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ABELARDO DIAZ ALFARO



El Josco


Sombra imborrable del Josco sobre la loma que domina el valle del Toa. La cabeza erguida, las aspas filosas estoqueando el capote en sangre de un atardecer luminoso. Aindiado, moreno, la carrillada en sombras, el andar lento y rítmico. La baba gelatinosa le caía de los belfos negros y gomosos, dejando en el verde enjoyado estela plateada de caracol. Era hosco por el color y por su carácter reconcentrado, huraño, fobioso, de peleador incansable. Cuando el lomo negro del cerro Farallón las estrellas clavaban sus banderillas de luz, lo veía descender la loma, majestuoso, doblar la recia cerviz, resoplar su aliento de toro macho sobre la tierra virgen y tirar un mugido largo y potente para las rejoyas del San Lorenzo.

-Toro macho, padrote como ése, denguno; no nació pa yugo- me decía el jincho Marcelo, quien una noche negra y hosca le parteó a la luz temblona de un jacho. Lo había criado y lo quería como a un hijo. Su único hijo.

Hombre solitario, hecho a la reyerta de la alborada, veía en aquel toro la encarnación de algo de su hombría, de su descontento, de su espíritu recio y primitivo. Y toro y hombre se fundían en un mismo paisaje y en un mismo dolor.

No había toro de las fincas lindantes que cruzase la guardarraya, que el Josco no le grabase en rojo sobre el costado, de una cornada certera, su rúbrica de toro padrote.

Cuando el cuerno plateado de la luna rasgaba el telón en sombras de la noche, oí al tío Leopo decir al Jincho:

-Marcelo, mañana me traes al toro americano que le compré a los Velilla para padrote; lo quiero para el cruce; hay que mejorar la crianza.

Y vi al Jincho luchar en su mente estrecha, recia y primitiva con una idea demasiado sangrante, demasiado dolorosa para ser realidad. Y tras una corta pausa musitó débilmente; como si la voz se le quebrase en suspiros:

-Don Leopo, ¿y qué hacemos con el Josco?

-Pues lo enyugaremos para arrastre de caña, la zafra se mete fuerte este año, y ese toro es duro y resistente.

-Usté dispense, don Leopo, pero ese toro es padrote de nación, es alebrestao, no sirve pa yugo.

Y descendió la escalera de caracol y por la enlunada veredita se hundió en el mar de sombras del cañaveral. Sangrante, como si le hubieran clavado un estoque en mitad del corazón.

Al otro día por el portalón blanco que une los caminos de las fincas lindantes, vi al Jincho traer atado a una soga un enorme toro blanco. Los cuernos cortos, la poderosa testa mapeada en sepia. La dilatada y espaciosa nariz taladrada por una argolla de hierro. El Jincho venía como empujado, lentamente, como con ganas de nunca llegar, por la veredita de los guayabales.

Y de súbito se oyó un mugido potente y agudo por las mayas de la colindancia de los Cocos, que hizo retumbar las rejoyas del San Lorenzo y los riscos del Farallón. Un relámpago cárdeno de alegría iluminó la faz macilenta del Jincho.

Era el grito de guerra del Josco, el reto para jugarse en puñales de cuernos la supremacía del padronazgo. Empezó a mover la testa en forma pendular. Tiró furiosas cornadas al suelo, trayéndose en el filo de las astas tierra y pasto. Alucinado, lanzó cabezadas frontales al aire, como luchando con una sombra.

El Jincho en la loma, junto a la casa, aguantó al toro blanco. El Josco ensayó un tranco ligero, hasta penetrar en la veredita. Se detuvo un momento. Remolineó ágil y comenzó a estoquear los pequeños guayabos que bordean la veredita. La testa coronada se le enguirnaldó de ramas, flores silvestres y bejucales. Venía lento, taimado, con un bramar repetido y monótono. Alargaba la cabeza, y el bramar culminaba en un mugido largo y de clarinada. Raspó la tierra con las bifurcadas pezuñas hasta levantar al cielo polvaredas de oro. Avanzó un poco. Luego quedó inmóvil, hierático, tengo. En los belfos negros y gomosos la baba se le espumaba en burbujas de plata. Así permaneció un rato. Dobló la cerviz, el hocico pegado al ras del suelo, resoplando violentamente, como husmeando una huella misteriosa.

En la vieja casona la gente se fue asomando al balcón. Los agregados salían de sus bohíos. Los chiquillos de vientres abultados perforaban el aire con sus chillidos:

-El Josco pelea con el americano de los Velilla.

En el redondel de los cerros cincurvecinos las voces se hicieron ecos.

Los chiquillos azuzaban al Josco. -Dale, Josco, que tú le puedes.

El Josco seguía avanzando, la cabeza baja, el andar lento y grave. Y el Jincho no pudo contenerse y soltó el toro blanco. Este se cuadró receloso, empezó a escarbar la tierra con las anchas pezuñas y lanzó un bronco mugido.

-Jey... Jey... Oiseeee... Josco- gritaba la peonada.

-Palante, mi Josco- vibró el Jincho.

Y se oyó el seco y violento chocar de las cornamentas. Acreció el grito ensordecedor de la peonada. -Dale, jey... Josco.

Las cabezas pegadas, los ojos negros y refulgentes inyectados de sangre, los belfos dilatados, las pezuñas firmemente adheridas a la tierra, las patas traseras abiertas, los rabos leoninos erguidos, la trabazón rebullente de los músculos ondulando sobre las carnes macisas.

Colisón de fuerzas que por lo potentes se inmovilizaban. Ninguno cejaba; parecían como estampados en la fiesta de colores del paisaje.

