Versículo 1. ¡Gálatas insensatos!
El apóstol Pablo demuestra su preocupación
apostólica por los gálatas. A veces les ruega; luego los reprende, de acuerdo
con el consejo que dio a Timoteo: “Predica la palabra; mantente dispuesto a
tiempo y fuera de tiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y
enseñanza.” (2 Timoteo 4:2).
En medio de su discurso sobre la justicia
cristiana Pablo se detiene, y vuelve a dirigirse a los gálatas, clamando:
“¡Gálatas insensatos! Les he presentado el verdadero evangelio y lo recibieron
con ánimo y gratitud. Ahora repentinamente abandonan el evangelio. ¿Qué les
pasa?”
Pablo los reprende con cierta dureza cuando
los llama “necios, embrujados, desobedientes.” Tal vez está indignado o triste,
pero no lo puedo decir, o tal vez las dos cosas. Es el deber del pastor
cristiano reprender a la gente que se le encomienda para que la cuide. Por
supuesto, su enojo no debe resultar de la malicia, sino del cariño y de un celo
verdadero por Cristo.
No hay duda de que Pablo está desilusionado.
Le duele pensar que sus gálatas se hayan mostrado tan poco estables. Lo podemos
escuchar diciendo: “Siento oír sus problemas, y estoy desilusionado debido al
papel miserable que hicieron.” Hablo bastante sobre este punto para salvar a
Pablo de la acusación de que despotrica contra las iglesias, contrario al
espíritu del evangelio.
Se puede notar cierta distancia y frialdad en
el nombre con el que el apóstol ahora se dirige a los gálatas. Ahora no los
llama hermanos, como de costumbre, sino les llama gálatas, para recordarles su
característica nacional de ser necios.
Aquí tenemos un ejemplo de las
características malas que con frecuencia se adhieren a los cristianos
individuales y a veces la congregación entera. Permanece el sedimento de la
antigua y natural corrupción. El Espíritu de Dios no puede inmediatamente
vencer la deficiencia humana. La santificación requiere tiempo.
Aunque los gálatas habían sido iluminados por
el Espíritu Santo con la predicación de la fe, seguía adhiriéndose a ellos algo
de su rasgo nacional de la necedad y de su depravación original. Nadie piense
que una vez que ha recibido la fe, puede convertirse instantáneamente en una
criatura sin faltas. El residuo de los vicios antiguos permanecerá con él, no
importa cuan bueno sea como cristiano.
Versículo 1. ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad?
Pablo llama a los gálatas necios y
embrujados. En el capítulo cinco menciona entre las obras de la carne la
hechicería, declarando que la idolatría y la hechicería son verdaderas
manifestaciones y actividades del diablo. Todos estamos expuestos a la
influencia del diablo, porque él es el príncipe y dios del mundo en el cual
vivimos.
Satanás es astuto. No sólo hechiza a los
hombres de una manera burda, sino también con mucho más arte. Confunde las
mentes de los hombres con falacias horrendas. No sólo es capaz de engañar a los
que están seguros de sí mismos, sino inclusive a los que profesan la verdadera
fe cristiana. No hay nadie entre nosotros que a veces no sea seducido por
Satanás para aceptar creencias falsas.
Esto explica las muchas batallas nuevas que
tenemos que pelear ahora. Pero los ataques de la antigua serpiente no quedan
sin provecho para nosotros, porque confirman nuestra doctrina y fortalecen
nuestra fe en Cristo. Muchas veces Satanás nos ha abatido terriblemente en
estos conflictos con él, pero Cristo siempre ha triunfado y siempre lo hará. No
pienses que los gálatas fueron los únicos que fueron fascinados por el diablo.
Reconozcamos que también nosotros podemos ser seducidos por Satanás.
Versículo 1. ¿Quién os fascinó?
En esta oración Pablo disculpa a los gálatas,
a la vez que culpa a los falsos apóstoles por su apostasía.
Es como si dijera: “Sé que su apostasía no
fue voluntaria. El diablo envió a los falsos apóstoles, y ellos los engañaron
para creer que son justificados por la ley. Con esta epístola nuestra
intentamos deshacer el daño que les causaron los falsos apóstoles.”
Como Pablo, luchamos con la palabra de Dios
contra los anabaptistas fanáticos de nuestro día, y no son totalmente en vano
nuestros esfuerzos. El problema es que hay muchos que rehúsan la instrucción.
No escucharán razones; no harán caso a la Escritura, porque el tramposo diablo
que puede hacer que la mentira parezca verdad los tiene fascinados.
Puesto que el diablo tiene esta habilidad
misteriosa de hacernos creer una mentira hasta el punto que juraríamos mil
veces que fuera la verdad, no debemos sentirnos orgullosos, sino ser temerosos
y humildes, e invocar al Señor Jesús para que nos salve de la tentación.
Aunque soy un doctor en teología, y he
predicado a Cristo y peleado las batallas por mucho tiempo, sé por experiencia
personal lo difícil que es mantenerse con la verdad. No siempre puedo
deslizarme de Satanás, ni apropiarme de Cristo tal como las Escrituras lo
retratan. A veces el diablo distorsiona mi visión de Cristo. Pero gracias
sean dadas a Dios, quien nos mantiene
en su palabra, en la fe y en la oración.
La hechicería espiritual del diablo crea en
el corazón una idea equivocada de Cristo. Los que comparten la opinión de que
la persona se justifica por la obras de la ley sencillamente están embrujados.
Su creencia contradice la fe y a Cristo.
Versículo 1. Para no obedecer a la verdad.
Pablo acusa a los gálatas de un fracaso
mayor. “Están tan fascinados que ya no obedecen la verdad. Temo que muchos de
ustedes se han desviado tan lejos que nunca volverán a la verdad.”
La apostasía de los gálatas es un magnífico
anuncio de la ley, ¿no es cierto? Puedes predicar la ley con el mayor fervor,
pero si no la acompaña la predicación del evangelio, la ley jamás producirá la
verdadera conversión ni arrepentimiento del corazón. No queremos decir que la
predicación de la ley no tenga valor, pero sólo sirve para impresionarnos con
la ira de Dios. La ley abate a la persona. Es necesario el evangelio y la
predicación de la fe en Cristo para levantar a la persona y salvarla.
Versículo 1. A vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente
crucificado.
La creciente severidad de Pablo se hace
evidente cuando recuerda a los gálatas que desobedecieron la verdad a despecho
de la descripción gráfica que les había hecho de Cristo. Dio una descripción
tan vívida de Cristo que casi lo podían ver y palpar. Como si Pablo dijera:
“Ningún artista con todos sus colores te podría haber pintado a Cristo tan
vívido como lo he hecho con mi predicación. Sin embargo, se dejaron seducir
hasta el punto de desobedecer la verdad de Cristo.”
Versículo 1. Claramente crucificado.
“No sólo han rechazado la gracia de Dios, han
crucificado vergonzosamente a Cristo entre ustedes.” Pablo emplea la misma
expresión en Hebreos 6:6: “Crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios
y exponiéndolo a la burla.”
En cualquiera persona debe motivar temor
escuchar a Pablo decir que los que buscan ser justificados por la ley no sólo
niegan a Cristo, sino también lo crucifican de nuevo. Si los que buscan
justificarse por la ley y sus obras crucifican a Cristo, entonces me gustaría
saber qué son aquellos que buscan la salvación con los trapos inmundos de su
propia justicia por las obras.
¿Puede haber algo más horrible que el papado,
una alianza de gente que crucifica a Cristo en ellos mismos, en la iglesia y en
los corazones de los creyentes?
De todas las doctrinas enfermas y viciadas
del papado la peor es ésta: “Si quieren servir a Dios tienen que ganar su
propia remisión de los pecados y la vida eterna, y además ayudar a otros a
obtener la salvación dándoles el beneficio de sus propias obras excedentes de
santidad.” Los monjes, los frailes y todos los demás se jactan de que además de
los requisitos comunes que pertenecen a todos los cristianos, ellos hacen obras
de supererogación, es decir, que hacen más de los que se requiere. Ésta es
seguramente una ilusión diabólica.
Así no sorprende que Pablo use un lenguaje
tan fuerte en su esfuerzo por volver a ganar a los gálatas de la doctrina de
los falsos apóstoles. Les dice: “¿No saben lo que han hecho? Han crucificado de
nuevo a Cristo porque están buscando la salvación por el ley.”
Es cierto, Cristo ya no puede ser crucificado
en persona, pero es crucificado en nosotros cuando rechazamos la gracia, la fe,
la libre remisión de los pecados y tratamos de justificarnos con nuestras
propias obras o por las obras de la ley.
El apóstol está indignado por la presunción
de la persona que piensa que puede cumplir la ley de Dios para salvarse. Acusa
a tal persona del crimen atroz de crucificar de nuevo al Hijo de Dios.
Versículo
2. Esto solo quiero saber de vosotros:
¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?
Hay
algo de ironía en estas palabras del apóstol: “Bien, mis gálatas tan
inteligentes, ustedes que repentinamente se han convertido en doctores,
mientras que yo parezco ser su alumno: ¿Recibieron el Espíritu Santo por las
obras de la ley, o por la predicación del evangelio?” Esta pregunta les da algo
en qué pensar, porque su propia experiencia los contradecía.
