Aurelio Ferretti
"Farsa sin Público"
(Pieza en un acto)
PERSONAJES:
JULIO JULIANEZ, escritor intelectual que ha resuelto de una vez por todas su situación económica, casándose con una mujer adinerada, que (si bien no le suelta mucha rienda) le proporciona un cómodo pasar, para dedicarse por entero a las bellas letras y sobre todo, a pronunciar conferencias, muchas conferencias.
SEÑORA JULlA, su esposa.
DON VICTOR, hombre cincuentón, jubilado de comercio. Su aspecto trasunta simpatía y cordialidad.
EL PRESIDENTE del Ateneo, muy circunspecto, prohombre de círculo reducido.
EL POLICÍA, vestido de particular, de aspecto desenvuelto.
JUBILADOS, todos, desde luego, de cincuenta años arriba.
ESPECTADORES.
CUADRO UNICO
(El escenario presenta el aspecto austero de la tarima de una sala de conferencias. Solo una mesa cubierta con una carpeta de felpa, una silla, y los infaltables veladores, jarra con agua y vaso.)
En el proscenio, a un costado, un pizarrón anuncia el carácter del acto a realizarse. Dice:
Tema: "LA CULTURA EMBELLECE A LOS OBREROS BARBUDOS"
El escenario estará desierto. Luego sube al estrado el Presidente de la institución, acompañado por el orador, para hacer su presentación.)
PRESIDENTE. - (Sin facilidad de palabra, buscando los términos justos, imprime a su discurso una pesada lentitud. Suple la condición ausente con excesiva ceremoniosidad, hasta empalagar con sus maneras y su sonrisa cortés.) La misión de presentar... ante esta distinguida concurrencia... al ilustre orador... que ocupará esta tarde... esta tribuna de intelectualidad... que es la Asociación Amigos de la Letra Impresa... A.A.L.l. ... me resulta grata... por tratarse... del ilustre intelectual señor don Julio Juliánez.... que desde esta misma tribuna... el año pasado... nos honró regalándonos con el fruto de su pensamiento... en un ciclo de catorce conferencias. La personalidad del disertante de hoy... hace delicada... la misión de presentarlo... pero esa misma razón... hace a mi favor... puesto que la personalidad... del escritor, intelectual, periodista, y también pensador, Julio Juliánez... es tan ampliamente conocida... (Ahora, afirmando en sus palabras finales, más dinámico, remata su discurso con más seguridad.) ... que por esa misma razón está por encima de presentaciones, que no las necesita, e inmediatamente quedará en contacto con ustedes. (Deja su lugar junto a la meseta a Juliánez y se retira previo palmearse la espalda ambos levemente, para ir a sentarse en primera fila.)
JULIANEZ. - (Luego de tomar asiento, volcar un poco de agua en el vaso y leve pausa. También ceremonioso.) Agradezco, hondamente conmovido las bellas y sentidas palabras del señor presidente de la Asociación Amigos de la Letra Impresa, A.A.L.l., convencido de que ha exagerado mis méritos, cosa que atribuyo a su gentileza y a la exquisita consideración personal que me profesa, consideración que retribuyo y a la que correspondo de la misma forma. (Pausa, componerse la garganta y sorbo de agua.) Entrando directamente en la cuestión de la charla de esta tarde, que versará sobre el tema: "La cultura embellece a los obreros barbudos" quiero antes hacer algunas consideraciones preliminares, que habrán de contribuir a nuestro mejor entendimiento y a esclarecer algunos conceptos que faciliten la comprensión sobre lo que llamamos cultura, lo que llamamos belleza, e incluso lo que llamamos entendimiento y lo que llamamos comprensión... (Se escuchó el carraspeo de un hombre anciano en la platea. El orador se detuvo. Magnificando el hacho dirige una severa y larga mirada hacia el lugar de la sala de donde partió el sonido de la tos. Luego de esta larga pausa, continua.) Algunas consideraciones previas que nos resultarán muy útiles para establecer una posición frente a conceptos un tanto llevados y traídos, precisando algunas definiciones sobre la cultura, la belleza, y lo que generalmente entendemos por. . . (Otra tos quebrada seguida por un crujido de silla hace detener bruscamente al orador, que levanta nuevamente la mirada, como electrizado, en la nueva dirección de este ruido molesto. Luego de la ostensible pausa, prosigue.)
