Festival de Diablos y Congos de Portobelo
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La tradición de los bailes y la interpretación de
la cultura afro americana se expresan con una riqueza visual impresionante en
los bailes de los hoy llamados Diablos y Congos de Colón.
La danza, una mezcla de movimientos, percusión y sonidos fuertes, colores,
vestidos y máscaras, mitos, magia y cantos, son una reminiscencia de las
antiguas raíces africanas que han sobrevivido a través de incontables
generaciones, conservadas hasta nuestros días en una de las tradiciones más
representativas de la provincia de Colón, donde se mantiene vivo el legado afro
panameño de nuestra identidad.
Sin embargo lo Congo es más que un espectáculo, en los tiempos de las cadenas y
la esclavitud, era la expresión más pura de libertad de un pueblo desarraigado
de sus tierras que tubo que redibujar su rostro tomando los retazos de una
herencia perdida y casi olvidada, envuelta en lenguas extintas y sometidas al
silencio.
Lo
Congo, lo Diablo, viene de esa tierra de infinitas formas, contrastes y matices
llamada África, y que también se funde en nuestro suelo, sobreviviendo como una
llama que se enciende, como un espíritu indomable y que no se rinde, de colores
rojos y negros, de sonrisa amplia y ojos
oscuros, que suda cuando se posa sobre el cuerpo de uno de los danzantes en los
bailes que celebran hoy como una de las tradiciones de mayor riqueza e
interpretación artística, visual y espiritual en la provincia de Colón.
En el último de estos eventos celebrados, Festival de Diablos en Portobelo, África revivió con la participación de una pluralidad de representaciones de las más diversas comunidades colonenses, llevado a cabo en el Fuerte de San Jerónimo, reliquia de la época colonial, el evento congregó a una impresionante cantidad de público y representó la continuidad del esfuerzo que realizan artistas como Sandra Eleta por preservar y mantener vivas las tradiciones nuestras, quienes asistieron al evento fueron testigos de un espectáculo único, lleno de encanto y embrujo, de visiones que despertaban temor y curiosidad, en el que hombres y mujeres escenificaron con bailes, cantos y sonoros tambores, el ancestral drama de la vida, y la lucha entre el bien y el mal.
Para los que se sentaron entre las ruinas o se
quedaban de pie estupefactos, observando el mágico espectáculo, ver a un diablo
o al congo bailando es ver en realidad a un espíritu libre que expresa al
moverse la plenitud de un ser que se vuelve uno con la esencia antigua de la
madre tierra y sus elementos. Y de repente danzan con la energía de una ola
implacable, enloquecidos como el bramido del mar, otras veces se mecen como
flamas consumiéndose hasta caer apagados por el cansancio al suelo.![]()
En otras, ruedan y se contorsionan en el suelo,
gritando, gimiendo y arrastrándose, arañando la tierra, deseando abrigarse con
ella y meterse adentro como si fuera una sábana protectora, un manto maternal de
color ocre.
Y si el hombre siente en sus venas el ardor de los espíritus, la mujer es el
carácter esmaltado en ébano de una raza primordial. Ella se mueve al son de los
tambores ejecutados con maestría y acompañados de los cantares y demás voces,
seduciendo al hombre mientras dibuja con sus pies formas enigmáticas en el
suelo. El hombre las lee y se acerca, ella lo aleja y lo empuja como
invitándolo, como deseando de espaldas la mirada del negro que arde y se
estremece. Ella lo deja y el se acerca mientras los tambores gritan salvajes las
antiguas lenguas africanas recitando versos que laten en las entrañas de los
ejecutantes.