“No
pueden decir que recibieron al Espíritu Santo mediante la ley. Todo el tiempo
que servían la ley, jamás recibieron al Espíritu Santo. Nadie jamás ha oído que
se le de a alguien el Espíritu Santo, sea doctor o necio, como resultado de la
predicación de la ley. En su propio caso, no sólo han aprendido de memoria la
ley, se han esforzado con todo su poder para cumplirla. Ustedes antes que nadie
deben de haber recibido al Espíritu Santo mediante la ley, si eso fuera
posible. No pueden mostrar que esto jamás haya pasado. Pero tan pronto como les
llegó el evangelio, recibieron al espíritu Santo mediante el sencillo oír con
fe, antes de tener la oportunidad de hacer una sola obra buena.” Lucas les
explica esta afirmación de Pablo en el libro de Hechos: “Mientras aún hablaba Pedro
estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso.”
(Hechos 10:44). “Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos
también, como sobre nosotros al principio.” (Hechos 11:15).
Trate
de apreciar la fuerza del argumento de Pablo que se repite con tanta frecuencia
en el libro de Hechos. Este libro se escribió con el propósito explícito de
verificar la afirmación de Pablo, de que el Espíritu Santo viene sobre los
hombres, no en respuesta a la predicación de la ley, sino a la predicación del
evangelio. Cuando Pedro predicó a Cristo en el primer Pentecostés, el Espíritu
Santo cayó sobre los oyentes, “y se añadieron aquel día como tres mil
personas”. Cornelio recibió al Espíritu Santo mientras Pedro hablaba de Cristo.
“El Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso.” Éstas son
experiencias reales que no se pueden negar. Cuando Pablo y Bernabé volvieron a
Jerusalén e informaron lo que habían podido lograr entre los gentiles, toda la
iglesia se asombró, particularmente cuando oyó que los gentiles incircuncisos
habían recibido al Espíritu Santo por la predicación de la fe en Cristo.
Así
como Dios dio al Espíritu Santo a los gentiles que no tenían la ley por la
simple predicación del evangelio, así dio al Espíritu Santo también a los
judíos, sin la ley, solamente por medio de la fe. Si la justicia de la ley
fuera necesaria para la salvación, el Espíritu Santo jamás hubiera llegado a
los gentiles, porque no se preocupaban de la ley. En consecuencia, la ley no justifica,
sino la fe en Cristo.
¿Cómo
le fue a Cornelio? Cornelio y los amigos a los cuales había invitado a su casa
no hicieron otra cosa sino sentarse y escuchar. Pedro es el que habla. Sólo se
sientan y no hacen nada. La ley está lejos de su pensamiento. No queman ningún
sacrificio, ni se interesan en la circuncisión. Todo lo que hacen es sentarse y
escuchar a Pedro. Repentinamente el Espíritu Santo entra en sus corazones. Su
presencia es indudable, “porque ... oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban
a Dios”.
Aquí
tenemos una diferencia más entre la ley y el evangelio. La ley no trae al
Espíritu Santo. El evangelio, sin embargo, trae el don del Espíritu Santo,
porque la naturaleza del evangelio es comunicar buenos dones. La ley y el
evangelio son ideas contrarias; tienen funciones y propósitos contradictorios.
Atribuirle cualquier capacidad a la ley de producir justicia es plagiar el
evangelio. El evangelio trae dones. Busca manos abiertas para tomar lo que se
les ofrece. La ley no tiene nada para dar, sino exige, y sus exigencias son
imposibles de cumplir.
Nuestros
adversarios vuelven a presentarnos a Cornelio. Nos muestran que Cornelio fue
“piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al
pueblo, y oraba a Dios siempre”. Según ellos, por tener estas cualidades,
merecía el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo.
Respondo:
Cornelio fue un gentil — no lo puedes negar — y como tal fue incircunciso. Como
gentil no observó la ley. Jamás pensó en la ley. A pesar de esto, fue
justificado y recibió al Espíritu Santo. ¿Qué ayuda puede dar la ley para la
justicia?
Nuestros
adversarios no se satisfacen, sino responden: “Aunque es cierto que Cornelio
era un gentil y no recibió al Espíritu Santo por la ley, sin embargo el texto
claramente dice que fue un hombre piadoso que temía a Dios, daba limosnas y
oraba. ¿No cree que mereció el don del Espíritu Santo?”
Mi
respuesta: Cornelio tenía la fe de los padres que se salvaron por la fe en el
Cristo venidero. Si él hubiera muerto antes de Cristo, habría sido salvo porque
creyó en el Cristo que iba a venir.
Pero puesto que el Mesías ya había vendido, a Cornelio se le tenía que dar a
conocer este hecho. Desde que Cristo llegó, no podemos ser salvos por la fe en
el Cristo que vendrá, sino tenemos que creer que ya vino. El propósito de la
visita de Pedro fue dar a conocer a Cornelio el hecho de que ya no se tenía que
esperar a Cristo, porque ya está aquí.
En
cuanto al argumento de nuestros adversarios de que Cornelio mereció la gracia y
el don del Espíritu Santo porque fue devoto y justo, decimos que estos
atributos son las características de la persona espiritual que ya tiene la fe
en Cristo, no las características de un hombre gentil o natural. Lucas primero
alaba a Cornelio por ser un hombre devoto y temeroso de Dios, luego menciona
las buenas obras, las limosnas y las oraciones de Cornelio. Nuestros
adversarios pasan por alto la secuencia de las palabras de Lucas. Brincan a
esta única oración: “hacía muchas limosnas al pueblo”, porque sirve para apoyar
su afirmación de que el mérito precede la gracia. El hecho es que Cornelio dio
limosnas y oró a Dios porque tenía la fe. Y debido a su fe en el Cristo que
vendría, Pedro fue delegado a predicar la fe en el Cristo que ya ha venido.
Este argumento debe ser lo suficiente convincente. Cornelio fue justificado sin
la ley, por tanto la ley no puede justificar.
Considera
el caso de Naamán, el sirio, que fue un gentil y no pertenecía a la raza de
Moisés. Sin embargo su carne fue sanada, se le reveló el Dios de Israel, y
recibió al Espíritu Santo. Naamán confesó su fe: “He aquí ahora conozco que no
hay Dios en toda la tierra, sino en Israel” (2 Reyes 5:15). Naamán no hace
nada, no se preocupa de la ley, nunca se circuncidó. No quiere decir que su fe
fue inactiva. Dijo al profeta Eliseo: “Porque de aquí en adelante tu siervo no
sacrificará holocausto ni ofrecerá sacrificio a otros dioses, sino a Jehová.
En esto perdone Jehová a tu siervo: que cuando mi señor el rey entrare en
el templo de Rimón para adorar en él, y se apoyare sobre mi brazo, si yo
también me inclinare en el templo de Rimón; cuando haga tal, Jehová perdone en
esto a tu siervo.” ¿Qué le dijo el profeta? “Ve en paz.” A los judíos no les
gustó oír a un profeta decir eso. “¡Qué!” exclaman, “¿Debe este pagano ser
justificado sin la ley? ¿Debe ser igual a nosotros que somos circuncidados?”
Mucho
antes del tiempo de Moisés, Dios justificó a los hombres sin la ley. Justificó
a muchos reyes de Egipto y Babilonia, también a Job. Nínive, aquella gran
ciudad, fue justificada y recibió la promesa de Dios de que no destruiría la
ciudad. ¿Por qué no se destruyó Níneve? No porque cumplió la ley, sino porque
Nínive creyó la palabra de Dios. El profeta Jonás escribe: “Y los hombres de Nínive
creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio.” Se
arrepintieron. En ninguna parte del libro de Jonás lees que los ninevitas
recibieron la ley de Moisés, o que fueron circuncidados, o que ofrecieron
sacrificios.
Todo
eso sucedió mucho antes del nacimiento de Cristo. Si los gentiles fueron
justificados sin la ley y tranquilamente recibieron al Espíritu Santo en un
tiempo en que la ley estaba en pleno vigor, ¿por qué debe la ley contar para la
justicia ahora, cuando Cristo la ha cumplido?
Sin
embargo, muchos dedican mucho tiempo y trabajo a la ley, a los decretos de los
padres y a las tradiciones del Papa. Muchos de estos especialistas se han
incapacitado para cualquier clase de trabajo, buena o mala, con su atención
rigurosa a las reglas y leyes. Al mismo tiempo, no podían obtener una
conciencia tranquila y paz en Cristo. Pero en el momento en que el evangelio de
Cristo los toca, les llega la certidumbre, el gozo y un juicio recto.
Tengo
buena razón para ampliar este punto. Al corazón del hombre se le hace difícil
creer que se obtiene un tesoro tan grande como el Espíritu Santo solamente
oyendo con fe. El que oye tiende a razonar así: el perdón de los pecados, la
liberación de la muerte, el don del Espíritu Santo y la vida eterna son cosas
grandiosas. Si quieres obtener estos beneficios indecibles, tienes que hacer un
esfuerzo que le corresponda en magnitud. Y el diablo dice: “Amén.”
Tenemos
que aprender que el perdón de los pecados, Cristo y el Espíritu Santo se nos
conceden libremente con la predicación de la fe, a pesar de nuestro pecado. No
debemos perder tiempo pensando cuán indignos somos de las bendiciones Dios.
Debemos saber que le agradó a Dios darnos libremente sus dones indecibles. Si
nos ofrece gratuitamente sus dones, ¿por qué no aceptarlos? ¿Por qué
preocuparnos de nuestra falta de dignidad? ¿Por qué no aceptar los dones con
gozo y acciones de gracias?
Inmediatamente
la necia razón se ofende otra vez. Nos reprende: “Cuando dices que la persona
no puede hacer nada para obtener la gracia de Dios, promueves la seguridad
carnal. La gente se hace floja y no hará nada bueno. Mejor no predicar esa
doctrina de la fe. Más bien anima a la gente a esforzarse y ejercerse en las
buenas obras, para que el Espíritu Santo desee llegar a ellos.”