... de lo que entendemos por cultura, por belleza, y por clase obrera desde el sentido social clasista, que no admite sutilezas en cuanto a definiciones, y que involucra en su mismo enunciado, la suma de reivindicaciones que la conducen inexorablemente a la incongruente situación de no quedarles ya nada por reivindicar. Desde el campo social. . . (Vuelta a interrumpirse en seco, pues un espectador se ha levantado, haciendo rechinar su butaca y luego de pedir permiso a sus vecinos para pasar, abandona pausadamente l
a sala. El orador, en silencio, lo siguió con la mirada todo su trayecto, hasta que el espectador dejó la sala. La señora Julia, esposa del orador, desde la primera fila de plateas, hizo causa común con su esposo en cada interrupción del discurso, dirigiendo severas miradas hacia los respectivos sitios del teatro. Ahora Juliánez prosigue.) ... decíamos... que hay una clase obrera que va en camino de quedarse sin nada que reivindicar, ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Perderá su carácter de clase para integrar el conglomerado social, desdibujando sus posiciones? Tengamos en cuenta que aquellas reivindicaciones llevaron siempre un sentido de honda raíz económica lo que no dejaba tiempo para escuchar dictados estéticos; la fuerza de los acontecimientos empuja generalmente a los hombres, pero, llega un momento en que las fuerzas interiores oponen a las fuerzas exteriores sus interrogantes, es entonces cuando debemos plantearnos: ¿Qué es la belleza? . . ¿Qué es la armonía? . . . ¿Qué es la cultura? . . . ¿Qué es la. . . (Vuelta a interrumpirse. Otro espectador se ha levantado de su butaca para marcharse por el pasillo en busca de la salida. Juliánez reacciona, cambia de tono y poniéndose de pie, dice de viva voz, en tono de denuncia.) ¡Señoras y señores! ; muy raras circunstancias que están dándose en la sala, me obligan a interrumpir esta disertación para denunciar de viva voz, ante el respetable auditorio, y también ante los directivos de la Asociación Amigos de la Letra Impresa, A.A.L.l., una maniobra que se está desplegando en esta sala para perturbar el acto, obstaculizando el normal desarrollo de esta conferencia y la natural recepción por el público de los conceptos que vengo exponiendo!
SRA. JULIA. - (Que ya no aguantaba más, se levanta de su butaca de primera fila para decir, exaltada.) ¡Esto es una maniobra! Esto es un complot! ¡Es una vergüenza que puedan ocurrir estas cosas! ¡Las autoridades no deberían permitirlo!
JULIANEZ. (Siempre altisonante.) ¡Sí, señores! ¡Estamos en presencia de una maniobra delictuosa! ¡Puedo afirmar que se ha organizado la perturbación de este acto, y también puedo señalar a los responsables, si éstos insisten en su plan perturbador!
SRA. JULIA. (Que se sale de la vaina.) ¡Es una maniobra!... ¡Es un complot!... ¡Y ese hombre que está ahí, sonriente es el responsable!... ¡Es el cabecilla de la maniobra!... (Señala a Don Víctor que está sentado en tercera fila.)
DON VICTOR. (Siempre risueño, se pone de pie delante de su butaca.) Evidentemente esa señora... que es la señora del conferenciante... se ha referido a mí, ¡pero no entiendo cuál es el cargo que me formula!
SRA. JULIA. - ¡Sí, soy la esposa del orador! Mi esposo, por hidalguía, no lo ha señalado directamente a usted, ¡pero lo hago yo! ¡Y digo que es usted quien organizó la perturbación de esta conferencia! (Seguirá repitiendo, a criterio, varias veces durante esta escena, en forma incontrolada "¡es un complot!... ¡Es un complot!... ¡Es una vergüenza que se permitan estas cosas!"
DON VICTOR. - (No declinará nunca su expresión risueña.) No sé a qué perturbación se refiere esa señora, ¡y los únicos que aquí perturban el acto son usted y el mismo orador!
JULIANEZ. - ¡Yo le acuso directamente a usted de haber organizado la alteración del orden en mi conferencia!
DON VICTOR. - Concrete esa acusación. (Todo el diálogo: Juliánez en el escenario, Don Víctor de pie, en la platea.)
JULIANEZ. - ¡Usted estuvo ayer en mi casa!
DON VICTOR. Sí, señor. Estuve en su casa. Me atendió su señora y usted tuvo la gentileza de recibirme.
JULIANEZ. - Sí, señor.
DON VICTOR. - Estaba usted trabajando en la preparación de esta conferencia. Yo la había visto anunciada en los diarios: "La cultura ennoblece... ennoblece...
JULIANEZ. - "La cultura embellece a los obreros barbudos".
DON VICTOR. - ¡Eso es! "La cultura embellece a los obreros barbudos", en la Asociación Amigos de la Letra Impresa, A.A.L.l., por el doctor Juliánez.
JULIA NEZ. - (Rectificando.) ¡ Señor Juliánez! Sencillamente, ¡Señor Juliánez!
DON VICTOR. - Comprendo. Está más cómodo así, por encima de los títulos profesionales...
JULIANEZ. - Sí, señor.
