Devociones para Cuaresma
Del libro Manna, de Carl Manthey Zorn
La semana de Invocabit (Primer domingo de la Cuaresma)
La semana de Reminiscere (Segundo domingo de la Cuaresma)
La semana de Oculi (Tercer domingo de la Cuaresma)
La semana de Laetare (El cuarto domingo de la Cuaresma)
La semana de Judica (El quinto domingo de la Cuaresma)
Semana Santa (Domingo de Ramos, el sexto domingo de Cuaresma)
He aquí, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte. Le entregarán a los gentiles para que se burlen de él, le azoten y le crucifiquen; pero al tercer día resucitará.
(Mateo 20:18-19)
Por tres años el Señor Jesús había
atravesado la tierra judía junto con sus discípulos, predicando y enseñando a sus habitantes,
haciendo señales y milagros ante sus ojos para demostrar que era el Mesías prometido y el Salvador
del mundo. Ahora él y sus discípulos estaban en camino a Jerusalén para celebrar aquella Pascua
en la cual él, el eterno Sumo Sacerdote, se ofrecería en pago por los pecados de este mundo. Caminaba
delante de los discípulos y ellos siguieron asombrados y llenos de miedo, porque conocían la amarga
enemistad de los fariseos, los maestros de la ley y el Sinedrio contra Jesús. Además, les acababa
de recordar una vez más su profecía enigmática anterior acerca del destino que le esperaba
en Jerusalén.
Al viajar a Jerusalén,
junto con un sinnúmero de otros peregrinos que iban a la fiesta, Jesús tomó aparte a los doce
y les dijo: “He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas que fueron escritas
por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido,
injuriado y escupido. Después que le hayan azotado, le matarán; pero al tercer día resucitará.”
(Lucas18). Aunque Jesús hablaba de profecías bien conocidas del Antiguo Testamento acerca del Mesías,
Lucas informa que sus discípulos “no entendían nada de esto.” La razón fue que los judíos
del tiempo de Jesús tenían ideas totalmente diferentes acerca de cuál sería el papel
del Mesías, porque pensaban que haría a los judíos gobernantes del mundo entero. Esto explica
la confusión y el temor de los discípulos, que con esta idea no entendían las palabras de
Jesús. Pocos días después, lo que ahora era profecía se convertiría en una horrible
realidad para ellos.
Querido cristiano, hoy entramos
en lo que la iglesia ha llegado a llamar la Cuaresma, el tiempo de la pasión. Ha sido una costumbre de larga
duración repasar y contemplar los sufrimientos y la muerte de nuestro Señor durante esta estación.
Nuestra intención es seguir la narrativa bíblica de lo que Jesús hizo, sufrió y dijo
durante la Semana Santa. ¡Qué nuestro Salvador en su misericordia bendiga estas devociones, de modo
que entendamos correctamente sus sufrimientos y muerte y estemos agradecidos porque él, el Cordero de Dios,
pagó la pena de nuestros pecados y los del mundo entero en la cruz! ¡Qué nos conceda que nosotros
lo abracemos como nuestro Salvador y Redentor con verdadero arrepentimiento y fe para que quedemos unidos con él
en la vida y en la muerte! ¡Qué nos conceda este favor por causa de su propio sufrimiento y muerte
en nuestro beneficio! Amén.
Ella ha hecho lo que podía, porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. (Marcos 14:8)
Seis días antes del domingo de la Pascua Jesús llegó a Betania, el pueblo de Lázaro, a quién Jesús había resucitado de los muertos no mucho antes de este tiempo. Allí se le preparó a él y a sus discípulos una cena en la casa de Simón el leproso. Marta, la hermana de Lázaro, servía la cena, y Lázaro también estaba presente. En esa cena María, la hermana de Lázaro y Marta, tomó una vasija de alabastro de perfume muy caro, del que normalmente se usaban solamente pocas gotas, y quebró su angosto cuello. Derramó el ungüento sobre la cabeza y los pies de Jesús y secó sus pies con su cabello, llenando toda la casa con la fragancia de ese ungüento.
Uno de los discípulos
de Jesús, Judas Iscariote, hijo de Simón, el que traicionó a Jesús, dijo: “¿Por
qué no fue vendido este perfume por trescientos denarios y dado a los pobres?” No lo dijo porque le importaran
los pobres sino porque era ladrón; como tesorero sustraía de la bolsa de dinero y lo usaba para sus
propios fines. Sin embargo, su objeción influenció a algunos de los demás discípulos
y ellos también murmuraron contra María diciendo: “Podría haberse vendido este perfume por
más de trescientos denarios y haberse dado a los pobres.”
¿Cómo debemos
considerar la acción de María? Con notable amor, que nació de una fe firme en Jesús
su Salvador, ella preparó su cuerpo para la sepultura que iba a suceder una semana después. Ésta
es la interpretación que el Señor dio a esa acción. No podemos decir si fue sólo un
acto impulsivo de su gran amor o si ella tuvo un presentimiento de su muerte. En todo caso, sabemos que fue un
oyente tranquilo, receptivo cuando Jesús hablaba, y tales almas tranquilas, cuando son bendecidas por la
gracia de Dios, con frecuencia perciben su verdad con más rapidez que otros, los cuales actuando sobre la
base de opiniones preconcebidas, objetan fuertemente cuando una palabra de Jesús es difícil de entender,
— por ejemplo, algunos de los discípulos en esta ocasión, o Pedro en otras ocasiones. No obstante,
su reacción se debía a la debilidad de su fe y no a la malicia, como fue el caso con Judas. En todo
caso, Jesús alaba mucho a María y a la acción inusual que brotó de su fe y amor; pero
no hay alabanza, sino más bien una reprensión contra el juicio pragmático de los discípulos
que pusieron objeciones influenciados por las palabras hipócritas de Judas. No queremos condenar los juicios
fríos, racionales, ni apoyar el sentimentalismo irracional, pero recuerda: la fe y el amor hacen buenas
las acciones que pudieran parecer excesivas y extravagantes, y en donde faltan la fe y el amor, Dios no se agrada
ni de nuestras acciones más sabias y pragmáticas.