¿Qué
dijo Jesús a Marta cuando ella se preocupaba con muchos quehaceres” y casi no
soportaba ver a su hermana María sentada a los pies de Jesús, solamente
escuchando? “Marta, Marta”, le dijo Jesús, “afanada y turbada estás con muchas
cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha
escogido la buena parte, la cual no le será quitada.” La persona no llega a ser
cristiana trabajando, sino escuchando. El primer paso para ser cristiano es
escuchar el evangelio. Cuando la persona ha aceptado el evangelio, primero debe
dar gracias a Dios con un corazón alegre, y luego debe ocuparse en las buenas
obras que hay que buscar, las que realmente agradan a Dios, y no las obras que
los hombres inventan y escogen para sí.
Nuestros
adversarios consideran la fe algo fácil. Pero sé de experiencia personal lo
difícil que es creer. Se dice fácilmente que el Espíritu Santo se recibe por la
fe, pero no es tan fácil hacerlo.
Todos
los creyentes experimentan esta dificultad. Con mucho gusto abrazarían la palabra
con plena fe, pero la carne se los impide. La razón siempre piensa que es
demasiado fácil y barato obtener la justicia, el Espíritu Santo y la vida
eterna sólo escuchando el evangelio.
Versículo
3. ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado
por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?
Pablo
ahora comienza a advertir a los gálatas contra un peligro doble. El primero es:
“¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por
la carne?”
“La
carne” representa la justicia de la razón que busca justificarse cumpliendo la
ley. A mí me dicen que comencé en el espíritu bajo el papado, pero que ahora
estoy terminando en la carne porque me casé. Como si la vida de soltero fuera
la vida espiritual, y la vida de casado una vida carnal. Están locos. Todo los
deberes del esposo cristiano, amar a su esposa, criar a sus hijos, gobernar a
su familia, etc., son los mismos frutos del Espíritu.
La
justicia de la ley, que Pablo también llama la justicia de la carne, está tan
lejos de justificar a la persona que los que en un tiempo tenían al Espíritu
Santo y lo perdieron terminan en la ley para su completa destrucción.
Versículo
4. ¿Tantas cosas habéis padecido en vano?
El otro
peligro contra el cual el apóstol advierte a los gálatas es éste: “¿Tantas
cosas habéis padecido en vano?” Pablo quiere decir: “Consideren no solamente el
buen comienzo que hicieron y perdieron, sino también tantas cosas que han
sufrido por causa del evangelio y por el nombre de Cristo. Sufrieron la pérdida
de sus posesiones, soportaron las reprensiones, pasaron por muchos peligros de
cuerpo y de vida. Padecieron mucho por el nombre de Cristo y lo hicieron con
fidelidad. Pero ahora han perdido todo, el evangelio, la fe y el beneficio
espiritual de sus sufrimientos por causa de Cristo. ¡Qué miseria tener que
soportar tantas aflicciones de balde!”
Versículo
4. Si es que realmente fue en vano.
El
apóstol agrega otro pensamiento: “Si es que realmente fue en vano. No me
desespero completamente de ustedes. Pero si siguen buscando la justicia por la
ley, lo que se les debe decir es que todo el culto verdadero de Dios en el
pasado y todas las aflicciones que han soportado por causa de Cristo no les
ayudarán en nada. No quiero desanimarlos totalmente. Espero que se arrepienten y
se enmienden.”
Versículo
5. Aquel, pues, que os suministra el
Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o
por el oír con fe?
Este
argumento, que se basa en experiencia de los gálatas, agradó tanto al apóstol
que vuelve a ello después de advertirles contra su doble peligro. “No sólo
recibieron el Espíritu por la predicación del evangelio, sino mediante el mismo
evangelio fueron capacitados para hacer cosas.” “¿Cuáles?” preguntamos. Los
milagros. Al menos los gálatas habían manifestado los frutos impresionantes de
la fe que los verdaderos discípulos del evangelio manifestaban en esos días. En
una ocasión el apóstol escribió: “El reino de Dios no consiste en palabras,
sino en poder.” Este “poder” se reveló no solamente en la elocuencia, sino en
demostraciones de la habilidad sobrenatural del Espíritu Santo.
Cuando
el evangelio se predica para la fe, la esperanza, el amor y la paciencia, Dios
da a su Espíritu que obra milagros. Pablo recuerda esto a los gálatas. “Dios no
sólo les ha llevado a la fe con mi predicación. También les ha santificado para
producir los frutos de la fe. Y uno de ellos fue que me amaban con tanta
devoción que estaban dispuestos a sacar sus ojos por mí.” Amar a otro hombre
con tanta devoción que está dispuesto a darle dinero, bienes, ojos para
conseguir su seguridad, tal amor es el fruto del Espíritu Santo.
“Gozaron
de estos productos del Espíritu antes que los falsos profetas los engañaron,”
el apóstol recuerda a los gálatas. “Pero no han manifestado ninguno de estos
frutos bajo el régimen de la ley. ¿Cómo es que ya no producen los mismos frutos
ahora? Ya no enseñan la verdad; ya no creen con intrepidez; ya no viven bien;
no trabajan duro; no soportan las cosas con paciencia. ¿Quién los ha arruinado para que ya no me amen; que ya
no estén dispuestos a sacar sus ojos por mí? ¿Qué ha sucedido para enfriar su
ardor por mí?”
Lo
mismo sucedió conmigo. Cuando comencé a proclamar la evangelio, había muchos,
una multitud, que se deleitaban en nuestra doctrina y tenían una buena opinión
de nosotros. ¿Y ahora qué? Ahora han logrado hacernos tan odiosos a los que
antes nos amaban que nos aborrecen como el veneno.
Pablo
arguye: “Su experiencia debe enseñarles que los frutos del amor no crecen del
tronco de la ley. No tenían la virtud antes de la predicación del evangelio y
no tienen las virtudes ahora bajo el régimen de los apóstoles falsos.”
Nosotros
también podemos decir a los que falsamente se llaman “evangélicos” y se jactan
de su nueva libertad: ¿Han derrocado la tiranía del papado y obtenido la
libertad en Cristo mediante los anabaptistas y otros fanáticos? ¿O han obtenido
su libertad de nosotros que predicamos la fe en Cristo Jesús? Si les queda algo
de honestidad tendrán que confesar que su libertad comenzó con la predicación
del evangelio.
Versículo 6. Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia.
El apóstol luego presenta el ejemplo de
Abraham y repasa el testimonio de las Escrituras acerca de la fe. El primer
pasaje se toma de Génesis 15:6: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por
justicia.” El apóstol aprovecha este pasaje al máximo. Abraham puede haber
gozado de una buena reputación entre los hombres por su vida recta, pero no con
Dios, ante quien Abraham era un pecador condenado. Su justificación delante de
Dios no se debía a sus propios esfuerzos, sino a su fe. Las Escrituras
sencillamente afirman: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.”
Pablo pone el énfasis en las dos palabras:
Abraham creyó. La fe en Dios constituye el culto supremo, el principal deber,
la primera obediencia y el mayor sacrificio. Sin la fe Dios pierde en nosotros
su gloria, sabiduría, verdad y misericordia. El primer deber del hombre es
creer en Dios y honrarlo a él con su fe. La fe es en verdad la suprema
sabiduría, la justicia verdadera, la única verdadera religión. Esto dará una
idea de la excelencia de la fe.
Creer en Dios como lo hizo Abraham es ser
justo ante Dios porque la fe honra a Dios. La fe dice a Dios: “Creo lo que
dices.”
Cuando hacemos caso a la razón, Dios parece
proponer cosas imposibles en el Credo cristiano. A la razón le parece absurdo
que Dios debería ofrecer su cuerpo y sangre en la Santa Cena, que el bautismo
debe ser un lavamiento de regeneración, que los muertos resucitarán, que Cristo
el Hijo de Dios fue concebido en el vientre de la Virgen María, etc. La razón
grita que todo esto es ridículo. ¿Te sorprendes de que la razón valora tan poco
la fe? La razón cree que es absurdo que la fe sea el mayor servicio que se
puede ofrecer a Dios.
Que tu fe reemplace tu razón. Abraham dominó
la razón con la fe en la palabra de Dios. No que la razón cede jamás con
facilidad. Luchó contra la fe de Abraham, protestando que era absurdo pensar
que Sara, de noventa años de edad y estéril, debería dar a luz un hijo. Pero la
fe obtuvo la victoria y derrotó a la razón, esa bestia repugnante y enemiga de
Dios. Todo el que por la fe mata a la razón, el mayor monstruo del mundo,
ofrece a Dios un verdadero servicio, uno que supera lo que todas las religiones
de todas las razas y todo el trabajo duro y cansado de los monjes que buscan el
mérito pueden dar.
Los hombres ayunan, vigilan, sufren. Su
intención es apaciguar la ira de Dios y merecer la gracia de Dios con sus
esfuerzos. Pero no dan a Dios ninguna gloria, porque con sus esfuerzos y obras
estos hombres afirman que Dios es un capataz sin misericordia de esclavos, y un
juez infiel y airado. Desprecian a Dios, lo hacen un mentiroso, menosprecian a
Cristo y todos sus beneficios, en fin, sacan a Dios de su trono y se sientan
ellos allí.
La fe da la verdadera honra a Dios. Y porque
honra a Dios, él la cuenta por justicia. La justicia cristiana es la confianza
del corazón en Dios por medio de Jesucristo. Tal confianza se cuenta como
justicia por causa de Cristo. Dos cosas componen la justicia cristiana: la fe
en Cristo, que es un don de Dios; y Dios quien acepta esta imperfecta fe
nuestra como justicia perfecta. Debido a mi fe en Cristo, Dios pasa por alto mi
desconfianza, la indisposición de mi espíritu, mis muchos otros pecados. Porque
la sombra del ala de Cristo me cubre, no tengo miedo, porque Dios cubrirá todos
mis pecados y aceptará mis imperfecciones como justicia perfecta.
