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EN EL CENTRO DE LA BORRASCA


Los dolores la sorprendieron una tarde tranquila pastando el rebaño. El sol que antes la abrigaba tierno, empezaba a enfriarse. El airecillo que jugueteaba con sus trenzas se transformó en viento furioso y, sola como estaba, se dejó caer sobre el pasto como un animal herido, cubriendo sus ayes con su lliclla multicolor,apretando su embarazo bajo las polleras.

Consicha era suave, pequeña, redondita en sus quince años. Nació ahí en Samán, allí donde nada cambiaba, hasta hace algunos años solamente, cuando todo era litigios por la tierra y peleas de vecinos por el agua. Un día llegaron forasteros con pasamontañas, hicieron volar la gobernación, el puesto de policía. Otro día los samaneños organizaban faena comunal para limpiar los destrozos.

¿Quiénes serían los que vinieron después? También usaban pasamontañas negros, pedían papeles a gritos, furiosos arreaban a culatazos a los comuneros sin papeles. Otros iguales regresarían para llevarse a los más jóvenes a pelear, no se sabía contra quien. Los muchachos que se llevaban, ya no volvían. Todo empezaba a cambiar.

Y para Consicha también cambiaron las cosas. ¿Qué tienes, Consicha, pastorita capuliñahui? ¿Por qué tan calladita estás? -le habían preguntado. Ella siguió asistiendo a la Escuela, hasta que ya no hubo, pastando sus ovejas, viviendo con su taita, mirando sorprendida cómo le crecía la barriga y así pasaba la vida cuando llegó aquel momento en que no sabía si dejar a las ovejas al cuidado del perro, correr a la choza, o encomendarse a la mamacha Asunción, pedir ayuda a su taita.

Logró serenarse. Los dolores de cintura, se habían ido así como vinieron. El sol volvió a brillar, alegre, los pajonales retozaron otra vez con el vientecillo. En kilómetros a la redonda estaban solamente el cielo, la tierra, ella y sus animales.

Honda en mano reunió al rebaño e inició el descenso tranquila, pero en plena cuesta la atacaron otra vez los dolores. Se paró, llevó las manos a la cintura como si los riñones se le fueran a descolgar. El trance apenas duró unos minutos, en seguida se fue. La fragancia serena del campo, como mate de manzanilla, la tranquilizó. El rebaño se había dispersado. Con la honda bailando otra vez sobre su cabeza, volvió a reunirlo. Continuó. Su respiración poco a poco se fue normalizando, las ojotas pisaban ligeras, una tras otra, el ichu del camino. Hacía apenas unos meses, por ese rumbo, la acompañaban los reflejos seductores del espejo-estrella de Antuco. La cegaban, y a ella le gustaba tanto que él se diera maña para eso. Los rayos del sol le daban justo en las retinas y le entraban unas ganas locas de reírse, de saltar de alegría, pero no podía hacerlo, qué diría el Antuco, qué pensaría de ella, no podía corresponderle como hubiera querido, tenía que torcer la cara y apurarse nomás.

Nunca ese camino se le había hecho tan largo. Con los últimos resplandores llegó a la choza. Apurada, con la ayuda del perro, encerró al rebaño. Su taita no había regresado aún. El silencio la obligó a garabatear la señal de la cruz sobre su pecho agitado.

