
Nombre de
una de las más famosas órdenes o fraternidades universales, de carácter
expresamente internacional, cuya pretensión era la de hermanar ciertos
elementos de las religiones tradicionales (cristianismo y judaísmo, sobre todo)
con otros saberes esotéricos y mistéricos, tanto modernos como antiguos, en pos
de renovar la concordia utópica en la que, según los rosacruces, vivía la
Humanidad antes de la pérdida de los valores espirituales. Es habitual la
confusión entre la fraternidad Rosacruz y la masonería, pues ambas parten de
unos postulados éticos semejantes. Quizá la principal diferencia entre ambas
sea el claro carácter religioso de los rosacruces, puesto en duda por más de un
investigador pero que, a la luz de sus escritos y testimonios, parece
innegable, además de guardar también ciertas similitudes, en cuanto a
postulados iniciales y estatutos, con la más famosa orden religiosa de la Edad
Moderna: la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola. Al menos en
los países de Centroeuropa donde los rosacruces obtuvieron más éxito, la
fraternidad pretendió ser una especie de Compañía de Jesús en versión luterana
y protestante; sin embargo, todo el entramado de arcanos secretos esotéricos
acabó por hacer que las autoridades, tanto civiles como eclesiásticas,
prohibiesen a sus miembros la congregación. Durante estos períodos de tiempo en
la clandestinidad obligada se fue fraguando el intenso aroma masón y sinárquico
que desprende la fraternidad Rosacruz hasta las décadas actuales.
Como en
tantas ocasiones al tratar de sociedades secretas, los orígenes de la
Fraternidad se pierden en la noche de los tiempos, puesto que sus miembros se
han jactado siempre de ser los tradicionales herederos de la sabiduría caldea o
egipcia, por poner dos ejemplos. Como quiera que más adelante se tratarán los
asuntos relacionados con las ideas rosacrucianas, en este apartado se analizará
la presencia efectiva de los rosacruces en la Europa moderna. Las primeras
noticias de la Hermandad Rosacruz se remontan a las publicaciones de un
escritor, filósofo y teólogo protestante, de origen germano-austríaco, llamado
Johannes Valentin Andreae (1586-1654), autor de la trilogía que, sin ningún
género de dudas, supone el cuerpo central de la ideología rosacruz: Konfession
der Societät der Rosenkreuz (Confesión de la Sociedad Rosacruz,
publicada en 1613), la Fama fraternitatis des Ordens der Rossenkreuz (Fama
de la Fraternidad de la Orden Rosacruz,
impresa en 1614) y, por último, la fundamental Die chymische hochzeit
des Christian Rosenkreuz, anno 1459 (Las bodas químicas de Christian
Rosenkreuz, año 1459, que vio la luz en el año 1616). Las dos primeras
obras, aunque impresas, conocieron una extraordinaria difusión panfletaria
mediante el sistema de los pliegos y actuaron como enlace entre la curiosidad
de un público lector necesitado de nuevas sensaciones espirituales. La
principal obra, las famosas Bodas químicas, describe el viaje, real o
espiritual, de un piadoso creyente llamado Christian Rosenkreutz, acontecido en
el año 1459. En los siete días de duración del viaje iniciático, Christian
recibió una completa formación en la sabiduría de la fraternidad, y la
publicación del libro no fue más que el punto de partida para la extensión de
estos postulados; sin embargo, y como reza en el incipit de la obra, no
todo el mundo está preparado para tal aventura: "los arcanos divulgados
pierden su valor; la profanación destruye la gracia. Por tanto, no eches perlas
a los cerdos ni prepares a un asno un lecho de rosas" (Andreae, op.
cit., p. I). Lejos de pretender ser ofensivo, este punto de partida
pretendía incidir en la pureza de sentimientos y en las firmes creencias que
una persona debía tener para ser rosacruz.