Dios cierra el ojo a mis pecados y los cubre.
Dice: “Porque crees en mi Hijo perdonaré tus pecados hasta que la muerte libre
el cuerpo del pecado.”
Aprendan a comprender lo que constituye su
justicia cristiana. La fe es débil, pero Dios la considera de tal forma que no
pondrá en nuestra cuenta el pecado, no nos castigará ni nos condenará por él.
Nos perdonará nuestros pecados como si no fueran nada. Lo hará no porque seamos
dignos de tal misericordia, sino por causa de Jesús en quien creemos.
Paradójicamente, el cristiano es tanto recto
y errado, santo y profano, un enemigo de Dios y un hijo de Dios. Nadie puede
armonizar estas contradicciones a menos que comprenda el verdadero camino de la
salvación. Bajo el papado nos dijeron laborar hasta que nos haya abandonado el
sentimiento de la culpa. Pero los autores de esta idea descabellada con
frecuencia se dejaron llevar por la desesperación en la hora de la muerte. Me
hubiera pasado a mí, si Cristo en su misericordia no me hubiera librado de este
error.
Consolamos de esta manera al pecador
afligido: Hermano, nunca puedes ser perfecto en esta vida, pero puedes ser
santo. Él dirá: “¿Cómo puedo ser santo cuando siento mis pecados?” Respondo:
¿Sientes tu pecado? Ésta es una buena señal. Es un buen paso hacia el alivio
reconocer tu enfermedad, uno muy necesario. “¿Pero cómo quitaré mi pecado”?,
preguntará. Contesto: Mira el Médico celestial, Cristo, que sana a los
quebrantados de corazón. No consultes al curandero, la razón. Cree en Cristo y
tus pecados te serán perdonados. Su justicia será tu justicia, y tus pecados
serán sus pecados.
En una ocasión Jesús dijo a sus discípulos:
“El Padre os ama.” ¿Por qué? No porque los discípulos eran fariseos, o
circuncidados, o especialmente obedientes a la ley. Jesús dijo: “El Padre mismo
os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios.”
Les dio gusto saber que el Padre me envió al mundo. Y porque lo creyeron, el
Padre los ama. En otra ocasión Jesús llamó a sus discípulos malos y les mandó
pedir perdón.
El cristiano es amado por Dios y es un
pecador. ¿Cómo se pueden armonizar estas dos contradicciones: Soy en pecador
que merezco la ira y el castigo de Dios, y sin embargo el Padre me ama? Sólo
Cristo puede armonizarlas. Él es el Mediador.
¿Ves ahora como la fe justifica sin obras? El
pecado persiste en nosotros, y Dios aborrece el pecado. Así se hace vitalmente
necesaria una transfusión de justicia. Ésta la obtenemos de Cristo porque
creemos en él.
Versículo 7. Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.
Éste es el punto principal del argumento de
Pablo contra los judíos: Los hijos de Abraham son los que creen y no los que
nacen de la carne y sangre de Abraham. Pablo empeña todas sus fuerzas para
hacer que se entienda este punto, porque los judíos daban un valor salvador a
este hecho genealógico: “Somos la
simiente y los hijos de Abraham.”
Comencemos con Abraham y aprendamos cómo este
amigo de Dios fue justificado y se salvó. No porque abandonara su país, a sus
parientes, la casa de su padre; no porque fuera circuncidado; no porque estaba
listo a sacrificar a su propio hijo Isaac, en quien tenía la promesa de una
posteridad. Abraham fue justificado porque creyó. Pablo arguye así: “Puesto que
éste es el testimonio inconfundible de la Sagrada Escritura, ¿por qué te fundas
en la circuncisión y la ley? ¿No es cierto que Abraham, tu padre, a quien
alabas tanto, fue justificado y salvo sin la circuncisión y la ley, sólo por la
fe? Pablo, por tanto, concluye: “los que son de fe, éstos son hijos de
Abraham.”
Abraham fue el padre de los creyentes. Para
ser un hijo del creyente Abraham, tienes que creer como lo hizo él. De otro
modo sólo eres el descendiente físico del Abraham que te procreó, es decir,
fuiste concebido y nacido en pecado para la ira y la condenación.
Ismael e Isaac fueron los dos hijos naturales
de Abraham. Ismael debería haber gozado el privilegio del primogénito, si
tuviera algún valor el nacimiento físico. Sin embargo él fue pasado por alto
mientras Isaac fue llamado. Esto demuestra que los hijos de la fe son los
verdaderos hijos de Abraham.
Algunos ponen reparos a Pablo por aplicar a
Cristo la palabra “fe” en Génesis 15:6. Piensan que Pablo usó en un sentido
demasiado amplio y general el término, que su significado debe restringirse al
contexto. Según ellos, la fe de Abraham no abarcaba más que una creencia en la
promesa de Dios de que tendría descendientes.
Respondemos: La fe presupone la seguridad de
la misericordia de Dios. Esta seguridad incluye la confianza de que nuestros
pecados son perdonados por causa de Cristo. La conciencia nunca confiará en
Dios a menos que pueda estar segura de la misericordia de Dios y sus promesas
en Cristo. Ahora bien, todas las promesas de Dios se remontan a la primera
promesa acerca de Cristo: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu
simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el
calcañar.” La fe de los padres en el tiempo del Antiguo Testamento y nuestra fe
en el Nuevo Testamento son la misma fe en Jesucristo, aunque pueden ser
diferentes los tiempos y las condiciones. Pedro reconoció esto en las palabras:
“Que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes
creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que
ellos.” (Hechos 15:10,11). Y Pablo escribe: “Y todos bebieron la misma bebida
espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era
Cristo.” (1 Corintios 10:4). Y Cristo mismo declaró: “Abraham vuestro padre se
gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.” La fe de los padres se
dirigía hacia el Cristo que vendría, mientras la nuestra descansa en el Cristo
que ha venido. El tiempo no cambia el objeto de nuestra fe, ni al Espíritu
Santo. Siempre ha habido y siempre habrá una mente, una impresión, una fe
acerca de Cristo entre los verdaderos creyentes, sea que vivan en el pasado, en
el presente o en los tiempos venideros. Nosotros también creemos en el Cristo
que vendrá, como lo hicieron los creyentes del Antiguo Testamento, porque
esperamos que Cristo vendrá otra vez en el día final para juzgar a los vivos y
a los muertos.
Versículo 7. Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.
Pablo está diciendo: “Ustedes conocen el
ejemplo de Abraham y el claro testimonio de las Escrituras que los que tienen
la fe en Cristo son los hijos de Abraham, sin importar su nacionalidad, la ley,
las obras, sus padres. A Abraham se le dio la promesa: “te he puesto por padre
de muchedumbre de gentes” y “serán benditas en ti todas las familias de la
tierra.” Para impedir que los judíos malinterpretaran la palabra “gentes”, las
Escrituras dicen con cuidado “muchedumbre de gentes”. Los hijos verdaderos de
Abraham son los que creen en Cristo en todas las naciones.
Versículo 8. Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los
gentiles.
“Tu jactancia no te llevará a ninguna parte”,
dice Pablo a los gálatas, “porque la Sagrada Escritura vio de antemano y
predijo mucho antes de dar la ley que los gentiles serían justificados por la
“Simiente” bendita de Abraham y no por la ley. Esta promesa se dio 430 años
antes de dar la ley. Ya que ésta se dio tantos años después de Abraham, no
podía anular la bendita promesa.” Este argumento es fuerte porque se basa en el
factor exacto del tiempo. “¿Por qué deben jactarse de la ley, mis gálatas,
cuando la ley vino 430 años después de la promesa?”
Los apóstoles falsos glorificaban la ley y
despreciaban la promesa hecha a Abraham, aunque antecedió por muchos años a la
ley. Fue después de que a Abraham se le contara justo por su fe que las
Escrituras por primera vez mencionan la circuncisión. “Las Escrituras”, dice
Pablo, “querían prevenir su encanto por la justicia de la ley colocando la
justicia de la fe antes de ordenar la circuncisión y la ley.”
Versículo 8. Dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán
benditas todas las naciones.
Los judíos interpretan mal este pasaje.
Quieren que la palabra “bendecir” signifique “alabar”. Quieren que el pasaje
diga: En ti todas las naciones de la tierra serán alabadas. Pero ésta es una
perversión de las palabras de la Sagrada Escritura. Con las palabras “Abraham
creyó”, Pablo describe a un Abraham espiritual, renovado por la fe y regenerado
por el Espíritu Santo, para que fuera el padre de muchas naciones. De este modo
se le podían dar todas las naciones como una herencia.
Las Escrituras no atribuyen ninguna justicia
a Abraham sino la que viene por la fe. Describen a Abraham como está ante Dios,
justificado por la fe. Debido a su fe Dios le extiende la promesa: “En ti serán
benditas todas las naciones.”
Versículo 9. De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.
El énfasis está en la palabras: “con el
creyente Abraham”. Pablo distingue entre un Abraham y otro. Hay un Abraham que
obra y uno que cree. No tenemos nada que ver con el Abraham que obra. Qué los
judíos se gloríen en el Abraham que procrea; nosotros lo haremos en el Abraham
creyente de quien las Escrituras declaran que recibió la bendición de la
justicia por la fe, no sólo para sí mismo sino para todos los que creen como
él. El mundo le fue prometido a Abraham porque creyó. El mundo entero es
bendito si cree como lo hizo Abraham.