Fue a echarse en el patati. Dormiría. ¡Qué bien le haría dormir! Así percibió, sin llegar a estar muy consciente, que toda ella estaba distinta. No, no era el embarazo, tampoco la criatura, que desde la mañana no se movía; era su respiración agitada, esas sudoraciones frías, los latidos asustados de su corazón, la sombra de lo inminente, y ya no sintió, pensó, ni escuchó nada. De pronto su mundo se redujo a ese poyo duro-caliente-frío, a su enorme soledad en plena pampa, a su miedo, que fue convirtiéndose en pánico, cuando nuevamente le mordieron las carnes, le rompieron los huesos, la despellejaron. Los dolores eran distintos cada vez y se trasladaban con toda saña de arriba hacia abajo, de atrás para adelante, hasta llegar a sus partes, mientras su taita había llegado borracho y no le prestaba atención, mientras siguió tomando con su amigo, bromeando y riendo, mientras le decía que no te toca todavía, que recién a la otra semana es luna llena, mientras ella desataba el llanto contenido, lo soltaba a gritos, a cántaros; mientras pensaba que se moriría y recién al día siguiente, cuando se le fuera la borrachera, su taita vería que su guagüita y ella estaban frías, pobre angelito, moro, sin bautizo, se iría derecho al purgatorio y en ese momento ya no le importó que el Antuco la mirara feo, le volteara la cara, que ya no quisiera quitarle su manto multicolor, que nunca más la enamorara con su espejo-estrella, ni tratara de llevársela a la fuerza y, entonces, resignación, vergüenza y timidez se hicieron añicos y se lanzó a los insultos y amenazas contra su taita: que no la dejara morir, que fuera por la partera, que ella no tenía marido para ayudarla en el parto, que por su culpa la guagua no quería salir, que se iría sola a buscar a doña Santusa ya que él no quería soltar la botella.

Recién cuando la vio erguirse sobre sus dolores, ensalivar hojas de coca para pegárselas a la frente, atarse la cabeza con el trapo rojo, sujetarse las polleras, cubrirse con un manto negro desde la cabeza, recién el hombre se despabiló, limpió su boca verdosa con el dorso de la mano, le pidió perdón, habló de desgracia, de tiempos malos, de resignación. La recostó, la arropó y salió apurado, queriendo parecer sano, responsable.

Afuera el viento gemía con desesperación, adentro las paredes frías se inundaban de rezos, maldiciones, sollozos; las lágrimas rodaban arrastrando al Antuco y su intención de sirvinacuy, acarreando las ovejas que estaba criando para su nueva choza, llevándose las ganas de rodar enredada a él sobre la paja tierna, con sus ovejas formando rueda y el perro ladrando de contento; quitándole las ilusiones de casarse en la iglesia del pueblo (pagando al cura primero), de vestir con traje de señorita,calzar esos zapatos que le dejarían empollados los pies, y por unas horas ser otra, y reírse por dentro y al salir de la iglesia seguir riendo pero avanzar con la mirada humilde, seguir sonriendo feliz, aunque a esos mistis que la miran raro les pareciera grotesca.

Cómo saber cuántas horas habían pasado, cuántas faltaban para el amanecer. Poco a poco las fuerzas la abandonaban, de tanto partirse en dos, de tanto desear que acabe todo de una vez, porque ya no resistía más. Algo reventó dentro inundándole. Sintió que nadaba en su propio charco y entonces padeció más la ausencia de marido, de ese marido que tendría que acarrear agua, partir leña, prender el fogón, sahumar la choza, ese marido que no estaría para cumplir con su mujer, como cumplen todos los hombres ahí en Samán; por eso lloraba, por eso su taita había tenido que ir a buscar a doña Santusa; por eso estaba demorando tanto en salir la guagüita; por eso maldecía al desconocido que la sorprendió esa tarde en el cerro y frente a los ladridos indignados del perro, a la inquietud de las ovejas, la forzó.

El tiempo se detuvo. Ella pensaba que su padre no regresaría y esos dolores ya no la dejarían vivir, porque cuando creyó sufrir el dolor más fuerte, vino otro peor aún, y entonces clamó: « ¡Diosito! ¡Mamita Asunta, no me abandones, no quiero morir aquí solita, ayuda, Señor, ayuda, ayudaaa! ... »

Entre la bruma de sus ayes escuchó que la puerta se abría para dejar paso a la partera, al amanecer cargado de mugidos, trinos, ladridos, y de sol, sol, sol. El candil que su taita le dejara encendido, se hizo innecesario.

