Alberto Ruy Sánchez

 

Mi

alergia al Canon

Los clásicos heterodoxos

 

Desde hace muchos años pienso en los libros clásicos como una misteriosa fuente de placeres. Los leo o releo fragmentariamente y en desorden. Me doy la libertad de buscar en ellos un recuerdo lejano y descubrir, por azar, algo que no había previsto o siquiera imaginado: un destello de inteligencia, un deslumbramiento poético, una idea expresada con la precisión que yo necesitaba ahora. El placer que me viene de ellos se debe más al asombro que a la acumulación de saber o de información.

   Cuando preparo algún ensayo los leo de manera un poco más sistemática. Disfruto enormemente las ediciones anotadas por los especialistas, incluso sus excesos. Esas notas son como conversaciones que puedo escuchar sin inmiscuirme o puedo, al contrario, meterme de lleno en ellas.

   Mis clásicos toman nueva voz, reviven en mis manos y vienen casi siempre de horizontes heterodoxos, no sólo lejanos. Nunca pensé, por ejemplo, que dedicaría varios años de mi vida a leer los textos clásicos sobre la jardinería medieval en la época que escribí Los jardines secretos de Mogador. O que leería con interés y hasta con pasión utilitaria los antiguos manuales clásicos de los artesanos azulejeros de Marruecos, o el manual clásico de carpintería mudejar “de lo blanco”, cuando escribí En los labios del agua y Los nombres del aire, y esos tratados me sirvieron para diseñar la estructura de mis novelas.

   Por eso tal vez me resulta profundamente antipática la idea de los clásico como un canon, tal como la propone Harold Bloom.

No hay canon sino en la cabeza de quien lo desea y es válido para cada quien.

Buscan canon quienes necesitan o disfrutan que les digan lo que tienen que pensar, opinar y leer. Cada persona puede definir su vida con respecto a su posible necesidad de un canon. Pero es un abuso imponerlo como El canon de todos: como el canon de nuestra cultura. Esa idea de Canon proviene de un gran fetichismo de corte protestante donde el canon último es la biblia. Y es una concepción necesariamente dogmática: todo canon en el que se cree ciégamente es un dogma que se impone a los otros con certeza, con fe ciega, aunque sea argumentada.

 Los clásicos no son necesariamente unos cuantos libros beatificados. Se parecen más a esas amistades o amores que dan nuevo significado a nuestras vidas.

Encontrar, cada persona, sus clásicos es una felicidad y una fortuna. Y a los clásicos, a la relación que podemos tener con ellos, a su efecto sobre nosotros, se aplica sin duda esa máxima relativista, ya clásica, de uno de mis clásicos más recurrentes, Baruch Spinoza: “El mismo sol que solidifica el barro funde la cera”.

 


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