
Orden
militar fundada en los primeros años del siglo XII con el objeto de proteger a
los peregrinos que acudían a Tierra Santa. Al igual que la formación de la otra
orden militar de la época, la del Hospital de San Juan, el clima de Cruzada que
respiraba la Europa medieval incitó a varios caballeros idealistas de
procedencia diversa (borgoñones, franceses y flamencos) a crear un cuerpo,
mitad militar y mitad religioso, que se dedicase a la vigilancia de los Santos
Lugares y a perseverar en el mantenimiento de las posesiones de ultramar.
El origen de los caballeros templarios
En el año
1118, un grupo de nueve caballeros, compañeros de armas de Godofredo de Bouillon,
el gran conquistador de Jerusalén, llegaron a Tierra Santa y decidieron dedicar
sus vidas a la labor de protección de los peregrinos. Los nueve fundadores
fueron Hugo de Payns (primer Gran Maestre de la orden), Godofredo de
Saint-Adhemar, Foulques de Angers, Godofredo de Roval, Archimbald de
Saint-Amand, André de Montbard, Godofredo de Bisoi, Hugo de Champagne y Payens de Montdidier. El más importante
cronista de la dominación europea en los Santos Lugares, Guillermo de Tiro,
relata así el hecho en su Historia rerum in partibus transmarinis gestarum:
"algunos
nobles con rango de caballeros, devotos de Dios, piadosos y temerosos de Él,
hicieron voto [...] de vivir perpetuamente en castidad y obediencia y
sin propiedades, a la manera de los canónigos regulares, entregándose al
servicio de Cristo [...]; su primera empresa, que les fue encargada
[...] para la remisión de sus pecados, fue, especialmente, proveer a la
protección de los peregrinos custodiando con todas sus fuerzas las rutas y los
caminos de los ataques de ladrones y bandoleros". (Walker, op. cit. pp. 28-29).
Quedaba así
establecida la dualidad monje-guerrero característica de los pertenecientes a
toda orden militar medieval. Ante la carencia de una regla que seguir, los
caballeros adoptaron en un principio la benedictina, concedida por el Patriarca
de Jerusalén al mismo tiempo que el rey cristiano de Tierra Santa, Balduino II,
les cedía, como emplazamiento en la ciudad, las antiguas mezquitas de Qubbat
al-Sakhra y Qubbat al-Aksa, situadas en el mismo lugar donde antaño
se encontraba el templo de Salomón. Con ello, los caballeros se comenzaron a
llamar "templarios" (referente al templo) y a la orden se la bautizó
como "del Temple de Jerusalén".
La precaria
dominación que los cristianos habían establecido tras la toma de Jerusalén
(1099) hacía de la peregrinación hacia Oriente una de las mayores hazañas que
un devoto podía plantearse, puesto que, la mayoría de las veces, los peregrinos
europeos acababan en las garras de los salteadores de caminos (de una u otra
religión). Quizá fue éste el motivo que animó a Hugo de Payns a regresar a
Europa para solicitar la ampliación de atribuciones de la orden y unos
definitivos estatutos. Pese a que contaba con la aprobación del propio monarca
jerosolimitano, lo cierto es que la baza mejor jugada por Hugo fue que uno de
los primitivos fundadores, André de Montbard, era pariente próximo del más
grande predicador del orbe occidental y uno de los máximos idealistas de la
Cruzada: Bernardo de Claraval.
La intervención de San Bernardo y los Estatutos
El gran
reformador del Císter siempre se había mostrado contrario a los ideales
caballerescos tan en boga en la Europa medieval, pues los consideraba la más
ridícula de las maneras de malgastar las fuerzas y riquezas de un gran número
de hombres, caballeros que podían prestar un formidable servicio a otras
cuestiones y no al simple hecho de desafiar a la muerte. Naturalmente, Hugo de
Payns le ofreció en bandeja la causa: la defensa de la religión cristiana y la
lucha contra el infiel.
La asamblea
cisterciense convocada en Troyes (1128) bajo los auspicios de San Bernardo
acabó conformando la legalidad de la Orden, pese a los graves reparos que la
Teología ponía al derramamiento de sangre, ya fuera cristiana o bien de otra
religión. Pródigo y rápido en solucionar las más punzantes cuestiones
teológicas, San Bernardo hablaba así en su obra De laudibus novae militiae
Ihesu Christi, obra que dedicó a ensalzar el servicio que los Templarios
podían realizar:
"aceptar
la muerte por Cristo o dársela a sus enemigos no es sino gloria: no es delito.