¡Hosanna
al Hijo de David! (Mateo 21:9)
En el último viaje de nuestro Señor a Jerusalén para asistir allí a la fiesta de la Pascua, se quedó con unos queridos amigos en la aldea de Betania, no muy lejos de Jerusalén. Sin duda, los peregrinos de Galilea que habían viajado con él hablaban de esto en Jerusalén. El resultado fue que gran número de peregrinos que se adherían a él cortaron hojas de palma y comenzaron a viajar a Betania para llevarlo en triunfo a Jerusalén. Al llegar a la aldea de Betfagé dijo a dos de sus discípulos: “Id a la aldea que está frente a vosotros, y en seguida hallaréis una asna atada, y un borriquillo con ella. Desatadla y traédmelos. Si alguien os dice algo, decidle: El Señor los necesita, y luego los enviará.” Esto sucedió, como dice Mateo, para que se cumpliera lo que se había hablado por medio del profeta: “Decid a la hija de Sion: He aquí tu Rey viene a ti, manso y sentado sobre una asna y sobre un borriquillo, hijo de bestia de carga.”
Los enviados llegaron allí
y encontraron todo como Jesús había dicho. Llevaron al asno y su pollino, pusieron ropas sobre éste,
y Jesús subió a él. Otros pusieron algunas de sus vestiduras externas en el camino, mientras
otros comenzaban a cortar ramas de los árboles y pusieron éstas en su camino. Al bajar del monte
de los Olivos, los discípulos de Jesús y muchos de sus partidarios alababan a Dios a viva voz a causa
de todos los milagros de Jesús que habían visto. Había entre ellos algunos que habían
visto la resurrección de Lázaro. Poco sorprende, que pronto se oía el saludo mesiánico,
tomado como refrán por todos en esa multitud festiva: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene
en el nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!”
Lucas nos dice en su historia
que algunos fariseos en la multitud dijeron a Jesús: “Maestro, reprende a tus discípulos.” Pero la
respuesta de Jesús a ellos fue: “Os digo que si éstos callan, las piedras gritarán.” Y Juan
nos dice que los fariseos luego dijeron entre sí, “Ved que nada ganáis. ¡He aquí, el
mundo se va tras él!”
En el Evangelio de Lucas leemos:
“¡Oh, si conocieses tú también, por lo menos en éste tu día, lo que conduce a
tu paz! Pero ahora está encubierto a tus ojos. Porque vendrán
sobre ti días en que tus enemigos te rodearán con baluarte y te pondrán sitio, y por todos
lados te apretarán. Te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti. No dejarán en ti piedra
sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.”
Hubo excitación febril
en toda la ciudad cuando Jesús entró en Jerusalén, y preguntaron: “¿Quién es
éste?”
La multitud respondió: “Éste
es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea.” Jesús entró en el templo y llegaron a él
los ciegos y cojos y él los sanó. Pero cuando los sumos sacerdotes y maestros de la ley vieron las
cosas maravillosas que él hizo y a los niños que clamaban en el recinto del templo: “¡Hosanna
al Hijo de David!” se indignaron. “¿Oyes lo que dicen éstos?” le preguntaron. “Sí,” respondió
Jesús, “¿Nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman preparaste la alabanza?” Y los dejó parados allí.
Ésa fue la entrada de
Jesús en Jerusalén para sufrir y morir allí. Grande fue el tumulto del pueblo que lo aclamaba
como el Mesías. Esto fue un testimonio elocuente en favor de Jesús y contra la ciudad y la nación
de los judíos, que Dios mismo hizo suceder. Y, querido oyente, tú conoces el grito que la ciudad
hizo pocos días después: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” Ese grito lo motivó
el infierno.
Querido cristiano, conoces y
estás consciente de lo que tu Salvador hizo por ti. Movido por el Espíritu Santo, regocíjate
y clama: “¡Hosana al Hijo de David! ¡Te saludo, querido Salvador, que vas a tu muerte en mi beneficio!”
¡Nunca
jamás coma nadie de tu fruto!
(Marcos 11:14
El domingo en la tarde Jesús
y sus discípulos volvieron a Betania de Jerusalén para pasar allí la noche. El lunes en la
mañana cuando otra vez volvió a la ciudad con ellos tenía hambre. Al ver una higuera con hojas
a la distancia, fue para ver si tenía algún fruto. En Palestina las higueras dan fruto dos veces
al año; se produce un higo temprano o verde a fines del invierno de botones que se forman tarde en el otoño.
Este árbol que mostraba hojas fuera de estación parecía prometer higos tempranos, a pesar
de no ser la estación. Acercándose, el Señor no encontró fruto entre las hojas. Entonces
dijo “¡Nunca jamás coma nadie de tu fruto!” Cuando llegó a Jerusalén, Jesús entró
en el templo y expulsó de allí a los que compraban y vendían. Volcó las mesas de los
cambistas y bancas de los que vendían palomas, y no permitía que nadie cruzara los patios del templo
con mercancía. Les dio instrucción y dijo: “¿No está escrito que mi casa será llamada
casa de oración para todas las naciones? Pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.” Los principales sacerdotes y los maestros
de la ley oyeron esto y comenzaban a buscar una manera de matarlo porque le temían, ya que toda la multitud
estaba asombrada por su enseñanza. Cuando llegó la tarde, él y sus discípulos otra
vez salieron de la ciudad.
