Está sección, está dedicada a los
controversiales Masónes...
No hice mucho incapíe en el estudio de este tema, porque es muy
basto, así que esta, es solo una mirada superficial al tema en cuestión.
Ian Hagen.
Como suele
ser común en todas las sociedades secretas de ritos iniciáticos y rituales
esotéricos, la masonería tiene un origen oscuro donde la realidad y el mito se
funden en armoniosa recreación. El mito del origen más común es el que presenta
como fundador de la masonería a Hiram, a quien se tiene como
arquitecto-constructor del Templo de Jerusalén erigido por Salomón. Otros
míticos orígenes la hacen fruto de la depuración de las enseñanzas secretas de
religiones de la antigüedad, o bien la derivación de otras asociaciones tan
conocidas como los Templarios.
Los
documentos más antiguos que se conservan de la masonería datan del siglo XIV y
denotan las profundas diferencias entre esas agrupaciones medievales y la masonería
de los siglos XVIII y XIX. La masonería, o agrupación de masones, deriva de las
palabras free-masons o franc-maçons, constructores
independientes, ajenos a los controles municipales gracias a los privilegios
concedidos a algunos gremios de la construcción. Sobre esos privilegios nació
la masonería, cuyo origen real se halla en las corporaciones gremiales de la
Baja Edad Media, más concretamente entre los constructores de grandes edificios
en general y de las catedrales en particular. Esta es la época de la conocida
como masonería operativa, aquella que efectivamente tuvo una
implicación directa en los trabajos
que
posteriormente serían ritualizados. Los miembros de esta masonería se
dividieron pronto en tres categorías, atendiendo a la preparación, experiencia
y conocimientos: maestros, oficiales y aprendices (designaciones conservadas
hasta la actualidad para denominar los tres primeros niveles de cada logia). La
función principal de esta masonería era la enseñanza de los conocimientos
constructores de sus integrantes, conocimientos que debían permanecer secretos
para la generalidad de la sociedad y del resto de albañiles. Para preservar
este secreto se realizaban juramentos de silencio y se efectuaban las reuniones
en lugares cerrados, generalmente próximos a la construcción que se estaba
realizando en ese momento. A este local, por su propia naturaleza ordinaria, se
le designaba huet en alemán, atelier en francés, logia en
italiano y "taller" en castellano. En estos locales, los maestros se
reunían con sus colegas o colaboradores directos para discutir los asuntos de
la construcción que no debían ser conocidos por el resto de los trabajadores de
la obra. De esta época datan los primeros estatutos ("cargos")
conocidos, como las constituciones de 1538.
La masonería
operativa se mantuvo vigente en algunos países, como Francia e Inglaterra,
hasta el siglo XVIII; de hecho, los dos arquitectos ingleses más importantes
del siglo anterior fueron maestros masones: Iñigo Jones o Christopher Wren. Sin
embargo, en el resto de Europa la masonería directamente vinculada a la
construcción de catedrales entró en decadencia hasta desaparecer.

La formación de la masonería especulativa
Desde
mediados del siglo XVII (New regulations, 1663) se había comenzado a permitir
el acceso a las logias de personas no directamente vinculadas a la
construcción: eran los accepted masons ("masones aceptados"),
que sólo podían vincularse al origen masónico de la construcción a través de
los rituales. La conminación a guardar secreto, los rituales de iniciación y
los símbolos ya vaciados del contenido operativo inicial sirvieron de potente
elemento de atracción hacia las logias masónicas de las personalidades más
inquietas. Estos primeros masones aceptados -como Elie Ashmole (1617-1692),
recreador de rituales y conformador
de los
primeros grandes cambios en la masonería- fueron desplazando paulatinamente a
los masones iniciales, lo que produjo también un cambio sustancial en los
propios fines de la masonería. De la discusión sobre cuestiones eminentemente
profesionales, vinculadas con la arquitectura y la construcción, se pasó al
debate social y, sobre todo, a la conformación de redes de ayuda mutua; de ahí
surgió la instauración de la masonería especulativa como una asociación
fraternal y filantrópica, con una concepción deísta de la sociedad humana y del
mundo en general.