DON VICTOR. - (Siempre jovial.) Claro, los títulos profesionales empequeñecen cuando el hombre ha traspuesto la importancia que el título confiere.
JULIANEZ. - Eso es.
DON VICTOR. - Claro, usted se doctoró, pero prefiere sencillamente omitir.
JULIANEZ. No. No me doctoré. ¡Por eso estoy por encima de los títulos ¡Pero volvamos a la cuestión!
DON VICTOR. Volviendo a la cuestión, yo le conocía a usted por haber asistido a varias conferencias suyas, pero usted no me recordaba a mí. Claro, el orador no puede retener la fisonomía de sus oyentes.
JULIANEZ. Por supuesto que no. Para el disertante el auditorio es una masa de muchos rostros...
DON VICTOR. - No, no tanto así de masas de muchos rostros... no es que fuéramos tantos sus oyentes, pero es una forma de decir... está bien. Para ir directamente a la cuestión que me llevó a visitarle, le expliqué a usted mi situación de jubilado... de jubilado de comercio.
JULIANEZ. - Sí, señor.
DON VICTOR. - Le expuse a usted brevemente mis problemas, los jubilados tenemos serios problemas, quiero decir, problemas económicos.
JULIANEZ. - ¡Eso se da por sabido!
DON VICTOR. - Sí, eso se da por sabido... pero es saludable repetirlo, mi jubilación es un pasar... si se le puede llamar pasar, porque está entre pasar y quedarse. Es un pasar muy pobrecito, bueno todas las jubilaciones son pobrecitas.
JULIANEZ. - Sí, porque las cajas andan mal.
DON VICTOR. - Sí, las cajas andan mal, claro... recaudar todos los meses ocasiona grandes gastos administrativos.
JULIANEZ. - Sí, recaudar tanta plata es tarea enredada y muy costosa.
DON VICTOR. - Bueno, por eso, mi pasar, como decía, es muy modesto, pero
me permite comer... no diré dos veces por día, pero me permite comer. Tampoco diré todos los días... tanto cómo eso no. Los jubilados comemos todos los días pares del mes, y los nones... nones, pero eso está bien. El Ministro de Salud Pública explicó que es saludable pera las personas de edad... no me quejo. Hasta allí, todo muy bien. Me cocino yo mismo, económicamente... un huesito... unos dedalitos, unas verduritas... pan y mate cocido, está bien. Para un jubilado es bastante.
JULIANEZ. - SI., para un jubilado es bastante.
DON VICTOR. - Por eso no me quejo pero hay otro aspecto de los jubilados; el de nuestro tiempo. A los jubilados se nos crea el problema de qué hacer con nuestro tiempo, por mi parte, las tertulias en el café de mi barrio me serían gratísimas. Creo que sería la manera ideal de matar las horas. . . entretanto las horas y las cajas nos matan a nosotros. . . Pero hay un pero. . . A veces encuentro quien me paga el cafecito que consumo, discretamente, sin hacerlo notar, elegantemente. Pero hay otros que se complacen en destacarlo, o en discutirlo delante del mozo, y esto, es mortificante, por eso, la mayoría de las veces, debo abstenerme de pasar por allí.
JULIANEZ. - ¡Usted se va de la cuestión!
SRA. JULIA. - (Vehemente.) ¡Sí, señor! ¡Se va de la cuestión!
JULIANEZ. - ¡Siga con la cuestión! Usted me trajo a mi casa una proposición.
DON VICTOR. - (Siempre risueño los tranquiliza con la mano.) ¡Voy a ir al asunto! No quiero detenerme, pero ya que usted quiso dar estado público a esta cuestión, este introito es necesario porque aclara muchas cosas. . . Decía que por esas razones debo privarme muchas veces de la tertulia en el café de mi barrio, pero si bien mis fuerzas físicas no me dan para salir nuevamente a buscar trabajo, mi mente está activa y despejada, y por lo tanto necesita de alguna distracción. ¿Es lógico o no lo es?
JULIANEZ. - Es lógico.
DON VICTOR. - Es lógico. Bueno, lo único gratis que hay es la plaza pública... pero el invierno y el mal tiempo no invitan a sentarse en la plaza... ¿Usted iría a sentarse en la plaza cuando llueve?
JULIANEZ. - ¡Por supuesto que no!
DON VICTOR. - Por supuesto que no... En cambio, las conferencias son gratis... y en local cerrado.
JULIANEZ. - (Tono opaco.) Claro...
DON VICTOR. - Entonces voy a cuantas conferencias se anuncian en los diarios. Son gratis, y resuelvo así la forma de matar dos horas. De paso, recibo alimento espiritual. . . que viene por el alimento de menos que recibe mi estómago. Escucho conferencias acerca de todo lo que venga sobre los temas más diversos. Literarias, científicas, filosóficas... sociológicas y políticas... y también teosóficas.