Sin embargo, volvamos a la maldición
de la higuera. Por dos mil años Dios había estado cuidando el pueblo judío. Lo había
escogido de entre todas las naciones para ser suyo, y lo bendijo con su presencia y misericordia. Había
dado a este pueblo su palabra con su ley y evangelio; les dio las profecías acerca de Cristo, el Mesías,
el Salvador del mundo. Con el fin de guiar y animarlos a quedarse con su palabra, había establecido una
clase sacerdotal, los miembros de la cual recordaban a la gente en los cultos establecidos sus transgresiones contra
la ley de Dios y el perdón que podían tener por virtud del Mesías, que vendría para
llevar sus pecados. Además del sacerdocio, Dios en varias ocasiones les había enviado profetas cuando
consideraba necesaria otra advertencia.
En la estimación de Dios,
Israel fue su pueblo, el pueblo del Mesías. Cuando se apartaba de sus caminos, los castigaba con sus juicios,
algunos de los cuales eran mucho más severos que otros. Y todo esto lo hizo con un propósito: tenía
la intención de hacerse hombre entre este pueblo y quería ser recibido con gozo como el Mesías,
el Cristo, para que su nombre y palabra se extendieran al mundo entero para iluminarlo y bendecirlo, comenzando
en Israel. Esperaba encontrar en Israel el fruto de toda su misericordiosa atención y cuidado.
Y ahora estaba allí entre
su pueblo. Por tres años había viajado a lo largo y lo ancho de la tierra predicando, enseñando
y haciendo milagros como evidencia de que fue en verdad el Mesías prometido. Y esta enseñanza y actividad
había sido predicha en la profecía. Y ahora buscaba fruto. ¿Qué es lo que encontró?
Sobre las ramas muertas de sus vidas incrédulas una exhibición de las hojas de un culto formalista.
Solamente follaje, follaje prometedor, pero que escondía una vana justicia propia, esperanzas de un reino
mesiánico materialista que revelaban una mente terrenal. Había venido a lo suyo y su propio pueblo
lo había rechazado. Lo crucificaron como un blasfemo porque dijo que era el Cristo prometido. No fue un
Mesías de su agrado. Eso es lo que encontró y que lo motivó a llorar por Jerusalén.
Esto también vino a su mente cuando buscó fruto de la higuera y no encontró nada. Pensaba
en el pueblo judío cuando dijo al árbol: "¡Nunca jamás coma nadie de tu fruto!"
Por eso al día siguiente dijo: "Por esta razón os digo que el reino de Dios será quitado
de vosotros y será dado a un pueblo que producirá los frutos del reino." (Mateo 21:43).
Israel como nación ya
no era el pueblo de Dios, ya no era el heredero de sus promesas. Para el judío individual las promesas todavía
tienen su validez. Si se convierte al verdadero Mesías cuyo reino no es de este mundo, entonces forma parte
de aquel gran pueblo de Dios del nuevo pacto, el Israel espiritual, la comunión de los santos, que son santificados
por su fe en la sangre de Cristo. No obstante, en cuanto al Israel terrenal, sea como nación o sólo
como un pueblo, milagrosamente estará presente hasta el fin del mundo como una señal y advertencia,
pero no llevará fruto saludable para vida eterna.
Querido lector, ¿Qué
diremos del pueblo cristiano de nuestro tiempo y en nuestra tierra? ¿Encuentra el Señor el fruto
que busca entre ellos? ¿Y cuál es la situación contigo?
La semana de Invocabit (Primer domingo de la Cuaresma)
Domingo
Por
esta razón os digo que todo por lo cual oráis y pedís, creed que lo habéis recibido,
y os será hecho. (Marcos
11:24)
Hoy queremos considerar lo que dijo e hizo nuestro Señor el martes antes de su sufrimiento y muerte. Sin embargo, sucedieron muchas cosas, y esto ocupará nuestra atención durante varias devociones. Cuando Jesús y sus discípulos otra vez fueron a Jerusalén la mañana del martes, pasaron por el lugar en donde Jesús había maldecido la higuera el día anterior. Allí los discípulos notaron que el árbol estaba seco hasta las mismas raíces. Se sorprendieron, y Pedro se lo mencionó a Jesús. Los discípulos no habían pensado en el significado simbólico que había en la acción de Jesús al maldecir la higuera. Solamente se preguntaban del milagro que había sucedido cuando Jesús habló.
Por esto Jesús les dijo:
“Tened fe en Dios. De cierto os digo que cualquiera que diga a este monte:
Quítate y arrójate al mar, y que no dude en su corazón, sino que crea que será hecho
lo que dice, le será hecho. Por esta razón os digo que todo por lo cual oráis y pedís,
creed que lo habéis recibido, y os será hecho. Y cuando os pongáis de pie para orar, si tenéis
algo contra alguien, perdonadle, para que vuestro Padre que está en los cielos también os perdone
a vosotros vuestras ofensas.”
¿Notaste, querido lector,
que el Salvador dijo a sus discípulos que ellos podrían hacer esos milagros? Dijo que podrían
trasladar las montañas, que podrían hacer cualquier cosa mediante la oración con fe. Sus palabras
indican que necesitarían dos condiciones: primero, tendrían que ser cristianos creyentes, porque
sólo las oraciones de esas personas son aceptables a Dios. En segundo lugar, cuando oraban por algo deberían
creer firmemente que en verdad recibirían lo que pedían, y luego con seguridad lo recibirían.
Lee otra vez las palabras del Salvador y verás que las estoy interpretando correctamente.
No obstante, cuando un discípulo
pide algo, ¿cómo puede creer firmemente que en realidad sucederá? ¿De dónde
se obtiene esa fe y confianza? Hay sólo una respuesta; de la palabra y las promesas de Jesús. Jesús
les dijo que ellos también harían milagros que confirmaran su predicación del evangelio. Después
de su resurrección les mandó predicar el evangelio a toda criatura y luego agregó las palabras:
“Estas señales seguirán a los que creen…” — Puedes leer tú mismo qué clase de señales
y milagros serían éstos en Marcos 16:17,18. De estas palabras de Jesús deberían y podrían
cobrar firme confianza de que sus oraciones recibirían respuesta. Y en efecto eso sucedió, como vemos
en las Sagradas Escrituras, especialmente en los Hechos de los Apóstoles.
