TODOS VUELVEN
Mis lágrimas se fundían con las aguas azulinas del lago, mientras el sol restallaba en la estela que la lancha iba dejando y nuestro ómnibus era transbordado por otra embarcación, cruzando la frontera por el estrecho de Tiquina. La quietud dominaba el paisaje.
Llegamos a La Paz a las ocho de la mañana, hora peruana; nueve, hora boliviana. Era viernes. Con un breve equipaje y mi aspecto corriente, no llamaba la atención. Si no hablaba podía parecer andina. Sólo cuando descubría mi acento costeño, la gente se volvía para observarme con desconfianza.
Debía cumplir mi segunda meta. Empecé a subir y bajar empinadas calles. Con gran esfuerzo y el corazón galopando al límite, llegué a la Prefectura. Las puertas estaban cerradas. Abismada me senté en cualquier parte y recién pude salir de la nebulosa de mis tribulaciones y descubrir que algo extraño pasaba en esa ciudad custodiada por el Illimani. La Paz estaba iniciando la celebración de los carnavales.
-Señora, es día de challa, pues. Nadies atiende.
-¿Dónde vive el Prefecto?
-Aquí cerquita, en Obrajes.
El taxi recorrió calles donde casas, carros, pequeños negocios, estaban engalanados con flores amarillas, mixtura, y serpentinas.
-Todo se tiene que challar, que bendecir hoy día, para que haiga suerte.
Las palabras arrastradas del taxista me sacaron de la embriaguez. Todo lucía tan alegre que yo también hubiera querido ser bendecida.
Envuelta en esa fiesta nacional empecé a buscar a ciegas al Prefecto: «están subiendo por Ullustus», «están bajando por Sopocachi». La fascinación de las tropas de sicuris me hacía perder sus huellas, debía detenerme en las esquinas para mascar coca, sabia enseñanza de mi amiga Justina.
Durante el viaje, al verme asfixiada y verde por el soroche, una mujer de amplias polleras, salvó la barrera idiomática y me invitó al rito de mascar coca pidiéndome que la imitara. Escogíamos las hojas más bonitas, les quitábamos el tallo, las acomodábamos en la boca hasta formar un bollo compacto al que le dábamos vueltas para humedecerlo; después lo íbamos oprimiendo de a pocos, haciendo que soltara su benéfica esencia. «Aculla, aculla, señora», decía Justina.
En medio de la muchedumbre de músicos y bailarines quería hablar con alguien, preguntar el origen de las danzas, los disfraces, pero la gente se mostraba desconfiada, o quizá era yo que con la mirada dura y el ceño fruncido no les permitía acercarse. Recién en la noche, cuando la cerveza inundaba las calles, los enormes diablos de resplandecientes capas me alcanzaron amistosos sus botellas. Yo las recibía tratando de sonreír, brindando a la manera costeña «contigo», ellos respondían: «salud». No sé en qué momento me dejé arrastrar en sus rondas, riendo con todos, abrazaba y besaba a osos, monos, diablos, llameros, tuntunas. Los quería a todos, todos eran mis hermanos, mis hermanas. Me sentía eufórica.
A las once de la noche boliviana, descubrí en una diablada al dueño de mi destino, perdido dentro de un enorme disfraz de oso blanco. El pequeño Prefecto, quitándose la careta, con los ojos achispados de cerveza y gesto risueño me devolvió la vida dándome una cita para asilarrne en su país.
En el momento en que estaban muriendo trescientos veinte presos en la isla El Frontón, un grupo de mujeres con flores y pancartas protestábamos frente al Comando Conjunto por la matanza de Aucayacu. Al empezar la marcha, ninguna contaba con llegar a interrumpir el tránsito en plena avenida Arequipa en un opaco día de junio.
Con mis posaderas en el asfalto y los soldados apuntándonos, pensé en todo menos en que ese acto sería el inicio de una sucesión de hechos que terminarían arrancándome de la tierra donde nací y donde esperaba morir. Huir del país a los veinte o treinta años hubiera resultado una aventura agridulce, pero a mi edad fue como pasar de un día esplendoroso a una noche de tormenta.
A la hora de estar arriando banderolas y pancartas coincidimos con María, una sindicalista despedida que vivía en mi ruta. Inmediatamente brotó una chispa amistosa, después me fue cautivando su entereza para afrontar la adversidad.