Doña Santusa, diligente puso a hervir agua, reavivó las brasas del fogón, la miró, calculó, dispuso yerbas, trapos, amuletos. Esos afanes tranquilizaron un momento a la muchacha, quien en su desconocimiento pensó que todo lo que tenía que pasar había pasado, y que ahora la guagua saldría de por sí, total, ella ya estaba partida en dos. Pero sólo fueron unos segundos, porque inrnediatamente la sobresaltó una orden irrefutable, a expulsar todo lo que tenía dentro: hígado, riñones, vísceras, guagua. Al mandato se sumaron los gritos de la partera: ¡puja! ¡puja! ¡puja!, y las paredes de adobe pelado se doblaban, y el techo se venía abajo, y todo su cuerpo era un pujo,y el mundo entero era un pujo, y puja más, más, más...

Un clamor de vida, un reclamo de espacio, un ¡ingá! ¡ingá! ¡ingá! impetuoso, unió otra vez su alma y su cuerpo, se llevó sus padecimientos, la devolvió a la tierra, aunque todavía sin aliento para nada, ni siquiera para alegrarse, por causa de ese cansancio enorme que la postraba, al extremo de no poder levantar los párpados, no poder pronunciar palabra, no poder reír ante el minúsculo atado que doña Santusa acomodó a su lado, de donde atisbaba apenas una carita rugosa, amoratada, peluda, de párpados hinchados, nariz achatada, que a ella se le antojó adorable, hermosa, y que la hizo estremecerse de felicidad, calentarle el corazón, darle gracias a Dios porque nunca más volvería a estar sola; y hasta le hizo ignorar lo que le estaba diciendo la mujer: «¿de dónde es el padre de tu guagua, Consicha? No parece hijo de comunero. ¿De dónde es, pues?»

Sí, ella sabía que el padre no era samaneño, que no hablaba su idioma, no bailaba sus danzas, no sembraba en octubre, no cosechaba en mayo. No lo había visto nunca, no pudo verlo, jamás lo volvería a ver. Aquel día el hombre tenía un olor a tierra lejana y la cara cubierta por un pasamontañas negro, igual al que llevaban los que tiraban bombas, los que arrestaban comuneros, los que querían juntar el cielo con la tierra.

- ¡Ay! Otro hijo de encapuchado en Samán -exclamó apenada la partera.

Los dolores la sorprendieron una tarde tranquila pastando el rebaño. El sol que antes la abrigaba tierno, empezaba a enfriarse. El airecillo que jugueteaba con sus trenzas se transformó en viento furioso y, sola como estaba, se dejó caer sobre el pasto como un animal herido, cubriendo sus ayes con su lliclla multicolor,apretando su embarazo bajo las polleras.

Consicha era suave, pequeña, redondita en sus quince años. Nació ahí en Samán, allí donde nada cambiaba, hasta hace algunos años solamente, cuando todo era litigios por la tierra y peleas de vecinos por el agua. Un día llegaron forasteros con pasamontañas, hicieron volar la gobernación, el puesto de policía. Otro día los samaneños organizaban faena comunal para limpiar los destrozos.

¿Quiénes serían los que vinieron después? También usaban pasamontañas negros, pedían papeles a gritos, furiosos arreaban a culatazos a los comuneros sin papeles. Otros iguales regresarían para llevarse a los más jóvenes a pelear, no se sabía contra quien. Los muchachos que se llevaban, ya no volvían. Todo empezaba a cambiar.

Y para Consicha también cambiaron las cosas. ¿Qué tienes, Consicha, pastorita capuliñahui? ¿Por qué tan calladita estás? -le habían preguntado. Ella siguió asistiendo a la Escuela, hasta que ya no hubo, pastando sus ovejas, viviendo con su taita, mirando sorprendida cómo le crecía la barriga y así pasaba la vida cuando llegó aquel momento en que no sabía si dejar a las ovejas al cuidado del perro, correr a la choza, o encomendarse a la mamacha Asunción, pedir ayuda a su taita.

Logró serenarse. Los dolores de cintura, se habían ido así como vinieron. El sol volvió a brillar, alegre, los pajonales retozaron otra vez con el vientecillo. En kilómetros a la redonda estaban solamente el cielo, la tierra, ella y sus animales.