¿Pero qué tal
nosotros? ¿Es lo mismo con nosotros? Seguramente. Por supuesto, nosotros no tenemos ningún mandato
específico para hacer milagros, pero si indicamos con confianza una promesa específica de la Biblia,
y no dudamos que Dios cumplirá esa promesa, con seguridad recibiremos lo que pedimos, porque Dios es fiel.
Sin embargo, es necesario que seamos cristianos sinceros, creyentes, y discípulos obedientes de Jesús.
Si no es así, no tenemos siquiera el perdón de los pecados, y es seguro que no serán oídas
nuestras oraciones. Eso es evidente en las palabras de Jesús que dicen que cuando oramos es necesario que
perdonemos a nuestros enemigos. Pero al decir esto, sólo nos está definiendo qué cosa es un
cristiano. Ahora sabes cómo debes orar para que con seguridad seas oído.
De cierto os digo que los publicanos y las prostitutas entran delante de vosotros en el reino de
Dios. (Mateo 21:31)
¿No es una afirmación
espeluznante? Sin embargo, son las palabras de Jesús. ¿A quiénes habla? Te diré a quienes.
Cuando Jesús
enseñaba y predicaba en el templo el martes por la mañana, los sumos sacerdotes y los ancianos del
pueblo se le acercaron y querían saber con qué autoridad hacía estas cosas. Sin duda pensaban
en su entrada solemne en Jerusalén el domingo y en la limpieza del templo al día siguiente.
Jesús
respondió: “Yo también os haré una pregunta; y si me respondéis, yo también
os diré con qué autoridad hago estas cosas. ¿De dónde era el bautismo de Juan? ¿Del cielo o de los hombres? Entonces ellos
razonaban entre sí, diciendo: “Si decimos del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le
creísteis? (Después de todo, Juan había testificado que Jesús era el Cristo). Y si decimos de los hombres . . . , tememos
al pueblo, porque todos tienen a Juan por profeta.”
Así es
que respondieron a Jesús: “No sabemos”. Esto fue un claro indicio de que no querían creer en Jesús,
que habían endurecido sus corazones a la verdad, no importa con cuánta claridad se les presentara.
¿Por qué debería Jesús haberles contestado? Por eso Jesús dijo: “Tampoco yo
os digo con qué autoridad hago estas cosas.” Pero sí les relató esta parábola para
reprender su hipocresía.
“Un hombre tenía
dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él contestó y dijo: No quiero.
Pero después, cambió de parecer y fue. Al acercarse al otro, le dijo lo mismo; y él respondió diciendo: ¡Sí,
señor, yo voy! Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?” Ellos dijeron: “El primero.” Y Jesús
les dijo: “De cierto os digo que los publicanos y las prostitutas entran delante de vosotros en el reino de Dios.
Porque Juan vino a vosotros en el camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las prostitutas
le creyeron. Y aunque vosotros lo visteis, después no cambiasteis de parecer para creerle.”
¿Comprendes,
querido lector? Los publicanos y las prostitutas eran pecadores manifiestos que habían dicho “no” cuando
fueron invitados al reino de Dios. Sin embargo, después muchos de ellos aceptaron la invitación y
se arrepintieron. Los que han crecido en la iglesia cristiana, que tienen la apariencia de ser verdaderos cristianos,
y que, en su propia opinión, son personas privilegiadas en el reino de Dios, pero que en verdad nunca han
venido a Jesús como pecadores penitentes y jamás quisieran venir a él de esa manera son semejantes
a los sumos sacerdotes y ancianos. Son gente con corazones endurecidos. Y no hay duda de que los cobradores de
impuestos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios delante de esas personas.
Querido cristiano,
cuando el Espíritu de Dios te llama a venir a Jesús mediante el evangelio, no digas: “no” como hicieron
los publicanos y las prostitutas al principio. Di que “sí”. Pero haz más que decir que “sí”;
realmente vayas.
Por esta razón os digo que el reino de Dios será quitado de vosotros y será
dado a un pueblo que producirá los frutos del reino. (Mateo 21:43)
“Oíd otra
parábola” dijo nuestro Señor a los sumos sacerdotes y los ancianos en el templo que cuestionaron
su autoridad, pero a quienes él había callado. Estoy seguro que ya se arrepentían de haberle
hablado en primer lugar. “Había un hombre, dueño de un campo, quien plantó una viña.
La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos
labradores y se fue lejos. Pero cuando se acercó el tiempo de la cosecha, envió sus siervos a los
labradores para recibir sus frutos. Y los labradores, tomando a sus siervos, a uno hirieron, a otro mataron y a
otro apedrearon. Él envió de nuevo a otros siervos, en mayor número que los primeros, y les
hicieron lo mismo. Por último, les envió a su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Pero
al ver al hijo, los labradores dijeron entre sí: Éste es el heredero. Venid, matémosle y tomemos
posesión de su herencia. Le prendieron, le echaron fuera de la viña y le mataron.”
Luego Jesús
habló a sus oyentes hostiles: “Ahora bien, cuando venga el señor de la viña, ¿qué
hará con aquellos labradores?” — Tal vez arrastrados por la narración vívida de Jesús,
respondieron sin darse cuenta de que estaban condenando a sí mismos: “A los malvados los destruirá
sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, quienes le pagarán el fruto a su
tiempo.”
Ahora han de
haber reconocido que Jesús hablaba de ellos y sus antepasados que habían maltratado y hasta matado
a los profetas a quienes el Señor había mandado para buscar frutos entre el pueblo judío.