El soldado de Cristo tiene un motivo para ceñir la espada. La lleva para
castigo de los malvados y para gloria de los justos. Si da muerte al malvado,
el soldado no es homicida. Reconozcamos en él al vengador que está al servicio
de Cristo y al liberador de los cristianos". (Eslava Galán, op.
cit., p. 16).
La
aprobación de la orden en el Concilio de Troyes suscitó un gran revuelo en
Europa: un inmenso número de caballeros se vio atraído hacia la Nueva
Milicia de Jesucristo, tanto por el ideal de defensa de la religión como
por la hipotética fortuna (espiritual y crematística) que podían lograr en los
Santos Lugares. Payens de Montdidier y Hugo de Champagne fueron llamados a
Europa para encargarse del reclutamiento de nuevos templarios, así como de
organizar la distribución de todos los donativos monetarios que comenzaban a
llegar de todas las cortes occidentales, para apoyar tan noble y digna causa
procurada por San Bernardo. De manera paralela, se aprobó una regla de la Orden
del Temple basada en la del Císter, en la que quedaban establecidos los votos
monásticos clásicos (pobreza, castidad y obediencia), la humildad y caridad
como principios de observancia, la obligatoriedad de vivir en comunidad y la
famosa divisa: Non nobis, Domine, non nobis sed Nomini tuo da gloriam
("Nada para nosotros, Señor, nada para nosotros sino dar gloria a tu
nombre"). Con posterioridad se le añadió el peculiar uniforme: capa blanca
(símbolo de pureza y reconciliación con Dios), cruz paté de color rojo
(concesión del papa Eugenio III en 1147) y el estandarte, el Beausant,
la enseña blanca y negra que, mientras estuviese firme y ondeada, significaba
que ningún freile debía dejar de combatir. Los estatutos primigenios aún
recogían la adscripción del Temple al patriarca de Jerusalén. Sin embargo, el
sucesor de Hugo en el Maestrazgo de la Orden, Roberto de Craon (1136-1147),
obtuvo de la Santa Sede dos importantes enmiendas a los estatutos; primero, en
el año 1139 obtuvo la dependencia directa del Papa mediante la bula Omne
datum optimum. Este hecho fue de vital importancia para la Orden, pues
quedaba exenta de pagar los diezmos a los obispados de alrededor y era, a su
vez, autorizada a cobrarlos, no teniendo que responder de sus actos ante nadie
salvo ante el Vicario de Cristo en la Tierra. Además de ello, en el año
1143, Roberto de Craon obtuvo, mediante la bula Milites Templi, un
aumento de las indulgencias de la orden, así como la disponibilidad de sus
propios capellanes y la completa validez de los sacramentos efectuados por
ellos. El Temple se convertía, así, en una Iglesia en el seno de la propia
Iglesia.
Comenzaba la
época dorada de la orden, cuyos caballeros recorrían Tierra Santa rodeados de
un halo de grandeza y santidad; nuevamente es San Bernardo quien halaga a los milites
Christi de la siguiente forma, en la que también se definen las principales
reglas de la orden:
"La
disciplina es constante y la obediencia siempre respetada [...]; los
caballeros llevan lealmente una vida común sobria y alegre, sin hijos ni mujer;
no se les encuentra jamás ociosos o curiosos, y no conservan ninguna noción de
superioridad personal; se honra al más valiente y no al más noble [...]; detestan
los dados y el ajedrez, tienen horror de las cacerías, se cortan el pelo al
ras, nunca se peinan, raramente se lavan, llevan la barba hirsuta y descuidada,
están sucios de polvo y tienen la piel curtida por el calor y por la cota de
malla, sudados y manchados por el orín de sus armas [...]; un Caballero
de Cristo es un cruzado permanentemente empeñado en un doble combate: contra la
carne y la sangre [...]". (Walker, op. cit. pp. 35-36).
