más que, aunque genial y hay que comprar, me parece que no llega al Breakfast in America del 79 que sigue siendo el momento cúspide de la historia del grupo.

Un concierto bestial y tranquilo en el que hasta los policías presentes despreocupados disfrutaron. En el publico, en un alarde propio del primer mundo y tan lejos del mío, muchas personas emocionadas llamaban a sus parientes por el teléfono celular para que escucharan "esa canción que siempre estoy oyendo". ¡Cuanto me gustaría haber llamado a mis amigos de Cuba, y a mi hermano para contarles lo mismo! Uno a uno a todos los recordé y les dedique aquel momento. Seis músicos y un equipo de trabajo de 300 personas hicieron, de aquella, una de las noches más felices de mi vida. "¿Te imaginas en medio de un estadio con ocho mil personas, bailando, cantando, llenos de felicidad a solo 20 metros de Supertramp?" Anoche, a solo cuatro días de cumplir 37 años uno de los sueños de mi juventud se hizo realidad.


Canción Lógica
Supertramp

Álbum:
Breakfast in America. 1979.

Cuando yo era joven, parecía que la vida era tan maravillosa,
un milagro, oh era magnífica, mágica.
Y todos los pájaros en los árboles, estarían cantando tan alegremente,
jocosamente, jugetonamente, mirándome.

Pero luego me mandaron lejos, para enseñarme a ser sensible,
lógico, responsable, práctico.
Y me enseñaron un mundo donde yo podía ser tan dependiente,
clínico, intelectual, cínico.

Hay veces cuando todo el mundo está dormido,
las preguntas llegan muy profundo
para un hombre tan simple.
¿No me dirías tú, por favor, qué hemos aprendido?
Yo sé que suena absurdo
pero, por favor, dime: ¿quien soy yo?

Ahora mira lo que dices o te llamarán un radical,
liberal, fanático, criminal.
No firmes tu nombre, nos gustaría sentir que tu eres
aceptable, respetable, presentable, ¡un vegetal!

Por la noche, cuando todo el mundo está dormido
Las preguntas llegan tan profundo
para un hombre tan simple.
¿No me dirías tú, por favor, qué hemos aprendido?
Yo sé que suena absurdo
pero, por favor, dime ¿quien soy yo?, ¿quien soy yo?, ¡¡¡¿quien soy yo?!!!

Oh, es tan lógico...

 

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