JULIANEZ. - (Siempre en tono opaco.) Está bien, pero no veo la relación.
DON VICTOR. - (Hace caso omiso de la interrupción.) Un amigo a quien yo le contaba esas cosas, me dijo: "¿Sabe, don Víctor, que, de paso, usted da un apoyo a los disertantes que tienen que hablar ante auditorios... en fin, ante auditorios muy reducidos?
JULIANEZ. - ¡Sigo sin entender qué relación tiene eso conmigo!
SRA. JULIA. - ¡No entendemos nada de lo que está diciendo!
DON VICTOR. - (Prosigue como si no hubiera oído.) Mi amigo siguió diciendo "Los conferenciantes generalmente invitan a sus parientes y amigos, sobre todo a aquellos que mantienen alguna situación de dependencia directa o indirecta. Pero si el hombre da muchas conferencias... los amigos se gastan y los parientes se aburren, y mi amigo agrego ¿..por qué no se organizan entre diez jubilados para constituirles a los disertantes un auditorio mínimo, mejor dicho, un auditorio básico?
JULIANEZ. - (Fastidiado.) Le repito que no veo la relación de lo que está diciendo con esto! ¡Yo no estoy en ese caso! ¡A mí no me faltan oyentes!
DON VICTOR. - (Siempre risueño, lo rectifica.) Perdón; no le faltarían oyentes si tratase temas de esos que interesan a la gente. . . si dijese cosas que la gente quiere escuchar. Si hablase, por ejemplo, de aplicaciones inmediatas de la energía nuclear, o de las relaciones cósmicas, o de la cinematografía moderna.
JULIANEZ. - (Altivo.) ¡Por supuesto, que no voy a ocuparme de lo que no me interesa a mí!
DON VICTOR. - Claro, usted no es hombre de atender los gustos de los públicos, ni seguir corrientes, ni hacer concesiones. . . perdone que me refiera a usted. . . Usted quiere hablar de lo que a usted le interesa, sin consultar el interés de los públicos mayoritarios.
JULIANEZ. - (Altivo.) ¡Es cierto, señor!
DON VICTOR. - Y está muy bien. Por eso hablando usted siempre de lo suyo, de lo que a usted le gusta hablar, en la Sociedad Calor tuvo en la sala solamente doce personas, en la Filantrópica, diez, y en el Ateneo del Estilo, siete.
JULIANEZ. - ¿Siete dice usted? . . . Me parece que en el Ateneo del Estilo había más.
SRA. JULIA. - (Categórica.) ¡Eran más! ... (Transición.) ... ¡Por lo menos nueve!
DON VICTOR. - No, señor. Eramos siete, cuatro de ellos, jubilados.
JULIANEZ. (Irónico.) Veo que ha observado usted muy atentamente la concurrencia a mis actos!
DON VICTOR. - Sí, señor. Y me dio pena que dijese usted sus conferencias tan sesudas, tan medulosas y bien dichas, ante tan poca gente. Por ejemplo, promediando su anterior disertación, aquella frase suya, tan bonita, dicha en tono levantado, como usted la dijo. . . esa que rubricaba un pensamiento con estas palabras. . . espere. . . espere. . . con estas palabras: "¡Hombres y mujeres, apenas somos al fin, hijos de hombres y mujeres!" Pues bien, esa frase merecía levantar una ovación en la sala, pero éramos tan pocos los de la platea y los hombres reunidos, cuando somos pocos nunca aplaudimos ni reprobamos nada. . . (Transición.) Bueno, por todo eso, como se lo expuse a usted en su casa, nos organizamos.
JULIANEZ. - ¡Diga! ¡Diga eso de la organización y descúbrase al fin!
SRA. JULIA. - ¡Diga lo que vino a proponer! ¡Déjese de andar por las ramas y diga lo que vino a proponer!
DON VICTOR. Sí, señores a eso iba. . . nos hemos organizado entre diez jubilados, para asistir a las conferencias, con un sentido de participación y de colaboración con el orador.
JULIANEZ. - No piense usted que son tantas como para gravitar.
DON VICTOR. - Sí, señor. Diez jubilados somos mucho, teniendo en cuenta que apoyaríamos con nuestra presencia disimulada actos que promueven el interés de muy poca gente realmente interesada en escucharlos. Actos que, sin nosotros, no pasarían en concurrencia de media docena de personas, incluyendo al orador.
JULIANEZ. - Diga usted qué traía la finalidad de cobrar por asistir a los actos!
SRA. JULIA. - ¡Eso! ¡Diga usted que vino a pedir dinero!
JULIANEZ. - Usted traía la pretensión de que se le pagara por concurrir
DON VICTOR. - ¡No es exactamente eso, señor! No se puede llamar cobrar. La finalidad era producir un intercambio. Claro está, había un precio, pero con sentido de canje.