La bendición es la promesa del evangelio. La
bendición de todas las naciones significa que todas las naciones deben oír el
evangelio y deben ser declaradas justas ante Dios por la fe en Jesucristo.
Bendecir significa, sencillamente, difundir el conocimiento de la salvación de
Jesús. Éste es el oficio de la iglesia del Nuevo Testamento que distribuye la
prometida bendición al predicar el evangelio, administrar los sacramentos,
consolar a los quebrantados de corazón, en fin, dispensar los beneficios de
Cristo.
Los judíos exhibían a un Abraham que obraba.
El Papa exhibe a un Cristo que obra, es decir, un Cristo que es un ejemplo.
Cita lo que Cristo dijo en Juan 13:15: “Porque ejemplo os he dado, para que
como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” No negamos que los cristianos
deben seguir el ejemplo de Cristo; pero solamente imitarlo no satisfacerá a
Dios. Y tengan presentes que Pablo ahora no discute el ejemplo de Cristo, sino
su salvación.
El que Abraham se haya sometido a la
circuncisión cuando Dios se lo mandó, que fuera dotado de excelentes virtudes,
que obedeciera a Dios en todo con seguridad es digno de admirarse. Seguir el
ejemplo de Cristo, amar al prójimo, hacer bien a los que te persigan, orar por
los enemigos, soportar con paciencia la falta de gratitud de los que devuelven
mal por bien ciertamente es loable. Pero sean o no dignas de alabanza, tales
virtudes no nos absuelven ante Dios. Se necesita más que esto para hacernos
justos ante él. No necesitamos el ejemplo de Cristo, sino a Cristo mismo para
salvarnos. Necesitamos a un Cristo que nos redime, no a alguien que nos ponga
un ejemplo. Pablo habla aquí del amor redentor de Cristo y el creyente Abraham,
no de Cristo como modelo o un Abraham que suda.
El creyente Abraham no debe quedarse
sepultado. Se le debe desempolvar y presentarlo ante el mundo. Debe ser alabado
hasta los cielos por su fe. Cielo y tierra deben saber de él y de su fe en
Cristo. El Abraham que obra debe verse muy pequeño al lado del creyente
Abraham.
Las palabras de Pablo implican un contraste.
Cuando cita la Escritura para afirmar que todas las naciones que comparten la
fe de Abraham deben ser bendecidas, por contraste quiere insinuar que todas las
naciones son malditas sin la fe en Cristo.
v. 10. Porque todos los que dependen de
las obras de la ley están bajo maldición.
La maldición de Dios es como un diluvio que
arrasa todo lo que no es de fe. Para evitar la maldición, tenemos que asirnos a
la promesa de la bendición en Cristo.
Se le recuerda al lector que todo esto no
tiene nada que ver con las leyes ni las costumbres civiles ni los asuntos
políticos. Éstos tienen su lugar y propósito. Cada gobierno adopte las mejores
leyes posibles. Sin embargo, la justicia civil jamás librará a nadie de la
condenación de la ley de Dios.
Tengo buena razón por llamarles la atención
sobre esto, porque la gente con facilidad confunde la justicia civil con la
justicia espiritual. En la vida civil, por supuesto, tenemos que prestar
atención a la leyes y a las obras, pero en la vida espiritual no debemos
intentar justificarnos con leyes y obras, sino siempre tener presente la
promesa y bendición de Cristo, nuestro único Salvador.
Según Pablo, todo lo que no es de fe es
pecado. Cuando nuestros adversarios nos oyen repetir lo que dijo Pablo, lo
hacen parecer como si enseñáramos que no se debe honrar a los gobiernos, como
si estuviéramos a favor de la rebelión contra las autoridades constituidas,
como si condenáramos todas las leyes. Ellos nos hacen una gran injusticia,
porque hacemos una clara distinción entre los asuntos civiles y los
espirituales.
Las leyes y ordenanzas del gobierno son
bendiciones de Dios sólo para esta vida. Tales bendiciones temporales no son lo
suficientemente buenas para la vida eterna. Los incrédulos gozan de mayores
bendiciones temporales que los cristianos. La justicia civil o legal tal vez
sea lo suficientemente buena para esta vida, pero no para la vida venidera. De otro
modo los paganos estarían más cercanos al cielo que los cristianos, porque los
incrédulos con frecuencia sobresalen en la justicia civil.
Versículo 10. Pues escrito está: Maldito
todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la
ley, para hacerlas.
Pablo prueba en base a esta cita del libro de
Deuteronomio que todos los que están bajo la ley están bajo la sentencia del
pecado, de la ira de Dios y de la muerte eterna. Pablo presenta esta prueba
dando un rodeo. Convierte la afirmación negativa: “Maldito todo aquel que no
permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas”,
en una afirmación positiva: “Todos los que dependen de las obras de la ley
están bajo maldición.” Las dos afirmaciones, la de Pablo y la de Moisés,
parecen estar en contradicción. Pablo declara: “Todo el que hace las obras de
la ley está bajo maldición.” Moisés dice: “Todo el que no hace las obras de la
ley está bajo maldición.” ¿Cómo pueden las dos afirmaciones contradictorias reconciliarse?
¿Cómo puede una de éstas probar la otra? Nadie puede esperar comprender a Pablo
a menos que entienda el artículo de la justificación. Estas dos afirmaciones no
son de ningún modo contradictorios.
Tenemos que tener presente que hacer las
obras de la ley no significa sólo alcanzar los requisitos superficiales de la
ley, sino obedecer a la perfección el espíritu de la ley. ¿Pero en dónde
hallarás a la persona capaz de hacer eso? Qué se presente y lo alabaremos.
Nuestros adversarios ya están listos con su
respuesta. Citan las palabras de Pablo mismo en Romanos 2:13: “Los hacedores de
la ley serán justificados.” Muy bien. No obstante, primero preguntemos quiénes
son los hacedores de la ley. Ellos llaman “hacedor” de la ley a cualquiera que
cumpla la ley en su sentido literal. Esto no es “hacer” la ley, sino pecar.
Cuando nuestros adversarios se dedican a cumplir la ley, pecan contra el
primero, el segundo y el tercer mandamientos, de hecho, contra toda la ley.
Porque Dios sobre todo requiere que lo adoremos en espíritu y en fe. Al
observar la ley con el fin de obtener la justicia sin la fe en Cristo, estos
hacedores de la ley se arremeten contra la ley y contra Dios. Niegan la
justicia de Dios, su misericordia y sus promesas. Niegan a Cristo y sus beneficios.
En la ignorancia del propósito verdadero de
la ley, los exponentes de la ley abusan de ella, como dice Pablo en Romanos
10:3: “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya
propia, no se han sujetado a la justicia de Dios.”
En su necedad, nuestros adversarios se
precipitan en las Escrituras, sacan una oración de aquí y una oración de allá
acerca de la ley, y ya se imaginan que lo saben todo. Su justicia por las obras
es burda idolatría y blasfemia contra Dios. No sorprende que permanecen bajo la
maldición de Dios.
Puesto que Dios vio que no podíamos guardar
la ley, proveyó un camino de salvación mucho antes de dar la ley, una salvación
que prometió a Abraham cuando dijo: “Serán benditas en ti todas las familias de
la tierra.”
Lo primero que debemos hacer es creer en
Cristo. Primero es necesario que recibamos el Espíritu Santo, quien nos ilumina
y nos santifica para que podamos comenzar a cumplir la ley, es decir, amar a
Dios y a nuestro prójimo. Sin embargo, no se recibe al Espíritu Santo por medio
de la ley, sino por la fe en Cristo. En fin, hacer la ley significa creer en
Cristo. Primero viene el árbol, después los frutos.
Los escolásticos admiten que cumplir la ley
sólo externa y superficialmente sin la sinceridad y la buena voluntad es
evidente hipocresía. Judas actuó como los demás discípulos. ¿Cuál era su
problema? Note lo que responde Roma: “Judas fue un réprobo. Tenía motivos
perversos, por lo cual sus obras eran hipócritas y no valían.” Muy bien. Roma
admite, después de todo, que las obras en sí no justifican a menos que procedan
de un corazón sincero. ¿Por qué no confiesan nuestros adversarios la misma
verdad en los asuntos espirituales? Allí, sobre todo, la fe tiene que preceder
todo. El corazón tiene que ser purificado por la fe para que la persona pueda
hacer la mínima cosa para agradar a Dios.
Hay dos clases de hacedores de la ley, los
verdaderos y los hipócritas. Los verdaderos son los que nos motivan a cumplir
la ley por la fe en Cristo. Los hipócritas son aquellos que buscan obtener la
justicia haciendo mecánicamente las buenas obras a la vez que sus corazones
están lejos de Dios. Se comportan como el carpintero necio que comienza a
construir la casa con el techo. En vez de hacer la ley, estos hipócritas que se
especializan en la ley quebrantan la ley. Violan ya el primer mandamiento al
negar su promesa en Cristo. No adoran a Dios en la fe, sino a ellos mismos.
No nos sorprende que Pablo haya podido
predecir las abominaciones que el Anticristo metería en la iglesia. Cristo
mismo profetizó que vendrían anticristos, Mateo 24:5: “Porque vendrán muchos en
mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán.” Todo el que busca
la justicia por las obras niega a Dios y se convierte a sí mismo en Dios. Es un
anticristo porque atribuye a sus propias obras la capacidad omnipotente de
conquistar el pecado, la muerte, el diablo, el infierno y la ira de Dios. Un
anticristo reclama el honor que pertenece a Cristo. Con idolatría se adora a sí
mismo. La persona que es justa por la ley es la peor clase de incrédulo.