Postulados de la Fraternidad
La heterogeneidad
de los elementos que los rosacruces utilizaron para conformar su doctrina hace
bastante complicada una descripción, aunque somera, de sus creencias
filosóficas, religiosas y morales, teniendo en cuenta, además, la lógica
evolución que afectó a la Hermandad con el natural curso de los años. En
principio, cabe señalar al judaísmo y al cristianismo como los dos ingredientes
primordiales, pues la creencia en un único Dios verdadero es básica. Del
judaísmo tomaron los rosacruces la figura de un Dios poderoso, fuerte y, en
cierta medida, hostil a los enemigos de la fe, pero también el vocabulario y
los registros secretistas, en especial de la Cábala, mientras que del
cristianismo acogieron la creencia en Jesucristo, mesías y redentor, como
verdadero fin de su credo. Al entrar en contacto con la sabiduría gnóstica
oriental, el cuerpo central de la religiosidad rosacruz se impregnó sobre el
mito del retorno de lo inmaterial (las almas, eones en clave gnóstica) a lo
material y divino de donde fueron creadas. De esta forma, la confesión rosacruz
quedó diseñada de manera que un Dios creaba al alma y al cuerpo, cuya
trayectoria vital debía ser piadosa, ética y profundamente religiosa, para
acabar feneciendo en presencia del propio Dios; sin embargo, el alma pura, que
fallecía en Jesucristo, resucitaba por su Gracia concedida en forma de Espíritu
Santo y seguía viviendo en otro cuerpo. La propia divisa rosacruz indica esta
creencia: "Ex Deo nascimur / praesentia muriamur Eius in obito nostro /
In Jesu morimur / Reviviscimus per Spiritum Sanctum" (De Dios somos
nacidos / en Su presencia somos fallecidos / En Jesús somos muertos / Revivimos
por el Espíritu Santo). Como es fácilmente deducible, los rosacruces no sólo
estaban profundamente impregnados de gnosticismo, sino que también creían en la
reencarnación.
A este corpus
primigenio se le unieron, casi a la vez, los componentes herméticos y
alquímicos. La herencia de la creencias herméticas del Antiguo Egipcio y de la
alquimia tuvo como punto de arranque la fascinación que, en toda Europa, supuso
la circulación de la mítica Tabula Smaragdina (Tabla Esmeralda),
un escrito atribuido a Hermes Trimegisto, personaje al que muchos creían ser un
dios y al que atribuían haber vivido hacia el año 1900 a.C., fecha aproximada
de la redacción de la Tabula Smaragdina. El escrito (en realidad, una
copia del siglo XIV de un texto bizantino, de esencia platónica, que no se
remonta más allá del siglo VII), era todo un compendio sobre ideas herméticas
("lo que está abajo es como lo que está arriba / y lo que está arriba
es como lo que está abajo") que los rosacruces incorporaron a sus
creencias. Además de hermetismo, la Tabula Smaragdina fue una de las
bases alquímicas de su época, desde el propio nombre de su misterioso autor (Hermes,
el Mercurio), hasta su propio contenido ("separarás la tierra del
fuego, lo sutil de lo denso, suavemente, atentamente y con habilidad").
Hermes Trimegisto, Agripa, Paracelso, Kuhnrath y, sobre todo, Johannes Valentin
Andreae eran conocidos por su inclinación a esta ciencia; así, las Bodas
químicas de Andreae no son, en clave alquímica, sino un tratado alegórico
en el que se intentaba explicar el camino de las almas creyentes y su
transmutación final. La boda (operación alquímica) presentada como unión
del novio (mercurio / rey) y la novia (azufre / reina) no era sino la
conjunción de los opuestos, la esencia que encontraría la piedra filosofal, que
presenta una larga serie de candidatos como ocupantes de tal prebenda: el Santo
Grial, Jesucristo, la Vida Eterna, la Transmutación de los Metales, la
Resurrección, el Eterno Retorno, etc.
Aunque no se
trata de restar un ápice de importancia al entramado religioso y filosófico de
los rosacruces, hay que destacar la especial idiosincrasia, plena de moralidad
y respeto a los valores humanos, que la Fraternidad intentó inculcar a sus
miembros, con independencia de que el peso del ocultismo fuera mayor o menor.
Dentro de los preceptos de los hermanos rosacruces se pone un especial énfasis
en los conceptos de solidaridad, altruismo y convivencia fraternal, así como la
extensión de estos mismos principios al resto de los habitantes, tal y como se
deriva de algunos puntos de un código de conducta rosacruz hallado en el siglo
XVII (Calais, op.cit., pp. 63-67):
1- Todos los
miembros de la Hermandad querrán a los demás hermanos.
2- Los
miembros no deben maldecir unos de otros...
3- Serán
fieles y leales unos con otros
4- También
serán veraces
5- Serán
humildes y serviciales...
9- El miembro
más importante de esta Hermandad es el Señor Jesús, Hijo de Dios...
Además, los
rosacruces se entregaron a labores como la cura de enfermos (no en vano, muchos
de sus miembros eran médicos), la asistencia a personas desarraigadas y, en
general, a recuperar esos valores éticos que, propugnados desde el cristianismo
primitivo, se habían ido perdiendo con el paso de los siglos, razón que
argumentaban los rosacruces como culpable del deterioro del mundo en el que
vivían. Tal fue su particular manera de volver a la espiritualidad precisa,
haciendo gala con todos sus actos de una humildad característica: los
rosacruces, especialmente en los inicios, se llamaban únicamente por su nombre
de pila, vestían un sencillo hábito grisáceo y sólo una señal externa, las
iniciales R.C. bordadas en hilo negro sobre la capa, les distinguía como
miembros de la Fraternidad. Durante los períodos en los que la Hermandad estuvo
proscrita ningún signo externo les distinguía, lo cual ayudó a la extensión de
su doctrina, pero también a que la inocencia ética de sus postulados se
perdiese, en detrimento de un cada vez más marcado carácter ocultista, sobre
todo a partir de los siglos XVIII y XIX.