La baba se espesaba. Los belfos ardorosos resonaban como fuelles.

Separaron súbitamente las cornamentas y empezaron a tirarse cornamentas ladeadas, tratando de herirse en las frentes. Los cuernos sonaban como repiquetear de castañuelas. Y volvieron a unir las testas florecidas de puñales.

Un agregado exclamó: -El blanco es más grande y tiene más arrobas.

Y el Jincho con rabia le ripostó: -Pero el Josco tiene más maña y más cría.

El toro blanco, haciendo un supremo esfuerzo, se retiró un poco y avanzó egregio, imprimiéndole a la escultura imponente de su cuerpo toda la fuerza de sus arrobas. Y se vió al Josco recular arrollado por aquella avalancha incontenible.

-Aguante mi Josco- gritaba desesperado el Jincho. -No juya; usté eh de raza.

El Josco hincaba las patas traseras en la tierra buscando un apoyo para resistir, pero el blanco lo arrastraba. Dobló los corvejones tratando de detener el empuje, se irguió nuevamente y "rebuleó" rápido hacia atrás amortiguando la embestida del blanco.

-Lo ve; es mah grande- añadió con pena un agregado.

-Pero no juye- le escupió el Jincho.

Y las patas traseras del Josco toparon con una eminencia en el terreno, la cual le sirvió de sostén. Afirmado, sesgó a un lado, zafando el cuerpo a la embestida del blanco, que se perdió en el vacío. A éste le faltó el equilibrio, y el Josco, aprovechándose del desbalance del contrario, volteó rápido y le asestó una cornada certera, trazándole en rojo sobre el albo costado una grieta de sangre. El blanco lanzó un bufido quejumbroso, huyendo despavorido entre la algarabía jubilosa del peonaje. El Jincho vibrante de emoción gritaba a voz en cuello:

-Toro jaiba, toro mañoso, toro de cría.

Y el Josco alargó el cuello estilizado, levantó la testa triunfal, las astas filosas doradas de sol, apuñaleando el mantón azul de un cielo sin nubes.

El blanco siempre se quedó de padrote. Orondo se paseaba por el cercao de las vacas.

Al Josco trataron de uncirlo al yugo con un buey viejo para que lo amaestrara, pero se revolvió violento poniendo en peligro la vida del peonaje. Andaba mohino, huraño, y se le escuchaba bramar quejoso, como agobiado por una pena inconmensurable.

Tranqueaba hacia el cercao de los bueyes de arrastres, de cogotes pelados y de pastar apacibles. Levantando la cabeza sobre la alambrada, dejaba escapar un triste mugido. Se veía buey rabisero, buey soroco, buey manco, buey toruno, buey castrao.

Aquel atardecer lo contemplé al trasluz de un crepúsculo tiento en sangre de toros, sobre la loma verdeante que domina el valle del Toa. No tenía la arrogancia de antes, no levantaba al cielo airosamente la testa coronada; lo veía desfalleciente, como estrujado por una inmensa congoja. Babeó un rato, alargó la cabeza y suspendió un débil mugido, descendió la loma y su sombra se fundió en el misterio de una noche sin estrellas.

A eso de la medianoche me pareció escuchar un mugir dolorido. El sueño se hizo sobre mis párpados.

Al otro día el Josco no aparecía. Se le buscó por todas las lindancias. No podía haberse pasado a las otras fincas, porque no había boquetes en los mayales, ni en las alambradas de las guardarrayas. El Jincho iba y venía desesperado. El tío Leopo apuntó:

-Tal vez se fue por el camino del Farallón a las malojillas del río. El Jincho hacia allí se encaminó. Regresó decepcionado. Luego se dirigió hacia una rejoya entre árboles en la colindancia de los Cocos, donde el Josco solía sestear. Lo vimos levantar las manos y con la voz transida de angustia gritó:

-Don Leopo, aquí está el Josco. Corrimos presurosos hacia donde el Jincho estaba, la cabeza baja, los ojos turbios de lágrimas. Señaló hacia un declive entre raíces, bejucales y flores silvestres. Y vimos al Josco inerte, las patas traseras abiertas y rígidas; la cabeza sepultada bajo el peso del cuerpo musculoso.

Y el Jincho con la voz temblorosa y llena de reconvenciones exclamó:

-Mi pobre Josco, se esnucó de rabia. Don Leopo se lo dije. Ese toro era padrote de nación; no nació pa yugo.








Santa Clo va a la Cuchilla


El rojo de una bandera tremolando sobre una bambúa señalaba la escuelita de Peyo Mercé. La escuelita tenía dos salones separados por un largo tabique. En uno de esos salones enseñaba ahora un nuevo maestro: Mister Johnny Rosas.

Desde el lamentable incidente en que Peyo Mercé lo hizo quedar mal ante Mr. Juan Gymns, el supervisor creyó prudente nombrar otro maestro para el barrio La Cuchilla que enseñara a Peyo los nuevos métodos pedagógicos y llevara la luz del progreso al barrio en sombras.

Llamó a su oficina al joven y aprovechado maestro Johnny Rosas, recién graduado y que había pasado su temporadita en los Estados Unidos, y solemnemente le dijo: "Oye, Johnny, te voy a mandar al barrio La Cuchilla para que lleves lo último que aprendiste en pedagogía. Ese Peyo no sabe ni jota de eso; está como cuarenta años atrasado en esa materia. Trata de cambiar las costumbres y, sobre todo, debes enseñar mucho inglés, mucho inglés."