Los que intentan obtener la justicia por las
obras no lo dicen en tantas palabras: “Soy Dios; soy Cristo.” No obstante, es
la realidad; usurpan la divinidad y el oficio de Cristo. El efecto es como que
hubieran dicho: “Soy Cristo; soy un Salvador. Me salvo a mí mismo y a otros.”
Es la impresión que dan los monjes.
El Papa es el Anticristo, porque está en
contra de Cristo, porque corrompe las cosas de Dios, porque se señorea sobre el
templo de Dios.
No puede decirles lo criminal que es buscar
la justicia ante Dios sin la fe en Cristo, mediante las obras de la ley. Es la
abominación en el lugar santísimo. Depone al Creador y deifica a la criatura.
Los verdaderos hacedores de la ley son los
creyentes verdaderos. El Espíritu Santo los capacita a amar a Dios y al
prójimo. No obstante, porque solamente tenemos las primicias del Espíritu, y no
el cien por ciento, no guardamos a la perfección la ley. Sin embargo, no se nos
imputa esta imperfección nuestra por causa de Cristo.
Por eso lo que dice Moisés: “Maldito todo
aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley”,
no contradice a Pablo. Moisés exige hacedores perfectos de la ley. ¿Pero en
dónde los encontrará usted? En ninguna parte. Moisés mismo confesó que no era
un hacedor perfecto de la ley cuando dijo al Señor: “Perdona nuestra iniquidad
y nuestro pecado.” Sólo Cristo puede hacernos inocentes de cualquier
transgresión. ¿Cómo? Primero, por el perdón de los pecados y la imputación de
su justicia. Segundo, por el don del Espíritu Santo, quien engendra en nosotros
una nueva vida y actividad.
Aquí otra vez tomaremos el tiempo para tratar
las objeciones que nuestros adversarios levantan contra la doctrina de la fe.
Hay muchos pasajes en la Biblia que tratan de las obras y el galardón de las
obras que nuestros adversarios citan en nuestra contra creyendo que éstos
refutarán la doctrina de fe que enseñamos.
Los teólogos escolásticos conceden que según
el orden racional de la naturaleza, el ser viene antes de el hacer. Conceden
que cualquier acción es defectiva a menos que proceda del motivo correcto.
Admiten que la persona tiene que ser justa antes de poder actuar con justicia.
¿Por qué no conceden que la inclinación debida del corazón hacia Dios por medio
de la fe en Cristo tiene que preceder las obras?
En el capítulo 11 de la Epístola a los
Hebreos hallamos un catálogo de varias obras y acciones de los santos en la
Biblia. Se menciona a David, quien mató un león y un oso, y derrotó a Goliat.
El teólogo escolástico no puede encontrar más que logros externos en las obras
heroicas de David. Sin embargo, las acciones de David se tienen que evaluar
conforme a su personalidad. Cuando entendemos que David fue un hombre de fe,
que su corazón confiaba en el Señor, entenderemos por qué podía hacer obras de
tanto heroísmo. David dijo: “Jehová, que me ha librado de las garras del león y
de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo.” Otra
vez: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el
nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a
quien tú has provocado. 46Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo
te venceré, y te cortaré la cabeza.” (1 Samuel 17:37,45,46). Antes de que David
pudo lograr una sola obra heroica, ya era un hombre al cual Dios amaba, fuerte
y constante en la fe.
En la misma epístola se dice de Abel: “Por la
fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín.” Cuando los teólogos
escolásticos topan con el pasaje paralelo en Génesis 4:4 no van más allá que
las palabras: “Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda”. “Ah sí”,
gritan. “Ves, Dios miró con agrado a las ofrendas. Las obras sí justifican.”
Con sus ojos enlodados, no pueden ver que el texto en Génesis dice que Dios
primero tuvo consideración de la persona de Abel. Abel fue agradable al Señor
por medio de su fe. Porque le agradaba la persona de Abel, también le agradó la
ofrenda de Abel. La Epístola a los Hebreos dice explícitamente: “Por la fe Abel
ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín”.
En nuestro trato con Dios la obra no vale
nada sin la fe, porque “sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6). El
sacrificio de Abel fue mejor que el de Caín porque Abel tenía fe. En cuanto a
Caín, no tuvo ninguna fe ni confianza en la gracia de Dios, sino se pavoneaba
en su dignidad imaginaria. Cuando Dios rehusó reconocer el valor de Caín, se
enojó con Dios y con Abel.-
El Espíritu Santo habla de la fe en varias
maneras en la Sagrada Escritura. A veces habla de la fe sin que tenga conexión
con otros asuntos. Cuando las Escrituras hablan de la fe de manera abstracta o
absoluta, la fe se refiere directamente a la justificación. Sin embargo, cuando
la Escritura habla de galardones y obras habla de una fe compuesta o relativa.
Daremos algunos ejemplos. Gálatas 5:6: “la fe que obra por el amor”. Levítico
18:5: “los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos”. Mateo 19:17: “Mas si
quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.” Salmo 32:27: “Apártate del
mal, y haz el bien.” En éstos y otros pasajes donde menciona el obrar, las
Escrituras siempre hablan de un obrar fiel, inspirado por la fe. “Haz esto, y
vivirás” quiere decir: Primero ten la fe en Cristo, y él te capacitará para
hacer y vivir.
En la palabra de Dios todas las cosas que se
atribuyen a las obras se atribuyen a la fe. La fe es la divinidad de las obras.
La fe compenetra todas las obras del creyente, así como la divinidad de Cristo
compenetraba su humanidad. Abraham fue contado como justo porque la fe
penetraba toda su personalidad y todas sus acciones.
Cuando lea que los padres, profetas y reyes
lograron grandes obras, recuerde explicarlas como lo hace la Epístola a los
Hebreos: “que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron
promesas, taparon bocas de leones”. De este modo interpretaremos de manera
correcta todos esos pasajes que parezcan apoyar la justicia por las obras. En
verdad, la ley se guarda solamente por la fe. Por lo tanto, todo hacedor de la
ley “santo”, “moral” está bajo maldición.
Suponiendo que esta explicación no satisfaga
a los teólogos escolásticos, y que me enredaran completamente con sus
argumentos (algo que no pueden hacer), preferiría estar equivocado y dar toda
la gloria a Cristo solamente. Aquí está Cristo. Pablo, el apóstol de Cristo,
declara que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros
maldición” (Gálatas 3:13). Oigo con mis propios oídos que no puedo ser salvo
sino por la sangre y muerte de Cristo. Por tanto, concluyo que el que debe
vencer mis pecados es Cristo, no la ley ni mis propios esfuerzos. Si él es el
precio de mi redención, si él fue hecho pecado para mi justificación, no me
importa que me cite usted mil pasajes bíblicos a favor de la justicia de las
obras contra la justicia de la fe. Tengo a mi lado al Autor y Señor de las
Escrituras. Prefiero creerle a él y no a toda la chusma de los “piadosos”
hacedores de la ley.
Versículo 11. Y que por la ley ninguno se
justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá.
El apóstol introduce en su argumento el
testimonio del profeta Habacuc: “El justo por la fe vivirá.” Este pasaje tiene
mucho peso porque elimina la ley y las obras de la ley como factores en el
proceso de nuestra justificación.
Los teólogos escolásticos interpretan mal
este pasaje al decir: “El justo vivirá por la fe si es una fe activa o una fe
formada y hecha por las obras de amor.” Su anotación es un fraude. Hablar de
una fe formada o no formada, una clase de fe doble, es contraria a las
Escrituras. Si las obras de amor pueden formar y perfeccionar la fe finalmente
se me obliga a decir que las obras de amor constituyen el factor esencial en la
religión cristiana. Cristo y sus beneficios se nos perderían.
Versículo 12. Y la ley no es de fe.
En oposición directa a los teólogos
escolásticos, Pablo declara: “la ley no es de fe.” ¿Cuál es este amor del que
los escolásticos tanto hablan? ¿No exige amor la ley? El hecho de que la ley no
hace otra cosa sino mandar el amor lo podemos concluir en base a los siguientes
pasajes bíblicos: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu
alma, y con todas tus fuerzas.” (Deuteronomio 6:5). “Hago misericordia a
millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.” (Éxodo 20:6). “De estos dos mandamientos
depende toda la ley y los profetas.” (Mateo 22:40). Si la ley exige amor, el
amor es parte de la ley y no de la fe. Puesto que Cristo ha reemplazado a la
ley que exige el amor, sigue que junto con la ley el amor ha sido abrogado como
un factor en nuestra justificación, y sólo queda la fe.
Versículo 12. Sino que dice: El que
hiciere estas cosas vivirá por ellas.
Pablo se esfuerza por explicar la diferencia
entre la justicia por la ley y la de la fe. La justicia de la ley es el
cumplimiento de la ley, según el pasaje: “El que hiciere estas cosas vivirá por
ellas.” La justicia de la fe es creer el evangelio, de acuerdo al pasaje: “El
justo por la fe vivirá.” La ley es una cuenta de saldo deudor, el evangelio es
una cuenta de saldo acreedor. Con esta distinción Pablo explica por qué el amor
que es el mandamiento de la ley no puede justificar, porque la ley no
contribuye nada a nuestra justificación.
Es cierto, las obra siguen a la fe, pero la
fe no es por eso una obra meritoria, sino que es un don. El carácter y las
limitaciones de la ley se tienen que mantener con rigidez.
Cuando creemos en Cristo vivimos por la fe.