JULIANEZ. - ¡Sí, de canje por dinero!
DON VICTOR. - Cuando le propuse el canje, usted se asustó, y me dijo; "No me va a decir que también ustedes los jubilados quieren pronunciar conferencias". . . Yo lo tranquilicé al respecto y le dije que los jubilados organizados queríamos sencillamente, por haber escuchado lo que no nos interesa, obtener los medios para escuchar y ver aquello que nos interesa..
JULIANEZ. - Es lo mismo, ¡usted pidió dinero!
DON VICTOR. (Haciendo caso omiso de la interrupción.) Y lo que nos interesa realmente a los jubilados, en casi todos los casos, salvo gusto de cada uno, claro está, son las películas de vaqueros, de pistoleros o de aventuras interplanetarias.
JULIANEZ. - ¡Usted puso un precio!
DON VICTOR. ...y cómo andaríamos en esta época canjeando trigo por ovejas y la divisa monetaria soluciona los canjes, le dije que el mecanismo más práctico sería abonarnos, por jubilados y por conferencia, el importe equivalente al de una entrada de cine, esto es a veinticinco pesos por cabeza, números redondos, doscientos cincuenta pesos en total. ¡Y reconozca usted que es barato, que en publicidad podría gastar mucho más, con el riesgo de que la publicidad no le trajese diez oyentes seguros. . . diez oyentes como fierro!
JULIANEZ. -- Le invito a que llamemos las cosas por su nombre! ¡Usted vino a proponerme un servicio de "clacqueurs" como le dicen los franceses!
DON VICTOR. ...y también los criollos, por no decir señuelos. Pero no era exactamente eso, señor. La función de los señuelos es promover la aprobación de un auditorio, espontáneo, digamos así, si es que ese auditorio existe! Nuestra acción, en cambio, constituiría un público, ¡sin nosotros inexistente!
JULIANEZ. - (Categórico.) Y yo rechacé de plano su propuesta, ¡porque sus servicios no me interesaban, no podían interesarme! ¡Yo realizo mis conferencias al servicio de la cultura, ante auditorios, si bien reducidos, como usted lo ha notado, selectos y auténticos. ¡Y su representación numérica me tiene sin cuidado! ¡Así se lo expresé a Ud. en mi casa!
DON VICTOR. - Era lógico. .. Usted consideró de buena circunstancia enojarse y rechazar de plano mi ofrecimiento, pero yo le pregunto ahora ¿Ha pronunciado usted alguna vez una conferencia ante un público de veras?
JULIANEZ. - ¡No le permito, señor!
DON VICTOR. Quiero decir, ¿ante un público multitudinario, realmente interesado en escucharle?...
JULIANEZ. - (Repite.) ¡No le permito, señor!
DON VICTOR. - (Sin interrumpirle y siempre risueño.) ¡No se enoje! Se lo dice un hombre de casi sesenta años, que supo incubar en sí, todas las ilusiones que caben en un hombre ambicioso, estoy casi seguro que usted nunca habló ante un público auténtico... No digo el que pueden formar los parientes y los amigos. Los públicos también son fuertes y débiles. Su fuerza radica en la conjunción de dos cosas. Número y autenticidad, Si son pocos, carecen de fuerza para constituir esa maravillosa coincidencia de los hombres... si son muchos, pero han ido a la plaza pública inconscientemente tampoco establecen la coincidencia... el público es una bestia pacífica, como lo es el león del jardín zoológico, que con toda su mansedumbre, no deja de ser león..
JULIANEZ. - ¡Repito que se sale usted de la cuestión! ¡Que yo rechacé terminantemente los servicios que vino a ofrecerme, y entonces entró usted en el terreno de las amenazas!
DON VICTOR. - (Sonriente.) ¡Si yo soy incapaz de amenazar!
SRA. JULIA. - ¡Nos amenazó con sabotear este acto! ¡Y lo estuvo haciendo!
DON VICTOR. - Usted me dijo: "Puede usted escoger otras conferencias que no sean las mías para realizar... su adhesión de jubilados"
JULIANEZ. - Efectivamente. Y usted me contestó: "¡Se equivoca, señor! ¡Iremos igualmente a todas las conferencias que usted pronuncie!
DON VICTOR. - ¡Claro! Los jubilados tenemos que matar el tiempo de alguna forma... y en local cerrado, por lo menos, hasta que llega el verano, en local cerrado.
JULIANEZ. - ¡Eso corre por cuenta de ustedes! ¡Pero me amenazó
con concurrir a perturbar! -
DON VICTOR. - No, señor, ¡Yo no dije eso!
JULIANEZ. ¡Usted habló de tosecitas y de crujidos de butaca!