Y un día Peyo Mercé vió repechar en viejo y cansino caballejo la cuesta de la escuela al nuevo maestrito. No hubo en él resentimiento. Sintió hasta un poco de conmiseración y se dijo: "Ya la vida le irá trazando surcos como el arado a la tierra."

Y ordenó a unos jibaritos que le quitaran los arneses al caballo y se lo echaran a pastar.

Peyo sabía que la vida aquella iba a ser muy dura para el jovencito. En el campo se pasa mal. La comida es pobre: arroz y habichuelas, mojo, avapenes, arencas de agua, bacalao, sopa larga y mucha agua para rellenar. Los caminos casi intransitables, siempre llenos de "tanques". Hay que bañarse en la quebrada y beber agua de lluvia. Pero Mercé tenía que hacer sus planes a la luz oscilante de un quinqué o de un jacho de tabonuco.

Johnny Rosas se aburría cuando llegaba la noche. Los cerros se iban poniendo negros y fantasmales. Una que otra lucecita prendía su guiño tenue y amarillento en la monotonía sombrosa del paisaje. Los coquíes punzaban el corazón de la noche. Un gallo suspendía su cantar lento y tremolante. A lo lejos un perro estiraba un aullido doliente al florecer de las estrellas.

Y Peyo Mercé se iba a jugar baraja y dominó a la tiendita de Tano.

Johnny Rosas le dijo un día a Peyo: "Este barrio está muy atrasado. Tenemos que renovarlo. Urge traer cosas nuevas. Sustituir lo tradicional, lo caduco. Recuerda las palabras de Mr. Escalera: Abajo la tradición. Tenemos que enseñar mucho inglés y copiar las costumbres del pueblo americano.

Y Peyo, sin afanarse mucho, goteó estas palabras: "Es verdad, el inglés es bueno y hace falta. Pero, ¡bendito! si es que ni el español sabemos pronunciar bien. Y con hambre el niño se embrutece. La zorra le dijo una vez a los caracoles: 'Primero tienen ustedes que aprender a andar para después correr.'"

Y Johnny no entendió lo que Peyo quiso decirle.

El tabacal se animó un poco. Se aproximaban las fiestas de Navidad. Ya Peyo había visto con simpatía a uno de sus discípulos haciendo tiples y cuatros de cedro y yagrumo. Estas fiestas traían recuerdos gratos de tiempos idos. Tiempos de la reyada, tiempos de comparsa. Entonces el tabaco se vendía bien. Y la "arrelde" de carne de cerdo se enviaba a los vecinos en misiva de compadrazgo. Y todavía le parecía escuchra aquel aguinaldo:

Esta casa tiene
La puerta de acero,
Y el que vive en ella
Es un caballero.

Caballero que ahora languidecía como un morir de luna sobre los bucayos.

Y Johnny Rosas sacó a Pedro de su ensoñación con estas palabras: "Este año hará su debut en La Cuchilla Santa Claus. Eso de los Reyes está pasando de moda. Eso ya no se ve mucho por San Juan. Eso pertenece al pasado. Invitaré a Mr. Rogelio Escalera para la fiesta; eso le halagará mucho."

Peyo se rascó la cabeza, y sin apasionamiento respondió: "Allá tú como Juana con sus pollos. Yo como soy jíbaro y de aquí no he salido, eso de los Reyes lo llevo en el alma. Es que nosotros los jíbaros sabemos oler las cosas como olemos el bacalao."

Y se dió Johnny a preparar mediante unos proyectos el camino para la "Gala Premiere" de Santa Claus en La Cuchilla. Johnny mostró a sus discípulos una lámina en que aparecía Santa Claus deslizándose en un trineo tirado por unos renos. Y Peyo, que a la sazón se había detenido en el umbral de la puerta que dividía los salones, a su vez se imaginó otro cuadro: un jíbaro jincho y viejo montado en una yagua arrastrada por unos cabros.

Y mister Rosas preguntó a los jibaritos: "¿Quién es este personaje?" Y Benito, "avispao" y "maleto" como él solo, le respondió: "Místel, ese es año viejo colorao."

Y Johnny Rosas se admiró de la ignorancia de aquellos muchachitos y a la vez se indignó por el descuido de Peyo Mercé.

Llegó la noche de la Navidad. Se invitó a los padres del barrio.

Peyo en su salón hizo una fiestecita típica, que quedó la mar de lucida. Unos jibaritos cantaban coplas y aguinaldos con acompañamiento de tiples y cuatros. Y para finalizar aparecían los Reyes Magos, mientras el viejo trovador Simón versaba sobre "Ellos van y vienen, y nosotros no." Repartió arroz con dulce y bombones, y los muchachitos se intercambiaron "engañitos".

Y Peyo indicó a sus muchachos que pasarían al salón de Mr. Johnny Rosas, que les tenía una sorpresa, y hasta había invitado al supervisor Mr. Rogelio Escalera.

En medio del salón se veía un arbolito artificial de Navidad. De estante a estante colgaban unos cordones rojos. De las paredes pendían coronitas de hojas verdes y en el centro un fruto encarnado. En letras cubiertas de nieve se podía leer: "Merry Christmas". Todo estaba cubierto de escarcha.

Los compadres miraban atónitos todo aquello que no habían visto antes. Mister Rogelio Escalera se veía muy complacido.

Unos niños subieron a la improvisada plataforma y formaron un acróstico con el nombre de Santa Claus. Uno relató la vida de Noel y un coro de niños entonó "Jingle Bells", haciendo sonar unas campanitas. Y los padres se miraban unos a otros asombrados. Mister Rosas se ausentó un momento. Y el supervisor Rogelio Escalera habló a los padres y niños felicitando al barrio por tan bella fiestecita y por tener un maestro tan activo y progresista como lo era Mister Rosas.