Tras el
devenir turbulento de los rosacruces durante el siglo XVII, en el año 1763 el
movimiento volvió a resurgir en Francia de la mano de François Willermoz,
místico fundador del Souverain Chapitre des Chevaliers de l'Aigle Noire
Rose-Croix, si bien ésta nueva fundación, basada en las logias masonas, muy
pronto se acabó convirtiendo en una rama gala de la francmasonería. En 1765,
una vez levantada la prohibición contra la Fraternidad, surgió en el territorio
germano la llamada Nueva Sociedad Rosacruz, fundada por dos médicos: Schleiss
von Löwenfeld, natural de Sulzbach, y Gerhard Doppelmeyer, establecido en la
ciudad de Hof. Ambos se despegaron un tanto de las actitudes mistéricas para
hacer de la Fraternidad una prolongación protestante de los jesuitas. Ambos
personajes compartían una ferviente religiosidad y el gusto característico por
los textos alquímicos medievales, a los que consideraban (no sin parte de
razón, sobre todo en el caso de Paracelso), como el embrión de la medicina
terapéutica
con componentes químicos. La Fraternidad tuvo un éxito inmediato en Austria,
Prusia y Alemania, lo cual hizo que se afiliaran a ella personas con peso
político como Wilfred Wöllner, miembro del consejo militar del incipiente reino
de
Prusia, o el
prestigioso doctor Gerhard Schrepfer, decano del colegio médico de Leipzig. Sin
embargo, la Nueva Fraternidad volvió a los derroteros ocultistas y esotéricos
de la mano de un oscuro personaje, del cual muchos dudan de su verdadera
existencia, al que se conoce con el nombre de Cagliostro. En realidad, su
verdadero nombre era José Bálsamo y había nacido en Palermo (Italia),
probablemente en el seno de una familia de emigrantes españoles. La figura de
Cagliostro, llena de sombras y dudas, es venerada en los ambientes esotéricos a
pesar de que lo más probable es que fuera el mayor embaucador del siglo XVIII,
amparado en su extraordinario conocimiento de la sabiduría egipcia y caldea,
que conocía por sus viajes a Oriente. Aun muchos le señalan, siempre dentro de
los citados ambientes esotéricos y rosacrucianos, como el factotum que
diseñó la Revolución Francesa y que repartió instrucciones en toda Europa para
tal efecto. Lo más destacado en cuanto a sus relaciones con los rosacruces es
que parece bastante probado que estuvo en Leipzig y que, naturalmente, se
afilió a la Nueva Fraternidad. También existen ciertos indicios, no menos
legendarios, que le señalan como el fundador de una nueva sociedad mistérica,
mezclando conceptos de la masonería y de los rosacruces, en el año 1785: el
Rito Antiguo y Primitivo de Menfis-Misraim, que posteriormente fue encuadrado
por la masonería como una de sus principales logias europeas. Cuando Cagliostro
fue detenido en Roma, en el año 1798, temiendo que verdaderamente se escondiesen
propósitos revolucionarios detrás de la Fraternidad Rosacruz, el movimiento fue
prohibido en casi todos los países europeos donde contaba con representación,
especialmente Francia, Inglaterra, Italia y Alemania.
Desde el
momento en que la Fraternidad volvió a ser proscrita, pasó a convertirse en una
rama germana de la francmasonería. Fue entonces conocida con los nombres de Caballería
francmasona de la Orden de Rosacruz o también como Fraternidad de los
rosacruces de oro. La filiación con la masonería desde esta época es
fácilmente visible en las organizaciones masonas de cualquier país: a partir de
finales del siglo XVIII, el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, tal vez la
reglamentación masona más extendida en el mundo entero, adoptó el título de Caballero
Rosacruz como grado número 18 de su rito. En otras escalas de la masonería
también se conoce a este grado con otros nombres, como los de Príncipe
Soberano de la Rosacruz, Príncipe Rosacruz de Herodes o, sobre todo
en la masonería del continente americano, como Caballero del Águila y del
Pelícano; es importante destacar que ambos animales simbolizan,
respectivamente, la sabiduría y la piedad, además de que el pelícano, en la
tradición de los bestiarios medievales, era el animal que representaba a Jesucristo,
pues era común la creencia según la cual el pelícano, si no poseía con qué
alimentar a sus crías, se destrozaba con el pico el corazón para ofrecérselo
como comida, símbolo que, a efectos de religiosidad esotérica, fue lo mismo que
hizo Jesucristo con la humanidad.
Ian Hagen