Cuando creemos en la ley podemos ser tan activos como queramos, pero no tenemos
vida. La función de la ley no es dar vida, sino matar. Es cierto, dice la ley,
“el que hiciere estas cosas vivirá por ellas.” Sin embargo, ¿en dónde está la
persona que puede hacer “estas cosas”, es decir, amar a Dios con todo su
corazón, alma y mente, y a su prójimo como a él mismo?
Pablo no tiene nada en contra de los que son
justificados por la fe y por eso son verdaderos hacedores de la ley. Se opone a
los que piensan que pueden cumplir la ley cuando en realidad sólo pueden pecar
contra la ley tratando de obtener la justicia por medio de la ley. La ley exige
que temamos, amemos y adoremos a Dios con una verdadera fe. Los hacedores de la
ley no hacen esto. Más bien, inventan nuevas formas de culto y nuevas clases de
obras que Dios nunca ha ordenado. Provocan su ira, conforme al pasaje: “Pues en
vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.” (Mateo
15:9). Así que, los que quisieran ser justos por cumplir la ley son rebeldes
abiertos contra Dios e idólatras que
constantemente pecan contra el primer mandamiento. En resumen, no son nada
buenos, aunque externamente parezcan estar muy solícitos del honor de Dios.
Nosotros que somos justificados por la fe, al
igual como los santos de la antigüedad, tal vez estemos bajo la ley, pero no
estamos bajo la maldición de la ley porque no se nos imputa el pecado por causa
de Cristo. Si los creyentes no pueden cumplir la ley, ¿qué puede usted esperar
de la gente que aún no es justificada por la fe, que todavía es enemiga de Dios
y de su palabra, tal como los hacedores incrédulos de la ley? Demuestra lo
imposible que es cumplir la ley para los que no han sido justificados por la
fe.
Versículo 13 Cristo nos redimió de la
maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito
todo el que es colgado en un madero).
Jerónimo y los que lo siguen en la actualidad
se rompen la cabeza de manera miserable en el esfuerzo de salvar a Cristo del
insulto imaginado de ser llamado una maldición. Dicen: “Esta cita de Moisés no
se aplica a Cristo. Pablo se está tomando libertades con Moisés al generalizar
lo que dice en Deuteronomio 21:23. Moisés tiene ‘es el colgado’, pero Pablo
pone ‘todo el que es colgado’. Por otro lado, Pablo omite las palabras ‘por
Dios’ en su cita de Moisés: ‘porque maldito por Dios es el colgado’. Moisés
habla de un criminal que merece morir.” “¿Cómo?”, preguntan nuestros
adversarios, “se puede aplicar este pasaje al santo Cristo como si fuera
maldecido por Dios y digno de ser colgado?” Esta interpretación tal vez
impresione a los ingenuos como un intento celoso de defender la honra y gloria
de Cristo, pero veamos lo que piensa hacer Pablo
Pablo no dice que Cristo se hizo una
maldición. El acento cae en las dos palabras: “por nosotros”. Cristo en su
persona es inocente y no mereció ser colgado por ningún crimen que él haya
cometido. No obstante, porque Cristo tomó el lugar de otros que eran pecadores,
fue colgado como cualquier otro transgresor. La ley de Moisés no deja ninguna
escapatoria. Dice que el transgresor debe ser colgado. ¿Quiénes son los otros
pecadores? Nosotros. La sentencia de la muerte y la eterna condenación desde
hacía mucho se había pronunciado sobre nosotros. Sin embargo, Cristo tomó todos
nuestros pecados y murió por ellos en la cruz. “Fue contado con los pecadores,
habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores. (Isaías
53:12).
Todos los profetas de la antigüedad dijeron
que Cristo debe ser el mayor transgresor, asesino, adúltero, ladrón, blasfemo
que jamás vivía o podía vivir en la tierra. Cuando él tomó los pecados del
mundo entero sobre él, ya no era una persona inocente, sino que fue un pecador
cargado con los pecados de Pablo que era un blasfemo; los pecados de un Pedro
que negó a Cristo; los pecados de David quien cometió adulterio y asesinato y
ocasionó que los paganos pudieran reírse del Señor. Es decir, Cristo fue
cargado con los pecados de todos los hombres, para que los pagara con su propia
sangre. La maldición cayó sobre él. La ley lo encontró entre los pecadores. No
sólo estaba en compañía de pecadores, sino llegó hasta a investirse en la carne
y sangre de los pecadores. Así la ley lo juzgó y lo colgó como un pecador.
Estas personas erradas nos roban nuestro
mayor consuelo cuando separan a Cristo de nosotros los pecadores para
presentarlo como un ejemplo santo. Lo representan mal, como si fuera un tirano
amenazador que está listo a matarlos a la menor provocación.
Me dicen que es absurdo y malvado llamar al
Hijo de Dios un maldito pecador. Respondo: Si niegas que es un pecador
condenado, tendrás que negar que Cristo murió. No es menos absurdo decir que el
Hijo de Dios murió, que decir que el Hijo de Dios fue un pecador.
Juan el Bautista lo llama “el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo”. Puesto que era el Cordero inmaculado de
Dios, Cristo era inocente en su persona. Sin embargo, porque tomó los pecados
del mundo, su inocencia fue mancillada con el pecado del mundo. Todos los
pecados que usted, yo y todos nosotros hemos cometido o cometeremos son los de
Cristo, como si él personalmente los haya cometido. Nuestros pecados tienen que
ser los de Cristo o pereceremos para siempre. Isaías declara de Cristo: “Jehová
cargó en él el pecado de todos nosotros.” No tenemos derecho a restar fuerza de
esta declaración. Dios no juega con las palabras para divertirse. ¡Qué alivio
es para el cristiano saber que Cristo está totalmente cubierto de mis pecados,
sus pecados y los de todo el mundo.
Los papistas han inventado su propia doctrina
de la fe. Dicen que el amor crea y adorna su fe. Cuando quitan nuestros pecados
de Cristo para hacerlo inocente, los echan otra vez sobre nosotros, y hacen que
Cristo no tenga valor absoluto para nosotros. ¿Qué clase de amor es eso? Si
éste es un ejemplo de su famoso amor no lo queremos.
Nuestro Padre misericordioso en el cielo vio
cómo la ley nos oprimía y lo imposible que era sacarnos de la maldición de la
ley. Por eso envió a su Hijo único al mundo y le dijo: “Ahora eres Pedro, el
mentiroso; Pablo, el perseguidor; David, el adúltero; Adán, el desobediente; el
ladrón en la cruz. Tú, mi Hijo, tienes que pagar la iniquidad del mundo.” La
ley ruge: “Bien, si tu Hijo acepta los pecados del mundo, no veo pecados en
ninguna parte sino sobre él. Morirá en la cruz.” Así la ley mata a Cristo, pero
nosotros salimos libres.
El argumento del apóstol contra la justicia
de la ley es irrebatible. Si Cristo lleva nuestros pecados, nosotros no los
llevamos. Sin embargo, si Cristo es inocente de nuestros pecados y no los
lleva, nosotros tenemos que hacerlo, y moriremos en nuestros pecados. “Mas
gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor
Jesucristo.”
Veamos cómo Cristo pudo obtener la victoria
sobre nuestros enemigos. Los pecados del mundo entero, pasados, presente y
futuros, se pegaron a Cristo y lo condenaron. No obstante, porque Cristo es
Dios tuvo una justicia eterna e invencible. Estos dos, el pecado del mundo y la
justicia de Dios, se unieron en un combate mortal. Con furia el pecado del
mundo asaltó la justicia de Dios. La justicia es inmortal e invencible, mas el
pecado es un potente tirano que conquista a todos los hombres. Este tirano se
arremetió sobre Cristo, pero la justicia de Cristo es invencible. El resultado
fue inevitable. El pecado fue derrotado y triunfa y reina para siempre la
justicia.
Del mismo modo se venció a la muerte. La
muerte es el emperador del mundo, que derrota a reyes, príncipes, todos los
hombres. Su intención es destruir toda vida. No obstante, Cristo tiene una vida
inmortal, y ésta ganó la victoria sobre la muerte. Por medio de él, la muerte
perdió su aguijón. Cristo da muerte a la muerte.
La maldición de Dios emprendió una batalla
similar contra la misericordia de Dios en Cristo. Su intención fue condenar la
misericordia de Dios, pero no lo pudo lograr porque la misericordia de Dios es
eterna. La maldición tuvo que ceder. Si hubiera perdido la misericordia de Dios
en Cristo, Dios habría perdido, lo cual, por supuesto, es imposible.
“Cristo”, dice Pablo, “despojando a los
principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre
ellos en la cruz.” (Colosenses 2:15). No pueden dañar a los que se esconden en
Cristo. El pecado, la muerte, la ira de Dios, el infierno y el diablo son
matados en Cristo. Cuando Cristo está cerca, los poderes del mal tienen que guardar
su distancia. San Juan dice: “Esta es la victoria que ha vencido al mundo,
nuestra fe.” (1 Juan 5:4).
Ahora debe usted percibir por qué es
imperativo creer y confesar la divinidad de Cristo. Vencer el pecado del mundo
entero, la muerte y la ira de Dios no es obra de ninguna criatura. Sólo un
poder mayor pudo romper el poder del pecado y la muerte. Sólo Dios pudo abolir
el pecado, destruir la muerte y quitar la maldición de la ley. Sólo él pudo
traer a luz la justicia, la vida y la misericordia. Cuando atribuye a Cristo
estos logros la Escritura pronuncia que él es Dios para siempre. El artículo de
la justificación es un verdad fundamental. Si permanecemos sanos en este
artículo, estaremos bien en todos los otros artículos de la fe cristiana.
Cuando enseñamos la justificación por la fe en Cristo al mismo tiempo
confesamos que Cristo es Dios.