Organización de la Orden
Debido al
dualismo existente en cualquier orden militar, la distribución de los recursos
templarios ha de dividirse en dos:
Organización administrativa
Toda la base
del organigrama templario estaba basado en la existencia de unas unidades
autárquicas que, generalmente, procedían de alguna de las múltiples donaciones
que los señores poderosos o el propio pontífice habían hecho. Estos territorios
eran llamados encomiendas. La multiplicidad de ellas llevó a establecer
un escalafón superior, llamado Priorato, que agrupaba a varias
encomiendas cercanas. Entre sus atribuciones más importantes estaba la de
convocar, al igual que cualquier orden religiosa, el Capítulo General de la
Orden, donde se tomaban las decisiones que afectaban a las encomiendas. El
diferente conjunto de Prioratos templarios estaban agrupados en Provincias:
las Orientales (Jerusalén, Trípoli, Antioquía, Chipre y Rumanía) y las
Occidentales (Sicilia, Apulia, Italia, Mallorca, Aragón, Castilla, León,
Portugal, Auvernia, Francia, Inglaterra, Irlanda, Escocia y Alemania). Al
frente de ellas había un Maestre provincial, que estaba supeditado al Gran
Maestre de Jerusalén. En este contexto, hay que alabar la explotación
agraria de las encomiendas por parte de los Templarios (quizá por su
conocimiento de lo sistemas de regadío de origen árabe), puesto que no sólo
aseguraban la manutención de sus trabajadores sino que, la inmensa mayoría de
ellas, producía gran cantidad de excedentes que era canalizado hacia Tierra
Santa, bien en especie (alimentos para las tropas), bien en monetario económico
(tras haber vendido los excedentes en los mercados europeos).
Debido tanto
a la excelente organización como a la sapiencia de los administradores, la
riqueza de la Orden del Temple comenzó a ser inmensa, ayudada también por la
existencia de dos inmejorables ayudas: las donatios in vitae y la
experiencia bancaria de los Maestres templarios. La primera de ellas es
comparada por algunos estudiosos del tema, no sin cierta razón, al moderno
sistema de financiación llamado Leasing; consistía en que un caballero o
señor feudal "se donaba" a la orden, lo cual le hacía beneficiario de
ciertas exenciones fiscales (como el no pagar diezmos o rentas eclesiásticas),
además de compartir el clima de espiritualidad de la orden. Tras el
fallecimiento del donante, todas sus propiedades, muebles e inmuebles, pasaban
a ser propiedad de la Orden.
Por lo que
se refiere a la experiencia financiera, y si seguimos las comparaciones
actuales, también deberían figurar los Templarios como los inventores del Cheque
por compensación, puesto que esa era la manera de pago que seguían. Cuando
un caballero templario era enviado a Tierra Santa, se le extendía un talón con
la cantidad que debía percibir a su llegada. La excelente administración de los
fondos monetarios de la orden recibió, como inesperado premio, la continua
revalorización de sus cheques, por lo que en muchos intercambios comerciales de
la época se cambiaba el "dinero del Temple" por considerársele un
valor seguro. Tanto fue el ingenio económico del Temple que la gran mayoría de
hacendados caballeros europeos tenían sus riquezas y dineros bajo el auspicio
del tesorero mayor de la Orden, quien, incluso, en tiempos posteriores, era de
facto el ministro de Hacienda francés (principal provincia europea del
Temple). Con todos estos depósitos, los administradores templarios pusieron
gran cantidad de dinero en circulación, ayudando a operaciones comerciales con
sustanciosos beneficios y siendo deudores, muy frecuentemente, de los grandes
empréstitos que los reyes europeos les pedían para sus astragadas arcas. A este
respecto, no se debe olvidar la prohibición existente en la Europa cristiana
acerca del préstamo con interés (usura), condenado con graves penas
espirituales y económicas. Para evitar esto, el Temple prestaba sin interés a
los monarcas europeos, pero recibía a cambio grandes prebendas, como el cobro
de los impuestos reales o la cesión de derechos y mercedes diversas. Es
evidente, pues, el alto poder que la Orden tuvo no sólo en Ultramar sino
también en su continente de origen. A la Iglesia dentro de la Iglesia se le
sumó también otra característica esencial de la orden, origen de su grandeza y
destino de su miseria: el ser un Estado dentro de los diferentes estados.