Y Mister Escalera requirió de los concursantes el más profundo silencio, porque pronto les iba a presentar a un extraño y misterioso personaje. Un corito inmediatamente rompió a cantar:

Santa Claus viene ya...
¡Qué lento caminar!
Tic, tac, tic, tac.

Y de pronto surgió en el umbral de la puerta la rojiblanca figura de Santa Claus con un enorme saco a cuestas, diciendo en voz cavernoso: "Here is Santa, Merry Christmas to you all!"

Un grito de terror hizo estremecer el salón. Unos campesinos se tiraron por las ventanas, los niños más pequeños empezaron a llorar y se pegaba a las faldas de las comadres, que corrían en desbandada. Todos buscaban un medio de escape. Y Mister Rosas corrió tras ellos, para explicarles que él era quien se había vestido de tan extraña forma; pero entonces aumentaba el griterío y se hacía más agudo el pánico. Una vieja se persignó y dijo: "¡Conjurao sea! Si es el mesmo demonio jablando en americano!"

El supervisor hacía inútiles esfuerzos por detener a la gente y clamaba desaforadamente: "No corran; no sean puertorriqueños batatitas. Santa Claus es un hombre humano y bueno."

A lo lejos se escuchaba el griterío de la gente en desbandada. Y míster Escalera, viendo que Peyo Mercé había permanecido indiferente y hierático, vació todo su rencor en él y le increpó a voz en cuello: "Usted, Peyo Mercé, tiene la culpa de que en pleno siglo veinte se den en este barrio esas salvajadas."

Y Peyo, sin inmutarse, le contestó: "Míster Escalera, yo no tengo la culpa de que ese santito no esté en el santoral puertorriqueño."








Peyo Mercé enseña inglés


A la comay Margó Arce, de Peyo Mercé


Tras el comentado episodio de la introducción de Santa Claus en La Cuchilla se recrudeció la animosidad prevaleciente entre Peyo Mercé y el supervisor Rogelio Escalera. Este, mediane carta virulenta y en términos drásticos, ordenaba al viejo maestro que redoblase sus esfuerzos y enseñase a todo trance inglés: "so pena de tener que apelar a recursos nada gratos para él; pero saludables para la buena marcha de la educación progresista". Ese obligado final de las cartas ddel supervisor se lo tenía bien sabido, y con un mohín de desprecio tiró a un lado la infausta misiva. Lo inusitado del caso era que con ella le llegaban también unos libros extraños de portadas enlucidas y paisajes a colorines, donde mostraban sus rostros unos niños y bien comidos y mejor vestidos.

Peyo agarró uno de los libros. En letras negras leíase: Primer. Meditó un rato y rascándose la oreja masculló: Primer, eso debe derivarse de primero y por ende con ese libro debo iniciar mi nuevo via crucis. Otra jeringa más. ¡Y que Peyo Mercé enseñando inglés en inglés! Quiera que no voy a tener que adaptarme; en ello me van las habichuelas. Será estilo Cuchilla. ¿Si yo no lo masco bien, cómo lo voy a hacer digerir a mis discípulos? Mister Escalera quiere inglés, y lo tendrá del que guste. Y hojeó rápidamente las olorosas páginas del recién editado libro.

De las reflexiones lo fue sacando la algarabía de los niños campesinos que penetraban en el vetusto salón. Los mamelucos de tirillas manchosas de plátano, las melenas lacias y tostadas, los piecesitos apelotonados del rojo barro de los trillos y en caras marchitas el brillo tenue de los ojos de hambre.

La indignación que le produjera la carta del supervisor, se fue disipando a medida que se llenaba el salón de aquellos sus hijos. Los quería por ser de su misma laya y porque le presentía un destino oscuro como noche de cerrazón. Buenos días, don Peyo, proferían y con ligera inclinación de cabeza se adelantaban hacia sus bancos-mesas. A Peyo no le gustaba que lo llamaran mister: "Yo he sido batatero de La Cuchilla, y a honra lo llevo. Eso de míster me sabe a kresto, a chuingo y otras guazaberías que ahora nos venden. Estoy manchao del plátano y tengo la vuelta del motojo."

Se asomó a la mal recortada ventanita en el rústico tabique como para cobrar aliento. Sobre el verde plomizo de los cerros veteados de cimbreantes tabacales, unas nubes blancas hinchaban sus velas luminosas de sol. En la llamarada roja de unos bucayos los mozambiques quemaban sus alas negras. Y sintió que le invadía un desgano, una flojedad de ánimo, que le impedía más bien encauzar su clase al estudio de la tierra, la tierra fecunda que frutecía en reguero de luces, en coágulo de rubíes. Le estaba penoso el retornar a la labor cotidiana, en pleno día soleado. Y doloroso el tener que enseñar una cosa tan árida como un inglés de Primer.

Con pasos lentos se dirigió al frente del salón. En los labios partidos se insinuaba la risa precursora del desplante. Un pensamiento amargo borró la risa y surcó la frente de arrugas. Hojeó de nuevo el intruso libro. No encontraba en él nada que despertara el interés de sus discípulos, nada que se adaptara al medio ambiente. Con júbilo descubrió una lámina donde un crestado gallo lucía su frondoso rabo. El orondo gallo enfilaba sus largas y curvas espuelas en las cuales muy bien podía dormir su noche un isabelino. "Ya está, mis muchachos tendrán hoy gallo en inglés". Y un poco más animado se decidió a enfrentarse serenamente a su clase.