¿No es cierto que ellos, en ese mismo momento, tenían intenciones de asesinar a Jesús? Por
esta razón exclamaron: “¡Nunca suceda tal cosa!” Jesús les miró y les dijo: “¿Nunca
habéis leído en las Escrituras? La piedra que desecharon los edificadores, ésta fue hecha cabeza del ángulo. De parte del Señor sucedió esto, y es maravilloso en nuestros ojos. Por esta razón os digo que el reino de Dios será quitado de vosotros y será
dado a un pueblo que producirá los frutos del reino.”
Y ahora el Señor
les habló directamente, sin usar parábola alguna, porque ellos, los líderes, los edificadores
en Israel, en ese momento estaban rechazando a Cristo, la preciosa piedra del ángulo en el Templo de Dios.
Les dio una advertencia diciendo: “El que caiga sobre esta piedra”, — es decir, es ofendido por Cristo y su mensaje
y no cree en él — “será quebrantado, y desmenuzará a cualquiera sobre quien ella caiga.” Eso
quiere decir cuando tal persona enfrente a Cristo, el Juez justo.
Ésta fue una
advertencia que Jesús hizo con buena intención a sus críticos hostiles. Pero ellos no quisieron
aceptar la advertencia, porque ahora buscaban cómo ponerlo bajo arresto, pero temían a la multitud
que consideraba a Jesús un profeta. — Desde hace mucho tiempo el reino de Dios fue quitado del pueblo judío
y fue dado a los que no eran judíos. Nosotros, la mayoría de los cuales descendemos de pueblos paganos,
por la gracia de Dios somos miembros del reino de Dios y nuestros predicadores cuidan esta viña. ¿Qué
clase de fruto encuentra el Señor en nuestro caso?
¡Oh sol
de gracia, divina luz,
Guíanos
hacia el Señor Jesús!
Haz que en él
quedemos en todo día
Hasta entrar
en el Edén de alegría.
Ten piedad, Señor.
(CC 95:2)
Amigo,
¿cómo entraste aquí, sin llevar ropa de bodas? (Mateo 22:12)
Jesús confrontó a sus enemigos con una parábola más. Sin embargo, no pienses que esta parábola no tiene nada que ver con nosotros.
“El reino de los cielos”, dijo Jesús, “es semejante a un rey que celebró
el banquete de bodas para su hijo. Envió a sus siervos para llamar a los que habían sido invitados
a las bodas, pero no querían venir. Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los invitados:
He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido matados, y todo está preparado.
Venid a las bodas. Pero ellos no le hicieron caso y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los otros tomaron
a sus siervos, los afrentaron y los mataron. El rey se enojó, y enviando sus tropas mató a aquellos
asesinos y prendió fuego a su ciudad.”
Aquí tienes
la primera parte de la parábola, y no debe haber dificultad en entenderla. Obviamente, Jesús pensaba
en los judíos que a través de los siglos habían sido invitados a participar en el reino del
Mesías. Sin embargo, cuando apareció Cristo, lo rechazaron e inclusive lo mataron. Trataron de igual
manera a los apóstoles. Luego Dios envió sus ejércitos, en este caso, los romanos, que destruyeron
a Jerusalén junto con el templo y dispersaron al pueblo judío.
Nuestro Señor
continúa con su parábola: “Entonces dijo a sus siervos: El banquete, a la verdad, está preparado,
pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a las encrucijadas de los caminos y llamad al banquete de bodas a
cuantos halléis. Aquellos siervos salieron por los caminos y reunieron a todos los que hallaron, tanto buenos
como malos; y el banquete de bodas estuvo lleno de convidados.”
Aquí Jesús
está pensando en los paganos, los que no eran judíos. Fueron invitados después que los judíos
habían rechazado el reino de Dios y se les quitó el reino. Ahora se extiende la invitación
a todos, sin discriminación. Y de hecho llegaron grandes multitudes. Sin embargo, antes de oír la
última parte de la parábola, tal vez sea necesario un poco de explicación. En algunos países
del oriente, la costumbre en ese tiempo era que los invitados, fueran ricos o pobres, recibían una vestimenta
que se deberían poner para la boda. Si alguien no aceptaba y no llevaba esa vestidura, era una gran ofensa,
como se hace evidente en la última parte de la parábola.
“Pero cuando
entró el rey para ver a los convidados y vio allí a un hombre que no llevaba ropa de bodas, le dijo:
Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin llevar ropa de bodas? Pero él quedó mudo. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle los pies y las manos y echadle
en las tinieblas de afuera. Allí habrá llanto y crujir de dientes”
La vestidura de bodas
que todo el mundo que quiere estar en el reino de Dios tiene que llevar es la justicia de Jesucristo que puede
ser nuestra mediante la fe. Dios nos ofrece esta justicia sin ninguna condición en el evangelio. El que
la rechaza y tiene la intención de aparecer ante Dios con su propia justicia personal, él lo rechazará
y lo castigará. El que seas miembro de una congregación cristiana en sí te salvará:
sobre todo debes creer que tus pecados fueron expiados por la muerte de Cristo en la cruz; luego su justicia será
tuya. Desafortunadamente, muchos no están dispuestos a hacer esto, y por que el Salvador dice: “Porque muchos
son los llamados, pero pocos los escogidos.”
Tu sangre, oh
Cristo, y tu justicia
Mi gloria y hermosura
son;
Feliz me acerco
al Padre eterno,
Vestido así
de salvación. (CC 218:1)
Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. (Mateo 22:21)
En el martes antes de su crucifixión,
los enemigos de nuestro Salvador, los líderes del pueblo judío, le dieron muchos problemas. En la
mañana ya lo habían atacado en el templo, pero sus respuestas les callaron por un tiempo. Ahora los
fariseos hicieron el intento de hacer tropezar a Jesús en el transcurso de una conversación. No se
le acercaron ellos mismos esta vez, sino enviaron a algunos de sus discípulos junto con los siervos del
tetrarca de Galilea, Herodes. Estos hombres deberían fingir ser gente piadosa que buscaba de él instrucción.