Organización militar
Esencial
para la expansión de los Milites Templi fue su capacidad bélica,
organizada de modo ejemplar en el empleo de los recursos militares. Comenzando
por el escalafón superior, en ella se encontraban los Maestres de las
Provincias, igualados todo en rango. La única prioridad que el de Jerusalén
tenía sobre el resto era la de dirigir las tropas; sin embargo, tras la llegada
de Roberto de Craon al maestrazgo jerosolimitano, el posesor de este cargo
quedaba convertido en Gran Maestre de la Orden del Temple, por debajo
del cual se encontraban tanto los maestres provinciales como los priores. En sensu
stricto, la orden continuaba sus escalafones con los caballeros (fratres
milites), los capellanes (fratres capellanis), los escuderos (fratres
armigeri) y los menestrales y agricultores (fratres famuli y fratres
oficii).
Con el paso
del tiempo y las continuas ampliaciones de su poder, el organigrama militar se
fue complicando, especialmente en lo que se refiere a las tropas que prestaban
su servicio en Tierra Santa. El Gran Maestre pasó a estar asesorado en materia
militar por un consejo, formado por un Senescal, un Mariscal (con mando directo
sobre las tropas) y un Tesorero (encargado de los asuntos económicos y, en
especial, de proveer con rapidez el presupuesto de las campañas bélicas). Del
escalafón de los fratres armigeri se elegía a seis sargentos con
una determinada función: Submariscal (responsable de todos los sargentos),
Pañero (envargado de la intendencia), Gonfaloniero (sobre el que recaían tanto
las estrategias como la correcta formación de las tropas) y Turcoplier
(jefe de las tropas de mercenarios turcos, llamados turcopliers o
turcópolos). Los otros dos sargentos se encargaban de organizar al personal
auxiliar. Los mercenarios turcos fueron vitales para los progresos de unas
milicias cuyo conocimiento del terreno y de las tácticas militares del enemigo
era nulo; sin embargo, el hecho de crear un cuerpo ex profeso para
suplir esta carencia demuestra, una vez más, la valía militar del Temple. A la
Iglesia y al Estado se le sumaba no ya un ejército, sino el más poderoso
ejército, tanto en calidad como en cantidad, de la cristiandad latina.
La intervención del Temple en Tierra Santa
La defensa
de los Santos Lugares, misión por la que toda Europa emitió una preocupación
común hasta entonces desconocida, tuvo en la orden del Temple su más fiel y
honroso adalid. El primer hecho del que se tiene constancia de la puesta en
marcha de la maquinaria bélica del Temple tuvo ocasión en 1147, cuando el Gran
Maestre, Roberto de Craon, acompañó al ejército cruzado del rey francés Luis
VII, salvando a las desorientadas tropas europeas de varios desastres. En el
año 1153, los templarios realizaron una de las mayores hazañas de las Cruzadas,
como fue el asedio de Ascalón, importantísismo enclave para controlar Asia
menor. Aproximadamente por estas fechas
nació el que había de ser el gran enemigo de los templarios: Saladino I, hijo
del atabeg de Mossul, que fue proclamado sultán en 1171.
Antes de
ello, la orden del Temple ya había mostrado sus desavenencias con la otra gran
orden de Ultramar. En efecto, templarios y hospitalarios han pasado a la
historia como los "gemelos que se devoran en el seno de su propia madre",
puesto que los intereses comerciales de los primeros eran odiados por los
segundos, mientras que para el Temple, bajo la apariencia de caridad, el
Hospital de San Juan escondía una pléyade de intrigantes que sólo deseaban el
poder militar de los Milites Christi. Por otra parte, el espíritu de
cruzada había comenzado a declinar en Occidente y ello repercutió en los envíos
de tropas, dejando el camino libre para Saladino que, tras asestar un duro
golpe a los cristianos en la batalla de Marj Ayyun (1179), acabó por
destrozar al Temple y, por extensión, a los reinos cristianos de Asia en el
denominado desastre de Hattin (1187).
Véase
Cruzadas, Las.