No deja de asombrarme la ceguera de los
teólogos del Papa. Imaginar que las fuerzas potentes del pecado, la muerte y la
maldición pudieran ser vencidas por la justicia de las pobres obras humanas,
por ayunos, peregrinajes, misas, votos y tales pequeñeces. Estos guías ciegos
de los ciegos ponen a la pobre gente a merced del pecado, la muerte y el
diablo. ¿Qué oportunidad tendrá la criatura humana indefensa contra estos poderes
de las tinieblas? Preparan a pecadores que son diez veces peores que cualquier
ladrón, prostituta o asesino. Sólo el poder divino puede destruir el pecado y
la muerte y crear la justicia y la vida.
Cuando oímos que Cristo fue hecho maldición
por nosotros, creámoslo con gozo y seguridad. Por la fe, Cristo cambia su lugar
con nosotros. Él recibe nuestros pecados y nosotros recibimos su justicia.
Sólo por la fe podemos ser justos, porque
ésta nos viste de la santidad de Cristo. Entre más firme que esté nuestra fe en
esto, mayor será nuestro gozo. Si crees que se eliminan el pecado, la muerte y
la maldición, ya no son nada. Cuando te angustian el pecado y la muerte,
considérelo una ilusión del diablo. Ya no hay pecado, ni maldición, ni muerte
ni diablo, porque Cristo los ha eliminado. Éste es un hecho seguro. El problema
no está en el hecho, sino en nuestra falta de fe.
En el Credo Apostólico confesamos: “Creo en
la santa iglesia cristiana”, lo cual quiere decir: creo que ya no hay pecado,
ni maldición ni mal alguno en la iglesia de Dios. La fe dice: “Lo creo”. Sin
embargo, si quiere creer el testimonio de sus ojos, hallará muchos defectos y
ofensas en los miembros de la santa iglesia. Verá que sucumben a la tentación,
los verá débiles en la fe, cediendo al enojo, a la envidia y a otras
disposiciones malas. “¿Cómo puede ser santa la iglesia?, se preguntará. Así
como es con la iglesia, también lo es con el cristiano individual. Si me
examino encuentraré bastante inmundicia que me horrorizará. No obstante, cuando
veo a Cristo encuentro que soy completamente santo. Y es así con la iglesia.
La Sagrada Escritura no dice que Cristo
estaba bajo la maldición. Dice directamente que fue hecho maldición. En 2
Corintios 5:21 Pablo escribe: “1Al que no conoció pecado, por
nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en
él.” Aunque éste y otros pasajes similares pueden ser explicados de manera
correcta diciendo que Cristo fue hecho un sacrificio por la maldición y el
pecado, sin embargo, a mi juicio es mejor dejar estos pasajes tal como rezan:
Cristo fue hecho pecado; Cristo fue hecho maldición. Cuando el pecador llega a
reconocerse, no sólo se siente miserable, siente que es la personificación de
la miseria; no sólo se siente un pecador, se siente como el pecado mismo.
Para concluir el versículo: Todos los males
nos habrían anegado, como anegarán a los incrédulos para siempre, si Cristo no
hubiera llegado a ser el gran transgresor y el gran culpable que llevara
nuestros pecados. Lo rodearon como el agua. El profeta del Antiguo Testamento
se quejó acerca de Cristo: “Sobre mí han pasado tus iras, y me oprimen tus
terrores.” (Salmo 88:16). Por la salvación de Cristo hemos sido librados de los
terrores de Dios para gozar una vida de eterna felicidad.
Versículo 14. Para que en Cristo Jesús la
bendición de Abraham alcanzase a los gentiles.
Pablo siempre mantiene delante de él este
texto: “En ti serán benditas todas las naciones.” La bendición prometida a
Abraham podría llegar a los gentiles sólo a través de Cristo, la simiente de
Abraham. Con el fin de que fuera una bendición para todas las naciones, Cristo
tuvo que ser hecho una maldición para quitar la maldición de las naciones de la
tierra. El mérito que abogamos, y la obra que ofrecemos es Cristo que fue hecho
maldición por nosotros.
Seamos expertos en el arte de transferir
nuestros pecados, nuestra muerte y todo nuestro mal a Cristo; y la justicia y
la bendición de Cristo a nosotros.
Versículo
14. A fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.
“La
promesa del Espíritu” es el hebreo para “el Espíritu prometido”. El Espíritu
significa libertad de la ley, el pecado, la muerte, la maldición, el infierno y
el juicio de Dios. No se mencionan méritos en conexión con esta promesa del Espíritu
y todas las bendiciones que lo acompañan. Se recibe este Espíritu de múltiples
bendiciones sólo por la fe, la cual se funda en las promesas de Dios, como
Pablo dice en este versículo.
Hace
mucho tiempo los profetas visualizaron el cambios afortunados que Cristo
efectuaría en todas las cosas. A pesar del hecho de que los judíos tenían la
ley de Dios, nunca dejaron de mirar con anhelo a Cristo. Después de Moisés,
ningún profeta ni rey agregó ninguna ley al libro. Todo cambio y añadidura se
pospuso al tiempo de la venida de Cristo. Moisés dijo a la gente: “Profeta de
en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él
oiréis.” (Deuteronomio 18:15).
El
pueblo de Dios en la antigüedad no creía que se podría mejorar la ley de Moisés
hasta que el Mesías trajera cosas mejores que la ley, es decir, la gracia y la
remisión de los pecados.
Versículo 15. Hermanos, hablo en términos
humanos: Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida,
ni le añade.
Después del argumento anterior, muy
apropiado, Pablo ofrece otro que se basa en la semejanza entre un testamento
humano y el testamento divino. El testamento humano parece una premisa
demasiado débil para usarlo en un argumento para confirmar un asunto tan
importante como la justificación. Debemos probar las cosas terrenales por las
celestiales, no las celestiales por las terrenales. Sin embargo, cuando lo
terrenal es una ordenanza de Dios, podemos usarlo para probar los asuntos
divinos. En Mateo 7:11 Cristo mismo basó su argumento en lo terrenal para
llegar a lo celestial cuando dijo: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar
buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los
cielos dará buenas cosas a los que le pidan?”
Llegamos al argumento de Pablo: la ley civil,
que es una ordenanza de Dios, prohíbe alterar el testamento de un hombre. Es
necesario respetar la última voluntad y testamento de cualquier persona. “¿Por
qué es que se respeta escrupulosamente el testamento de un hombre y no el de Dios?
No pensarías en romper la fidelidad al testamento de un hombre. ¿Por qué no
guardas lealtad al testamento de Dios?”
Como los falsos profetas alteraron el
testamento de Dios en los días de Pablo, muchos lo hacen hoy también. Observan
las leyes humanas rigurosamente, pero traspasan las leyes de Dios sin la menor
preocupación. Sin embargo, llegará el día en que verán que no es ninguna broma
pervertir el testamento de Dios.
Versículo 16. Ahora bien, a Abraham fueron
hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si
hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.
La palabra testamento es otra palabra por la
promesa que Dios hizo a Abraham acerca de Cristo. Un testamento no es una ley,
sino una herencia. Los herederos no buscan leyes y obligaciones cuando abren un
testamento; buscan concesiones y favores. El testamento que Dios publicó a
Abraham no contenía leyes, sino promesas de grandes bendiciones espirituales.
Las promesas se hicieron en vista de Cristo, en
una simiente, no en muchas. Los judíos no quieren aceptar esta interpretación.
Insisten en que el singular “simiente” se pone por el plural “simientes”.
Preferimos la interpretación de Pablo, quien presenta un buen caso a favor de
Cristo y nosotros por el uso del singular “simiente”, y después de todo, fue
inspirado para hacerlo por el Espíritu Santo.
Versículo 17. Esto, pues, digo: El pacto
previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que vino cuatrocientos
treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa.
Los judíos alegan que Dios no estaba
satisfecho con las promesas, sino que después de 430 años dio la ley. Dicen:
“Dios ha de haber desconfiado de sus propias promesas, considerándolas in
adecuadas para la salvación. Así agregó algo mejor a las promesas, la ley. La
ley anuló las promesas.” Así dicen.
Pablo responde: “La ley fue dada 430 años
después de que se hizo la promesa a Abraham. No podía anular la promesa porque
era el testamento de Dios, confirmado por Dios en Cristo muchos años antes de
la ley. Lo que Dios una vez ha prometido, no lo retira. Cada promesa de Dios es
ratificada.”
¿Por qué se agregó la ley a la promesa? No
para que sirviera como un medio para obtener la promesa. Se agregó por las
siguientes razones: Para que hubiera en el mundo un pueblo especial, controlado
con rigidez por la ley, un pueblo del cual nacería el Cristo en el tiempo
apropiado; y para que los hombres, cargados con tantas leyes, con suspiros
anhelaron a su Redentor, la simiente de Abraham. Aun las ceremonias prescritas
en la ley prefiguraban a Cristo. Así que nunca fue la intención de la ley
anular la promesa de Dios. Su propósito era confirmar la promesa hasta el
tiempo en el que Dios vendría para abrir su testamento en el evangelio de
Jesucristo.
Dios hizo bien en dar la promesa muchos años
antes de la ley, para que nunca se pudiera decir que la justicia se concedía
mediante la ley, y no por la promesa. Si la intención de Dios fuera que nos
justificáramos por la ley, la habría dado 430 años antes de la promesa, o al
menos la habría dado al mismo tiempo en que dio la promesa. Sin embargo, ni
siquiera mencionó la ley hasta 430 años después. Así que la promesa supera a la
ley. Ésta no anula la promesa, pero la fe en el Cristo prometido anula la ley.