DON VICTOR. - ¿y que cosa mas natural y mas lógica, que el carraspeo de diez viejitos jubilados?
JULIANEZ. - Usted habló de dormirse en las butacas durante mi disertación.
DON VICTOR. - ¿Y quién nos reprocharía, a nuestra edad, por dormimos blanda y dulcemente arrullados por una larga disertación?
JULIANEZ. - También habló de irse, abandonando la sala, uno por vez, en mitad de la conferencia.
DON VICTOR. - ¿Y a quién le extrañaría que un anciano se fatigue de escuchar si hay conferencias que fatigan al más estoico de los oyentes?
JULIANEZ. - ¡Usted admite que ha organizado una confabulación en contra de la normalidad de este acto!
SRA. JULIA. - ¡Es un complot! ¡Ese señor lo ha reconocido! ¡Lo ha confesado! ¡Es un complot!
JULIANEZ. - ¡Por todo lo que usted ha reconocido, lo acuso de perturbación y eso configura un agravio a la libertad de expresión!
DON VICTOR. - Entendámonos primero. ¿Qué es para usted la libertad de expresión?
JULIANEZ. - ¡La de pronunciar mi conferencia sin obstáculos!
DON VICTOR. ¿Y quién se lo impide?
JULIANEZ. ¡Un grupo por usted capitaneado que perturba al resto del auditorio!
DON VICTOR. ¿Qué resto del auditorio?... ¡Aquí no hay auditorio restante! Todos estos espectadores han venido a ver la farsa de Ferretti y no a escucharlo a usted! Los que vinimos por su conferencia somos... espere... (Pasa la mirada por la platea.) se lo voy a decir con precisión... somos exactamente ocho, incluyendo a su señora, y al señor presidente de A.A.L.I. que, dado a su cargo, tiene que quedarse escuchándole. Ocho... sin contar a un señor en el fondo de la sala que está tomando nota taquigráfica de lo que dice... (Transición.) ¡Entonces, empecemos por allí: que el auditorio presente no es suyo!
JULIANEZ. - ¡No entiendo esa discriminación capciosa que hace usted del público presente! ¡Y repito que usted está dirigiendo un movimiento cuyos m6viles son alterar el orden de este acto! (La señora Julia reanuda sus protestas: "¡Es un complot!... ¡es una vergüenza! ")
PRESIDENTE. - (Sube nuevamente al estrado, con dignidad altisonante.) ¡Como presidente de esta entidad de bien público, declaro que habré de tomar medidas categóricas en caso de que alguien se proponga alguna acción perturbadora de esta sección cultural! ¡Inclusive, si fuera necesario, llegaría a pedir intervención a la fuerza pública!
SRA. JULIA. - ¡Es lo que corresponde! ¡Debiera haber policía aquí!
DON VICTOR. - (Siempre sonriente.) ¡Y siempre la hay, señora! ¡Esté tranquila al respecto! ¡El señor que toma notas taquigráficas en el fondo de la sala, y que viene a todas las conferencias, seguramente es de la policía!
PRESIDENTE. - (Mismo tono anterior.) ¡Si hay en la sala algún representante de la autoridad, le pido que se identifique de inmediato, para asegurar el normal desarrollo de este acto que la entidad realiza con todos los recaudos tomados y previa licencia avalada en la responsabilidad jurídica de la institución!
POLICÍA. - (De particular, avanza de atrás a medio pasillo.) ¿Qué pasa aquí, señores?
PRESIDENTE. - El señor disertante ha denunciado.
POLICÍA. - Señores, he observado que aquí, hasta este momento, quienes lo están alterando son los del estrado; sigan mejor sin pedir procedimiento policial... ¡que después el procedimiento viene, y se quejan porque vino!
JULIANEZ. - (Por otro jubilado que se levanta para marcharse por el pasillo.) ¡Ese hombre que sale también está complotado! ¡Ese hombre también está complotado! (Coreado por la señora Julia.)
POLICÍA. - (Al que sale, autoritario.) ¿Adónde va usted? (Jubilado III le contesta hablándole al o/do.)
JULIANEZ. - ¡No, señor, que exponga de viva voz los motivos por los cuales se retira de la sala (Coreado por la señora Julia.)
JUBILADO III. - (Casi gritando.) ¡Si quiere se lo digo de viva voz! ¡Voy al baño! ¿Tengo o no tengo derecho de hacerlo?
ALGUIEN. - (Gritando.) ¡Estamos en un estado de derecho!
OTRO. - (Idem.) ¡No hay derecho!
ALGUIEN. - ¿Cómo que no hay derecho?
EL OTRO. - ¡Dije que no hay derecho a detener en el pasillo a un espectador que quiere retirarse!
POLICÍA. - ¡Oiga! ¡Aquí no se detuvo a nadie! ¡El señor no fue detenido!
