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Caperucita Roja

 

Versión de Lino Evgueni Coria Mendoza para el taller de creación literaria del ITESO

 

 

- Resumiendo entonces, señora – dijo con voz firme pero educada el comandante Perrault mientras quitaba la envoltura a la torta de jamón con huevo -, usted afirma que su hija, Rebeca González Arévalo, alias Caperucita Roja, salió de su casa el sábado 27 de junio entre las ocho treinta y las nueve de la mañana, argumentando que iba a visitar a su abuela, la señora María de Jesús Sánchez viuda de Arévalo.  Su hija, dice usted, iba con su abuela porque esta última tenía problemas de salud.  ¿Estoy en lo correcto?

 

La interrogada tenía la mirada extraviada, los ojos a punto de estallar en lágrimas.  El comandante le dio un trago a su café, vació el resto en el bote de basura pegado a su escritorio, se acercó a la señora y, previendo lo inevitable, le extendió un pañuelo desechable.

 

-         ¿Recuerda algo más?  ¿Algo inusual, tal vez?

-         Ella... ella llevaba una canastita con panecillos y... – el llanto no la dejó terminar.  Se limpió las lágrimas, primero con el pañuelo desechable y después con el delantal que traía puesto.

 

Perrault anotó en su libreta: “La madre no está implicada en este crimen.  Es inocente.”  Estaba seguro de ello.  Años de experiencia le habían enseñado que todas las madres son buenas y puras.  Son las madrastras de las que hay que cuidarse.  Sonó el teléfono: habían capturado a José Guadalupe Ortiz Zavala, alias El Leñador.  Caminó hacia el perchero, tomó el abrigo de la señora y se lo entregó diciéndole que se fuera a su casa a descansar.

 

-         ¿Y mi hija? ¿¡Qué pasará con mi hija!? – gritó la angustiada mujer aunque ya nadie la escuchaba.

 

El comandante recorría con prisa el pasillo angosto color verde hospital y entraba a un cuarto casi totalmente oscuro.  Un hombrecillo narigón de traje café claro terminaba de golpear a otro hombre, más fuerte y grande pero esposado.

 

-         Ya confesó, jefe.  Él mató al lobo.

-         Gracias Collodi, déjanos solos.

 

El hombrecillo obedeció y cerró la puerta.  Perrault se acercó al sujeto.  Debajo de tanta sangre se adivinaba una barba espesa y una camisa de franela a cuadros.  Lo miró serenamente, le quitó las esposas y le dio un cono de papel con agua tibia.

 

-         Cuéntame.  ¿Por qué lo hiciste?

 

El hombre bebió apresuradamente, tiró el cono al suelo y se limpió con sus manos llenas de callos la sangre que aún quedaba en su cara.  Contó una historia similar a la que había narrado horas antes Caperucita Roja: cerca de las doce veinte de ese 27 de junio se habían escuchado unos gritos provenientes de la residencia de la viuda de Arévalo.  El señor Ortiz, alias El Leñador y de oficio leñador, deforestaba (después se supo, clandestinamente) cerca de ese lugar cuando escuchó una desesperada llamada de auxilio.  Inmediatamente se dirigió a la casa de la viuda, llamó a la puerta y al nadie responder decidió derribarla con el hacha que utiliza para hacer su trabajo.  Al entrar a la vivienda encontró en el suelo a la menor de edad, Rebeca González, quien estaba a punto de ser devorada por un lobo con gorra de dormir y camisón rosa.  Sin pensarlo dos veces, temiendo por la vida de la menor, el señor Ortiz perforó con el hacha la garganta de quien en vida fuera conocido como El Lobo Feroz, famoso travesti de la localidad, quien murió casi al instante.  Posteriormente, la menor le informó al señor Ortiz que en el estómago del occiso se encontraba la señora María de Jesús Sánchez viuda de Arévalo.  El Leñador abrió el cadáver de la bestia con mucho cuidado y encontró, para su sorpresa, a la abuela de la niña aún con vida.

 

-         Entonces – decía Perrault al tiempo que sonreía con sarcasmo -, desde tu punto de vista, no eres un asesino, sino un héroe.

-         No sé si soy un héroe, pero gracias a mí esa niña y su abuela están con vida.

-         La niña está con vida.  La anciana falleció esta mañana.  Lo peor es que murió sin haber hecho su declaración.  Ahora no sabremos cómo y por qué el lobo entró a esa casa.  Tampoco estaremos seguros si realmente esta señora vivió unas horas dentro del animal.

 

El comandante sirvió más agua tibia en otro cono de papel y lo entregó al leñador.  El hombre bebió y fue esposado de nuevo.  Perrault se dirigió hacia la puerta y antes de salir tuvo tiempo de responder a una duda del capturado:

 

-         Disculpe oficial, ¿de qué murió la anciana?

-         Se le atoró en la traquea un panecillo.

 

En una banca del pasillo estaba Collodi.  Le informó a su jefe que habían confirmado la existencia de dos caminos a la casa de la abuela: uno largo y otro corto.  Al menos eso era cierto.  El comandante se tranquilizó un poco, parecía que esta niña, Caperucita Roja, estaba diciendo la verdad.  La experiencia que el comandante tenía interrogando a menores de edad le había indicado que no siempre debe de creerse lo que las criaturas dicen, hay ocasiones en que son capaces de cualquier cosa.  Meses atrás, por ejemplo, una niña de buena familia había realizado actividades vandálicas en una casa en medio del bosque, donde vivía una familia de osos.  Si una jovencita proveniente de una familia adinerada podía hacer tales desastres, qué no sería capaz de concebir una niña sin padre, de escasos recursos y educada en una primaria pública.  Sin embargo, lo que había dicho la niña concordaba con las versiones de la madre y el leñador: las horas, los acontecimientos, los implicados.  Todo encajaba perfectamente.  Sólo faltaba una pieza en este rompecabezas: si el lobo quería comerse a Caperucita Roja, ¿por qué no lo había hecho cuando estaban solos en medio del bosque?  ¿Por qué no estranguló a la niña ahí mismo?  ¿Para qué toda esa complicación del camino largo y el camino corto y el camisón de la abuelita?  Perrault sólo estaba seguro de una cosa: su cerebro funcionaría mejor después de comer otra torta de jamón con huevo.