CON LICENCIA PARA CONTAR
(edición Anillo de Moebius, 2001)
Este libro es una antología de cuentos de
los(as) integrantes del Círculo Literario Anillo de Moebius. En
un agregado a las narraciones publicadas quisimos responder a la
pregunta de por qué escribimos, la respuesta está en el
testimonio que aparece en el espacio que correspondió a cada
autor.
Intuyo que mi necesidad de escribir nació en esas largas y
solitarias vacaciones en casa de la Mama Grande - en los
suburbios de la ciudad, sin alumbrado eléctrico - donde no
teniendo compañeritas de juego cercanas, me tendía al sol a
devorar todas las obras clásicas que Papá dejaba a disposición
mía y de mi hermano, el que muy temprano me había contagiado su
deleite por la lectura. Así lograba ensanchar ese entrañable,
pero reducido mundo lacustre, viajando sobre alfombras voladoras,
caballos alados a lejanas tierras como Francia, Arabia, Egipto o
Grecia.
Tal parece que esas lecturas también me ilustraron en asuntos
del corazón, pues en secundaria mis compañeras me eligieron
escritora oficial de su correspondencia amorosa. Esta
habilidad se afianzó cuando tuve que responder mis propias
cartas de amor y más adelante derivó en pésimos poemas,
inspirados en el enamorado que hubiera removido más mis
hormonas.
Al concluir secundaria, aún la universidad no se había
reabierto en Puno. Así, las mujeres que no queríamos estudiar
la carrera magisterial, teníamos que emigrar. Me enviaron a
Cuzco. Ese drástico distanciamiento recién me hizo percibir lo
atada que estaba a mi tierra: como diminuta estalactita, como
piedra de canto rodado y en vano busqué en ese horizonte ajeno
la eternidad del lago azul, la serenidad de sus islas y aquella
cumbre desde donde podía tocar las estrellas.
Desde ese alejamiento, en cada uno de mis retornos empezó a
palpitar muy dentro, la necesidad de propalar la belleza, la
santidad de ese rincón tantas veces rezagados, pregonar la
exuberancia de sus danzas, de su música, hablar de la fortaleza,
la solidaridad, el estoicismo de su gente: india, chola, mestiza.
Y comente a agudizar el sentido de observación, escarbar en la
memoria, tender al sol mis vivencias, ventilar mis experiencias,
hacer el recuento de mis amores.
Es tardíamente, el año 1990 que recién me atrevo a tramar una
historia. Ese año, el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán
convocó al primer concurso de cuentos para mujeres Magda Portal.
Con seguridad, la confianza y comodidad que sentí yo, la
experimentaron muchas de las 300 mujeres que se presentaron a ese
evento. Tres meses estuve enclaustrada tratando desesperadamente
de escribir un cuento del cúmulo de anécdotas que tengo. Me decía:
como sindicalista, te has parado en media pista a interrumpir el
tránsito; otras veces has desafiado la fría fuerza del rochabus;
en las marchas iniciales de feministas respondiste a cucharonazos
la agresión de un policía, has caminado de noche por todos los
pueblos jóvenes de Lima
Sí, tenía mucho que contar, pero
no sabía cómo. Escribí algo parecido a un cuento y por
supuesto que no obtuve ni siquiera una mención, pero en aquel
concurso gané la convicción de que podía narrar, de que quería
ser escritora y la certeza de la inexistencia de la varita mágica
llamada inspiración. Era más bien, muchas horas de
aprendizaje y muchas más corrección, incontables días de
trabajo disciplinado, porque hacer literatura no es un hobby,
como erróneamente creen algunas personas, tratando de negarle el
profesionalismo que conlleva el arte de narrar.
Creo que después de esa experiencia quedé atrapada pro la
solitaria de la que habla Vargas Llosa y me dediqué a estudiar
con los maestros y maestras en sucesivos talleres, aprendí mucho
de cada uno de ellos, pero este proceso sólo se consolidó
cuando en 1992, con un grupo de entusiastas - algunas
consagradas, otras iniciándose - fundamos el Taller de Narrativa
Anillo de Moebius, con el apoyo inicial del escritor Reynaldo
Santa Cruz.