-Well, children, wi are goin to talk in inglis tuday.- Y mientras estas palabras, salpicadas de hipos sofocantes salían de su boca, paseaba la mirada arisca sobre los rostros atónitos de los niños. Y como para que no se le fuera la "rachita" inquirió con voz atiplada -¿Understán?-

El silencio absoluto fue la respuesta a su interrogación. Y a Peyo le dieron ganas de reprender a la clase, ¿pero cómo se iba a arreglar para hacerlo en inglés? Y volvió a asomarse a la ventanita para cobrar ánimo. Una calandria surcaba la plenitud azulina -pétalo negro en el viento-. Y sintió más su miseria. Ansias de liberarse.

Aprovechó el momento para ensayar la pronunciación de la palabra que iba a enseñar. Y haciendo una grotesca mueca seguida de un sonido semejante al que se produce al estornudar, masculló -cock- -cock- -cock-. Y hastiado increpó: "Idioma del diablo."

Y se decidió a intentar un método que se apartaba algo de lo aconsejado en las latosas pláticas pedagógicas de los eruditos en la materia.

Reinó el silencio en el salón. Peyo era querido y respetado por sus discípulos. ¡Cosa tan inexplicable para Rogelio Escalera! Peyo desconocía los últimos estudios sobre la personalidad del maestro y más sobre la psicología del niño. No le gustaba concurrir a las "amañadas clases modelo", cosa esta en la cual se fijaba mucho el supervisor.

Un chorro de luz clara penetraba por la ventanita moteando en rojo los rostros pálidos y cabrilleando inquieta en las sueltas cabelleras.

-Bueno, muchachos, vamos a rejentiar hoy un poco en inglés, inglés apuras. Y mientras las palabras brotaban trabajosas pensó echar a voleo su discursito alusivo a las bienandanzas de lo que iba a poner en práctica. Pero la sinceridad era su defecto capital como maestro.

Sentía que se le formaba un taco en la garganta, y con los dedos convulsos se aflojaba el nudo de la desteñida corbata para librarse de la opresión. Maldijo en lo más remoto del subconsciente unas cuantas cosas, entre ellas al supervisor que lo hacía nadar en aguas donde el que no es buen pez se ahoga. Y con resignación musitó: "A fuete y a puya cualquier yegua vieja camina." Y la frase jíbara cobró en su mente toda su dolorosa realidad.

Y Peyo rebuscó en su magín todos los "devices" que se aconsejaban en los libros versados en la enseñanza del inglés. La mente de Peyo estaba entenebrecida como noche de barrunto. "Un atajo, un atrecho, una maña, que me saquen al camino", clamó. Y remeciéndose la atribulada cabeza entre los toscos dedos, ante el asombro de los alelados discípulos, dejó caer estas palabras: "¡Qué paraíso sería esto, sino fuera por el supervisor y sus mojigangas!" Y convencido de que baldíos serían sus esfuerzoa para conducir su clase en inglés, como otras veces se agenció un medio propio, "un corte", como él los denominaba. Y optó por hacer una mixtura, un mejurje, un injerto. "Y que saliera pato o gallareta".

Levantó el libro sobre las cabezas de sus discípulos. Y con el índice manchoso de tabaco mostró la lámina en que se extasiaba el soberbio gallo. -Miren, this is a cock. Repita. Y los muchachos empezaron a corear la palabra en forma inarmónica: cock, cock, cock. Y Peyo, los nervios excitados, la cabeza congestionada, gritó desaforadamente: -¡So, más despacio; ya estos condenados me han formado la gallera aquí mismo! Se apagaron las entonadas voces. Peyo se ahogaba del calor. Se alejó otra vez hacia la ventanita. El sudor empapaba su coloreada camisa. Le hacía falta aire, mucho aire. Y se detuvo un momento, las manos agarradas como garfios al marco desnivelado de la ventana.

Inconscientemente fijó la mirada en el chorro de la quebrada vecina -una lágrima fresca en la tosca peña. Y envidió al hijo de la Petra que sumergía la sucia cara en las aguas perladas de sol.

Hastiado se decidió a salir lo más pronto posible del lío en que se había metido. Y con pasos nerviosos se dirigió al frente de la clase: -Ya ustedes saben, cock es gallo en inglés, en americano. Y volvió a señalas con el dedo manchoso de tabaco al vistoso gallo. -Esto en inglés es cock, cock es gallo. Vamor a ir poco a poco, que así se doma un potro, si no se desboca. -¿Qué es esto en inglés, Teclo? Y éste, que estaba como pasmado mirando aquel gallo extraño, con timidez respondió: "Ese es gallo pava". Y el vetusto salón se estremeció con el cascabeleo de las risas infantiles. Peyo disimulando la gracia que le producían aquellas palabras, frunció el entrecejo, por el aquel de no perder la fuerza moral, y con sorna ripostó: -Ya lo sabía, éste se cuela en la gallera de don Cipria. ¡Y qué gallo pava! Este es un gallo doméstico, un gallo respetable, no un gallo "mondao" como esos de pelea.

Y volvió a inquirir: "¿Qué es esto en inglés?" Y los niños entonaron la monótona cantinela: "Cock, cock, cock". Y Peyo se sintió bastante complacido. Había salido ileso de aquella cruenta pelea. Repartió algunos libros e hizo que los abrieran en la página en que se "istoriaba" el fachendoso gallo. -Vamos a leer un poco en inglés. Los muchachos miraban con sorpresa la página y a duras penas podían contener los bufidos de risa.