En realidad, deberían tentarle a decir algo tan comprometedor que lo podrían arrestar y entregarlo
a las autoridades romanas. Su engaño es evidente por la manera en que se dirigen a él: “Maestro, sabemos que eres hombre de verdad,
que enseñas el camino de Dios con verdad y que no te cuidas de nadie; porque no miras la apariencia de los
hombres. Dinos,
pues, ¿qué te parece? ¿Es lícito dar tributo al César, o no?”
La pregunta era
una trampa. El emperador romano era el gobernante de la tierra, y como resultado imponía tributos. Sus gobernadores
y tetrarcas tenían que recoger estos impuestos para él. No obstante, los judíos resentían
el gobierno romano y creían que cuando llegara su Mesías no sólo los libraría de todo
dominio extranjero, sino que ellos serían el pueblo más poderoso de la tierra. Los fariseos pensaban
que si Jesús decía que era el Mesías, jamás podría aprobar pagar impuestos a
Roma sin perder el apoyo de la gente común. Por eso se aseguraron de la presencia de los siervos de Herodes,
que luego lo arrestarían y lo entregarían al gobernador, Poncio Pilato. Erraron en sus cálculos
astutos, porque estaba equivocada su idea de que el Mesías sería un gobernador secular.
Jesús
se dio cuenta de su artimaña y les dijo: “¿Por qué me probáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo.” Ellos
le presentaron un denario. Entonces él les dijo: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”
Le dijeron: “Del César.” Entonces
él les dijo: “Por tanto, dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.” —
En efecto estaba diciendo: “Ustedes usan el dinero de César y gozan de su protección. Luego deben
darle lo que le corresponde. Y en cuanto a Dios, deben darle a él lo que él desea y a lo que él
tiene derecho: un corazón que en verdad cree su palabra y la obediencia que él exige en su ley” —
Al oír esto, se maravillaron; y dejándole, se fueron.
El reino secular y
el reino de Dios, querido cristiano, deben mantenerse estrictamente separados. El primero se ocupa con cosas de
este mundo y nuestras vidas como ciudadanos del estado. El reino de Dios y sus ordenanzas se ocupan de la fe y
el amor y la vida eterna. Confundir los dos y no reconocer la diferencia entre ambos es peligroso. No es necesario
que estén en conflicto uno con el otro. De hecho, el cristiano verdadero siempre es el mejor de los ciudadanos.
Trata de ser un buen cristiano y serás un buen ciudadano.
Dios
no es Dios de muertos, sino de vivos.
(Mateo 22:32)
Ahora los saduceos entraron en controversia con Jesús. Esta secta negaba que existieran los ángeles y los espíritus, como también la resurrección de los muertos. Querían enfrentarse con Jesús y avergonzarlo en público con sus preguntas. No obstante, encontraron en él un adversario que no podían vencer.
“Maestro, Moisés dijo:
Si alguno muere sin tener hijos, su hermano se casará con su mujer y levantará descendencia a su
hermano. Había, pues, siete hermanos entre nosotros. El primero
tomó mujer y murió, y como no tenía descendencia, dejó su mujer a su hermano. De la misma manera sucedió también con el segundo y el tercero, hasta los siete. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección,
puesto que todos la tuvieron, ¿de cuál de los siete será mujer?”
Entonces respondió Jesús y les dijo: “Erráis
porque no conocéis las Escrituras, ni tampoco el poder de Dios; porque en
la resurrección no se casan ni se dan en casamiento, sino que son como los ángeles que están
en el cielo. Y acerca de la resurrección de los muertos, ¿no
habéis leído lo que os fue dicho por Dios? Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.” Al oír
esto, las multitudes estaban atónitas de su doctrina.
Los saduceos rechazaban la Biblia,
pero daban alguna importancia a los escritos de Moisés, los primeros cinco libros de la Biblia. Por esta
razón Jesús citó esa parte de la Escritura para demostrar la resurrección de los muertos.
Cuando Dios dijo a Moisés: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”, los patriarcas habían muerto desde hacía mucho tiempo. De esto Jesús sacó
la conclusión de que tiene que haber una resurrección de los muertos, porque Dios no es el Dios de
los muertos, sino de los vivos. Dios muestra su misericordia y es el Padre celestial de los vivos, no de los muertos,
y en consecuencia, los patriarcas que se nombraron estaban vivos.
La muerte se debe a la ira de
Dios por el pecado y, como dice la Biblia, es el castigo del pecado. Sin embargo, Cristo nos ha redimido del pecado
y de la ira y castigo de Dios. Si creemos en Cristo, él es nuestro querido Padre celestial. Y si es así,
¿supones que nos abandonará en la muerte que nos sobreviene a causa del pecado? ¡Jamás!
Es cierto que moriremos, pero nuestra muerte ya no será una maldición. Cuando muramos, Dios recibirá
nuestra alma, y nuestro cuerpo no yacerá abandonado en el sepulcro, porque Dios es todopoderoso, y con él
no hay nada imposible. Resucitará nuestro cuerpo, porque él es nuestro Padre celestial que nos ha
reconciliado. El que nuestro cuerpo se convierte en polvo y cenizas es la paga del pecado y el resultado de la
ira de Dios por el pecado. Pero nuestros pecados son perdonados y Dios es nuestro Padre celestial misericordioso,
y la situación es así como Cristo explica la Escritura — de esto puedes estar seguro. Resucitaremos
de la muerte, aun con nuestro cuerpo. No lo dudes, sino confía en la palabra de tu Salvador. Tu alma no
se pierde en la muerte, ni tampoco tu cuerpo, porque resucitará del polvo, un cuerpo nuevo y glorioso. Esto
te promete tu Salvador.
¿Cuál
es el primer mandamiento de todos?