Con ocasión
de las derrotas de la orden se ha podido saber algunas cosas más acerca de sus
costumbres militares. Además de la ya mencionada devoción al Beausant,
los templarios estaban obligados a seguir al estandarte del Hospital en caso de
que cayera el suyo; si éste también caía, seguían el estandarte de cualquier
príncipe cristiano hasta que ya no quedase ninguno, pese a lo cual seguiría
luchando hasta la muerte o extenuación. Bajo ningún concepto podían retroceder
en la lucha (costaba la expulsión directa de las milicias) y, tras ser
capturados, no podían delatar ni salvarse de ningún modo. Nunca se rescataba a
los prisioneros que, como consecuencia de ello, eran ejecutados y enterrados en
una fosa común sin ninguna identificación exterior. La dureza de sus
condiciones cumplía todas las etiquetas del código de caballería, por lo que no
es de extrañar la llluvia de adhesiones que la vida del Templario despertó
entre los caballeros europeos.
En los
últimos tiempos de dominación cristiana de Ultramar, la orden del Temple
pareció inclinarse más al próspero y floreciente negocio que significaba su
prestigio. Prueba de ello fue la negativa a participar en la cruzada efectuada
por Federico II Hohenstaufen (1228-1229), puesto que éste había dispuesto que
sus aliados venecianos se hiciesen con todo el control de las rutas
comerciales, algo intolerable para una orden que ya se había construido su
propia flota y que contaba con varios puertos francos tanto en Europa (La
Rochela, Colliure, Marsella...) como en Ultramar (San Juan de Acre).
La caída de los templarios
Pese a que
Federico II fue coronado emperador de Jerusalén en 1229, el cerco sobre los
reinos latinos de Oriente se estrechaba constantemente. En el año 1291, la
última posesión cristiana en Tierra Santa, San Juan de Acre, cayó en manos
musulmanas, dando por finalizados casi doscientos años de dominación europea.
Con ello, la labor para la que fue creada la orden del Temple desapareció por
completo, por lo que los templarios regresaron a Europa.
En el Viejo
Continente aún permanecían intactas todas las prerrogativas concedidas en la
vorágine conquistadora, debido a lo cual, la llegada en masa de las Milicias de
Cristo no afectó demasiado a los freiles, que desde ese momento se mostraron
más ociosos y más despreocupados de sus votos: ya no había enemigo al que
combatir, sólo quedaba dedicarse a vivir de las múltiples rentas que la orden
tenía. Sin embargo, allí donde su situación era más ventajosa (en Francia), el
Temple halló a su más ínclito enemigo: Felipe IV el Hermoso, uno de los más
intransigentes y autoritarios monarcas medievales. Como guardián más celoso de
la autoridad real, y también debido a su peculiar codicia, Felipe IV no tardó
en abrigar los más fervorosos deseos de dominar la infraestructura y los
fabulosos tesoros (aumentados más, si cabe, por la imaginación popular) de los
caballeros templarios
Después de
varias maniobras en la sombra, como el intento de fusión de todas las órdenes
militares bajo su maestrazgo o la interpelación ante el papa para que diera el
visto bueno a la confiscación de sus tesoros, Felipe IV pasó a la acción
directa. Para ello contó con tres ayudas fundamentales: la elevación de un
prelado francés al solio pontificio, Bertrand de Got, que tomó el nombre de
Clemente V (primer papa en aceptar la imposición del traslado a Avignon), la
del canciller del reino, Guillaume de Nogaret (un primer ministro no menos
ambicioso que su rey) y, por último, la de un tal Esquin de Floyran, antiguo
prior de una encomienda templaria que, tras haber sido despedido de la corte
aragonesa por Jaime II (debido, según parece, a la falsedad de su historia),
proporcionó a Nogaret y al propio rey toda una pléyade de acusaciones contra
los templarios. Con todos los cabos bien atados, el día 14 de septiembre de
1307 las firmas de Nogaret, Felipe IV y Clemente V autorizaron al ejército a desarmar
a la orden, confiscar sus tesoros y entregar a los freiles en manos de la
Inquisición. El mandato regio se expresaba así:
"hemos
sabido recientemente [...] que los hermanos de la orden de la Milicia
del Temple, ocultando al lobo bajo la apariencia del cordero [...] insultan
miserablemente a la religión de nuestra fe [...]; cuando ingresan en la
orden y profesan, se les presenta su imagen y, horrible crueldad, le escupen
tres veces al rostro [...]; Esta gente inmunda ha renunciado a su gloria
por la estatua del becerro de oro e inmolando a los ídolos [...]; el
comendador le conduce [se refiere a
la ceremonia de iniciación de un freile] secretamente detrás del altar
[...] , le hace despojarse de sus ropas y el receptor lo besa al final de la
espina dorsal, debajo de la cintura, luego en el ombligo y luego en la boca, y
le dice que si un hermano de la orden quiere acostarse con él carnalmente,
tendrá que sobrellevarlo porque debe y está obligado a consentirlo [...]; se
disponen en torno al cuello de un ídolo que tiene la forma de una cabeza de
hombre con una gran barba, y que esta cabeza se besa y adora en los capítulos
provinciales [...]; después de esto, se abrirá una investigación
especial". (Eslava Galán, op. cit., pp. 42-43.)
