
DPTO: FRANCISCO MORAZÅN
|
AQUELLOS DICIEMBRES
Tegucigalpa del recuerdo:
AQUELLOS DICIEMBRES
En la víspera de la Nochebuena, no vamos a hacer únicamente remembranzas de las navidades de aquellos tiempos que se quedaron escondidos en el pasado y que no podemos olvidar los que vivimos en una época dorada confundida entre la niñez y la juventud.
Diciembre para los capitalinos de hace más de medio siglo, representaba el mes de las celebraciones que se hilvanaban con la Feria de Concepción de Comayagüela que se iniciaba el día primero con los actos litúrgicos de la novena dedicada a la patrona de la ciudad gemela, la Virgen de la Inmaculada Concepción.
La fiesta patronal era todo un acontecimiento porque incluía competencias deportivas nacionales e internacionales que se realizaban en el campo de "La Bolsa" (beisbol y softbol) los partidos balompédicos en el amplio predio tras el Cuartel de Veteranos donde hoy se levanta el edificio de BANADESA, utilizado en esa época como la cancha del equipo de fútbol "Nueva Era" y los juegos de baloncesto en la cancha de El Obelisco.
Los chinamos se instalaban en la zona de El Obelisco con toda clase de juegos donde los parroquianos llegaban a probar fortuna con la ruleta, la chibola, las barajas, el cuchumbo, la lotería cantada, bingo y muchos otros manejados como postores en los remates de la plaza por Pablito Lee, Curi y Beto Laitano.
La alegría de dichas festividades se acentuaba con el parque de diversiones montado en el sur del paseo El Obelisco, con el carrousel de los caballitos de don Terencio Z. Amador, la rueda de Chicago, el martillo, el satélite, los carritos locos y en fin una serie de juegos mecánicos que empresas salvadoreñas instalaban para que adultos y la chiquillada se recrearan en esos días.
Competencias heredadas de los españoles como la carrera de cintas, el palo encebado y las carreras de los encostalados se escenificaban a lo largo de la Calle Real que se adornaba con ristras de papelillo de vivos colores colocadas a lo ancho de la importante vía desde las casas de Monseñor Ernesto Fiallos y don Miguel A. Navarro hasta "El Obelisco".
No podían faltar en las celebraciones, las representaciones artísticas en el llamado "Pórtico de la Feria" un escenario que se montaba en la calle frente a la casa de don Carlos Sierra y donde todas las noches desfilaban reconocidos artistas como "El Indio" Calcañal (José Reyes Carranza) con su Juliana y Pánfilo, marimbas, orquestas, cantantes como don "X", Donaldo Umanzor, Enrique Mayo, Rubén Ponce, el Trío Los Catrachos, Lencho Mairena, Los Trovadores del Trópico, Judith Cortés, Adilia Mojica, Elsa Reconco, Paco Medina, Valloy, el Trío Maya y las veladas organizadas por las escuelas capitalinas que enviaban a sus pequeños artistas; también participaban los aficionados que subían al proscenio exponiéndose a que en los concursos de canto organizados por la HRN, les tocaran la campana cuando desentonaban sus interpretaciones.
La Feria de Comayagüela sumaba a la vistosidad de sus celebraciones, la procesión de Los Indios que se realizaba en honor a la Virgen de La Guadalupe el 12 de diciembre, acontecimiento esperado por la población para ver desfilar a los niños con sus trajecitos de manta a la usanza de la época de San Juan Diego.
Pasada esta alegría de los comayagüelas, quedaba un ambiente de fiesta con la proximidad de la Navidad y los capitalinos comenzaban a prepararse para la festividad conmemorativa del nacimiento de Jesús.
Las tiendas procedían a decorar sus vitrinas con motivos navideños, exponiendo los artículos de la temporada tales como juguetes y productos propios para regalos. Desde el 20 de diciembre en las afueras de los mercados "San Isidro", "Los Dolores" y el "San Miguel" comenzaba la venta de las ramas de pino que los pobladores utilizaban como árboles de Navidad en el interior de sus casas y los que adornaban con bellas bombas de cristal, cordones de lluvia y otros materiales que vendían almacenes especializados como la Casa Uhler, Julián Quan, El Capitolio y otros, así como las conexiones de luces de colores.