Se le demudó el rostro. Un calofrío le atravesó el cuerpo. Hasta pensó presentar la renuncia con carácter irrevocable al supervisor. "Ahora sí que se le entorchó a la puerca el rabo." Ya a tropezones, gagueando, la lengua pesada y un sabor a maya en los labios, leyó: "This is the cock, the cock says cooca-doodledoo." Y Peyo se dijo para su capote. "O ese gallo tiene pepita, o es que los americanos no oyen bien." Aquello era lo último. Pero pensó en el pan nuestro de cada día.

"Lean conmigo: The cock says coocadoodledoo." Y las voces temblaban en el viento mañanero. -Está bien...

-Tellito, ¿cómo es que canta el gallo en inglés?

-No sé, don Peyo.

-Pero, mira, muchacho, si lo acabas de leer...

-No-, gimió Tellito, mirando la lámina.

-Mira, canuto, el gallo dice coocadoodledoo.

Y Tellito, como excusándose, dijo: Don Peyo, ese será el cantío del manilo americano, pero el girito de casa jace cocoroco clarito.

Peyo olvidó todo su dolor y soltó una estrepitosa carcajada, que fue acompañada de las risas frescas de los niños.

Asustado por la algazara, el camagüey de don Cipria batió las tornasoladas alas y tejió en la seda azul del cielo su cocoroco límpido y metálico.








El pitirre (Guatibirí)


En el filo esmeralda de la palma real, que apuñala un cielo azul cobalto, remata la pequeña y esbelta figura del pitirre.

Recuerdo que en esa cruel inconsciencia de la niñez mi predilección, en las cacerías de honda lo era el valeroso y altivo pitirre. El negro y lustroso mozambique de ojos cerúleos era cobarde y esquivo al golpe. En cambio, el pitirre hacía oscilar la sombreada cabecita de un lado a otro, daba un pequeño salto para evitar el golpe, a veces se iba tras la piedra y volvía a quedar adherido al filo esmeralda de la palma real.

El pitirre no huye; sangre de pitirre no es sangre de mozambique. Y desde el filo esmeralda, que apuñala un cielo azul cobalto, lanza su grito de guerra: Pitirre, pitirre, pitirre, que el indio, con sentido onomatopéyico distinto, oía: guatibirí, guatibirí, guatibirí.

Es príncipe y asienta su aristocrática figura en trono de palma real bajo dosel de cielos de zafiro.

Sobre el barrio, de continuo amodorrado, vense alas de muerte. Avión siniestro es el guaraguao. En espiral va descendiendo lentamente para atrapar su presa. El grito de alarma de las comadres cunde de guinda a guinda, mientras las ponedoras amparan bajo sus alas maternales a la indefensa pollada.

Del filo esmeralda se desprende la diminuta y altiva figura, y en vuelo presuroso ataca, bajo el ala y sobre el ala, al ave rapiñosa del "elemento"; se eleva y lanza verticalmente sobre el enemigo enterrándole el acerado pico. Caballero de pico y pluma es el criollo pitirre. Y retorna orgulloso al filo esmeralda de la palma real. Ariel que vence a Calibán, Quijote que vence al endriago; la fuerza de los débiles triunfando sobre la debilidad de los fuertes. Allá en el campo, dicen, que "cada guaraguao tiene su pitirre".

En ese atardecer se bebe por los ojitos el bermellón en llamas de un flamboyán, o el rojo en sangre de un vesperal luminoso.

A veces, por valiente es blanco de la artera pedrada. Cae entonces, el grisáceo plumaje empurpurado en sangre tremolando la bandera de sus alas en gesto de protesta y gritando con rabia: "Pitirre, pitirre, pitirre," (Guatibirí, guatibirí, guatibirí.)

Pájaro indio, pájaro puertorriqueño, símbolo de mi pueblo. Pequeño y bravo, desde el cogollo de la historia durante cuatro siglos y cuatro décadas, recibiendo los embates de adversa fortuna, desde el día en que unas naos castellanas dibujaran el blancor de sus alas en el azul intenso de tus aguas caribinas, hasta este año agónico de Nuestro Señor Jesucristo.

Pueblo estoico, has sufrido y resistido los vientos malos de la naturaleza y los vientos malos del destino. Pueblo que has sabido de la opresión y el escarnio. Tu pequeñez ha sido tu único delito. Pero has sido grande en el espíritu; ya cantaba Gautier: "Todo, todo me falta en esta vida; me sobra corazón." Todo, todo, nos ha faltado en la vida, pero nos ha sobrado corazón. Y así desde el cogollo de la puertorriqueñidad has lanzado, aunque a veces gravemente herido, tu grito de lucha: "Pitirre, pitirre, pitirre, (Guatibirí, guatibirí, guatibirí.)

el indio recibió sobre el lomo broncíneo el látigo de la opresión, y sobre el lomo de ébano el negro, el de la esclavitud y sufriste plagas e invasiones de hombres que quisieron profanar tu suelo, pero supiste poner en alto tu nombre en la historia.

¡Cenicienta de la América, Cordelia de las aguas caribinas, terrón de angustia!

Con tristeza he visto la gradual desaparición de nuestro pájaro simbólico. Ya apenas se le ve otear, desde el renuevo de la palma real, el valle diafanizado por la luz crepuscular. Ornitólogo no soy, y razones científicas dar no puedo, pero quiera Dios que no sea un presagio de la muerte del pueblo pitirre que hay en nosotros.









Bagazo


Al cubano José Luis Massó


Puñal negro clavado en el corazón de la tierra. Llama verde ondulante de cañaveral.

Los brazos de ébano, en cruz sobre el pecho. Fulgentes los ojos venosos de ira. El negro Domingo a la puerta de su mediagüita fija la mirada en el penacho de nubes pardas que tranza en el azul la enhiesta chimenea centralina. Y muele en su alma atormentada, caña amarga de recuerdos, desesperanzas, desilusiones.