En el Taller, junto con el placer de escribir se han ido
trenzando lazos de amistad muy fuertes, tanto que nos permiten
disfrutar al máximo de nuestras sesiones de trabajo y resistir
con mucho brío las implacables críticas a las creaciones que
semanalmente llevamos. Anillo de Moebius, después de una selección
casi natural se ha ido convirtiendo en un espacio de
desarrollo personal y grupal, donde todos, todas, aprendemos y
enseñamos, logrando así que nuestras creaciones vayan ganando
perfiles artísticos.
En esta práctica también he descubierto que a todos los seres
humanos nos subyuga la posibilidad de trascender en el tiempo,
sorprender a los demás, compartir recuerdos, angustias, fobias,
soltar nuestros demonios. Todos esos sentimientos me impulsan a
escribir, pero mucho más me motiva el deseo de plantear un
dialogo crítico, sincero, vivo, conmigo, con mi país, con mi
acerbo cultural, desde mi tiempo, desde el pueblo al que
pertenezco, desde mi ser mujer.
Finalmente debo confesarlo, también narro para estremecerme con
la mirada de asombro de los varones, cuando les digo en tono
candoroso: soy escritora.
Este es el cuento que yo aporté para la tercera publicación
colectiva del Círculo literario Anillo de Moebius.
¿COMO QUIÉN TE PRESENTARÍAS?
La quietud del parque Pino colapsó cuando por la esquina del jirón
Lima hizo su aparición una mujer desconocida para Juan Luis. A
su paso los cipreses se estremecieron, las luces se encendieron
por su cuenta y los arabescos de las baldosas danzaron de
contentos. Alta y espigada como un eucalipto caminaba sin
aspavientos, casi con timidez. Sus desmesurados ojos pardos,
sombreados por el aleteo misterioso de pestañas negrísimas; los
labios rojos y carnosos delataban una sensualidad inquietante que
lo impulsó a ponerse de pie y saludarla. Ella respondió
ofuscada y siguió de largo acompañada de su séquito de
contradicciones: avergonzada y provocativa, despampanante y
reservada. Mientras sus ojos rehuían las miradas, su cuerpo
reclamaba acercamiento. El abordaje se hizo obligatorio.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes.
- ¿ No teme que se la roben?
-
- ¿Puedo acompañarla ?
El entusiasmo no le permitió captar el azoramiento de la
muchacha quien se limitó a sonreír ante la propuesta, actitud
que él interpretó como un sí. Ubicándose a su diestra,
enrrumba junto a ella por Independencia.
Cursaba febrero del 50, la ciudad lacustre se aprestaba a
celebrar su fiesta patronal. Juan Luis Pizarro estudiante
universitario en la capital había retornado para vacacionar,
aunque lo más importante para él, era cumplir con el rol para
el cual lo prepararon desde la pubertad.
Durante el corto recorrido solo la entusiasta voz de él
acompasaba sus pasos, ella se limitaba a escuchar. El sol estaba
ya oculto detrás del horizonte cuando llegaron al arco de los héroes,
el Arco Deustua. Tiritando de frío, la joven se detuvo dando por
concluido el paseo. Estiró la mano y dio un paso atrás. Juan
Luis, ante la contundencia del gesto, trató de retenerla alzando
la voz :
- Me llamo Ernesto ¿y tú?
- Puedes llamarme Margarita - respondió levantando los hombros y
dándole la espalda.
Antes de que se perdiera de vista, gritó excitado: te
espero mañana a las 4.00 en la esquina del pilón negro.
Ella, en señal de asentimiento soltó su diminuta mano como
paloma mensajera.
Aún sientes el apretón tibio de su mano, la mirada limpia
buscando tus ojos. Nunca lo has visto por aquí. No se parece a
ninguno de esos hombres que vienen todas las noches a usarte y
que tanto asco te dan. ¡No te conoce! ¡No ha oído hablar de
ti! Y su mirada es directa, su conversación respetuosa, caminaba
tranquilo a tu lado. Tiemblas. Ya habías olvidado cómo se
siente ser mirada como mujer, no como una botella de pisco que se
escoge, se paga, se toma y después se tira.