(Mar. 12:28)
Cuando los fariseos, los líderes
rígidos y formales de la iglesia, oyeron que Jesús había callado a sus adversarios, los saduceos
liberales, se hicieron la ilusión de que ellos sí podrían maniobrar para poner a Jesús
en una situación comprometedora. Por eso uno de ellos, un maestro de la ley que había escuchado el
debate con los saduceos acerca de la resurrección, trataba de probar a Jesús con la pregunta: “¿Cuál
es el primer mandamiento de todos?”
Tienes que saber que entre los fariseos mismos había diversas opiniones acerca de esta pregunta. Además, tenían la idea de que si se obedecía escrupulosamente este mandamiento más grande, Dios podría ser más indulgente en cuanto a los demás mandamientos. Por supuesto, ésta era una opinión totalmente errada. Si los hijos dijeran a sus padres: “Nos dicen hacer esto y lo otro, pero ¿cuál es realmente el mandato más importante?” — ¿qué supones que dirían los padres? ¿O podrían los ciudadanos satisfacer a las autoridades civiles diciendo algo así? Como hijos de Dios, debemos obedecer sin peros todas sus palabras. Por esto la pregunta del maestro de la ley era totalmente ilegítima. Sin duda suponía que al decidir en favor de alguno de los mandamientos, Jesús tal vez apoyaría su opinión, y si no, tal vez podría vencerle en un argumento.
¿Cuál fue la posición
de Jesús sobre el asunto? Respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el grande y el primer
mandamiento. Y el segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.”
¿Ves? Todo el que ama
a Dios con un amor sencillo, que lo ama sobre todo lo demás, se esforzará a cumplir todos los mandamientos de Dios. Y todo el que ama con sinceridad
a su prójimo, esa persona tratará de amarlo como Dios quiere que se le ame, tanto como ama a sí
mismo. El amor, por tanto, es el poder motivador que debe determinar todos los pensamientos, palabras y acciones
de la persona. Y en donde es perfecto este amor, allí se guardan completamente los mandamientos y no hay
allí pecado. Todos los mandamientos de la ley y todo lo que enseñaron y proclamaron los profetas
cuando Dios los inspiró para explicar la ley se fundan en el amor para con Dios y el prójimo.
Es obvio que el maestro de la
ley no había esperado esta clase de respuesta. Sean los que fueran sus motivos iniciales al hacer la pregunta,
ahora se conmovió profundamente por las palabras de Jesús. “Bien, Maestro. Has dicho la verdad: Dios es uno, y no hay otro
aparte de él; y amarle con todo el corazón,
con todo el entendimiento, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.”
Y viendo Jesús que había
respondido con sabiduría, le dijo: “No estás lejos del reino de Dios.” — Tal vez preguntes: ¿De
qué manera o hasta qué punto no estaba lejos este hombre del reino de Dios? Bueno, el que entiende
correctamente la ley de Dios, como sucedió ahora con este hombre, pronto reconocerá que no hay manera
en que pueda en realidad cumplir la ley, reconocerá que es un miserable pecador. Y cuando oye la voz dulce
y potente del evangelio de Cristo, será atraído a Jesús, confiará en él y entrará
en el reino de Dios. Por esta razón Jesús de inmediato comenzó a hablar de ese reino, como
oiremos mañana.
La semana de Reminiscere (Segundo domingo de la Cuaresma)
El domingo de Reminiscere
¿Qué
pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo? (Mateo 22:42)
Ayer vimos que los fariseos
se reunieron alrededor de Jesús y que después de que Jesús había respondido a la pregunta
desconcertante que le habían hecho de tal forma que el que preguntaba tuvo que estar de acuerdo con él,
nadie se atrevía a tratar de sacar ventaja de él o atraparlo. Ahora Jesús les hace una pregunta
a ellos. “¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo?” Los fariseos respondieron a esa pregunta en conformidad a la tradición de sus padres, que
estaba basada en la profecía del Antiguo Testamento: “De David.”
Ésta fue la respuesta
correcta, porque Cristo es el Hijo de David, es decir, su descendiente, conforme al modo de hablar antiguo judío.
No obstante, la respuesta no era completa, porque Cristo, a la vez que es el Hijo de David, es mucho más
que eso. Con el fin de que pensaran en su respuesta y lo que realmente implicaban las profecías del Antiguo
Testamento que caracterizan a Cristo como el Hijo de David, Jesús les hizo otra pregunta: “Entonces, ¿cómo
es que David, mediante el Espíritu, le llama Señor? Pues dice: Dijo el Señor a mi Señor: ’Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos
debajo de tus pies.’ Pues, si
David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?”
Nadie pudo responderle, porque Jesús había demostrado de la Escritura que el Cristo no fue únicamente el Hijo de David, sino también el Dios y Señor, no sólo de David, sino de toda la humanidad. Después de esto los fariseos ya no tenían ganas de disputar con Jesús porque al fin reconocieron que nadie podía igualar la sabiduría de Jesús.
Querido lector, ¿qué opinión tienes de Jesús? ¿Crees lo que dicen las Escrituras acerca de él? ¿Crees que Cristo, el Mesías, había de venir para redimirte a ti y al mundo entero? ¿Crees que no sólo es el descendiente de David, sino también el Dios y Señor de todo? — ¿Que es Dios y hombre en una persona? — ¿Que Jesús, como lo presenta el Nuevo Testamento, es el Cristo, el Mesías, verdadero Dios, nacido de la Virgen María? — ¿Que él es tu Señor que te ha redimido, una criatura perdida y condenada, rescatado y librado de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo; mas no con oro ni plata, sino con su santa y preciosa sangre y con su inocente pasión y muerte? ¿Crees que ahora eres suyo, y tienes ahora la intención de vivir como es debido para los que están en su reino, sirviéndolo aquí en el tiempo y después en la eternidad con eterna justicia, inocencia y bienaventuranza, así como él resucitó de entre los muertos y vive y reina eternamente?