El juicio y la condena
El abismo
que separa la imagen del templario según los textos de Bernardo de Claraval al
idólatra que describe, aunque con clara exageración, el último texto, fue
suficiente para que el 13 de octubre del citado año fuesen apresados todos los
miembros de la orden (incluido el Gran Maestre, Jacques de Molay) y Felipe IV
lograse, por fin, su más anhelado sueño. Apenas una semana más tarde comenzaron
los interrogatorios donde, "ayudados" por la formidable maquinaria de la Inquisición, los templarios
confesaron haber cometido, una por una, todas las acusaciones que se les
imputaban: apostasía, practicar y tolerar la sodomía y los contactos íntimos de
tipo homosexual, adorar a un ídolo (conocido con el nombre de Bafomet) y
no celebrar la consagración en sus misas. De manera paralela al proceso, Felipe
IV y Nogaret enviaron misivas oficiales a todos los monarcas de la cristiandad,
exhortándoles a realizar idéntica acción contra el Temple, consejo que no fue
seguido en ningún otros sitio salvo en Francia; como mucho, las orden quedó
abolida y sus posesiones pasaron al Hospital o a otras órdenes creadas para tal
efecto (de Cristo en Portugal o Montesa en Aragón).
El Gran
Maestre de la orden, Jacques de Molay, desempeñó un papel importante en el
último capítulo de la historia del Temple. Al comenzar las primeras
desavenencias entre Felipe IV y el papa, motivadas por establecer cuál tribunal
(laico o eclesiástico) debía juzgar a los reos, Jacques de Molay (que había
sido el primero y el más ruidoso en sus confesiones), una vez establecido ante
el tribunal pontificio, comenzó a arrepentirse de sus confesiones, quizá en un
arranque de dignidad o tal vez pensando que, al sembrar la duda en el
pontífice, ganaría tiempo para reorganizar la defensa judicial de su orden.
Pero Felipe IV y Nogaret habían apostado demasiado fuerte como para rendirse.
El papa, seguramente el más confundido de todos los protagonistas, pasó a
convocar el concilio de Vienne (1311), cita crucial donde se decidiría el
juicio. Molay, definitivamente resuelto a salvar la dignidad del Temple, revocó
todas sus confesiones anteriores y acusó a los franceses de impíos, herejes,
codiciosos y de haber obtenido las pruebas mediante el uso indiscriminado de
torturas diversas. Tal arranque de dignidad, extendido por todos y cada uno de
los miembros encarcelados, sólo sirvió para que el brillante equipo de teólogos
franceses decidiera que los templarios habían caído en uno de los crímenes más
abominables de la cristiandad medieval: cometer perjurio en una citación (las
confesiones eran juradas), es decir, ser relapsos. Como tales, la
condena a morir en la hoguera era sólo cuestión de tiempo. Aún resistió
Clemente V a aprobar tan complicado asunto hasta 1314, pero la presión de los
Estados Generales franceses y del rey, indignado ante la tardanza del anunciado
desenlace, le hizo claudicar a comienzos de la primavera: el 18 de marzo de
1314 Jacques de Molay y unos cuarenta altos dignatarios de la orden fueron
quemados en una de las orillas del Sena preparadas para tal efecto.
