Las notas de Daphne sobre IRUYA, Noroeste Argentina
IRUYA
La primera vez que visité el pueblo montañoso de Iruya donde viene mi marido, en el noroeste de los Andes de Argentina, no muy lejos de la frontera con Bolivia, era como volver en la historia a para de cientos de años.
Tenía una población estable de unos 500, está envuelto totalmente por montañas y se encuentra a unos 3.300 metros sobre el nivel del mar, y hay un sólo camino tortuoso, que sube y baja para llegar hasta allí, llegando en un punto a 4,400 metros. Entonces el pueblo tenía una canilla en común en el centro, baños e inodoros no existían, - el inodoro era un agujero tapado con un cajón de madera, que caía derechito a la playa del río unos doscientos más abajo con las gallinas corriendo alrededor.
La gente cocinaba sobre fuegos abiertos o en hornos de barro, las mujeres lavaban la ropa en el río, y aún hoy, llevan los bebes en la espalda envuelto en varios ponchos. A juzgar por las calles empiñadas este es de veras la mejor manera de transportar a los niños chiquitos. El medio más común de transporte entonces era por lomo de burro y de llama, la mayoría de las calles siendo más aptos para este tipo de animales.
La gente tenía huertas más arriba en las montañas, en la meseta, donde a duras penas consiguen el sustento de la tierra gris y rocosa. Asombrosamente consiguen enormes porotos, arvejas, maíz de colores, una variedad de papas, colorados según el mineral dominante de la zona. Y duraznos pequeños pero muy dulces. Tienen cabras, ovejas, vacas flacas. Pero como no tenían electricidad más que por dos horas diarias y algo más los días de fiesta, no tuvieron heladeras. Por lo tanto, la carne fue traída al pueblo seco y puesto sobre las lomas de los burros, la sangre habiendo sido previamente drenada en lugares especiales para nutrir la tierra.
Muchos de los pueblerinos habrían vivido la vida entera ahí. En ese entonces había en el pueblo una sola escuela primaria, una capilla y una almacén de ramas generales. Ahora, veinte años más tarde hay dos escuelas primarias, una secundaria con su propio “campo de deportes”. En la cima del pueblo hoy día hay un hotel de tres estrellas con calefacción central y muy confortable, donde sirven un excelente té con pastelería regional. Hay además un salón de fiestas, una oficina de teléfono público con una maquina de fax, ( ¡aunque no vi computadoras!) Mucha gente tiene inodoros ahora a algunos hasta con baño completo, y hasta algunas casas tienen energía solar. Hay una antena colectiva de televisión que recibe un canal nacional a la vez. Las camionetas y vehículos de tracción 4X4, están cada vez más reemplazando a los burros aunque en la cercanía no hay donde cargarles combustible. Y para los que aún dependen de los burros, durante parte del año no hay tierras de pastos. Sin embargo aquí en la costa a más de dos mil Km. De distancia, debo cortar el pasto de mi jardín de ciudad dos o tres veces por mes en primavera y verano, y no tengo uso para la gran bolsa de recortes.
Uno de los sobrinos de mi marido es maestro en una escuela primaria de un pueblito aún más arriba Pueblo Viejo, donde viven quizás, 50 personas en forma permanente. Y donde están muchos de las huertas. La escuela tiene dos aulas para un total de unos 20 chicos que vienen de familias dispersas sobre las montañas alrededor, pero que nunca faltan un día de clase. Los niños estaban muy orgullosos de mostrarnos los carteles que habían hechos de las plantas medicinales de los alrededores y sus usos. El maestro se levanta a las 6.30 todos los días de clases, corre abajo hacía el lecho rocoso del río, corre un largo trecho por el lecho, para desaparecer cuesta arriba por un senderito de cabras, y llega a la escuela dos horas después de haber partido. Se dedica la mañana a dar clases, grados 1 a 4 en una aula, y 5 a 7 en la otra con otra maestra, descansa un rato a la tarde y luego y regresa a Iruya.
Nosotros fuimos llevados por un camino más largo en un vehículo, nos mostraron como se mantienen las huertas, y el sistema de irrigación alimentado por un pequeño manantial. Nos presentaron a una señora, de apariencia tan vieja como las montañas mismas, pero de perfecta audición, vista, memoria y salud, quien pasaba sus días de sol a sol trabajando en un telar, totalmente hecho a mano, al aire libre, donde hacía gran parte de las telas que necesitaban los residentes, de pelo de cabra o lana de llama.
En un momento mi marido, sugirió que visitamos el cementerio de pueblo. Mirando alrededor sin ver más que las pocas casas, las muy cuidadas huertas, y montañas, le pregunté donde estaba. Él me indicó un estrechito caminito que subía y me dijo que estaba ahí. Convencida que me estaba tomando los pelos, ( ¡como llevan los ataúdes por ahí!) le seguí con muy pocas ganas. Trepamos ciento y pico de metros, y ahí estaba, un pequeño cementerio cuidado con obvio amor. Yo hice algún comentario sobre el número de pequeños tumbas que había, y mi cuñado que nos había acompañado me decía que eran de los Ángeles, niños llevados al nacer o poco después, que la vida era dura ahí en las alturas, la naturaleza sabe que sólo puede alimentar tantas bocas, y la gente no tiene otro cosa que hacer al caer la noche que fabricar más bebés. Los que sobreviven suelen vivir muchos años, con tal que no caen borracho por un precipicio.
Esta es la sabiduría de una sociedad no dedicada al consumismo: Más información sobre la Pcia., de Salta www.turismosalta.com
Escrito por Daphne: daphne@speedy.com.ar
IRUYA segunda parte
Los festejos del festival de Nuestra Señora de los Milagros
Este festival se hace todos los años en el primer fin de semana de octubre, y representa el continuo lucho del bien contra el mal, y una lucha simbolica para obtener alimentos. Durante los tres días, que dura el festival andan rondando los "Cachis", seres montruosos que atormentan grandes y chicos por igual. Luego son corrido por el pueblo por el desfile de la Virgin con sus seguidores los fieles, y el festival termina con una misa, y fogones y fuegos para ayuntar los males espiritus.
La gente presente para los festejos había llegada desde cientos de kilómetros de alrededor, dispersas normalmente por las montañas, y había un mercado puesto en el lecho casi seco del río, donde se podía comprar de todo desde un pañuelo de seda a productos de la zona, pasando por muebles y otros artefactos de hogar. Dicen que este río es un torrente después de los deshielos de la primavera, que lleva y deja de todo.
Después de los festejos, nos quedamos un par de días más mirando como los viajeros cargaban lo que no vendían, o que compraron, a los lomos de los burros, a sus camiones, camionetas, tractores o simplemente a pie como la mayoría para regresar de donde habían venido. El hotel en la cima era para turistas, nosotros habíamos quedado con familiares y creo que vimos mucho más de las costumbres del pueblo que lo habría hecho un turista. Como la cantante animando una reunión privada, que logró atraer la presencia de gran cantidad de pueblerinos al patio del anfitrión. Como las veces que tuve que pasar encima de otro borracho más que habían caído dormido de la silla en que había estado sentado. Como las oraciones y ceremonia para matar un animal para el consumo de la familia.
El día que lugares como Iruya tiene cadenas de supermercados, casas de comidas rápidas y una base para helicópteros, habrán perdido para siempre la calidad de “únicos”
Últimamente he llegado a saber que el pueblo tiene acceso a Internet principalmente en la escuela segundaria,