Hazte estas preguntas y si puedes decir: “Amén, esto es ciertamente la verdad”, luego con humildad da gracias a Dios, porque entonces eres verdaderamente un hijo de Dios nacido de nuevo y un heredero de la vida eterna. Y lee a diario tu Biblia, porque testifica de Cristo, como acabas de escuchar, y por el poder del Espíritu Santo que la inspiró y causó que se escribiera, te aumentará la fe y el gozo en el Dios poderoso que se revela en sus páginas. Cualquier otra doctrina que niegue la divinidad y humanidad de Jesucristo es veneno para las almas de los hombres.
¡Ay
de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! (Mateo 23:13)
Después que los maestros de la ley y los fariseos habían tentado al Señor, tratando de hacer que Jesús dijera algo comprometedor en el templo el martes antes de su crucifixión, con ira justa se dirigió a ellos.
Sin embargo, primero habló
a la multitud y a sus discípulos acerca de ellos diciendo: “Los escribas y los fariseos están sentados
en la cátedra de Moisés. Así que, todo lo que os digan hacedlo y guardadlo” (naturalmente
con la condición de que lo que digan esté conforme con la Escritura); “pero no hagáis según
sus obras, porque ellos dicen y no hacen… Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres… Aman los primeros
asientos en los banquetes y las primeras sillas en las sinagogas, las salutaciones
en las plazas y el ser llamados por los hombres: Rabí, Rabí. Pero vosotros, no seáis llamados
Rabí; porque uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie vuestro
Padre en la tierra, porque vuestro Padre que está en los cielos es uno solo. Ni os llaméis
Guía, porque vuestro Guía es uno solo, el Cristo. Pero el que es mayor entre vosotros será
vuestro siervo; porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”
Luego se dirigió a los maestros de la ley y a los mismos fariseos que todavía estaban parados allí, y desenmascaró públicamente su hipocresía. “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres” (con su falsa enseñanza y su rechazo de él, el Mesías). “Pues vosotros no entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando.”
“Estos, que devoran las casas
de las viudas” (es decir, convenciéndolos que estarán haciendo una obra que agrada a Dios al donarlas
a los fariseos)
“y como pretexto hacen largas oraciones,
recibirán mayor condenación.”
“¡Ay de vosotros, escribas
y fariseos, hipócritas! Porque recorréis mar y tierra para hacer un solo prosélito; y cuando
lo lográis, le hacéis un hijo del infierno dos veces más que vosotros.”
“¡Ay de vosotros, escribas
y fariseos, hipócritas! Porque entregáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino; pero habéis
omitido lo más importante de la ley, a saber, el juicio, la misericordia y la fe. Era necesario hacer estas
cosas sin omitir aquéllas.
¡Guías ciegos, que
coláis el mosquito pero tragáis el camello!”
“¡Ay de vosotros, escribas
y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados que, a la verdad, se muestran hermosos
por fuera; pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda impureza. Así también
vosotros, a la verdad, por fuera os mostráis justos a los hombres; pero por dentro estáis llenos
de hipocresía e iniquidad.”
Así el Señor reprendió públicamente la hipocresía de los maestros de la ley y los fariseos entre su pueblo. Puedes leer todos los ayes que invocó sobre sus cabezas en Mateo 23:1-29. Tal vez hayas notado que no todas sus condenaciones se han citado aquí. Mañana oiremos la más severa acusación que les hizo. Pero hoy queremos tomar a pecho lo que dijo nuestro Señor y orar a Dios para que proteja a sus cristianos de tales maestros y líderes hipócritas en la iglesia, y que les dé maestros y predicadores sinceros y piadosos que les conduzcan a Cristo y a la salvación. Y sobre todo, oramos por su Espíritu Santo para que tengamos un corazón sencillo, libre de hipocresía de modo que podamos servir fielmente a nuestro Salvador aquí en el tiempo y por toda la eternidad.
¡Ay
de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! (Mateo 23:29)
El Señor aún no
había terminado de reprender a los maestros de la ley y los fariseos hipócritas. Vamos a escucharlo:
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque edificáis los sepulcros de los profetas
y adornáis los monumentos de los justos, y decís:
Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices
en la sangre de los profetas. Así
dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!”
Querido lector, ¿ves lo que esto implica? Los descendientes de aquellos judíos que habían matado a los profetas edificaban y adornaban las tumbas de esos mismos profetas, jactándose de que ellos no hubieran cometido los crímenes de sus antepasados. El Señor les dice que tenían razón en designar a sus antepasados como asesinos y que esto era lo único que era verdad en su habla hipócrita. Ellos demostrarían que eran verdaderos hijos de sus antepasados y hasta les sobrepasarían. “¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!” Su hostilidad y enemistad hacia la verdad de Dios que ellos sólo con dificultad escondían al llamar a Jesús “Maestro” al mismo tiempo que buscaban atraparlo en su conversación e instrucción, abandonaría aun esa máscara pocos días después cuando lo matarían a él, su Mesías. Poco sorprende que exclamara: “¡Serpientes! ¡Generación de víboras! ¿Cómo os escaparéis de la condenación del infierno?”
Pero ésta no es la última
palabra para ellos. Continúa: “Por tanto, mirad; yo os envío profetas, sabios y escribas” (se refería
a sus apóstoles y otros testigos); “y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros
azotaréis en vuestras sinagogas y perseguiréis de ciudad en ciudad, de manera
que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel
hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el santuario y el altar. De cierto os digo, que todo esto recaerá sobre esta generación.” Estas palabras iban
dirigidas a la generación que lo rechazó a él y a los mensajeros de quienes habían
testificado los profetas de Israel.
Oye, finalmente, el lamento del Señor sobre su pueblo: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, así como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa os es dejada desierta.” — La ciudad y el templo serían destruidos porque Isra