Le laten las sienes y el corazón. Un acre sabor metálico le inunda la boca. Contrae los bultados belfos y en rictus de desprecio escupe chorreante mascaúra.

Silva el cañaveral en flauta de guajanas su pena añeja. Y a través del tiempo, de la distancia, le parece escuchar la voz feble del difunto Simón: "Mi jijo, malo es sel probe y negro, nunca semos niños, se nos ñama negritos". Lleva en los ojos en asta de recuerdo angustioso la muerte del Simón sepultado bajo un mazo de cañas que se desprendió de la grúa.

Un nudo tirante como de coyunda le ahoga. Y por vez primera en su vida mansa de buey viejo siente el rencor crecerle en el pecho como mala yerba. Y a él, negro impasible, resistente como el ausubo, le entran ganas de llorar, no sabe si de tristeza o de rabia.

La tensa y filosa alambrada de la Central exótica fulge a los últimos claros del sol tramontano. Pelos metálicos que le cruzan el pecho haciéndole sangrar turbias añoranzas:

-En primero dueño, luego colono, dispués peón. ¿Y ahora?

La silueta ingente de la Central se recorta contra un horizonte en llamas rojas de crepúsculo.

Su áspero y tremolante pito sacude el silencio. El negro se estremece, vuelto a la realidad por la vibración que corre electrizante por los crispados nervios. Y desfilan ante sus ojos abismáticos, en sucesión tumultuosa, como las bocanadas de humo que arremolina la chimenea en el incendio de los cielos ilímites, las escenas dolorosas del día.

La cara perruna del nuevo mayordomo le obsede. Sus palabras crueles le gotean isócronamente, con resonancia inmisericorde al druo cráneo.

Al horadar el alba el pito de la Central, anunciando el comienzo de la zafra, Domingo amoló su machete y se encaminó hacia el cruce de la colonia Los Caños. Un nuevo y fachendoso mayordomo llamaba con voz estentórea a los peones que iban a iniciar el corte.

-Rosendo Cora, Juan Bone, Isabel Cobé... Y tras el último nombre se hizo un silencio amargo, angustioso, infinito.

Los compadres sin atreverse a mirarle la cara, lentamente se fueron hundiendo en los vellosos graminales.

Suplicante se dirigió al embotado mayordomo:

-Dispense, blanco, ¿pero pa este negro no hay trabajo?

-Lo siento, pero tú estás viejo para trabajar, ya no rindes promedio.

-Mie, blanco, que tengo la mujel postrá con la malaria y un cuadro e familia que mantenel.

-La Central no puede regalar los salarios; necesitamos gente de empuje.

-Blanco, deme manque sea un trabajito e pinche, que eh cosa e muchachos.

-No tengo más que discutir.

Clavó las plateadas espuelas en los ijares del rucio, que se alejó borbotando el cuajo por un recodo umbroso.

Domingo tecleaba convulsamente la raída pava entre los nudosos dedod de capá prieto. Apretujó con fuerza el machete que destelló chispas al sol matinal.

Se sintió caña que cercena el machete. Los pies se le adherían pesados al rugoso camino. Las voces ululantes de los boyeros se pegaban al oído más lúgubres, más remotas que nunca. Un sudor frío bañaba las sienes y rodaba en diamantes hasta empaparle la azulosa camisa. Y se fue trastabillando, bamboleándose como un ebrio, hacia el reposo de la mediagüita. Se cruzó con el mulato Morrabal y se olvidó de saludarlo. Percatándose del descuido, le gritó con voz desfalleciente:

-Perdone, cabo, que iba como lelo...

Y sin saber cómo, llegó a la casita.

La Susana lo presintió todo. Y desde el camastro donde sudaba a chorros las calenturas, con voz temblorosa le consoló.

-No se apure, negro, que Dios no le falta a naide.

Domingo no contestó. La Susana estranguló entre las sucias mantas un sollozo. En la minúscula casita ahogada entre punzantes cañaverales seguía entrando con la noche el silencio.

Ahora estaba el negro Domingo a la puerta, cerniendo sombras y luces cárdenas de crepúsculo.

El sato sentado en los cuartos traseros, endereza la oreja y afila en la sombra un lúgubre y presagioso aullido.

El negro descuelga los brazos leñoso del pecho. Levanta el puño y se adentra en la mediagüita mascullando:

-Perros blancos, ¡asesinos!

La noche es negra como el dolor. Los ojos insomnes sorben tinieblas. Sólo quiebra el silencio el silbido estridente de la locomotora y el rodar monótono de los vagones. Las horas se detienen. Los pensamientos se alargan. Los párpados se hacen pesados. Se hunde en la sombra. Sueña:

El mayordomo se transforma en un perrazo blanco, que gruñe y le clava en las espaldas dos filosos colmillos. Quiere gritar, pero la voz no acude. Ahora el mayordomo se agiganta, empuña una larga garrocha y se la hunde en el pecho haciéndolo sangrar:

-Joiss, buey negro, tú estás viejo, tú no rindes promedio.

El negro suda, tiembla, jadea. En el infinito se suspende un enorme mazo de cañas que cuelga de un tentáculo de la grúa. Oscila en el espacio, Domingo lo sigue con los ojos espectantes, cruje el garfio de hierro, el mazo se precipita en el vacío. Una voz estrepitosa le estremece:

-Negro, te mata.

Se despierta atemorizado, tembloroso, convulso. El pito rotundo de la Central taladra el alba.