Honda en mano reunió al rebaño e inició el descenso tranquila, pero en plena cuesta la atacaron otra vez los dolores. Se paró, llevó las manos a la cintura como si los riñones se le fueran a descolgar. El trance apenas duró unos minutos, en seguida se fue. La fragancia serena del campo, como mate de manzanilla, la tranquilizó. El rebaño se había dispersado. Con la honda bailando otra vez sobre su cabeza, volvió a reunirlo. Continuó. Su respiración poco a poco se fue normalizando, las ojotas pisaban ligeras, una tras otra, el ichu del camino. Hacía apenas unos meses, por ese rumbo, la acompañaban los reflejos seductores del espejo-estrella de Antuco. La cegaban, y a ella le gustaba tanto que él se diera maña para eso. Los rayos del sol le daban justo en las retinas y le entraban unas ganas locas de reírse, de saltar de alegría, pero no podía hacerlo, qué diría el Antuco, qué pensaría de ella, no podía corresponderle como hubiera querido, tenía que torcer la cara y apurarse nomás.

Nunca ese camino se le había hecho tan largo. Con los últimos resplandores llegó a la choza. Apurada, con la ayuda del perro, encerró al rebaño. Su taita no había regresado aún. El silencio la obligó a garabatear la señal de la cruz sobre su pecho agitado.

Fue a echarse en el patati. Dormiría. ¡Qué bien le haría dormir! Así percibió, sin llegar a estar muy consciente, que toda ella estaba distinta. No, no era el embarazo, tampoco la criatura, que desde la mañana no se movía; era su respiración agitada, esas sudoraciones frías, los latidos asustados de su corazón, la sombra de lo inminente, y ya no sintió, pensó, ni escuchó nada. De pronto su mundo se redujo a ese poyo duro-caliente-frío, a su enorme soledad en plena pampa, a su miedo, que fue convirtiéndose en pánico, cuando nuevamente le mordieron las carnes, le rompieron los huesos, la despellejaron. Los dolores eran distintos cada vez y se trasladaban con toda saña de arriba hacia abajo, de atrás para adelante, hasta llegar a sus partes, mientras su taita había llegado borracho y no le prestaba atención, mientras siguió tomando con su amigo, bromeando y riendo, mientras le decía que no te toca todavía, que recién a la otra semana es luna llena, mientras ella desataba el llanto contenido, lo soltaba a gritos, a cántaros; mientras pensaba que se moriría y recién al día siguiente, cuando se le fuera la borrachera, su taita vería que su guagüita y ella estaban frías, pobre angelito, moro, sin bautizo, se iría derecho al purgatorio y en ese momento ya no le importó que el Antuco la mirara feo, le volteara la cara, que ya no quisiera quitarle su manto multicolor, que nunca más la enamorara con su espejo-estrella, ni tratara de llevársela a la fuerza y, entonces, resignación, vergüenza y timidez se hicieron añicos y se lanzó a los insultos y amenazas contra su taita: que no la dejara morir, que fuera por la partera, que ella no tenía marido para ayudarla en el parto, que por su culpa la guagua no quería salir, que se iría sola a buscar a doña Santusa ya que él no quería soltar la botella.

Recién cuando la vio erguirse sobre sus dolores, ensalivar hojas de coca para pegárselas a la frente, atarse la cabeza con el trapo rojo, sujetarse las polleras, cubrirse con un manto negro desde la cabeza, recién el hombre se despabiló, limpió su boca verdosa con el dorso de la mano, le pidió perdón, habló de desgracia, de tiempos malos, de resignación. La recostó, la arropó y salió apurado, queriendo parecer sano, responsable.

Afuera el viento gemía con desesperación, adentro las paredes frías se inundaban de rezos, maldiciones, sollozos; las lágrimas rodaban arrastrando al Antuco y su intención de sirvinacuy, acarreando las ovejas que estaba criando para su nueva choza, llevándose las ganas de rodar enredada a él sobre la paja tierna, con sus ovejas formando rueda y el perro ladrando de contento; quitándole las ilusiones de casarse en la iglesia del pueblo (pagando al cura primero), de vestir con traje de señorita,calzar esos zapatos que le dejarían empollados los pies, y por unas horas ser otra, y reírse por dentro y al salir de la iglesia seguir riendo pero avanzar con la mirada humilde, seguir sonriendo feliz, aunque a esos mistis que la miran raro les pareciera grotesca.