El día que me apresaron todo sucedió de improviso. Acababa de despedirme de María, después de ayudarla a subir en un mototaxi las cajas de leche Gloria que recogimos en una casa desconocida. «No te hagas la cojuda» gritó el policía, «no es leche, es propaganda terrorista». Ella me dijo que las había ido almacenando una por una y recién podía llevarlas al puestito que abrió en Canto Grande para poder subsistir. Apenas había avanzado media cuadra, cuando dos desconocidos me levantaron en vilo y me arrojaron al interior de un carro. En ese instante algo se rompió aquí adentro y nunca más ha vuelto a componerse.
Todo se detuvo cuando sentí que deslizaban una capucha mugrienta, babeada, sobre mi rostro. Como pez fuera del agua, me asfixiaba. Las lágrimas se quedaron orillando mis pupilas, sólo preguntas sin respuestas retumbaban en mi conciencia como sordas campanadas: dónde me llevan, qué me va a pasar, por qué, por qué...
Con las manos esposadas y la capucha en el rostro, costaba mucho trabajo comprender lo que el destino me estaba preparando. Me sacaron a rastras hasta un ascensor. Nunca sabré hasta qué piso subimos. En la penumbra de la habitación adiviné la presencia de otra persona con la que no podíamos comunicarnos. Además, qué nos hubiéramos dicho.
Esperando lo definitivo, como en una sucesión alterada de imágenes en blanco y negro, veía en mi mente a Cecilia enferma, la señora Carmen lavando ropa en casa, mi reunión de mujeres de las seis, la llamada de Juan a las ocho, mi hija en la Universidad, la gata con cinco crías. Voces de trueno me devolvieron a esa torcida realidad: «¡Cambia de disco carajo, confiesa!»
El cuerpo puede ser aprisionado, el alma nunca. Fue en esa habitación oscura y pestilente donde logré desdoblarme por primera vez. Sí, por unos segundos o tal vez por horas abandoné mi cuerpo. Lo dejé ahí delante de los policías. Volé a mi casa, a contar a los míos lo que estaba sucediendo. Encontré a mi marido durmiendo frente al televisor, lo desperté, hice que mirara su reloj, que se preocupara por mi ausencia. El no podía escucharme, pero sí hacerme caso: conseguí que llamara a mis amigas. No fue posible hacer más. Mi cuerpo, que en ese momento estaba siendo zarandeado con furia, me reclamó.
Las imágenes cambian y se mueven como piezas de caleidoscopio: la carceleta del Palacio de Justicia, infectada de olores nauseabundos; las pugnas para comprar agua, comida, papel higiénico. El derecho a un pedazo de suelo para tender un dunlopillo mal oliente. En ese espacio los silencios sólo rezuman dolor y rencor.
Por falta de pruebas salí de la cárcel «¡DE LA CRUZ BEATRIZ! ¡CON TODO Y COSAS ... ! ¡AFUERA!». Llegamos a casa en caravana, sólo faltaban serpentinas para que pareciera un desfile alegórico. Después de ducharme fui a la cocina a preparar un buen almuerzo. «Descansa mami, nosotros cocinamos». Yo quería quemar energías, botar en sudor, ya no en lágrimas, todo el resentimiento acumulado. Prepararía un sancochado. Mientras en las ollas, carnes, papas, choclos, camotes, coles se resistían a consumirse, la conversación entreverada olía a yerbabuena y orégano, haciéndome sentir en armonía con mi universo.
En la casa-refugio de Bolivia, encontré dos grupos de mujeres con distintos planteamientos políticos. Yo no pertenecía a ninguno, y me dejaron en el centro: fácil blanco de sus hostilidades. «Mejor así: no me encariñaré con nadie», pensé.
Desde que llegué a esa habitación con lo poco que pude empacar en el atolondramiento de la fuga, dejé todo en la maleta, muy cerca de la puerta: fotos de mis hijos, mi falda y libros preferidos, la agenda, cepillo de dientes, toalla, camisón. Mi reloj marcando hora peruana, como el talismán que aseguraba el retorno.
Los días se iniciaban pronto, las palabras se congelaban en el aire, el sol quemaba, todo me era ajeno, caminaba siempre irritada y sin rumbo. En las noches, una pesadez de lápida sobre el pecho no me dejaba dormir.
