
El
Romanticismo fue muchas cosas a la vez: un movimiento filosófico (más cercano al
Romanticismo alemán), un sentimiento
popular (similar a los sentimientos desatados durante el
Romanticismo francés inmediatamente
posterior a la Revolución Francesa), una tendencia literaria (como se observa en
el
Romanticismo inglés sin ninguna duda) y un
estilo artístico. De país a país varió enormemente en sus manifestaciones. La
aparición del Romanticismo en España vino condicionada por factores extranjeros
y nacionales. Entre los extranjeros se cuenta el auge de la burguesía, con la
valoración que esta clase social daba al individuo y la subjetividad, puesto que
era una clase que se había hecho a sí misma frente al dominio de la
aristocracia. La burguesía acarreaba una ideología propia, el liberalismo, así
como un sentimiento político muy determinado, el nacionalismo. El Romanticismo
en general se define, pues, como un arte burgués: dependiente del individuo,
subjetivo, orientado a los valores de la propia nación que se buscan en el
pasado. A través de este hilo pasamos a los factores nacionales que configuraron
el Romanticismo español: existe un romanticismo popular, más como un sentimiento
que como un sistema de pensamiento. Éste vino determinado por la invasión de
España por las tropas napoleónicas. La Guerra de Independencia española fue la
primera guerra romántica de la Historia, llevada a cabo por el pueblo,
organizado espontáneamente en guerrillas para combatir al invasor extranjero.
Curiosamente, este deseo de defender la patria frente al extranjero era una idea
inculcada precisamente por el enemigo, Francia, la Ilustración y el propio
Napoleón, que utilizaron este principio para potenciar su propia fuerza, y al
transmitirlo a los territorios conquistados sentaron las bases de la rebelión.
Ese romanticismo popular es de fecha temprana, idealista, liberal y produjo la
primera Constitución española, promulgada en Cádiz en 1812. El mejor retratista
de la época y sus intenciones fue
Goya, el primer pintor romántico español.
Por contra, existe un romanticismo histórico como movimiento intelectual
definitorio del segundo tercio del siglo XIX, encaminado a exaltar los valores
nacionales, que se buscan en el pasado español, concretamente en el Siglo de
Oro, el cenit de la cultura y el genio español. A éstos se unieron los valores
extraídos del
Neoclasicismo español, valores implantados
directamente desde la Ilustración francesa, como la educación, la cultura
popular, etc. Por último, en el romanticismo histórico se dejó sentir el eco del
liberalismo europeo, que entonces constituía la vanguardia del progreso frente a
las tendencias restauradoras que pretendían reconstruir el Antiguo Régimen, como
de hecho se hizo al restaurar a Fernando VII en el trono tras la expulsión de
José Bonaparte. Respecto a la pintura, existieron tres focos importantes de
Romanticismo: Andalucía, Madrid y Cataluña. En Andalucía existía desde antiguo
una importante tradición comercial y cosmopolita, a través de sus puertos
atlánticos. En Sevilla y Cádiz se asentaba una gran colonia extranjera,
especialmente de diplomáticos británicos y sus familias, lo cual determinó la
producción pictórica en gran medida: por un lado, introdujeron el intimismo
característico de su retrato romántico. Cuando las familias extranjeras deseaban
ser retratadas en España, lo hacían vestidas con trajes típicos españoles o con
motivos típicos al fondo, como la Giralda o la Alhambra... Esto determinó el
auge del cuadrito-souvenir, una producción casi industrial, de baja calidad y
dedicada a temas folklóricos de romerías, bandoleros, gitanos, etc. El estilo
terminó por estancarse y los pintores con alguna inquietud hubieron de emigrar a
Madrid, como fue el caso de los hermanos Bécquer: Gustavo Adolfo, el famoso
escritor romántico, y su hermano
Valeriano, pintor. En Madrid, segundo foco
de pintura romántica, el predominio de la Academia marca el estilo, por ejemplo
en
Gutiérrez de la Vega o
Esquivel, con el panorama de lo oficial
absolutamente dominado por la figura de Federico de Madrazo. La pintura
madrileña estuvo por otro lado muy relacionada con la literatura y son
frecuentes los retratos colectivos (ver
Reunión de poetas) de pintores y
escritores que se reunían en casas de ricos burgueses para celebrar tertulias
artísticas. La única vía de escape a este arte establecido con rigor lo
constituyó el costumbrismo, que se fija en los usos cotidianos de los ciudadanos
madrileños.
Leonardo Alenza cultivó el costumbrismo a
la manera goyesca, imitando deliberadamente su estilo, aunque con una
truculencia y una escasez de medios que le alejan del maestro aragonés.
Eugenio Lucas, por contra, practicó un
costumbrismo más decorativo y adecuado para adornar un salón burgués. Respecto a
la pintura de paisaje, también convivieron dos tendencias, la imaginaria, que
recreaba fantásticos paisajes como hiciera
Pérez Villaamil, y la documental, con una
intención cientifista que lo aproximaba al paisajismo británico
neoclásico. Por último, Cataluña era una
región floreciente, plagada de ricos comerciantes e industriales que desean
retratar su vida y sus valores familiares. Aquí el retrato particular alcanzó un
esplendor que no se igualó en el resto de España. También es de destacar la
Escuela de la Lonja en Cataluña, un experimento comunitario de un grupo de
pintores que pretendían recuperar la pureza del dibujo y el tema, a la manera de
los
nazarenos del Romanticismo alemán.
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