Esas ramas de pino que además despedían el aroma de esa conífera muy nuestra, perduraban hasta el Día de Reyes (6 de enero), si les colocaban al pie un recipiente con agua en el que depositaban pastillas de Mejoral o Aspirina. Quienes no daban ese tratamiento tenían que cambiar la rama para el 31 de diciembre para que luciera fresco al despedir el año viejo y recibir el nuevo año.
Cuando se prohibió el uso del pino para utilizarlo como árboles de Navidad surgieron entonces las ramas secas llamadas "chiribiscas" pintadas en plateado o bañadas con una mezcla de detergente y gomina que se adhería semejando un baño de nieve, adornando las ramas con lluvias, algodón, bombas e instalaciones eléctricas.
Pero la gran atracción en la capital fueron los nacimientos que muchas familias preparaban en forma artística para acompañar al pesebre, varios de gran tamaño para ser exhibidos al público y participando en los concursos promovidos por la autoridad municipal. De igual manera en las iglesias Catedral, Los Dolores, la Inmaculada Concepción y La Merced, los párrocos y voluntarios feligreses de los barrios de su jurisdicción construían bellos y hermosos nacimientos.
Entre los nacimientos más famosos se destacaban, el que montaba en el barrio La Guadalupe doña Vera de Molina, en El Guanacaste doña María Lagos, el de doña Chindita Jiménez Castro de Martínez, el de la familia Membreño Zúñiga en la tercera avenida de Comayagüela, el de la familia Pineda en Casamata, el de doña Amalia Gallardo en el Callejón Casco, el de doña Bertha Pavón, el de la familia Raudales y otro que confeccionaba una señora cuyo nombre no recordamos a inmediaciones del mercado San Isidro sobre la quinta avenida. Esos tradicionales nacimientos constituían obras de arte porque sus diseños obedecían a la creatividad que se empleaba para colocar casitas, figuras de barro, iluminación, imitaciones de montañas con musgos y cartón corrugado, calles, riachuelos, espejos de agua y toda una gama de adornos que reflejaban el esmero y la minuciosidad de quienes los elaboraban.
Muy poco queda de esa vieja costumbre navideña, quizá porque quienes se dedicaban a ese atractivo anual no legaron ese arte en sus familias, excepto lo que año con año realizan el arquitecto Fernando Martínez Jiménez que heredó de su madre dicha tradición, doña Rosa y Armando Valladares Soto que ahora en Buenos Aires, continúan exponiendo esa habilidad que ella aprendió en el seno familiar de los Membreño y Orfa Mejía Arauz quien colaboraba con doña Vera de Molina, no dejó morir esa tradición navideña montando su nacimiento en la 21 de Octubre.
Se quemaba pólvora que se expendía en cohetillos y petardos, luces de bengala impregnando el ambiente con densas nubes y el olor característico de estos artefactos que hoy están prohibidos por la cantidad de accidentes provocados por la potencia y defectos de fabricación.
En este relato no queremos omitir en el recuerdo, el enorme pesebre que se montaba en la terraza sur de la vieja Casa Presidencial, así como la decoración luminosa con motivos navideños que desde 1960 se hizo en los edificios del Banco Central y el Banco Nacional de Fomento.
Al llegar a esta Navidad del 2003 y al hacer reminiscencias de AQUELLOS DICIEMBRES, gracias a Dios que no hemos perdido las comidas navideñas como los nacatamales, las montucas, el chompipe o jolote, la gallina y la pierna de cerdo rellenos, las torrijas en miel, el chilate, los pasteles de frutas, los buñuelos, el rompopo, el puré de camote y otros deliciosos platillos de la temporada.
REGRESAR A TEGUCIGALPA
|
|