Mitos y leyendas acerca de los templarios
Desde el
mismo momento de la detención y caída de la todopoderosa orden del Temple, las
conciencias populares alimentaron multitud de leyendas, acrecentadas por la inevitable
maldición del Gran Maestre lanzada desde la hoguera, citando a los ejecutores
de la injusticia ante el tribunal divino. Como suele ser habitual en estos
casos, la maldición se cumplió: Clemente V falleció en abril de 1314 y
tanto Felipe IV como Nogaret abandonaron el mundo de los vivos antes de la
finalización del citado año. Sobre el fabuloso tesoro de los Templarios
corrieron multitud de historias acerca de su destino final, como la leyenda de
la carreta cargada de oro que abandonó el barrio del Temple en París para
esconderlo en alguna parte de Europa, o como aquella otra leyenda según la cual
el tesoro de la orden no era ni más ni menos que el Santo Grial.
En los
tiempos actuales, la leyenda de los templarios ha conocido un auge destacado merced
a la publicación de varias novelas fantásticas, con una calidad literaria
exquisita y brillante pero donde la historia, como opción justa de sus
creadores, es utilizada simplemente para acotar el contexto en el que
desarrollar la acción. Sin embargo, la vinculación de los templarios con los
más arcanos secretos no es, ni mucho menos, novedosa: ya en la propia Edad
Media se les vinculó con cátaros, valdenses, paulicianos y toda clase de
herejías, puesto que las acusaciones que se hacían eran en todos los casos las
mismas. La misteriosa y rápida caída del Temple dio lugar a que se les
vinculara con leyendas míticas (el Santo Grial), complejos entramados de
gobiernos mundiales (sinarquía), toda clase de conocimientos mágicos (alquimia,
brujería, gnosticismo...), extraños inventos de utilización de energías ocultas
(fuerzas telúricas) y, naturalmente, todo tipo de asociaciones secretas y
mistéricas (masonería, rosacruces...), dirigidas por personajes fabulosos que
eran los Maestres secretos de la Orden (como Rosenkreutz o el misterioso conde
de Saint-Germain), con el objetivo de que siniestras conjuraciones satánicas
(en honor a su idolatrado Bafomet) dieran, en el mundo del futuro, todo el
poder universal a la orden del Temple, oculta en los tiempos pero con un
funcionamiento a pleno rendimiento; este es el caso del famoso plan
Templario que sirvió de base al prestigioso Umberto Eco para desarrollar su
magnífica obra El péndulo de Foucault. Sin embargo, las conclusiones que
sobre las leyendas del Temple se pueden hacer desde la perspectiva de la
Historia no distan mucho de las ofrecidas en la ficción novelada por el
literato italiano: que media Humanidad conspira para hacer creer a la otra
media Humanidad que hay una conjuración contra el mundo dirigida por una
tercera Humanidad inexistente.
A pesar de
todo, también es justo señalar que, al igual que en toda leyenda, también entre
los mitos templarios se puede encontrar un transfondo de verdad. Es cierto que
las influencias del mundo islámico sobre la orden tuvieron que ser grandes,
puesto que más de cien años de convivencia fronteriza ofrecen terreno abonado
para intercambios de todo tipo, no sólo mágicos y mistéricos sino también
tecnológicos y culturales. Sin embargo, es probable que el pretendido tesoro del
Temple estuviese bastante menoscabado tras los años ociosos y que las
acusaciones lanzadas contra ellos, poco rigurosas y con bastantes componentes
difamatorios, se debieran a algo mucho más humano que los complicados y arcanos
misterios que se les imputan: la relajación de costumbres. A pesar de ello, la
inescrutabilidad de la mente humana hace que, aún hoy en día, existan
encomiendas y prioratos de la orden del Temple en casi todos los países (no
sólo europeos, también africanos, asiáticos y americanos), desde donde, a la
vez que se hace una formidable labor de información cultural sobre la orden, se
sigue (¡más de setecientos años más tarde!) alimentando vivamente uno de los
misterios más fascinantes de la Historia.
Como podran notar, me decidí por escribir el articulo de los Templarios.
Para mayor
información, historias de batallas, sobre Baphomet, sobre la Orden hoy en día,
libros acerca de ellos, Saladino el peor enemigo de los Templarios, y articulos
con respecto a estos caballeros de forma más detallada, entren la pagina
Que esten
bien.
Ian Hagen.
Del Temple - Sir Ian Hagen