Hubieron tantas dictaduras en nuestra historia, aunque ésta
duraba ya 8 años. Siempre los actores principales eran los
mismos: el poder absoluto y la oposición heroica. Esa noche Juan
Luis terminó con mucha dificultad el documento que debía
presentar. Durmió mal. En sus sueños se veía escondiéndose
detrás de innumerables caretas, aclamado por multitudes, acompañado
por una mujer de aura angelical que le motivaba deseos
incontrolables. Despertó avergonzado.
Al día siguiente un sol abrasador escoltó a dos corazones
ansiosos, uno en pos del otro, pero el encuentro no podía
prolongarse,. Juan Luis tenía a las 6:00 una reunión en los
extramuros del cementerio. El tiempo se volatilizó mientras él
hacía esfuerzos por no soltar las riendas del galope de sus
deseos, y ella rezaba para que las manillas de todos los relojes
se detuvieran. No hablaron casi nada, queriendo cada uno guardar
en un cofre secreto sus recelos, su íntima necesidad de
anonimato, sus expectativas.
Cuando regresas a la casa de arriba, otra vez
dejas de ser tú misma, ¿O eres tú y no la otra ?. ¿Quién
eres ?, ¿Acaso eres Judith, como te haces llamar ahora? Es
verdad que ya no eres la niña asustada a la que la madre gritaba
: ¡Floja, te van a comer los piojos! . Tampoco la
adolescente desamparada a quien el padrastro increpaba : ¡ignorante,
nunca aprendes nada! mucho menos la jovencita tímida a la
que el hermanastro insultaba: ¡Pelandusca, vas a terminar
de callejera! Esta vez es diferente, volverás a ser tú
misma en el próximo encuentro. ¡El próximo encuentro!
¡Fiesta de la mamita Candelaria! La pequeña ciudad se
agigantaba, mientras en el horizonte, el cielo y el lago se
confundían. Por doquier reinaban el color, los sabores y las
fragancias festivas. Durante esos días de cristiandad y paganas
creencias trenzadas, se disimulaba la incertidumbre, se amansaban
los odios, se adormecían los enconos. Pero un luchador social no
descansa, no puede descansar, había sentenciado el líder máximo.
La coyuntura es favorable para la realización del congreso
partidario, argumentaron los compañeros. Así, el día de la
procesión, cuando la Candicha salió a bendecir a sus fieles,
como todos los años, con su dedito amputado por los chilenos, y
las tropas de sicuris elevaban sus melodías al cielo; las
bombardas y cohtones estremecían plazas, calles y corazones; las
comparsas de diablos, llameros, kullahuas, marcaban solemnes el
paso de su anda, Juan Luis y sus compañeros dieron inicio a un
evento que para ellos era decisivo.
Encubiertos por una noche negra y lluviosa, calados de frío
hasta los huesos, aprovechando la luminosidad de los truenos, los
conspiradores fueron llegando uno a uno hasta las inmediaciones
de la Casa del Obispo. Se ocultaron en una chozita cercana, donde
sentados sobre gruesos adobes de tierra y utilizando una rústica
banca como escritorio informaron, presentaron mociones,
discutieron, se convencieron del momento histórico y decidieron
las acciones.
Éste es el tercer año que bailas para la Virgen. Desde la
primera vez decidiste bailar de caporal. Tu porte te ayuda para
representar al diablo mayor. Bailando disfrazada te sientes
libre, amas a todos, todos te aman. Cuando te ponen la máscara,
la capa, la sobrecapa, la pechera, el faldellín, todo recamado
de piedras preciosas y sientes que los diez kilos de penitencia
quieren aplastarte, entonces rezas. Rezas pidiendo perdón y
amparo a la mamita Candelaria. Qué importa que tengas que
ahorrar todo el año, de la poca plata que te queda después de
pagar el cuarto y a la mami. Bailando para ella eres igual a
todos. En el instante que escuchas los aplausos y percibes sobre
tu piel trasnochada la admiración de la gente, ya no eres una
mujer de la vida , es como botar de tu cuerpo a esa otra que
ocupa todo sitio dentro de ti cuando estás con esos
desconocidos, con esos sucios. Bailas, bailas, bailas, cumpliendo
tu promesa a la Virgen. A las 12 de la noche lo viste en una
esquina de la Plaza de Armas, tuviste el impulso de acercarte, de
gritarle cuanto lo quieres, de jalarlo a bailar, de brindar con
él. Pero él no conoce a Judith, él conoce a Margarita. Sigues
bailando libre de los clientes, de las comadres, de los policías,
del alcohol, de los controles mensuales. Ríes y lloras detrás
de la máscara. ¡Por fin podrás escapar del infierno!