Un domingo salí temprano a la Central Telefónica. Todo mi cuerpo flotaba en optimismo: regresaría a Lima. Las voces cantarinas de los míos vinieron corriendo hacia mi a través del hilo mágico. La alegría de esa conversación me alcanzó para varios días, pero no para esa noche del seis de agosto cuando apenas pude arrastrarme hasta una banca de la Plaza Murifio. Al sentarme percibí que no sólo era cansancio lo que sentía, era algo más. Todo empezó a apagarse a mi alrededor: gente, árboles, monumentos, piedras, faroles. El corazón, que había estado corriendo en estampida, se detuvo en seco. El pánico me invadió y tuve conciencia de que el miedo a la muerte es como la muerte misma. Poco a poco fui recuperándome mientras insensatamente pugnaban por salir de la memoria las letras de una canción lejana: «... qué lejos estoy del suelo donde he nacido, qué inmensa nostalgia invade ... » Entonces todo mi ser se negó a morir en tierra extraña. Resolví retornar al Perú.
Al alba ya tenía mis pasos trazados hasta la frontera. Aprovechando el sueño pesado de las otras mujeres, me vestí con lo que necesitaba llevar: fotos, documentos, ropa, libros, maletín, agenda. Todo quedó cubierto con el faldón y la casaca. Murmurando que iba a misa, abandoné esa habitación donde sólo el desarraigo me había acompañado.
No tuve problemas para comprar los boletos y pasar los controles. Antes de cruzar la frontera, revisé de nuevo mi itinerario. El siguiente paso era encontrar en Kasani alguien que me condujera a Yunguyo.
Con la temeridad que da la desesperación, me acerqué a un grupo de mujeres sentadas en el suelo sobre sus mullidas polleras, rodeadas de bultos multicolores. Evitando dar detalles, les lancé a la cara:
-Me persiguen por gusto, necesito regresar donde mis hijos. ¡Ayúdenme!
Desde sus rostros cobrizos, enmarcados por envidiables trenzas, me miraron muy serias. Cuchichearon en aimará, discutieron, concertaron y mandaron buscar a don Paulino. Para no llamar la atención, me senté sobre una piedra. Desde el lago una brisa suave traía aromas de eucaliptos y cantutas que tranquilizaron mi espíritu. Don Paulino apareció arreando un burro.
Mis protectoras me introdujeron a una casucha, me quitaron todo lo que llevaba encima, me vistieron con una pollera de bayeta, muy humilde al lado de las que lucían ellas, un mantón negro y sombrerito de hongo. Con sus ganchos de pelo, hicieron milagros para disimular los mechones crespos y mal teñidos que se resistían a meterse debajo del sombrero. Mi breve equipaje fue envuelto en una manta descolorida que cargaron a mi espalda, entre risas y bromas que no comprendía. Antes, ataron un trapo rojo a mi cabeza y pintaron mis mejillas con pepas de ayrampo, tratando de simular un estado febril. Al fin, me ayudaron a trepar sobre el burro.
La emoción me cortó el discurso de agradecimiento. Sólo pude mostrarles gratitud con lágrimas y el deseo intenso de grabar a cincel en mi corazón cada uno de sus rostros, tan estoicos por fuera, tan llenos de amor por dentro.
Trepando la cordillera sorteamos el control fronterizo. Dueño de su hábitat, don Paulino señalaba abajo las oficinas de Migraciones: dos construcciones, dos banderas, dos Estados y una sola Nación, pensé. Parecía que también los policías nos miraban, tal vez con el mismo gesto burlón con que los observaba don Paulino.
Bordeando el pueblo de calles polvorientas y sin vegetación, ingresé por el lado del mirador. Caminaba etérea, cerrándome la casaca para evitar que se escucharan mis latidos atropellados. Encontré un hostal, cuyo letrero rezaba: «Miami Beach». Al ingresar, una melodía de la radio me invadió de felicidad: «... Todos vuelven a la tierra en que nacieron..» Interrumpiendo el vals, la voz del locutor anunció grave:
« Ayer en Lima fue detenida por la DINCOTE, la señora María Pérez, ex dirigenta del SUTEP, acusada de colaborar con la subversión... junto a ella también fueron detenidas ... Se busca intensamente a la no-habida Beatriz De La Cruz».