Cómo saber cuántas horas habían pasado, cuántas faltaban para el amanecer. Poco a poco las fuerzas la abandonaban, de tanto partirse en dos, de tanto desear que acabe todo de una vez, porque ya no resistía más. Algo reventó dentro inundándole. Sintió que nadaba en su propio charco y entonces padeció más la ausencia de marido, de ese marido que tendría que acarrear agua, partir leña, prender el fogón, sahumar la choza, ese marido que no estaría para cumplir con su mujer, como cumplen todos los hombres ahí en Samán; por eso lloraba, por eso su taita había tenido que ir a buscar a doña Santusa; por eso estaba demorando tanto en salir la guagüita; por eso maldecía al desconocido que la sorprendió esa tarde en el cerro y frente a los ladridos indignados del perro, a la inquietud de las ovejas, la forzó.

El tiempo se detuvo. Ella pensaba que su padre no regresaría y esos dolores ya no la dejarían vivir, porque cuando creyó sufrir el dolor más fuerte, vino otro peor aún, y entonces clamó: « ¡Diosito! ¡Mamita Asunta, no me abandones, no quiero morir aquí solita, ayuda, Señor, ayuda, ayudaaa! ... »

Entre la bruma de sus ayes escuchó que la puerta se abría para dejar paso a la partera, al amanecer cargado de mugidos, trinos, ladridos, y de sol, sol, sol. El candil que su taita le dejara encendido, se hizo innecesario.

Doña Santusa, diligente puso a hervir agua, reavivó las brasas del fogón, la miró, calculó, dispuso yerbas, trapos, amuletos. Esos afanes tranquilizaron un momento a la muchacha, quien en su desconocimiento pensó que todo lo que tenía que pasar había pasado, y que ahora la guagua saldría de por sí, total, ella ya estaba partida en dos. Pero sólo fueron unos segundos, porque inrnediatamente la sobresaltó una orden irrefutable, a expulsar todo lo que tenía dentro: hígado, riñones, vísceras, guagua. Al mandato se sumaron los gritos de la partera: ¡puja! ¡puja! ¡puja!, y las paredes de adobe pelado se doblaban, y el techo se venía abajo, y todo su cuerpo era un pujo,y el mundo entero era un pujo, y puja más, más, más...

Un clamor de vida, un reclamo de espacio, un ¡ingá! ¡ingá! ¡ingá! impetuoso, unió otra vez su alma y su cuerpo, se llevó sus padecimientos, la devolvió a la tierra, aunque todavía sin aliento para nada, ni siquiera para alegrarse, por causa de ese cansancio enorme que la postraba, al extremo de no poder levantar los párpados, no poder pronunciar palabra, no poder reír ante el minúsculo atado que doña Santusa acomodó a su lado, de donde atisbaba apenas una carita rugosa, amoratada, peluda, de párpados hinchados, nariz achatada, que a ella se le antojó adorable, hermosa, y que la hizo estremecerse de felicidad, calentarle el corazón, darle gracias a Dios porque nunca más volvería a estar sola; y hasta le hizo ignorar lo que le estaba diciendo la mujer: «¿de dónde es el padre de tu guagua, Consicha? No parece hijo de comunero. ¿De dónde es, pues?»

Sí, ella sabía que el padre no era samaneño, que no hablaba su idioma, no bailaba sus danzas, no sembraba en octubre, no cosechaba en mayo. No lo había visto nunca, no pudo verlo, jamás lo volvería a ver. Aquel día el hombre tenía un olor a tierra lejana y la cara cubierta por un pasamontañas negro, igual al que llevaban los que tiraban bombas, los que arrestaban comuneros, los que querían juntar el cielo con la tierra.

- ¡Ay! Otro hijo de encapuchado en Samán -exclamó apenada la partera.

 


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