De comienzos
del XVIII procede la simbología y los rituales masónicos y los sistemas
organizativos, tanto en el interior de cada logia como en su organización
internacional. La simbología masónica deriva directamente de los orígenes
constructores: la escuadra, el compás, la paleta, la plomada, el mazo y el
mandil, cada uno con su significado adquirido y con unos poderes
determinados. Más oscuras resultan las especulaciones sobre la vinculación
entre masonería y esoterismo, que durante la mayor parte del siglo XVIII fueron
constantes y profundas. Entre las manifestaciones de estas prácticas esotéricas
se encuentran la ritualización de los pasos de un grado a otro, el desarrollo
de la leyenda de Hiram, la inclusión de símbolos de religiones o teosofías
antiguas y herméticas o la vinculación de la masonería con la Gran Tradición,
corriente de conocimiento profundo que enraizaría en la élites sacerdotales de
las civilizaciones mesopotámica y egipcia, pasaría por los filósofos helénicos
y alcanzaría las
manifestaciones
sectarias de los cátaros, la organización de los Templarios y los Rosacruces
hasta llegar a los masones.
En cada país
las logias se agrupan en una Gran Logia u Oriente, dirigida por un Gran
Consejo, al frente de la cual se encuentra un Gran Maestre. En la masonería de
rito escocés (el más seguido) existen 33 grados, pero existen ejemplos de
mayor complejidad como el rito de Menfis, ideado por Cagliostro, que
llegaba a alcanzar hasta 96 grados. La mayor parte de los masones sólo
alcanzaban los tres escalones iniciales o grados simbólicos: aprendiz, oficial
y maestro, que constituían (y constituyen) la masonería externa. Tras una serie
de enseñanzas y ritos iniciáticos se ingresaba como aprendiz y tras realizar
una serie de trabajos en la logia se accedía a los grados superiores.
Sólo unos escogidos tenían posibilidad de pasar a la masonería oculta, los 30
grados superiores que, a su vez, se agrupan en tres segmentos: los grados
capitulares (4º al 18º), filosóficos o aerópagos (19º al 29º) y los sublimes
(30º al 33º). El grado 30º es sólo alcanzado por la excelencia del conocimiento
esotérico y ritual: es el denominado caballero Kadosch o del águila
blanca y negra. Los tres grados superiores son los que realmente dirigen la
masonería: el 31º es denominado Gran Inspector, el 32º Sublime
Príncipe del Real Secreto y el 33º Soberano Gran Inspector General.
A partir del
último cuarto del siglo XVIII la masonería tuvo un peso muy determinante en la
línea política de sus respectivos países, apoyada por la gran cantidad de hermanos
masones y la calidad intelectual y posibilidad económica que ostentaban. El
liberalismo que impregnaba en ese momento la masonería tuvo sus más notorias
influencias en la Independencia de Estados Unidos (Washington, Franklin
y Jefferson eran masones y la Declaración de Independencia trasluce los
principios de deísmo y filantropía masónicos) y en Revolución Francesa,
donde en 1787 había unos 80.000 masones (477 de los 605 diputados de los
Estados Generales) y dio origen al lema revolucionario de "Libertad,
Igualdad y Fraternidad". La masonería coadyuvó al triunfo de las
independencias de las
repúblicas
americanas del imperio español (trabajos de la logia América, fundada en
Londres por Miranda, y la logia Lautaro en el Río de la Plata) y
portugués (lo que quedó reflejado en la bandera y el lema de Brasil "Orden
y Progreso", igualmente masónicos).
A partir de
mediados del siglo XIX, la masonería se fue convirtiendo cada vez más en una
institución burguesa y conservadora, aunque en sus plasmaciones se apreciaran
ecos del antiguo liberalismo (formación de la unidad italiana, presencia en el
II Imperio francés, independencias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Al mismo
tiempo, se generó una amplia campaña contra la masonería, en cuya base se
encontraba la condena de la Iglesia Católica. Los primeros pronunciamientos
contrarios de Roma se produjeron a mediados del siglo XVIII, pero fue en las
encíclicas Ecclesiam in Ihesu Christu (1821) y, sobre todo, en la Humanus
Genus de León XIII (1884) cuando la condena alcanzó el grado de
excomunión, haciendo incompatible ser católico y masón. A estas condenas se
sumaron las acusaciones de la derecha más reaccionaria (lanzando la teoría de
la conexión entre masonería, judaísmo y revolución social internacionalista) y
de las izquierdas más radicales (por el carácter burgués, esotérico y religioso
de la masonería). Sus enemigos vieron en la masonería el origen de oscuras
conjuras precisamente cuando la masonería ya no estaba en condiciones de llevar
a cabo ninguna, pues, a partir de los años veinte del presente siglo y sobre
todo tras la II Guerra Mundial, la masonería fue perdiendo tanto número de
adeptos como capacidad de influencia.
- Sir Ian Hagen