EL negro busca a tientas la muda de ropa. Se da cuenta que la lleva puesta. La Susana lo observa.

-Negro, no se vaya a dil sin el puya, que ayel no probó ni bocao.

-No tengo ganas, mujel.

Agarra el machete. La hoja templada y luciente vibra al roce de los dedos callosos.

-¿A ónde vá, negro?

-No sé, mujel. ¿Quién sabe?

Y desaparece por la estrecha puerta que se abre al claror de la mañana. En el camino se detiene indeciso.

-Sí, ¿dónde va?

Pasan unos peones.

-Buenos días, compay Domingo.

-Buenos.

Las voces cansinas se apagan. A lo lejos relampaguean las hojas de acero.

Nunca se había sentido tan solo. ¿Qué será de la mujer y de los negritos? Pero tal vez míster Power, el administrador de la Central, le dé una oportunidad. Abandona la idea. Ese rubio no sabe lo que es la jambre de un pobre. ¿Y en dónde le van a dar trabajo? No lo querrán por viejo, por pobre, por negro. Esa es la paga que recibe después de haber dejado su vida trunca en los cañaverales, para lucrar a los blancos. Ahora le lanzan al camino como perro sarnoso.

Una brisa leve roza los flecos marchitos del cañaveral. Y le llega otra vez la voz sibilante del difunto Simón

El sol se alza esplendente y rutila en los pulmones sedosos de las guajanas.

Reverberan de sol los caminos. El negro Domingo se acerca a la tiendita de Pancho. Sólo en días de fiesta la ha frecuentado. En ella derrochan los peones, en juego y bebida el exiguo jornal.

A veces el hombre tiene que beber. Y siente una sed extraña. Ganas de ahogar las malas ideas que le alucinan.

Pancho se adormila en la trastienda.

-Compay, déme un palo grande e mamplé.

Pancho se restriega los ojos con el dorso de la mano. No puede ocultar la sorpresa.

-Raro, compay, verlo por aquí. ¿No fue al trabajo?

Domingo no presta atención.

Las horas se hacen lentas y pesadas como rodar de carreta en fangoso camino.

Oscilante abandona la tienda de Pancho.

El terreno se le escapa bajo los pies. El repiquetear de cien martillos le taladra la cabeza. Suda copiosamente. Se acerca a la Fábrica de la Central que se yergue amenazante sobre el pueblo negro.

Escucha el trepidar monótono de las máquinas. Chillan bajo el peso de los negruzcos vagones los paralelos rieles. Silban los escapes de vapor. El brazo mecánico de una grúa suspende en el aire un mazo de cañas. Hierven los tachos. Se quejan los goznes. Un vaho a caña quemada, a guarapo, impregna el ambiente.

Oleadas de sangre caliente le llegan violentas al cerebro. Los ojos inyectados en sangre pugnan por huir de las órbitas. El quemante fermento le estruja las entrañas. El ruido ensordecedor de la Central lo enloquece. Y por encima de las multísonas voces, más violenta, la del fachendoso mayordomo: "Negro, tú no sirves; tú estás viejo; tú no rindes promedio".

La Central cobra vida. La chimenea rasga las nubes. Le tiende un tentáculo viscoso. Es monstruo que quema en sus caldeadas entrañas, carne de peonaje, sangre y sucrosa. EL negro huye despavorido. Y cae sobre unos bagazales que arroja la Central por uno de sus costados.

Se levanta con tardo esfuerzo. Entre las negras y crispadas manos estruja la amarillenta fibra de la caña. La mira con desprecio y la tira lejos de sí clamando sollozante: "Ese soy yo, gabazo; dispué que me sacaron el jugo me botan".

¿Y míster Power? ¿Y la mujer y los hijos? No. Es el mayordomo el que le puede ayudar. Míster Power es rubio y él es negro. ¿Quién sabe el mayordomo se apiade? Y vagamente recuerda que el mayordomo tiene que pasar por un cruce cercano para ir a almorzar. Se siente ya un poco mejor. ¿Quién sabe? Ingrávido, vacilante, se dirige al cruce. El sol enciende el cañaveral.

A lo lejos divisa la arrogante figura del jinete. Ya percibe el chocar de los cascos sobre el soleado camino. Una racha violenta de sangre le cruza los dedos. Pero el hombre debe aguantarse. La mujer y los negritos valen más que su hombría. Le suplicará.

Escucha el borbotar del cuajo. Y el resoplar violento de los belfos sudorosos. Respetuoso se dirige al mayordomo que lo mira con desconfianza.

-Blanco, deme el trabajito, mie que se me va a morir la familita de jambre.

-Ya le dije que no tenía nada que discutir. No hay remedio.

-Pero, mie, blanco, a mí no se me pué botar asina.

-No sea imprudente; tengo que avanzar.

-Bueno, eso no... que yo soy educao pero...

-No sea parejero. Suelte esa brida...

Una oleada de sangre le subió violenta a la cabeza. Fulminó el machete. El rucio levantó las patas traseras y el golpe se perdió en el vacío. Rápido el mayordomo empuña el nacarado Colt, y tres estampidos secos rasgan la paz del cañaveral.

El negro se cimbrea, da unos pasos hacia adelante y una rosa de sangre le empurpura la azulosa camisa.

Y cae en estertor agónico. La vista se le nubla, quiere gritar, y no puede. Se desangra... La noche eterna se hace sobre los ojos inmóviles.

EL pito de la Central quiebra con su fúnebre responso el día.

Y el monstruo sigue quemando en sus entrañas carne de peonaje, sangre y sucrosa. Y botando gabazo, gabazo, gabazo...










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Last Updated: June 29, 2001