EL OTRO. - ¡Bueno, pero fue "demorado"!
POLICÍA. - Tampoco fue demorado. ¡Simplemente fue entretenido que es en la escala, menos que demorado!
JUBILADO III. - (Enojado, al disertante.) Podría agregar que tengo salir en busca de un baño gracias a la lata de su conferencia, pero mejor...
POLICÍA. - ¡Siga!... ¡Váyase! (Sale Jubilado III por el pasillo.)
SRA. JULIA. - (Denuncia a gritos a otro Jubilado que se levanta para irse.) ¡Ese es otro confabulado! ¡Ese es otro confabulado!
POLICÍA. - (A Jubilado, ya en el pasillo.) ¿Usted también va al baño?
JUBILADO IV. - Señor, yo entré aquí para hacer tiempo,... Mi mujer me espera en la puerta de la peluquería. ¿Acaso el hecho de haber entrado me priva el derecho de salir cuando me plazca?
ALGUIEN. - (Gritando.) ¡No hay derecho!
EL OTRO. - ¡Digo que no esta bien hacerse escuchar por la fuerza!
PRESIDENTE. - (Siempre desde el estrado, fuerte para hacerse oír) ¡Lo que está en juego aquí, señores, es la libertad de expresión!
SRA. JULIA. - (A gritos.) ¡Sí, señores, la libertad de expresión! ¡El señor presidente de A.A.L.l. y el disertante han denunciado un agravio a la libertad de expresión, y se quedan todos indiferentes! ¿En qué país vivimos?
DON VICTOR. - ¡No, señora, está en juego la libertad de no escuchar, que es otra forma de la libertad! ¿Acaso estamos aquí compelidos por la fuerza? Nadie discute la libertad de hablar, pero que no se coarte la libertad de retirarnos si nos place, ¡eso planteo yo! ¿Por qué está ese señor demorado o entretenido en la mitad del pasillo?
ALGUIEN. - ¡Eso no está bien! ¡Qué lo largue!
VARIOS. - ¡Que lo largue! ¡Que lo largue!
SRA. JULIA. - (Simultáneamente.) ¿Ante un agravio a la libertad de expresión nadie se conmueve? ¿Nadie se levanta? ¿Nadie salta del asiento para defenderla?
VARIOS. - (Simultáneamente.) ¡Que lo largue! ¡Que lo largue!
POLICÍA. - (Enérgico.) ¡Un momento, señores! ¡Cállese usted señora! ¡Y usted también, cállese un poco!... ¡Aquí se está tocando demasiado la libertad de expresión! ¡El asunto está de moda, pero a mi me resulta una cacerola con el mango caliente! ¡No tengo ningún interés en que mañana se baraje mi nombre en el parlamento!
ALGUIEN. - ¡No se preocupe por el parlamento! ¡No pincha ni corta!
POLICÍA. - (Al orador del escenario.) ¿Qué clase de procedimiento es el que esperaba usted hoy? ¿Pretende que contenga al público sentado en las butacas? ¡Sépalo! ¡Eso no puede ser!... ¡Podrían hacerme una cuestión por apremios ilegales y teniendo en cuenta que se trata de escuchar su conferencia, podría configurar en cierto modo una tortura en forma corporal!
ALGUIEN. - ¡Eso es antidemocrático!
OTRO. - ¡No se puede retener a la fuerza! ¡No hay derecho!
VARIOS. - (A gritos.) ¡No hay derecho. ! ¡Hay derecho! ¿Y el estado de derecho? ¡Las izquierdas también tienen derecho! ¿Qué tiene que ver el
derecho con las izquierdas? ¡No hay derecho! ¡Sí hay derecho!
JULIANEZ. - (Desde el escenario, espectacularmente.) ¡Deje, señor policía!... ¡Deje usted! ¡Deje usted marcharse a ese hombre!... ¡Declino toda cuestión!... ¡Deje usted marcharse a todo aquél que se quiera retirar!... ¡Nadie debe quedarse aquí en contra de su voluntad!
JUBILADO IV. - (Indignado.) ¡Eso sí está bueno! ¡Yo no quiero ni necesito gracia de nadie para retirarme de este local! ¡Quiero irme sin la anuencia de usted ni de nadie!
POLICÍA. - (A Juliánez.) ¡Oiga! ¿En qué quedamos? ¿Se cree que la policía está a su disposición para que la llame y desista, a capricho? ¿Por qué no lo pensó antes? (Vehemencia creciente.) ¡Y sepa usted que yo no he demorado en el pasillo a este señor, ni lo haría con nadie! ¡No encuentro nada de anormal en que la gente abandone la sala durante su conferencia! ¡Más, le diría que me parece el hecho más natural del mundo!