El encuentro fue en el cerro Huacsapata, silente testigo de todos
los romances en ese rincón vecino al cielo. La espléndida vista
de la ciudad con el lago a sus plantas, quedó rezagada ante la réplica
de esa vieja historia de manos que se encuentran, de almas que se
miran, de corazones que sonríen , y que una vez más era cierta.
Con el primer beso, el ambiente se cargó de energía como cuando
cae un rayo. Él, percibiendo el estremecedor crujido de la seda
del vestido que hubiera querido hacer desaparecer por arte de
magia. Ella, disfrutando descargas nuevas, desconocidas. Se
besaron, se sorbieron, se frotaron, se estrujaron. El amor iba
acelerando su ritmo. Así, con sus cuerpos en plena
incandescencia no percibieron las indecisas hebras de plata que
en línea recta descendían desde el cielo y continuaron ganando
velocidad hasta transformarse en una lluvia bíblica que los
obligó a huir despavoridos y a separarse sin un adiós.
¿Acaso por todo lo que has padecido la Virgen te habrá
designado a este hombre? Cada vez que has querido escapar de
esta vida alegre - como tontamente dice la gente -
algo se ha interpuesto: las deudas con la mami - que nunca se
acaban - la invalidez de tu madre que cada vez se complica más,
y el miedo permanente a salir al mundo, ¿A dónde irías? Si a
tu madre la tienes arrimada donde aquella mujer a la que ningún
dinero contenta; ¿en qué trabajarías si apenas has terminado
la primaria?.
La diafanidad de ese cielo, el viento que galopando desde el
Kancharani lleva y trae palabras, murmullos, conjuros, dejaron el
complot al descubierto. Todavía resonaba el eco tronador de
zampoñas y tarolas y aún no había desaparecido del aire el
olor a licor y a orines, cuando la dictadura decidió concluir la
tregua y apresar a todos los conspiradores. La ferocidad con Juan
Luis fue exclusiva. Era su primer apresamiento y aunque lo
hubiera previsto, esa realidad superaba sus más heroicas
suposiciones. Nadie le había contado cómo se humedecen los
pantalones cuando se cierran las esposas sobre las adoloridas muñecas
y una asquerosa capucha se desliza sobre el rostro, cuando un
soplón de cuello y corbata acerca la sierra amenazando
cercenarle el brazo. Tampoco le hablaron de la desolación negra
que trepó por las ramificaciones de sus venas cuando lo
arrojaron a una celda, donde lo único que lo esperaba era un
dunlopillo maloliente.
Los tiempos pueden cambiar de Dictador, sus métodos de tortura
nunca cambian.
¿Como quién te presentarías? ¿Como María, tu nombre de
pila? ¿Como Margarita, como Judith?, ¿Dónde podrías
averiguar? ¿a quién le preguntarías? ¿Acaso a alguna de esas
mujeres que cruzan la calle cuando te ven? O a uno de tus
antiguos clientes, que en cuanto te acercaras correría de ti
como de la peste. Quisieras ser el viento que corre desde
Paucarcolla a Chanu Chanu, escuchar los secretos más secretos,
entrar por todos los rincones, olfatear todos los escondites. No
es posible que se haya ido sin decirte nada. Él no, él no. Así
ha pasado siempre que has querido escapar de aquí. Desde la
primera vez que te encerraron en un cuarto, después de la gran
borrachera que te hizo pegar el Alfredo, ése que decía que te
comprendía, que te sacaría de blanco de tu casa: es
gaseosa con un poquito de pisco dijo, invitándote a
brindar con el traicionero tabacazo que había preparado. Te
despertaron unos golpes terribles en la puerta y de pronto
estabas frente a un soldado que te tumbó sobre el catre. Después
entró el segundo, el tercero
y ya no los contaste. Era sábado,
día de su salida
Está lloviendo.
El frío de la madrugada hiela tu sangre, te paraliza, estás a
la deriva, impulsada por la fuerza del agua y el viento, y sabes
que ya no puedes hacer nada.