JULIANEZ. - ¡Protesto! ¡Está formulando una apreciación crítica sobre mi disertación, y usted no es quién para hacerla!
POLICÍA. - (Reacciona.) ¿Cómo que no soy quién?... ¿que no soy quién para juzgar su conferencia?... ¡Sepa que es mi función de muchos años tomar notas de conferencias todos los días, y he escuchado tantas que puedo juzgarlas como el que más! ¡Y en ciertos casos me parece más lógico abandonar la sala que aguantarías!... ¡Los que pueden hacerlo, ya que yo tengo que quedarme hasta el final! (El Presidente de A.A.L.I., en gesto inconsciente aprobó con la cabeza y su rostro sufrido.)
JULIANEZ. - ¡Es que en este caso, los que abandonan la sala pretendieron hacerse pagar por quedarse!
POLICÍA. - ¡También me parece lógico hacerse pagar por escucharle a usted! A mi me pagan por estar aquí y se me hace muy pesado, ¿sabe?
JULIANEZ. - ¡Reitero mi protesta! ¡Su condición de policía lo inhabilita para juzgar el contenido de mis discursos!
POLICÍA. - (Agresivo.) ¿Qué me inhabilita?... ¡Explíquese! ¿Qué quiere decir con eso de mi "condición de policía"?
JULIANEZ. - ¡Quiero decir que la naturaleza de su función está distante de los quehaceres intelectuales!
POLICÍA. (Enérgico.) ¡No diga tonterías, ¿quiere? ¡Sepa usted que la naturaleza de nuestro trabajo nos obliga a tomar contacto con los delincuentes! ¡Nuestra profesión no nos permite ignorar a los delincuentes como se da el lujo de ignorarlos la gente de la honrada burguesía! ¡Tenemos la obligación profesional de conocerlos a fondo, y para nuestro mejor desempeño, terminamos pareciéndonos a ellos!... ¡Todo en nombre del oficio!.. ¡Del bendito oficio de cada uno!... ¡De allí la insalubridad moral de nuestro trabajo!
JULIANEZ. - ¿Y qué tiene que ver esto con los delincuentes?
POLICÍA. - ¡Tiene que ver! ¡A mí me ha tocado tomar notas, por cuenta del gobierno, de sus conferencias y de todas las que se pronuncian y ese trabajo es también insalubre, al igual que mis colegas en delincuentes, yo me he capacitado en conferencias. . . y se lo voy a decir: ¡las suyas son latas espantosas! ¡Envidio a los que pueden levantarse y mandarse a mudar! El otro día usted, que no se cansa de hablar dijo en la Sociedad Calor, este
disparate sin igual entre todos los que he escuchado en mi vida:
"la estética, en la forma sublimada de la poesía, deja de ser estética".
¡Sólo por tamaña barbaridad tuve ganas de meterlo preso!... No lo hice porque no faltarían quienes invocaran la bendita libertad de expresión!
(Reacción.) ¡Y no aguanto más esto! ¡Aunque a mí me pagan por estar aquí, me marcho, para no seguir escuchando disparates! (Mandándose a mudar por el pasillo.) ¡Se lo voy a decir al jefe de policía! No hay derecho, por cuatro garbanzos aguantar tanta cosa... (Salió.)
P R E Sí DE NTE. - (Levanta los brazos reclamando atención.) ¡Señores!... ¡Señores! ¡Estamos ramificando un conflicto que no tiene razón de existir! ¡Vamos a poner un poco de orden en esto y pasemos a resolver la continuación o no continuación de este acto! El mejor procedimiento será determinar si el público desea o no desea seguir escuchando la disertación del escritor, autor y pensador, señor Julio Juliánez. Debemos determinar quiénes vinieron por la conferencia y quiénes vinieron a ver una farsa. Ruego a los presentes tengan a bien expresarlo. Entonces, hagan el obsequio de levantar la mano las personas interesadas en seguir escuchando la conferencia titulada: "La cultura embellece a los obreros barbudos" (Pausa, levanta el brazo bien alto la Señora Julia. También lo hace Don Víctor.)... ¡Son solamente dos!
DON VICTOR. - (Volviendo a levantarse.) ¡Pero a mí no me cuente señor presidente, porque me puedo retirar antes del final!
PRESIDENTE. - En cierta forma nos hemos quedado sin quórum, puesto que los del estrado somos dos, y usted, señora no constituye la mitad más uno de dos. Señores, queda cancelada la conferencia de hoy, y por lo tanto, declaro terminado este acto! ¡Deseo muy buenas noches a todos y muchas gracias! (Va cerrándose el telón, dando tiempo apenas a la Señora Julia a subir al escenario con su marido, protestando a gritos: "¡Esto es una vergüenza!... ¡Esto fue un atentado!... ¡Esto fue un complot!...")
TELÓN